Harold Bloom, gigante y polémico

Lamenté la muerte del crítico literario Harold Bloom, en octubre de 2019. Por entonces ya tenía en mi poder este vasto libro de “Novelas y Novelistas. El canon de la novela”, editado por Páginas de Espuma en su colección de Voces. Otro más de esa inmensa y enorme conjunto de crítica literaria que este hombre hizo en vida.

De Bloom he leído casi todo lo que se ha editado en castellano, porque aunque muchas veces no estoy de acuerdo con sus afirmaciones pocas mentes de nuestro tiempo han leído tanto y han vivido tanto en literario. Destaco entre mis preferidos “Anatomía de la influencia”, “Shakesperare: la invención de lo humano”, “Cómo leer y por qué”, “¿Dónde se encuentra la sabiduría?, y “Genios: cien mentes creativas y ejemplares”. Puede que su obra más polémica y conocida sea “El canon occidental”, pero casi todo lo que está inmerso ahí ya está en otros libros suyos, y puede que mejor explicado.

A Harold Bloom se le puede y se le debe criticar por su excesivo predominio de lo occidental frente a otras tradiciones literarias, pero es inevitable que un crítico literario formado en lengua inglesa destaque la suya por encima de las demás. En una vida no da tiempo a leerlo todo, ni siquiera a un voraz lector como fue Harold Bloom. Y pertenecer a una tradición literaria, la escrita en lengua inglesa, de la que salió Christopher Marlowe, Chaucer, Shakespeare, Jane Austen, Robert Browning, Virginia Woolf, Walt Whitman, Mark Twain, Herman Melville, William Faulkner, Cormac McCarthy, Wallace Stevens, etcétera, no es poca cosa. Condiciona muchísimo.

En cuanto a sus polémicas con la ortodoxia de la crítica literaria, pues en parte llevaba Harold mucho de razón, puesto que los estudios literarios actuales están excesivamente politizados y en nuestras sociedades de las pantallas y de la tecnología invasora cada vez se lee peor. La ideología o la identidad no puede ser un baremo para decidir si un libro contiene calidad o no. La alta cultura-literaria- occidental, esa trinidad formada por Shakespeare, Dante y Cervantes, que tanto defendió Bloom en vida, no peligra. Son autores tan originales que seguirán vivos hasta el final de los tiempos. Basta leerlos y releerlos para darse cuenta de eso. Pero los formidables autores en los escalones inferiores, véase (por ejemplo) Herman Bröch, Thomas Mann, el propio Goethe, “padre indiscutible” de los dos anteriores, por poner solo unos pocos ejemplos y todos de una misma tradición literaria: la que proviene de la lengua alemana, sí que corren el riesgo de quedarse aislados en las bibliotecas para rémora de estudiosos de época y poco más. Hemos de alguna manera perdido la base cultural para abordarlos y disfrutarlos en total plenitud.

Le guste o no a la gente hay mucha más magnificencia creativa en una sola página “La muerte de Virgilio” que en la inmensa mayoría de los libros que se editan cada año. Ya ni hablar de las estupideces que escriben esos fantasmas que pululan por las letras castellanas y se prodigan por la tele y por la prensa, tan repletas de individuos altaneros, ignorantes y serviles. En ese sentido Harold Bloom llevaba toda la razón: el tiempo acribilla a la mediocridad; pero puede que su cabezonería y su indudable machismo le cerrase las puertas de un público más amplio, que en un momento dado pudiera haberse deleitado con su vastísimo conocimiento de la literatura.

En cuanto a Novelas y Novelistas no es un libro uniforme, sino una recopilación de artículos sobre novelistas que van desde Cervantes a Paul Auster y a Ami Tan, pasando por infinidad de autores (sobre todo autores), y casi todos (en su gran mayoría) de lengua inglesa. Nada que sea muy nuevo o que no conociéramos por otros libros suyos y artículos. A destacar el amplio capítulo dedicado a la obra de Saramago y el dedicado a Kafka. Bloom es de los pocos críticos que yo conozco que analiza al autor checo en el contexto de su judaísmo. Acertando de pleno en ello. Sin profundizar en su conflictiva y emocional lucha con la tradición judía es imposible adentrarse hasta la médula en sus alegorías narrativas. Bloom fue también judío (creo que sabía hablar el yiddish con perfección) y comprendía y sabía del ambiente en el que anímicamente y culturalmente se desenvolvió Kafka.

Dicho esto, si tienen oportunidad de leer Genios: un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares, vayan directo al capítulo dedicado a San Pablo. A Bloom los editores le prohibieron que incluyera a Jesús de Nazaret como genio, y el neoyorkino les engañó haciendo ver que ese capítulo lo dedicaba a San Pablo, pero en verdad de quién está hablando es de Jesús de Nazaret.

Sócrates y Jesús de Nazaret son los dos genios creativos de nuestro mundo sin haber escrito ni una sola página. Ambos influyeron hasta la médula en nuestra cultura. Puede que Homero ande en una categoría similar, pero al no tener datos fiables de su vida no lo sabemos a ciencia cierta. Lo que resulta indudable es que Homero influyó tanto o igual que los otros dos en toda nuestra cultura occidental. Y es que los libros religiosos: el Tanaj, la Biblia, el Corán, son ante todo y sobre todo libros de literatura, tanto como la Ilíada y la Odisea puedan serlo. ¿Por qué hemos de utilizar para analizarlos distintos métodos que los que utilizamos con Homero, con Italo Calvino, o con el propio Shakespeare?, ¿es que acaso los tres mencionados son escritores menos sapienciales e imaginativos que los escribas que trabajaron en el Antiguo Testamento?

En definitiva, un libro para seguir disfrutando de ese inmenso cascarrabias que fue Harold Bloom. Un hombre enamorado de la literatura clásica que se dedicó a su estudio en cuerpo y en alma, y del que tuvimos la suerte de disfrutar desde muy joven pese a estar en desacuerdo con muchas de sus apreciaciones.

De hecho, si no hubiese sido por su «magisterio» yo difícilmente me hubiera acercado a leer a Samuel Johnson, su gran predecesor en la crítica literaria y su “daimon” en influencia. Y la verdad, tampoco hay página escrita por Johnson que sea un desperdicio, como tampoco la existe en Bloom. Ambos son gigantes de la crítica literaria. Y hay que valorarlos por ello sin dejar de señalar también sus flagrantes errores.

Hasta otra.

 «Los años», de Annie Ernaux

Todo lo que vemos y percibimos desaparecerá. Los rostros que amamos. Las conversaciones que mantenemos. Las calles por las que transitamos. Todo será pasto del tiempo. Inexorablemente, “todas las imágenes desaparecerán”.

Los años, el primer libro que reseño de la reciente Premio Nobel Annie Ernaux, es un libro escrito contra el paso del tiempo. Desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial hasta los primeros del siglo XXI, en una Francia que transita desde los estragos de la Segunda Guerra Mundial (pasando por la de Argelia) al breve sueño insurrecto del 68, Ernaux nos va desgranando pequeños fragmentos en un álbum de vivencias que a la vez que personal resulta también colectivo.

La historia del siglo XX es también la del comienzo de la emancipación femenina, hecho histórico que seguimos viviendo y que no será pleno hasta que en unas sociedades tan dependientes del dinero como las nuestras no exista igualdad salarial. Ahora mismo, pese a las reacciones que siempre se suceden en todas las evoluciones, estamos en ese proceso, que por otro lado es necesario e inevitable y no se podrá detener.

Desde muy pequeña Ernaux percibe (hablamos de las décadas del 40 y el 50 en el siglo XX) que “el progreso era el horizonte de las existencias”, pero ese progreso viene programado y auspiciado por el consumismo y la propaganda televisiva. “La gente estaba convencida de que llevaba una existencia mejor gracias a las cosas”. Quizá muchas pequeñas anécdotas se escapan a nuestra memoria, Francia no deja de ser un país con sus propias particularidades y que, contrariamente a lo que se cree, no quedó tan devastado en la guerra como otros, puesto que tras el desembarco y la cruenta batalla por Caen el resto del territorio (salvo la Alsacia) fue liberado con celeridad.

En seguida pasamos de esos años de escuela dura a los de adolescencia, en las que las preocupaciones por el sexo vienen incrementadas por el control sobre los cuerpos femeninos que la sociedad quiere seguir ejerciendo. Esta ha sido siempre una constante por los hombres, las religiones y, en muchos casos, por los propios familiares, que no hacen sino repetir los errores y los clichés de su tiempo, ahogando a los individuos. La emancipación económica y la emancipación sexual son la base granítica que cimenta la libertad, de ahí que siempre se quiera atar y disponer con leyes y prejuicios sobre el cuerpo femenino, como si los cuerpos y las mentes y las decisiones les pertenecieran a la sociedad y no a los propios individuos, en este caso repito y reitero: las mujeres.

Viajaremos por toda la mitad del siglo XX hasta alcanzar los primeros años del XXI.

Hay páginas en las que se retrata con pequeñas pinceladas cómo se sentían los adolescentes ante el anquilosamiento que sufrían sobre temas como el matrimonio, el aborto, o las distintas formas de nombrar los diferentes órganos sexuales; cómo los muchachos (sin tener mayor conocimiento de nada) poseían mayor libertad verbal y de acción que las mujeres, cuyo señalamiento si no se casaban era muy difícil de soportar.

La religión controlaba hasta las pequeñas cosas de la vida: cómo se vestía, lo que se comía, el tiempo libre… Tras su debacle moral es sustituida por la propaganda del consumismo, tan invasiva como la anterior. “La iglesia había dejado de aterrorizar el imaginario de los adolescentes púberes, de regular los intercambios sexuales y de controlar el vientre de las mujeres. Al perder su campo de acción, el sexo, lo habían perdido todo”.

Lo notable en el estilo es cómo a partir de retazos fragmentarios puede incrustarse «la memoria individual dentro de la colectiva». A medida que vamos avanzando en la lectura nuestro propio interés crece, por lo menos el mío, pues reconozco asuntos, vivencias, acontecimientos, memorias cercanas, a pesar de las diferentes circunstancias de geografía y vida. Algunos sucesos de finales de los ochenta y los noventa forman también parte de mi propia historia, porque los seres humanos no somos entes aislados, lo queramos o no formamos parte indivisible de nuestro propio tiempo.

La literatura de Annie Ernaux nace de la vida e intensifica los recuerdos. En ese sentido posee una atmósfera y una búsqueda proustiana. Si bien, en cuestión de estilo es todo lo contrario: sus frases son cortas y sus párrafos suelen estar laminados; tal como esas lajas de piedras que lanzábamos al mar de adolescentes y rebotaban sobre las aguas causando pequeñas ondas transversales.

Para acabar incluyo el que considero el párrafo más significativo de todo el libro. Que en un ejercicio de honestidad creativa sea la propia escritora la que defina la gestación de su propia obra:

Querría unir esas múltiples imágenes de ella, separadas, desajustadas, mediante el hilo de un relato, el de su existencia, desde su nacimiento durante la Segunda Guerra Mundial hasta hoy. Una existencia singular pero fundida también en el movimiento de una generación. En el momento de empezar, se enfrenta a los mismos problemas de siempre: cómo representar a la vez el paso del tiempo histórico, el cambio de las cosas, de las ideas, de las costumbres y lo íntimo de la mujer, como hacer coincidir el fresco de cuarenta y cinco años y la búsqueda de un yo fuera de la historia. […] Su preocupación principal es la elección entre el “yo” y “ella”. En el “yo” hay demasiada permanencia, estrechez, asfixia, en el “ella” demasiada exterioridad, alejamiento. La imagen que tiene de su libro, tal como no existe aún, la impresión que debería dejar esa obra es la que ha guardado de Lo que el viento se llevó a los doce, más tarde En busca del tiempo perdido, recientemente Vida y destino, un flujo de luz y sombra sobre unos rostros. Pero no ha descubierto cómo lograrlo. Espera, sino una revelación, al menos una señal, proporcionada por el azar, como la magdalena mojada en el té de Marcel Proust.

Hasta otra.

Mi familia y otros animales

Una tarde calurosa, en la que todo parecía dormir excepto las chillonas cigarras, salimos Roger y yo a ver hasta dónde podíamos trepar monte arriba antes de que oscureciera. Subimos por los olivares listados y moteados de luz blanca, donde el aire era cálido e inmóvil, y finalmente, pasados los árboles, fuimos a salir a un pico desnudo y rocoso, sentándonos allí a descansar. A nuestros pies sesteaba la isla, brillante como una acuarela en la bruma del calor: los olivos verdigrises, los negros cipreses, las rocas multicolores de la costa y el mar liso, opalino, con su azul de martín pescador y su verde de jade, quebrada aquí y allá su bruñida superficie al plegarse en torno a un promontorio rocoso, enmarañado de olivos.

Los que observan la magnificencia mediterránea de la isla de Corfú son el joven Gerald Durrell y su fiel compañero Roger, su perro, inseparable amigo de exploración y el que siempre acompaña a Gerald en sus mejores y peores momentos. Ambos han trepado monte arriba y una vez alcanzada la meta descansan contemplando la maravilla natural que se exhibe antes sus ojos.

Portada de la edición más reciente. Yo la he leído en mi antiquísima edición de Alianza Tres que compré de adolescente. Bueno, no tan antiquísima, de 1990. Han pasado solo 32 años. Eso no es “na” en términos geológicos.

Durante todo el libro la pluma de Gerald retrata con el mismo entusiasmo a los árboles y la fauna que a los seres humanos. Vemos desfilar a la tortuga Aquiles, adoradora de las fresas; al palomo Quasimodo; la mantis Cicely; a arañas, escorpiones y salamanquesas; a otros perros y vecinos y también, y, sobre todo, a la familia al completo de los Durrell, una familia británica y de altos vuelos que se ha trasladado a vivir a la isla de Corfú.

En dicha familia hay seres extraordinarios: Lawrence Durrell es uno de ellos. Aquí todavía es joven e impertinente pero llegará a ser un grandísimo novelista, cuya obra más emblemática “El cuarteto de Alejandría” no tiene desperdicio; también tenemos a Leslie, muy aficionado a la caza y a las armas; a Margo, obsesionada por el Acne y tragicómica; y a la madre de todos ellos, que en realidad es el personaje más adorable junto al joven Gerald, pues es capaz de mantener la paciencia y el buen humor ante tan disparatada familia.

Al principio, en las primeras páginas, la familia acaba de llegar a la isla y todavía no está acoplada al ritmo natural de la misma. Spiro, el fiel escudero griego de la familia, les ayuda. Pero poco a poco, casi de forma natural, todos comienzan a formar parte indivisible del paisaje.

Hay algo en Gerald que resulta totalmente adorable y es su receptividad a lo natural y sus ganas de observar y aprender de la tierra y la naturaleza. Me he reído muchísimo cuando la familia una y otra vez le busca preceptor para que estudie “porque lo considera casi en estado salvaje”. Esto normalmente suele ocurrir tras un accidente de algún miembro familiar con alguno de los “bichitos” que Gerald introduce en la casa.

Este libro forma parte de una trilogía, pero puede leerse sin problemas de forma independiente. Además es muy recomendable y es uno de esos pocos libros que resulta aconsejable a todo tipo de lectores, pues resulta complicado que no guste, independientemente de la edad que se tenga y del bagaje lector que se posea. Es un canto a la vida y a la naturaleza y tiene un gran sentido del humor.

Si pensáis regalar algún libro las próximas navidades aquí tenéis uno que no va a fallar. Este acierta sí o sí. Además, y ya pensando en el plano personal, ya es hora de renovar mi “antiquísima” edición de Alianza Tres. Por cierto, mordisqueada por un perro en su portada. Igual se imaginó que la rana de la portada era comestible.

Hasta otra.

Juventud sin tierra

«Si fueras mejor persona me caerías mejor», todas esas llaves me había dado Lidia desde que yo me había enamorado de ella y había creído poder cruzar su puente, el puente hacia el mundo, el puente hacia la adaptación, todas esas llaves falsas me había dado ella y en todas esas llaves falsas había confiado, pero eran llaves falsas, lo único que yo tenía eran llaves falsas que no abren ni puentes ni puertas, llaves que no abren nada, que acompañan en las noches de invierno y hacen creer que alguna puerta te estará esperando más allá.

Acostumbramos a leer a autores a los que reconocemos por solo unas palabras. En ellas apreciamos un arco tensado y una dirección predispuesta. El estilo no es solo la respiración, que lo es; no es solo la particular forma de observar el mundo, que lo es; no es solo la arquitectura en la que se apoya el peso de la estructura narrativa. El estilo lo es todo. Y en literatura (mucha gente se enfada cuando digo esto) la trama o la historia o lo que vayas a contar importan muy poco; lo importante es cómo lo cuentes.

Es más, una de las formas de distinguir si lo que tienes delante merece la pena es si irradia un esfuerzo de estilo detrás; de poda o de desmesura, eso es igual…, pero alguna complejidad más allá del sota, caballo, rey. Que se noten riesgos, desmesuras, bifurcaciones, ambiciones. Nuestro mundo no es lineal. Nuestros pensamientos no son lineales. Las complejidades del mundo que pisamos y de los seres humanos con los que convivimos necesitan de una literatura que aniquile las fronteras.

La literatura de Darío Méndez Salcedo siempre es arriesgada y siempre es reflexiva, y al mismo tiempo es sencilla y accesible. Da igual que hable de un ser en peregrinación; de un festival de leyendas del rock; de un creador de “templos del ocaso”; de una relación de pareja o de un youtuber aficionado a la literatura: trata de decir más de lo que dice, y de que el lector se haga preguntas sobre por qué las cosas son como son. Creo que esto parte de los propios interrogantes y cuestionamientos que el propio autor se hace. Es una literatura de necesidad espiritual, no un panfleto maniqueo. Una literatura que sueña con la gran música.

Dicho esto, cuando vi de qué pie estilístico cojeaba este libro y que encima me lo habían dedicado desconfíe por unos segundos. Darío es editor de alguno de mis libros y en realidad el único que no me ha dado problemas, puesto que yo no presento mis libros ni existo para la promoción. Soy un escritor de esos que huye de las fotos y sobrevive y escribe entre catacumbas. No me interesa la farándula, y la “gente respetable”, como la que se destila en nuestra literatura actual, me aburre una barbaridad. La exacerbada exposición pública de los escritores es un atentado a la honestidad creativa.

Así que si a un tipo tan esquivo le habían “imitado” el estilo de sus últimos libros y le habían dedicado una novela algo muy grave estaba pasando. Se había alterado el precario equilibrio del mundo literario y todavía están por apreciarse las consecuencias.

Estudiemos los síntomas.

Juventud sin tierra es un libro de un solo párrafo. Yo le llamo “estilo berhandiano”, pero en realidad Bernhard lo imitó de las primeras ediciones de los ensayos de Montaigne. Es verdad que no solo Bernhard lo trabajó en nuestros tiempos modernos. Muchos autores lo han amoldado a su propia idiosincrasia. Ahí está Pierre Guyotat, Horacio Castellanos Moya, Lucy Ellmann con su reciente y gigantesca obra editada en castellano de “Patos, Newburyport”, las exquisitas Marie Clarie Blais, y también, en parte, Fernando Melchor. No me olvido del no menos exquisito y apocalíptico László Krasznahorkai, etcétera. Cada uno a su estilo y manera, con sus filias y sus fobias y con mayor o menor acierto, lo han practicado.

Pero no se lleven a engaño Juventud sin tierra no es un libro de imitación o sin personalidad propia. Parece escrito en tono de sarcasmo o broma pero está hablando de cosas muy serias. Como siempre ocurre en la literatura de Méndez Salcedo el mensaje parece que está inscrito en diferentes capas, como si se tratase de una cebolla. Si te quedas en la más cercana a la superficie apreciarás el monólogo de un alocado youtuber; si profundizas hasta las capas interiores apreciarás la desazón de una generación instalada en la precariedad y en la imposibilidad de realizarse más allá de la explotación emocional y monetaria. ¿Recuerdan esa canción de Triana que se titulaba “Hijos del agobio”, perteneciente al disco homónimo? Pues le viene como anillo al dedo.

Antonio García, el protagonista, es un youtuber de éxito que está asqueado por tener que ponerse ante el ojo de los demás. Viene de una familia de esas que se llaman “desestructurada” y consiguió escribir una novela que fue un éxito para la editorial, pero para él supuso “un naufragio interior del que aún no se ha recuperado”. En realidad es un quinqui de la vida que se enamora de una tal Lidia que es aficionada a la literatura pero que no le corresponde. De los que “nacen del revés y derrotados”. De esos que en las grandes ciudades habitan los extrarradios y tienen un escaso o nulo futuro. No son el lumpen, porque lumpen tiene unas connotaciones de marginalidad muy marcadas. Estos son clase obrera precarizada. De los que con mucho esfuerzo pueden enviar a sus hijos a la universidad para después ver que acaban trabajando de cualquier cosa. Los que con su parsimonia y su hartazgo sostienen (sin que se den cuenta) el alimento de un sistema de cuatreros, fosilizados ante la tecnología, los grandes eventos deportivos, los bares sin tertulia, y carne de cañón para un sistema judicial más corrupto que las propias leyes que interpreta y sentencia en su beneficio.

Todo esto lo deja entrever Méndez Salcedo con pinceladas sobre los padres de Antonio García, los amigos del Rissing, que es como el bar centro de operaciones, desde el que parten esa banda de colgados “hambrientos y sedientos” para dejar su estela por el mundo.

A mí todos esos seres desorientados y en conflicto interior me provocan ternura. En el lado salvaje de la vida se esconde mucha poesía, aunque sea sórdida y provoque incendios.

Espero que a los lectores que se acerquen a este libro en su versión digital y libre, a través de la plataforma Lektu, les provoque lo mismo: ternura e interés. Dejen que el ritmo los arrastre a la velocidad de un riff de guitarra eléctrica.

El enlace para que puedan disfrutarla.

https://lektu.com/l/dario-mendez-salcedo/juventud-sin-tierra/20457

Hasta otra.

Drácula, el vampiro cosmopolita

☠️Abstenerse de leer esta reseña los que no conozcan la obra.

Tras leer y releer en numerosas ocasiones esta obra puedo asegurarles, en lo que a su personaje principal se refiere, que me resulta más digno de lástima que de otra cosa. Que no me provoca terror pese a ser un monstruo, sino que lo contemplo como una criatura de ficción perseguida y emprendedora, un vestigio obsoleto de tiempos remotos, al que todos quieren dar caza cuando él lo que desea es cambiar de aires y revitalizarse: de la vieja y salvaje región de Transilvania a la cosmopolita y poblada Londres; de un castillo repleto de vetustos recuerdos a las ampulosas calles de un mundo repleto de nuevas oportunidades, en los que las supersticiones y los prejuicios no están tan presentes como en la vieja Europa, porque lo veloz y lo lozano marcan el nuevo signo de los tiempos.

Para ello, el siniestro Conde se ha preparado a conciencia: durante años ha estudiado el idioma y ha leído todo lo que ha encontrado sobre Inglaterra en su biblioteca del castillo; ha consultado mapas y seguramente leído lo más representativo de la literatura inglesa. Por lo tanto, el Conde Drácula es (aparte de un vampiro y un monstruo sediento de sangre) un voraz lector con una mente deseosa de aprender cosas nuevas. Esto es muy importante. Si no tuviera el acicate del cambio espoleándole se quedaría muy tranquilo en su castillo. Por lo que podemos deducir que si el Conde viviera hoy en día tendría conexión a internet y se habría descargado múltiples aplicaciones de geolocalizaciones. Puede que adquiriese también cámaras termográficas para detectar el calor humano (recuerden que las temperaturas de los vampiros, en contraposición a la nuestra, debe ser algo similar a la que poseen los pingüinos del Ártico). Toda nuestra tecnología de hoy despertaría una gran curiosidad en el Conde y la aprovecharía para sus propósitos, para alcanzar a más víctimas. Es un hombre que, aunque marcado por los tiempos que vivió en su etapa mortal, quiere estar siempre al día. Se ha empapado, pues, de todo lo inglés porque quiere establecerse en Inglaterra (suponemos que para incrementar su harén de mujeres vampiresas; no le conocemos otra motivación). Hasta ha elegido de forma minuciosa sus nuevas viviendas: casas y villas abandonadas cuyos derechos legales ha adquirido. También esto es muy curioso: el monstruo no deja de ser una persona de orden y ley, y no desea problemas legales; no es un agitador social, sino un hombre que ha pertenecido a la élite de su país y está acostumbrado a mandar y que a los demás le obedezcan sin rechistar.

Pero ahora está a punto de cerrar los últimos flecos en lo relativo al viaje y a la transacción de esas casas, de ahí que el joven abogado Jonathan Harker llegase al castillo de Drácula para cerrar todas las operaciones inmobiliarias.

Es un compás de espera por ambas partes: mientras uno se prepara para el viaje el otro se ha dado cuenta de los terribles seres que habitan el castillo, y de cómo le morderán y le harán trizas en cuanto los plazos se acaben. Jonathan conseguirá escapar en el último momento, pero esto no se nos cuenta hasta un poco después, porque ya surcamos junto al Conde los mares viajando en una espeluznante travesía hacia la costa británica.

¿Por qué el Conde, con todas sus posesiones legales y todo su poder nocturno, se obsesiona con Lucy Westenra al arribar a Inglaterra? Pues porque Lucy es un personaje de indudable belleza, “un lirio de pureza”, tiene clase y ha recibido hasta tres proposiciones de matrimonio en un solo día. Es una mujer de indudable éxito para la sociedad victoriana. Y un Conde es Conde aunque sea un vampiro; además, un Conde de los viejos tiempos está acostumbrado a guerrear y a que lo agasajen y no cejará en ir a conquistar sus objetivos, sean estos cuales sean, por más vigilancia, ajos y trasfusiones de sangre que los médicos y los pretendientes y prometidos de Lucy acometan para salvarla. Una y otra vez los allegados de Lucy consiguen frenar los planes del Conde Drácula, al que suponemos muy cabreado revoloteando en forma de murciélago alrededor de la habitación que ocupa la pobre muchacha. Tendrá que valerse de un lobo para destrozar la ventana (que ha sido embadurnada de ajo) y acabar de una vez el proceso de vampirización. No la quiere como una víctima, sino como una igual a él, como una no-muerta, un espectro de la noche. Las elecciones de Drácula no son nunca arbitrarias. Cuando elige a Mina tampoco lo hace de casualidad. Mina, antes incluso de conocer o toparse con el Conde, siente hacia a él un atisbo de compasión: “El bueno y querido profesor Van Helsing tenía razón: Jonathan es muy valiente, y cuantas más dificultades se le presentan, más intrépidamente las afronta. Ha regresado lleno de esperanzas y determinación, y hemos puesto en orden todos los papeles y documentos: todo está a punto. También yo me siento fuerte y excitada; tal vez, al fin y al cabo, hay que tener compasión de un ser tan acosado como el Conde”. Aunque luego, al proseguir el párrafo, recuerda su lectura del diario del doctor Seward (las circunstancias de la muerte de su amiga Lucy) y ese atisbo de compasión se diluye como un azucarillo. No importa. Brotará de nuevo. Drácula se acercará mucho más a ella de lo que su excitada imaginación puede imaginarse.

Tanto el doctor Van Helsing como el doctor Seward son los principales opositores a los intereses del Conde, al que empiezan a perseguir sumándose nuevos integrantes como Mina, la esposa de Jonathan, el propio Jonathan, Arthur Holmwood, el prometido, y un resuelto americano llamado Quincey Morris, que también fue pretendiente de Lucy como el propio Arthur o el doctor Seward. Todos ellos, en menor o mayor medida, van dándose cuenta de a qué monstruo se están enfrentando y tratan de matarlo. El bien contra el mal.

En realidad esa es la metáfora y la intríngulis del libro de Bram Stoker: la lucha sin tregua entre el bien y el mal; pero esa lucha en nuestros días ha quedado algo desfasada, porque nosotros no tenemos tan claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos; y los vampiros hace décadas que dejaron de ser personajes repulsivos del averno para aparecer, tanto en la literatura como el cine, como personajes seductores y cubiertos de un halo de elegancia y fascinación erótica que ya no podemos obviar.

Lo verdaderamente notable en este libro es la estructura. A una sucesión de diarios personales les acompaña recortes de periódicos, cartas laborales, diarios de abordo, correspondencia, etcétera. El libro es muy ágil y epistolar y pasamos de una cosa a otra con naturalidad, sin que las situaciones parezcan forzadas. Y luego la maestría con las que están construidos los personajes, lo reconocibles que son, cómo destellan marcando sus propias personalidades en unas pocas líneas. El resultado final es una gran novela, todo un clásico.

Y pese a que los tiempos de hoy no son los de ese siglo y las mentalidades, lógicamente, son diferentes, en lo esencial sigue siendo una lectura que no ha quedado anticuada, porque el libro posee indudables valores literarios. Es verdad que algunas cosas chirrían, sobre todo en el trato muy clasista y patriarcal de las mentalidades femeninas del libro; pero no más que muchos libros de la época e incluso de la nuestra. Basta leer algunos de nuestros autores más exitosos de hoy para darse cuenta de la inmundicia que suelen generar, tanto en sus libros como en sus artículos de prensa, que parecen escritos para mentalidades ancladas en el pleistoceno.

Por lo demás, en el arte la modernidad es relativa y hoy en día se publican muchísimas novelas menos vanguardistas que Drácula. Aquí hay personajes, no espantapájaros sin personalidad, que es lo que nos solemos encontrar en la mayoría de los libros.

¿Quién es Drácula? Esta es la madre de todas las preguntas. Siempre hemos escuchado que Stoker se basó en Vlad el Empalador, pero eso no resulta del todo acertado, pues no hay referencia alguna a ese personaje histórico en la obra. Sí que habla del pasado de los Drácula, los Drac, más bien lo hace Van Helsing tras indagar sobre ello. Y lo que se nos muestra es a un personaje que derrotó a los turcos por ser obstinado, y a una familia de la nobleza de la que se sospechaba que andaba con buenas relaciones con el demonio.

  Puede que sí pensara Stoker en el castillo de Vlad para imaginar el de Drácula, pero el castillo de Vlad más afín al conde Drácula no es el de Bran, al que suelen llevar a los turistas hoy en día, sino el de Poenari, de más difícil acceso y en una zona en la que los que mandan de verdad son los osos, una auténtica fortaleza que se encuentra en ruinas, aunque creo que se puede visitar si te has agenciado un buen calzado: son cerca de 1500 escalones los que tienes que subir por un intrincado sendero. Ese castillo que sale en la foto sí que está muy cercano a la región natural de Drácula; el otro, el de Bran, será muy bonito para los turistas pero no tiene mucha relación con el personaje del libro.

©Destinoinfinito.com

Espiritualmente el personaje de Drácula es un personaje inseguro. Aunque posea una enorme fuerza y las extraordinarias capacidades de un vampiro conoce sus carencias, cómo depende de otros para realizar grandes viajes y lo peligroso que resultaría que le sorprendieran durmiendo en el ataúd. Ya tuvo un encontronazo con Jonathan en ese sentido. El sol no lo desintegra como hemos visto miles de veces con otros vampiros, pero disminuye en gran medida sus capacidades. Va aprendiendo a actuar sobre la marcha.

  En antaño (él mismo se lo confiesa a Jonathan) fue un individuo de prestigio. Su obstinación contra los enemigos fue el secreto de sus victorias militares. Él habla de sus antepasados, pero igual está recordándose a sí mismo, como después descubrimos a través de los estudios bibliográficos de Van Helsing. Pasados los siglos, la criaturita no ha cambiado tanto y reincide una y otra vez en los mismos comportamientos que le llevaron al triunfo. Esto me resulta muy interesante: su parte humana es la que dictamina los comportamientos y las acciones que emprende. Aunque sea una bestia son los razonamientos humanos los que le hacen optar por una cosa u por otra.

Cuando acosado por sus enemigos emprende el regreso a su nido transilvano solo está pensando en retroceder para atacar de nuevo. Él tiene tiempo, su naturaleza es inmortal; sus perseguidores no disponen de tanto tiempo. Mina ha sido marcada con su sangre.

Al final, como todo el mundo sabe, la determinación del grupo (no sin sufrir alguna baja) consigue vencer al monstruo. La parte final de la obra es la que nunca me ha convencido. La persecución es magistral; pero uno esperaría mayor resistencia de las tres vampiresas que habitan el castillo y que ya no eran unas recién llegadas en el mundo de los espectros, como si podría serlo Lucy.

Estas tres vampiras se les aparecen a la “contaminada” Mina y a Van Helsing por la noche, y este último consigue ahuyentarlas con una hostia sagrada. Vale, de acuerdo. El poder de Dios se impone sobre las criaturas del diablo, nos parece algo muy osado pero podemos pasarlo. En la Biblia se cuentan cosas aún más sorprendentes. Lo incongruente viene después cuando, con el brioso canto de las aves anunciando la mañana, Van Helsing parte hacia el castillo y en una larga jornada (que se nos cuenta muy por encima) clava las estacas y corta las cabezas de las tres.

  Uno esperaría que en un castillo tan bien protegido como el de Drácula no se pudiese entrar así como así, y que las tres vampiras hubieran ofrecido mayor autonomía y resistencia, y más sabiendo que Mina y Van Helsing merodeaban el castillo; pero da la impresión que el escritor quiere acabar la novela con prontitud y estos tres personajes, que al principio de la historia le sirvieron para un par de memorables escenas, ya no le sirven. ¿Qué pensaría Drácula de sus tres pupilas? Desde luego no se sentiría muy orgulloso por la escasa resistencia demostrada. Una cosa es que alguien que se hospeda dentro del castillo encuentre tus estancias (véase el caso de Jonathan), y otra que un individuo que nunca ha estado allí y que solo tiene referencias pueda entrar con tanta facilidad y fulminarlas. Una fortaleza solo puede ser tomada desde dentro.

Dicho esto, la obra es magnífica y toca muchos palos: lo gótico, la telepatía, las leyendas vampíricas, lo mortal y lo no mortal, lo viejo y lo nuevo, el mundo de las enfermedades mentales, las transfusiones de sangre, la taquigrafía, el fonógrafo, el hipnotismo, etcétera. Es una obra muy moderna para sus días. El deseo erótico aparece de una forma muy velada e inteligente, lo cual no deja de ser un mérito por parte de Stoker, ya que se podría haber formado un gran escándalo en una sociedad tan puritana como la victoriana.

  Lo que no toca para nada es el amor (solo hay una pequeña referencia en una conversación entre las tres vampiresas del castillo y el Conde); así que todas esas películas que nos muestran a un Drácula arrebatado de pasión no se ajustan a la realidad del libro, por más que nos encante la actuación de Wynona Ryder en una de esas películas.

Nada más. Por hoy ya está bien de vampiros y espectros.

Hasta otra.

Palabras del Egeo, de Pedro Olalla

«Esto, Silvano, este escenario que vemos e intuimos desde lo alto de una roca en mitad del mar, es el pequeño mundo del Egeo: un espacio cuya geografía ha sido desbordada mil veces por su historia. Montañas escarpadas y valles profundos; pequeñas llanuras y suaves colinas; costas rocosas y calas cristalinas de arena o de guijarros. Y todo repetido mil veces, miles de veces, como un verde planeta triturado entre las manos de un titán y arrojado finalmente a este mar. Esto ha sido el Egeo desde tiempos remotos y esto sigue siendo: miles de islas e islotes, cumbres desnudas para las divinidades del cielo y de los meteoros, simas y lagunas para las de debajo de la tierra, valles para los bosques y para los ríos, gargantas para el eco y los arroyos, apriscos y majadas para los rebaños, cuevas para las ninfas y los alumbramientos de los dioses, laderas y bancales para los olivos, llanos para los bueyes y el arado, colinas para las fortalezas de piedra, caminos pedregosos para las artes de Hermes, barro y minerales para las de Hefesto, senos resguardados para los barcos, barcas para la pesca en las bahías, velas y remos para adentrarse por el ponto, grutas marinas para las nereidas y las focas, frigana para el viento y los aromas leñosos, riscos para las olas y las cabra«.

Cuentan que la era de las grandes exploraciones ya terminó, que no hay rincón en la tierra que podamos descubrir porque ya lo ha sido por un antecesor, que todo es caduco y no hay novedad alguna. Que si queremos abarcar nuevos horizontes debemos elevar nuestra mirada más allá de los cielos, en búsqueda de galaxias remotas y alejadísimas, en las que quizá con un poco de suerte y la cabezonería habitual del ser humano podamos encontrar algún tipo de vida. Pero los que dicen esas cosas no conocen la literatura de Pedro Olalla, al que le basta la contemplación de uno de los mares más antiguos para redescubrimos todo un universo, porque quizá el paraíso estaba mucho más cerca de lo que pensábamos, y puede que pasásemos por allí sin darnos cuenta de por dónde estábamos pisando.

Redescubrirnos el mundo griego parece ser la tarea titánica que se ha impuesto Olalla y cada poco nos regala un libro sobre el tema, despertándonos la curiosidad sobre la historia, la geografía, las costumbres, la lengua, y todas las conexiones de nuestra cultura que están directamente entroncadas con ese emporio de las artes y la navegación que fue el mundo griego. Y es difícil abarcar tanto y hacerlo también, puesto que Olalla sabe trasladarnos su entusiasmo, y le basta contemplar un terruño de tierra o una porcioncita de agua salada para que el lector se sienta transportado a lo que se le está contando.

Pero al mismo tiempo que nos deleita y nos embriaga también nos enseña, y es que este ensayo narrativo deja una ánfora de conocimiento en nuestro interior que al acabarlo nos pide más, y ya está uno nervioso paseando por su modesta biblioteca, buscando a esos autores del teatro griego al que hace años que no leíamos o a los que nunca hemos leído, mirando nuestras ediciones de Homero, los desgastadas que están y lo que merecerían ser renovadas, puesto que el helenismo (que no deja de ser el mejor de los humanismos de occidente) ha vuelto a llamar a nuestra puerta, y hay tanto por conocer y saber y leer que ya se ha quedado muy grabado en nuestro interior que antes de Homero hubo muchas cosas, muchísimas, y que sería muy imperdonable que nos despidiésemos de este mundo sin haber intentado conocerlas.

Eso es algo fundamental en este ensayo: el mundo pre-griego. Sobre el que muchas veces se ha pasado de puntillas no dándole la importancia que tuvo.

Hay muchísimos datos que me han sorprendido: lo expertísimos que eran los minoicos navegando, sirva de ejemplo que conocían las diferentes corrientes del Atlántico y poseían mejores y más amplios barcos que los de Colón o los de Magallanes- Elcano; las muchísimas rutas comerciales que tenían por aquella época, como buscaban cobre y ámbar y otras mercancías en diferentes geografías, y lo mismo te cruzaban las columnas de Hércules rumbo a la actual Escandinavia que te llegaban a la zona del Canadá. Las evidencias y los recientes estudios parece que así lo demuestran: que estuvieron en el continente americano no de una manera anecdótica sino con enclaves permanentes. También me ha sorprendido mucho la crónica del hallazgo (creo recordar que citaba tierras de Transilvania) de letras con apariencia a origen griego y que datan ¡de dos milenios de antigüedad en diferencia con los textos sumerios! Serían, entonces, los más antiguos hallazgos de expresión escrita encontrados hasta la fecha.

Olalla pone en entredicho la separación de lo pre-griego y lo griego y que existiese un periodo minoico y luego otro miscénico, como si fuesen periodos diferenciados entre sí, pues todo habría pertenecido a una misma historia con sus altibajos y sus catástrofes naturales y sus guerras y sus hambrunas y sus periodos de retraimiento y expansión. La necesidad de ir de isla a isla en “esa famosa charca de ranas” que es el Egeo convirtió a los habitantes autóctonos (junto a los pelasgos y a otros muchos pueblos del entorno, que en realidad vienen a ser los mismos) en los navegantes más expertos. Yo hasta ahora (supongo que por nacer en una antigua colonia fenicia) había considerado a los fenicios los navegantes más expertos, pero Olalla ha conseguido que me plantee que igual solo fueron el epílogo de lo que ya se había gestado con anterioridad; que hasta la introducción del alfabeto puede que no fuese provenientes de los pueblos de Tiro, sino que ya existiese, y solo se adoptaran en el lógico intercambio cultural y comercial que se ofreció entre dos pueblos marineros con intereses comunes. Es más, esa hipótesis tiene un gran sentido. Homero sería, entonces, como el culmen de todo un legado, como una especie de cronista (o de cronistas) que hubiese recogido toda la tradición oral y la hubiese dado forma literaria. Esto creo que no lo dice Olalla, que es una conclusión mía que me ha nacido al hilo de lo que estaba leyendo. Sea como fuere me parece apasionante no dar nada por sentado en la historia, y partir siempre de las evidencias, sin fanatismos ni imposiciones ideológicas. Aplicar a los estudios un método científico y abierto a nuevos hallazgos, en continua revisión, con lo cual las conclusiones no serían cosas inamovibles sino planteamientos en expansión, porque la historia de los seres humanos en el Egeo y, por extensión, en todas las latitudes, no puede ser una proyección inmóvil sino un hogar lleno de ventanas y claraboyas, y puede que hasta catacumbas, con esa claridad mágica y ese rumor del mar siempre presente. Baste recordar la cita del sabio Solón que viene incluida en el libro: “Que lo primero que aprendan los niños sea a nadar y a leer”. Ojalá fuese esa la verdadera prioridad en nuestras escuelas y no este mercantilismo sin corazón en el que vivimos. El mar y la palabra escrita como prioridades, como señas de identidad, como presente y horizonte, como lo que verdaderamente nos define.

En definitiva un libro valiente, culto, ameno, poético, y lleno de historia y entusiasmo por un mundo que no deja de ser también el nuestro.

Si como alguien dijo alguna vez “en cada poeta asoma la posibilidad de inaugurar el mundo”, yo creo que en cada helenista hay la posibilidad de recuperarlo. O, al menos, de gozarlo y comprenderlo para hacerlo más habitable y fructífero. Pienso que Pedro Olalla tiene tanto de poeta y filósofo como de filólogo, historiador y antropólogo, en lo que no deja de ser un milagro de compendio aristotélico.

Se me está olvidando mencionar cómo está ensamblado el libro, lo limado y trabajado que está en su estructura, cómo a través de la escritura de un padre que espera a su hijo adolescente se va hilvanando ese pasado remoto y pre-homérico que se nos muestra. Me parece una manera muy sutil y entrañable de convertir a los lectores en cómplices, de hacernos embarcar cual alumnos en este viaje por un mar de palabras, historia, sabores y sonidos, más que descubriendo redescubriendo las raíces de las palabras, un océano por el que partimos, no para levantar barreras (como se menciona en el libro), sino para tender puentes entre nosotros y la historia, nuestro lenguaje y el de nuestro ancestros.

  Y por último, ya que no puedo hacer hablar musicalmente a las caracolas que sería lo que más adecuado en señal de reconocimiento, dejo aquí transcrito un párrafo que habla sobre el pasado griego, con una sonoridad y una belleza muy representativa de lo que se van a encontrar los afortunados lectores de este libro: “De los escritos de los antiguos griegos, conservamos aún más de once mil obras: muchísimas más de las que conservamos de cualquier otra cultura del pasado, pero una parte mínima siquiera de las que se guardaban en los anaqueles de la famosa biblioteca de Alejandría. La pérdida es inmensa, Silvano. Todo lo que nos queda, por mucho que parezca, no son más que las ruinas de aquella milenaria civilización, lo que ha escapado al tiempo y a la barbarie, lo que el azar o el gusto de anónimos copistas han salvado, lo que sobrevivió como hápax, lo que no es solo olvido, cenizas de ave fénix. Y todo lo que queda es, en el fondo, la muestra de una cosa: de esa necesidad tan puramente humana de cifrar lo pensado, lo sentido, lo vivido; de esa necesidad de compartir emoción y memoria que condujo al denodado intento de conservar el logos, de dejarlo grabado, dormido en un silencio, para que la mirada de otro, algún día, pudiera despertarlo”.

Despertemos junto al mar Egeo. Sabe de nosotros desde el principio de los tiempos.

Hasta otra.

Contra vosotros, de Mercedes Soriano

Si aprendierais a caminar, si recuperaseis el privilegio de ser vagabundos, advertiríais por vosotros mismos que el mundo es otro. Para vuestro gusto y vuestro asombro, comprobaríais que la obstinación de las plantas cuaja las cunetas, invade el asfalto y lo lastima: no son masas de color, son formas y tonos tan ensamblados y diversos que cualquier pintor, si fuera sincero, se sonrojaría al contemplarlos. La evidencia de los amarillos ondulados, de la mancha escarlata sobre el ramaje grisáceo, la gama de violetas trazada por la flor del cardo, el miosotis y el espliego, los rojos de la sangre y del carmín os dejarían absortos. Se trata de una vegetación humilde, plebeya, ninguneada por los fabricantes de flores ampulosas sin aroma y, desde luego, por los realizadores de documentales televisivos, que siempre prefieren mostrar la exuberancia de tierras que dicen exóticas. Sin embargo, se manifiesta con una firmeza que expresa la voluntad del cosmos, su decisión de hacerse presente por sí mismo a pesar de vuestra intervención. Si caminarais y descubrierais el entusiasmo de ir despacio, vuestros ojos viajarían de otro modo a través de lo pequeño y de lo grande, las moles oscuras dejarían de ser impedimentos o volúmenes fugaces y sus laderas, repliegues y hendiduras se abrirían ante vosotros para deslumbraros, haceros notar la ferocidad inserta en la mansedumbre, revelaros la insignificancia de todos vuestros inventos y ansiedades.

A veces, entre la marabunta de escritores, nace una estrella errante. Se le reconoce porque en seguida se aparta de la multitud y marcha con su propio rumbo. No pretende ni busca el éxito o, al menos, no lo busca a cualquier precio, puesto que no entiende el éxito como una escalera hacia la cúspide de la pirámide social, sino como la alegría intima que siente el escultor al apreciar el resultado final de su trabajo. Por lo general, estos escritores están dotados de una sensibilidad crítica, cuestionan la sociedad en la que viven y señalan sus faltas y sus vicios, y por ello al mismo tiempo que se separan del rebaño el propio rebaño trata de marginarlos despreciándolos y ninguneándolos.

Puede ser este el caso de Mercedes Soriano, escritora que había encontrado cierto éxito en la España de los ochenta, para apartarse al principio de los noventa y largarse a un rinconcito del sur, lejos de las prebendas y los peloteos en las que se suele mover el mundillo cultural.

La Navaja Suiza ha recuperado este libro, “Contra vosotros”, que se editó por primera vez hace ya unas décadas. Supongo que como pone en tela de juicio “el mito de la transición y los primeros años” no fue bien recibido ni por los suplementos ni por la élite del mundillo literario, porque Mercedes es una autora “incómoda” que (a través de la estructura y del exquisito manejo del lenguaje) consigue poner en aumento las lentes de la corrupción moral de nuestra sociedad, la búsqueda del éxito fácil —preludio del ladrillazo—, aumentado el espejo de las deformaciones que tuvimos y seguimos padeciendo.

El libro se estructura en siete monólogos. Todos bien logrados y magníficamente escritos, reconocibles en su diversidad y profundos y críticos, hasta llegar al monólogo final, llamado Nadie, que está por encima del resto y que, si se me permite, está muy por encima de lo que se escribía hace treinta años y de lo que se suele escribir hoy en día. En todo: en calidad, en profundidad y en visión. Les recomiendo leer antes que nada este segmento narrativo, y luego comenzar la novela desde el principio. Posiblemente la escritora (de estar viva) lo censuraría; pero yo soy de los que consideran que solo se puede “contagiar” la literatura a través del entusiasmo que despierta lo más excelso. Los manuales de literatura y los críticos literarios no enseñan nada, o si enseñan algo es muy poco y no nos vale. El lector ha de formarse en soledad y lejos de contaminaciones interesadas. Leer con profundidad en este mundo tecnológico es una forma de resistencia, no una manera de perder el tiempo o de tener una ocupación, que es una forma más de corromper la lectura que posee el mercado. La literatura no es un hobby, como algunos nos quieren hacer creer, la literatura es la elevación que nos muestra los abismos y las bondades de los seres humanos, la belleza y la crueldad del mundo que nos rodea, todos los enigmas de la carne y del cielo, todas las ausencias a las que estamos abocados. Al leer regalamos nuestro tiempo para vivir más vidas a las que tenemos acceso. Es un trueque justo y equilibrado.

Yo no sé cuántos lectores alcanzará Mercedes Soriano en su resurrección literaria, ni si La Navaja Suiza tiene la intención de seguir recuperando su obra, lo que sí sé es que en la misma editorial hay un ensayo- ficción narrativo, Aposento, de Miguel Ángel Muñoz, que indaga sobre la vida y la obra de esa estrella fulgurante y errante de las letras hispanas, que un día decidió dejar los fastos del triunfo por la contemplación de los espacios abiertos, en una renuncia que nos tememos tenia tanto de actitud vital como de hartazgo.

Lean a Mercedes Soriano y descubran a una gran autora que deslumbra con luz propia. Persigan el eco salvaje de una respiración que busca y explora y descubre que la realidad social y afectiva tiene muchos prismas, ondulaciones y concavidades. Una autora que acabó muy cansada de la plaga de “carcoma intelectual” que vive instalada en nuestro país.

Murió con cuarenta y nueve años.

Hasta otra.

Literatura de calidad

La Rata, de Andrzej Zaniewski

Gris, con tu lomo redondeado, sobre tus patas como resortes, con tu larga y pesada cola, atraviesas la calle, atenta al menor rumor, murmullo, movimiento. En todas partes, en cualquier lugar, puede acechar un enemigo; en todas partes, a cualquier hora, amenaza la muerte. La vida te ha enseñado a tener miedos; a morder, a morder y a destrozar, a destrozar y matar”.

Dicen que la literatura no puede cambiar el mundo, que su ejercicio no posee capacidad de transformación, que no sirve para nada; pero es mentira, no hay nada más necesario que prestar atención a las palabras en un mundo tan mercantilizado como el nuestro. Es más, sin tenerles ningún cariño y gracias a las palabras, una rata me debe la vida, pues si yo no hubiera leído este extraño y feroz libro difícilmente se me hubiese ocurrido salvarla. También es verdad que eso ocurrió hace algo de tiempo, por lo que teniendo en cuenta sus escasos años de vida difícilmente seguirá latiendo.

La cosa sucedió así: en una casa de campo y en los meses últimos de invierno —no recuerdo si era finales de febrero o marzo— una rata cayó a la piscina abandonada. No tenía mucha agua, pero sí la suficiente para ahogarla. A pesar de ello nadaba con prestancia. Era enorme. Seguramente habría caído allí por un descuido o por estar huyendo de los gatos. A nadie pareció importarle mucho su destino. Pero yo acababa de leer por primera vez este libro y andaba sobrecogido por su lectura. Este libro que luego releí tropecientos veces y regalé y perdí y volví a encontrar y comprar en una librería de viejo, porque se encontraba descatalogada y era muy difícil de hallar. Así que busqué uno de esos palos en los que se suelen recoger las hojas que caen y se lo coloqué de trampolín a la cansada nadadora. No tuve que esperar mucho: enseguida se aferró a él. Hubo un par de segundos de indecisión, como si estuviese planificando sus siguientes pasos, y enseguida comenzó a moverse hacia mí, posiblemente haciendo un acopio de sus últimas fuerzas; renovada en la esperanza de salvarse aumentó su velocidad y remontó hasta llegar a la superficie corriendo, evitando que yo pudiera hacerle algo; ahí noté el miedo del roedor, su miedo y su tremenda fuerza, su enorme agilidad. En apenas unos segundos llegó hacia la espesura de unos árboles y por allí se perdió.

Yo pensé que había revertido (dentro de mis posibilidades) “los caminos de la historia”. La batalla entre humanos y ratas de las que se habla en ese libro con tanta crudeza. El libro de un maldito, un escritor maldito polaco que creo que a día de hoy es octogenario, y que tuvo que salir primero editado en Chequia, porque ningún editor de su país se atrevió a publicar semejante novela. Cuando la obra comenzó a ser alabada por una legión de lectores irredentos, entonces sí que se preocuparon en Polonia por editarla.. ¿Habría comprendido la rata mi gesto? Lo dudo; pero sorprender seguro que le habría sorprendido. Una rata no espera jamás clemencia de un ser humano. Ni la espera ni se le otorga, ni siquiera se la otorgan entre ellas, pues basta un cambio de olor en su pelaje para que se destrocen entre sus camadas, incluso entre una misma familia.

Es un libro feroz, durísimo. Un libro que se centra en la vida de una rata desde su nacimiento hasta su muerte. Los lamidos de la madre, su leche, la atracción por la luz, las trampas, los venenos, los tropiezos con felinos, los sabores de las comidas, los huecos, las galerías, sus dientes que no dejan nunca de crecer, las peleas entre ratas, los apareamientos, las camadas, la lucha incansable por la comida, otra vez los venenos, los agujeros que son rellenados, las alcantarillas, las cuadras, los viajes en barco, las casas de campo, la ciudad, los coches, las lechuzas, todos los numerosos peligros que ha de sortear una rata. Y también algo que me sorprendió sobre manera: las ratas colonizadoras y viajeras, como hay una estirpe entre ellas que se juegan el tipo renunciando “a las comodidades” que les ofrecen sus territorios de nacimiento, y viajan, ya sea en barcos, en trenes o en lo que puedan, hacia otros geografías, en las que tendrán que defenderse como ratas invasoras que son de inmediato atacadas, y sobrevivir y mezclarse y vuelta a viajar hasta el aliento final, siempre perseguidas y odiadas, pero sin dejar de atacar y defenderse, hasta el último aliento.

Ahora que lo pienso a este libro genial y durísimo le debo algo más que la anécdota de un rescate: le debo un relato. Si no lo hubiera leído y releído jamás se me habría ocurrido escribir el relato Mirelle, incluido en El emperador de los helados. También tengo que añadir que hay notables diferencias: la mía es una rata-hembra y la de Zaniewski es un macho; la de él es de ciudad y la mía de campo, más concretamente del Jura: una cadena montañosa que posee un encanto muy particular y los mayores bosques de toda Francia; la suya no tiene tiempo más que para buscar comida y la mía gracias a ser la mascota protegida de un Vizconde loco no tiene necesidad de buscar nada porque está saciada en sus necesidades básicas; la suya es despiadada y vulgar y la mía es despiadada e intelectual, voraz e incansable lectora. En lo que ambas coinciden es en su odio a los gatos.

Lo dicho: la literatura influye en la vida y la transforma. Muchísimo. Es verdad que, a veces, no la transforma del todo, pues yo sigo sintiendo animadversión por estos animales; eso sí, gracias a la literatura, he llegado a admirar su capacidad de resistencia, aunque los prefiero muy lejos. Puedo salvarles la vida, pero si se atreven a acercarse los perseguiré.

Si tienen la oportunidad busquen este libro. Y si no, no se preocupen: la vida me ha enseñado que los libros llegan a uno en el momento en que ellos quieren llegar. Y este no resulta un libro complaciente y no es, desde luego, para lectores dubitativos y moralistas. Encantará a muy pocos y será abandonado por la mayoría. Su prosa es vertiginosa, simula ser una cola de roedor en continuo movimiento y a veces te agarrota y aplasta por su crudeza, porque lo que te cuenta sabes que es real, que la vida es despiadada en todos los sentidos.

En todo caso traten de leer cosas que se salgan de su zona de confort. Los lectores debemos ser como esas ratas peregrinas que aprovechan los medios de locomoción de los seres humanos para plantarse en la otra parte del globo terráqueo. Sin ese afán de conocer otras lecturas, otras prosas, otros prismas, otras tradiciones literarias, otros horizontes, el acto de la literatura es más provinciano, menos fecundo.

La curiosidad mata, pero también amplia el conocimiento del universo. Las ratas y los seres humanos (tan enemigos entre ellos y tan iguales en su comportamiento) llevamos miles de años experimentándolo.

Hasta otra.

Popurrit de reseñas

Hace unos días, en el canal de youtube “Los últimos encargos de Monsieur Vollard”, se volvió a reseñar uno de mis libros. En este caso se trata del último publicado, una antología de relatos con el título homónimo de un poema de Wallace Stevens: “El emperador de los helados”.

Todas las reseñas de este canal son muy curiosas, puesto que en un solo minuto tratan de desgranar lo más relevante de cada libro. A mí esa capacidad de concreción me tiene fascinado porque me parece extremadamente difícil.

Y también señalar que hace apenas unos pocos días, en otro canal de youtube, el de Daniel Turambar, se hizo el balance de lecturas de lo que va de año. “De cielos y escarabajos”, mi novela editada en Niña Loba y que va ya por la segunda edición, fue elegida en la categoría de mejor libro.

Por último incluyo y comparto una nueva reseña escrita de “El emperador de los helados”, que salió justo ayer por la noche en el blog de Rafalé Guadalmedina, escritor recién estrenado en la editorial Nazarí, y al que le deseo la mejor de las suertes pese a no estar muy de acuerdo con sus palabras. Creo que, en cierta medida, Rafalé se ha visto sobrepasado por “el gordito” y ha tratado de aclararse las ideas leyendo otras reseñas que han salido de mis libros. Solo de esa manera me explico que señale la inclusión de un escritor, Wolfgang Borchert, que (aunque forma parte de mi literatura y de mi vida) ni menciono en ese libro.

Agradecido por estas tres reseñas.

Nada más, disfruten del verano en lo que puedan y preparen la cubitera de hielo para soportar estos calores infernales. En lo literario septiembre vendrá con sorpresas. Sobrevivan a la mediocridad y busquen lo bello, que es una de las emanaciones en las que aún puede manifestarse lo sublime.

Hasta otra.

Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai

Él no necesitaba nada para transportarse; de hecho, ni siquiera le hacía falta transportarse para pasar de aquí, de la aridez devoradora de esta minúscula población terrenal, al «océano inconmensurable del firmamento», ya que en la imaginación y en el pensamiento, que en su caso nunca se separaban, llevaba treinta y cinco años navegando por el mágico silencio del cielo estrellado. De hecho, no poseía nada—toda su propiedad se resumía en un abrigo de cartero y en los demás elementos del equipo, un bolso con la correa para colgárselo del hombro, una gorra y unas botas—, de modo que podía medir todo cuanto tenía con las vertiginosas distancias de la cúpula ilimitada; y así como se movía con total libertad, como en casa, por aquel espacio inmenso e inabarcable, no encontraba, prisionero de su libertad, su lugar aquí abajo, en la estrechez de esta «aridez devoradora» que no podía compararse con el cosmos sin límites, y clavaba la mirada radiante en los rostros amables, pero también oscuros y atontados, como hizo también esta vez, al plantarse ante el estirado cochero para repartir los bien conocidos papeles. «Usted es el Sol», le dijo en voz baja a la oreja, y ni siquiera se le pasó por la cabeza que no fuera del gusto del hombre, que no quisiera ser confundido con otro, precisamente él que no podía oponerse, ocupado como estaba en los párpados que se le cerraban y en la noche amenazadora. «Usted es la Luna», señaló luego Valuska, volviéndose hacia atrás, hacia el robusto cargador, el cual, sin pensar, se encogió de hombros, dando a entender que le daba igual, y acto seguido empezó a girar y a bracear desenfrenadamente, tratando de recuperar el equilibrio perdido por causa de aquel movimiento imprudente. «Y yo soy entonces la Tierra».

“La tierra” es interpretada por Valuska, el hijo de la señora Pflaum, amigo del director de orquesta retirado y el inquilino más poético de la taberna Hagelmayer, justo en el párrafo en la que el propio Valuska se sirve de los borrachuzos asistentes de la taberna, a la hora del cierre de la misma, para hacer una performance con sus cuerpos e imitar el movimiento de los astros, “porque nosotros las personas sencillas podemos comprender algo de la inmortalidad”, y “el modesto papel del hombre en el universo”. Es una de esas escenas grandiosas, (epifanías de lo trascendente), en las que la pluma de este escritor húngaro de apellido casi impronunciable, Krasznahorkai, alcanza cotas de enormidad en las que nuestras neuronas se cortocircuitan.

Vayamos a lo importante: Melancolía de la resistencia, es de los libros más densos y más profundos e inclasificables que he leído en toda mi vida. Yo hacía una broma por twitter sobre que la literatura del rumano Cărtărescu  era un juego de niños respecto a este escritor; eso, sin duda, es un poco exagerado, porque el rumano también se las trae con el despliegue de sus mundos oníricos, y también porque son dos escritores con estilos muy distintos: el rumano es “mucho más sencillo de leer” y con unas formas y pretensiones “más digeribles”. El húngaro es el escritor del fin del mundo y de la decadencia, del eterno ciclo del ascenso y caída de Dios; profundiza en el legendario divorcio entre el cielo y la tierra y teoriza sobre el nacimiento y la muerte, para él dos ejes que marchan en una misma dirección, pues su máxima es que todo lo que nace, por el mismo hecho de nacer, lleva implícita su propia destrucción. Ambos son unos monstruos.

  Y eso es tanto así que con ni con dos relecturas completas me ha resultado suficiente para extraer con presteza todo lo que se encuentra en este libro. Y me temo que Krasznahorkai —en mi humilde opinión un gnóstico sin Dios— es muy consciente de lo ambivalente de sus atmósferas creativas, de cómo puede ser diferentemente interpretado por cada sensibilidad que se atreva a sumergirse en ese mundo abisal que resulta su literatura.

Pillemos el periscopio para atisbar algo.

  Dividida en tres partes: “Circunstancias extraordinarias”, “Las armonías de Werckmeister” y “Sermo super sepulcrum”, “Melancolía de la resistencia” esencialmente nos cuenta el derrumbe de una población tras la aparición de una especie de circo ambulante en el que viaja una ballena disecada. Sí, una ballena. Si a eso le sumamos que nos encontramos con personajes tan raros como un director de orquesta que vive confinado en su cama porque está cansado de su mujer (según su opinión: “un saco de patatas”), al mismo tiempo que está cansado del mundo y de la propia incapacidad de la música para llegar a los sonidos más puros ya estaríamos subiendo mucho la apuesta; pero si a eso le sumamos que la propia esposa del director es una verdadera fascista del orden y la limpieza, PATIO LIMPIO, CASA ORDENADA, y una manipuladora tan enorme que aprovechará los disturbios que se sucederán con la llegada de la ballena para imponerse, la cosa se nos irá de las manos. Pero eso no es todo porque nos faltan todavía el más grande de los personajes: Valuska, el héroe, un muchacho treintañero sin oficio ni futuro, el muchacho de los recados, que se dedica a diario a ir de acá para allá acompañando a borrachos y desocupados y es un angelical aficionado del movimiento giratorio de los astros. Ah, y eso sin olvidar a la señora Pflaum, aficionada a la opereta y una enana pechugona que es la propia madre de Valuska “la que ya se ha cargado dos maridos”, según nos cuenta György, el director, muchas páginas después, y con la que se abre esta novela demencial, cultísima y gigantesca en ese viaje de tren que resulta uno de los comienzos más desternillantes que yo recuerdo. El cómo los personajes van evolucionando dentro de la obra es una muestra más de la capacidad literaria del húngaro. Por ejemplo, el director de orquesta, el señor Eszter, también llamado György, evoluciona desde la negación y aislamiento de la realidad hacia un sentido más práctico, puesto que reconoce “que no podía luchar contra las dimensiones de la decadencia”; Valuska, sin embargo, va hacia el nihilismo y la confrontación, cuando al principio era un muchacho angelical al que solo le interesaban los astros.

A eso hay que sumar otros personajes igual de extravagantes: véase el comisario alcoholizado o el Duque, por ejemplo, todos los que acompañan la comitiva de la ballena o los soldados y el teniente coronel, y, sobre todo, más allá de los personajes, un estilo sin fisuras en el que un párrafo se alarga y alarga y alarga hasta el infinito y más allá. El estilo Bernhard-Beckett, la doble B de la que yo hablaba con ironía en uno de mis relatos incluidos en “El emperador de los helados”; pero en realidad podemos confirmar que ese estilo fue, esencialmente y para aprovechamiento exclusivo y extremo del papel, el estilo elegido porMontaigne. Puede que mucha gente no lo sepa pero los ensayos de Montaigne estaban escritos así, originalmente, pues cada ensayo-capítulo solo estaba compuesto por un solo párrafo. Luego posteriores ediciones y traducciones fueron manipulando las intenciones del escritor francés, dejándonos unas ediciones de sus ensayos que él no hubiera para nada autorizado, con la excusa simplista de hacerlo más accesible y que llegase a más lectores.

Por su parte Krasznahorkai nos deja descansar de vez en cuando para que recuperemos el aliento. Aprovecha algún cambio de narrador para darnos un poco de tregua, pero desengáñense, no es que esté pensando en sus lectores, ni le interesa ni los tiene en cuenta, es que está trabajando (cual los buenas estrategas) en un repliegue para avanzar con más fuerza por otros flancos. Porque lo suyo es una auténtica carnicería: contra la estupidez, contra la ignorancia, y contra la complacencia artística. No conozco otro escritor vivo más salvaje y profundo:

. “El nacimiento y la muerte sólo son dos momentos estremecedores de un continuo despertar”.

. La circunstancia irremediable de que la propia naturaleza había dejado de funcionar correctamente, de que la antigua fraternal alianza entre Cielo y Tierra había concluido para siempre, de que a partir de ese momento había empezado nuestra órbita solitaria en el cosmos, en medio de la basura de nuestras leyes desintegradas, en la que finalmente «quedaremos allí atontados, como corresponde, sin entender nada, y miraremos tiritando cómo la luz se aleja de nosotros>>.

. “Porque quería ver y veía, en efecto, la luminosidad que retornaba a la Tierra, quería percibir y percibía, en efecto, el calor que la inundaba de nuevo, y quería vivir y vivía, en efecto, la profunda emoción que uno siente al comprobar que se ha liberado del peso terrible de la angustia provocada por una oscuridad aterradora, gélida, parecida a una condena».

El estilo y la densidad del húngaro abrumarán. Las indagaciones en los estudios de los sonidos musicales deleitará a unos pocos y dejará sin capacidad de raciocinio a la mayoría; las escenas de violencia astral y humana y la ironía de la decadencia son marca de la casa, un sello propio que se alaga ya décadas de quehaceres creativos, el húngaro escribe así y sobre ese tipo de cosas tan locas y profundas y está en otra categoría superior a la mayoría de escritores vivos y muertos, en el olimpo de los escritores más excelsos de todos los tiempos, y poco a poco su voz se irá imponiendo por aplastamiento.

Leerlo no es solo salir de nuestra zona de confort, es una experiencia estética- filosófica-musical de muy altos vuelos.

Cuando todo esto se pudra, cuando nuestros huesos ni siquiera sean alimento para gusanos y el planeta ni exista ni los hijos de los hijos de nuestros hijos siquiera estén vivos y no sean más que cenizas ahogadas y frías, de eso que antaño fue en sus mejores momentos temblor y vida, seguirán resonando las estruendosas carcajadas de Krasznahorkai por toda la galaxia. Este tipo conoce los secretos más feroces e íntimos del universo. Yo he llegado a esa conclusión tras leerlo con frenesí durante meses y ver en una entrevista sus ojos azules e hipnóticos. Les incluyo una entrevista que solo he podido encontrar en inglés para que aprecien que no estoy exagerando.

En fin, que el escritor del fin del mundo les espera. No será un viaje sencillo, para nada, pero si tienen la paciencia para adentrarse en sus visiones este profeta- demiurgo de las tierras del sureste húngaro limítrofes con Rumania les recompensará con creces. Ni este libro ni el de “Tango Satánico”, ni siquiera algunas escenas-epifanías-orientales de “Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río” son de las que se te olvidan al día siguiente. Se te quedan ahí dentro grabadas a fuego en la memoria lectora. Y eso pese a la alta exigencia que nos propone. Un titán de la literatura.

 Hasta otra.