Reseña de «Jaulas de Hormigón», de Mayte Blasco

“A veces por las noches, sueño que un ejército de insectos hormiguea por mi cuerpo mientras duermo”

El otro día alguien colgaba en las redes sociales una foto de un edificio que me hizo reflexionar. Se trataba de una barriada residencial un domingo por la tarde y en la foto se veían todos los tendederos repletos. “Esto es un barrio obrero”, decía. Y, efectivamente, aquellos tendederos no parecían albergar a familias muy pudientes, sino a obreros y trabajadores humildes, fácilmente deducible por la cantidad de uniformes de trabajo que se veían aireándose al sol.

Los diez relatos que conforman “Jaulas de hormigón”, el nuevo libro de Mayte Blasco, trata sobre la vida de esos hombres y mujeres que habitan en esas casas, en esas “Jaulas de hormigón”, si bien no con el enfoque de un conflicto de clases sino como el conflicto humano de siempre, el de las relaciones personales, los vínculos filiales, el abandono en la vejez y la enfermedad.

Estamos ante un pequeño volumen de relatos que primero provoca la alegría de la prosa que se articula sin regodeos, que va a lo concreto, que avanza en tensión, que es similar a un escalpelo que separa la frustración de la carne para que apreciemos los estragos del paso del tiempo, y que entretiene, deleita y nos sobrecoge porque no deja de ser un espejo de nuestra realidad más inmediata. Tan abstraído me quedé leyendo estos relatos que un bizcocho que tenía puesto al horno se me quemó. Y eso en el fondo, pese al disgusto pasajero de mis comensales, es muy buena señal de que su lectura atrapa y te mantiene en tensión sin soltarte ni un segundo.

Me quedé pensando en mi propia experiencia urbana, en las “Jaulas de hormigón” que yo había habitado, sobre todo cuando era pequeño, un edificio de muchas plantas, vivíamos en las alturas, y a través de los muros, muy de madrugada, se escuchaba el paso del tren, las vías estaban ahí al lado, cada vez que íbamos al colegio mi hermano y yo teníamos que atravesarlas con las obsesivas y repetitivas recomendaciones de nuestra madre, “de que nos detuviéramos sí o sí hasta que pasase el tren y no intentáramos cruzar hasta asegurarnos de que la barrera la hubiesen levantado”. Como siempre las recomendaciones iban dirigidas hacia mi hermano, que era él que tenía que cuidar de la integridad física del salvaje que os escribe. A pesar de todas las precauciones de vez en cuando moría atropellada alguna persona y también escuchábamos rumores de gente que se lanzaba al tren por su propia voluntad. Entonces vivíamos en la calle o en la playa cual indígenas sin civilización, siempre con una pelota entre los pies, como la presencia fantasmal de “Los niños del patio”, uno de mis relatos preferidos de este libro. Entonces no existía los móviles; éramos más libres y volvíamos a casa cuando el sol comenzaba a declinar, antes de que la cena familiar estuviese lista; era otra realidad urbana, pero no menos sórdida.

El libro de Mayte se abre con una cita de Fernanda Trías, la escritora uruguaya que tanto nos está influenciando con sus libros, “el mundo es esta casa”, escribió en su tremendo libro de “La azotea”, en España editada por la editorial Tránsito; y Mayte lo aprovecha muy bien porque esa cita le viene como anillo al dedo a estos relatos.

. Se abre el pequeño volumen con “Purgatorio”, un relato duro y directo que va sobre un paralítico que perdió tanto la movilidad como la capacidad de hablar. A medida que la narración avanza se ahonda sobre la degradación de su relación con su pareja, que se ve obligado a cuidarle en las horas que Elvira, la cuidadora contratada, descansa. El punto de vista narrador parte de Antonio, el paralítico, un hombre que como él dice “la enfermedad me dejó sin habla y sin movilidad, pero no me volvió retrasado”. Unas pocas páginas serán suficientes para sobrecogernos en esta degradación que no solo afecta al propio enfermo sino a su propio entorno. Muy recomendable e inquietante.

. Sigue con “El hijo”, la visión de una madre obsesiva y controladora con su hijo, de la que ella piensa que “algún día hará algo terrible”.

En todos estos relatos los sonidos son muy importantes. Tanto las llamadas por teléfono como los sonidos que salen de la televisión, siempre encendida, formando parte indivisible de las vidas en esas “Jaulas de hormigón”, porque están presentes a cualquier hora, la de las comidas, la cena, etcétera. Y siempre flota en el ambiente algún secreto que eleva la tensión de lo que va a suceder, eso terrible y latiente que está ahí agazapado y a punto de manifestarse.

. Prosigue con “Un inmenso cubo negro”, que es uno de los dos relatos en los que se trata el abandono y la soledad en el tema de la vejez. Creo que este relato está enfocando de una manera muy original. Por cierto, aquí la televisión también emite su sonido continuo y algo más…. Sin destripar nada (aunque casi lo hago) lo recomiendo muy entusiasmado.

. El siguiente relato se titula “En la habitación”, y trata sobre una relación que surge entre un joven y una mujer madura en un foro literario, en la que supuestamente se va a hablar de literatura pero que no deja de ser lo mismo que uno de esos habituales foros de contactos. Un relato más en la que en el último momento, cuando uno cree que ya lo tiene desentrañado mientras lo está leyendo, va y te sorprende con su resolución. Otra pequeña joya.

Proseguimos con “La ninfa enjaulada”, el número cinco. Aquí vamos a meternos en la piel de una mujer que desea tener sexo en medio de lo más duro de la pandemia del Covid. Muy bien conseguido esas sensaciones de ver la realidad a través de la terraza, los sonidos, los vecinos, las urgencias carnales, etcétera.

Hay que decir que todos los relatos están situados en nuestra realidad más inmediata, y que esto es otro mérito que no quiero pasar por alto, puesto que el escritor que escribe sobre el mundo que le tocó vivir —lo que no quiere decir que escriba sobre sí mismo— asume verdaderos riesgos.

En realidad lo fácil es situar la trama en la antigua Roma o en el misterioso Egipto, bastaría leer unos cuantos libros sobre ello y tener cierta ligera idea de historia para hacer un pastiche de los que luego se venden como rosquillos. Lo señalo porque tengo metida en la cabeza esa frase de Faulkner que tenía un sarcasmo terrible: “¿Pero alguien en su sano juicio sabe de verdad cómo hablaba un faraón?” Pues eso. Afortunadamente estos relatos nada tienen que ver con esos pastiches históricos que tan mal están escritos. Y eso que a mí me encantan libros como “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar; pero mientras este último es un libro de calidad incuestionable y de una identificación total con el personaje y la época, los otros son, en su mayoría, como un culebrón de las cuatro de la tarde con ropajes de otras épocas y otros tiempos. Soltada esta digresión que no venía a cuento volvamos con urgencia al libro de Mayte.

. Pasamos al siguiente relato “Fotofobia”, la relación que se establece entre Oriol, al que llaman en el barrio “el vampiro”, y Martina. Ambos se conocen en un antro de esos de poca luz en los que hay que bajar las escaleras teniendo cuidado de no perder el equilibrio. Este relato me hubiese gustado que fuese más extenso. Los dos saltos en el tiempo ocurren con demasiada celeridad, y de pronto vemos a los dos conociéndose en el bar y a las pocas páginas a ella consultando un test de embarazo. Como siempre todo está magníficamente logrado, la ambientación, el ritmo, una prosa que no se anda con regodeos y que llama a cada cosa por su nombre. Pero como le pasaba a Chesterton con los libros que le gustaban mucho, pues yo también miré por si el relato seguía por alguna parte, en otras páginas escondido, por ahí agazapado, en algún otro lugar del libro, como páginas que se han desprendido, y así podía recuperarlo y seguir leyéndolo para que no se terminase tan pronto.

. “Madre” es uno de mis relatos preferidos. La situación es muy sencilla y seguro que todos (o en primera persona o por gente muy conocida de nuestro entorno) la hemos vivido: un matrimonio separado del que el hombre se lleva al niño de excursión a un pueblo, y la madre, a la que le gusta escribir, está viviendo un «sinvivir» continuo por si el niño se habrá llevado esto, se habrá llevado lo otro y demás… Yo casi sufría más porque la mujer no pudiese pasar del primer párrafo de esa novela que estaba escribiendo, “ A veces por las noches, sueño que un ejército de insectos hormiguea por mi cuerpo mientras duermo…”, que por la trama del relato en sí, porque desde el primer momento supe que ningún acontecimiento truculento iba a acontecer al niño con el padre, que todo misterio enseguida se esclarecería y todo saldría bien; pero ese nerviosismo de la mujer, constantemente mirando el móvil y llamando, en vez de escribir su novela, me estaba incendiando.

Bueno, es un magnífico relato, logradísimo. Tan perfecta ficción que se puede decir que funciona tan bien como esos relojes suizos de bolsillo que una vez vi en un museo y de los que me aseguraron que nunca retrasaban; y yo, mientras la guía del museo me lo contaba con todo género de detalles y combinaciones matemáticas, me puse abstraído a pensar en la bombilla Byron de Pynchon, posiblemente las veinte páginas más gloriosas de la literatura que yo haya leído en lo que arrastro de mi existencia, mejores que las mejores páginas de Bernhard, de Woolf, Proust, Duras, o cualquiera de los autores y autoras que leo y releo como si fuesen profetas de mí propio y particular evangelio vital, si bien Pynchon tiene de vez en cuando esas epifanías gloriosas en tramas absolutamente hinchadas y locas, pero el conjunto de su obra, a mi parecer, no está a la altura. Da igual, esas veinte páginas justifican toda una existencia literaria. La gnosis primigenia del conocimiento literario.

En fin, que el relato “Madre” de Mayte Blasco es de orfebre. No le sobra ni una coma; tiene ese flujo que te empuja a leerlo por entero, sin parar, y está al alcance de todo el mundo, todo el mundo que sepa leer puede entenderlo y gozarlo y sufrirlo. Porque una de las cosas a más valorar de este conjunto de relatos es la sensatez de la prosa de Mayte Blasco, no necesita de florituras ni de ambages ni de moralina ni de ejercicios prosistas de esgrima, va a lo que va cual una flecha certera, y esa concreción, esa maravillosa sensación de leer una narración como una fuente cristalina de agua que brota al natural, solo se consigue tras el esfuerzo y el sobreesfuerzo constante de pulir la materia del lenguaje y la vida.

. Pasamos a “Antigüedades”. Hablando de relojes, aquí sale uno de sobremesa. Volvemos a las relaciones de parejas. Basta una enfermedad, una pérdida de empleo, una situación de empeoramiento para que las relaciones se vayan degradando y pudriendo y las personas se conviertan en inservibles, en meros objetos decorativos, en antigüedades.

. Llegamos a “Los niños del patio”, junto a “Madre” mi preferido, aunque la calidad de los ocho restantes es muy pareja.

No estamos ante un libro de esos de relatos de las que dos son buenos y el resto se incluyen para rellenar páginas; aquí todos tienen su interés y su calidad. Indudablemente el gusto es algo personal, pero qué lector con un poco de corazón no se va a emocionar con la octogenaria de “Los niños del patio”. Es imposible. Las páginas más épicas de esa tragedia obrera de los que viven en estas “Jaulas de hormigón” acontecen a esta anciana, que también tiene veleidades literarias y está muy sola y desamparada y sin capacidad para saber qué está aconteciendo más allá del patio. Y que sufrirá un accidente casero que le llevará al límite de sus fuerzas. Un primer piso sin ventanas. Un encierro en vida del que los únicos contactos con el exterior son mínimos. Toda la sordidez de esas vidas que se ocultan en esos edificios obreros que llenan los tendederos de ropa tendida y uniformes de trabajo los domingos por la tarde.

. En el último, en “Trinchera”, asistimos a la defensa de su integridad por una mujer traumatizada. Aquí la tensión está muy bien trabajada y nada más he de añadir si no quiero chafar lo que ocurre. Solo puedo recomendarlo que no lo dejen pasar por alto.

Una vez más el ruido de esas “Jaulas de hormigón”, el sonido de los ascensores, los rellanos, los móviles que no contestan, las miradas a través de los visillos de las puertas, las llaves en las cerraduras, los timbres, las neveras que se abren, las despensas, crean una atmosfera de opresión y angustia.

No busquen en estos relatos los acontecimientos de personajes de la jet set y tertulias infumables sobre aristócratas y crónica rosa; vidas principescas de viajes en crucero de lujo y atardeceres en los restaurantes alrededor del puerto de Mónaco, con vistas, por supuesto, al otro lado de la bahía y a su famoso casino; aquí todas son vidas humildes pero que luchan y se esfuerzan por sobrevivir, o bien se ven arrastradas por sus pasiones y la enfermedad o bien por la llegada de la vejez que los zarandea entre la soledad y el abandono hasta un punto insostenible.

Mayte Blasco ha construido un pequeño volumen de relatos que beben de la realidad de nuestra sordidez, en nuestros días de mascarillas y encierros de pandemia y modernidad tecnológica de envases vacíos y soledades antológicas, y que no reflejan más que nuestro propio espejo como sociedad en descomposición, como seres humanos que somos latientes y sufrientes, a pesar de todo.

Ya demostró singular maestría en su anterior novela “La extrañeza de la lluvia”, editada por maLuma, que tuve la suerte de leer y releer y reseñar en mi humilde blog, un libro que si bien partía de una distopía no dejaba de hundir su hocico en la realidad de las relaciones humanas y de un planeta cuya propia existencia está en vías de extinción; aquí yo creo que se ha superado porque el grado de realismo es absoluto.

Si la comparación no ofende me ha retrotraído a la literatura de una Émile Zola de nuestros días. Leyendo este pequeño volumen he recordado toda la serie de los Rougon, con una de mis novelas preferidas a la cabeza, la de L´Assomoir, porque, independientemente de las diferencias, la vida sórdida de esos ciudadanos no deja de ser la misma (sin tantos aparatitos modernos) que la de los habitantes de estas “Jaulas de hormigón”.

Quizá los siglos han pasado; quizá las grandes ciudades se han ensanchado; quizá hasta las hogazas de pan no tengan ni el mismo sabor ni la misma textura, ni siquiera el mismo color debido al tipo de harina tan distinto que utilizamos, y tengamos todavía más hormigón que antaño, eso es seguro, y televisión y móviles y neveras y ascensores…, y antes la ropa se limpiaba frotando hasta la extenuación y ahora se mete en ese objeto que se llama “lavadora”, y que el vecino de enfrente ha programado a las tres de la mañana porque seguramente habrá escuchado en la tele que en ese horario ahorrará algunos euros en la factura de la luz; pero la sordidez, la lucha por la existencia, las relaciones, las obsesiones, la carne llamando a la carne, el desamparo de los más humildes e impedidos que ya no son útiles ni para ser reventados, siguen ocurriendo día tras día.

Tras esos tendederos repletos de ropa los domingos por la tarde la vida sigue latiendo. Observarlos: en ellos conviven galopantes la comedia y la tragedia humana.

Basta leer este magnífico libro de relatos para sentir la vibración de esas vidas, que en gran parte o en alguna parte, siguen siendo también las nuestras.

Entrevista a Jorge Morcillo

Normalmente los autores cuando conceden una entrevista suelen hablar sobre sus obras. Yo, más bien, creo que hablo casi de cualquier cosa antes que tener hablar de mi obra.

Sin embargo, en esta ocasión algo he contado.

Por si les interesa aquí pueden leerla.

Para meterse en situación hay que escuchar la canción y luego lo demás viene solo.