Reseña de «El corazón de todo lo existente»

Harto de leer y releer libros “de literatura dura” acogí con agrado la ocasión de oxigenarme leyendo un libro de historia amerindia. En esta ocasión, en vez de releer mis ensayos preferidos sobre los apaches, “Las guerras apaches y los últimos hombres libres”, de David Roberts, o sobre los comanches, “El imperio comanche” o “El imperio de la luna de agosto”, todos potentísimos y absolutamente recomendables para cualquier lector curioso, me decidí por otra de las grandes naciones de aquello que se vino a llamar el Oeste Americano: los sioux.

Del gran pueblo de las praderas altas había leído la espléndida biografía de “Caballo Loco”, de Larry McMurtry, y la que yo considero algo menor de Stephen Ambrose. Desde adolescente sentí una admiración muy especial por ese guerrero que lanzaba su caballo y lo ponía a tiro de sus enemigos, muy enamoradizo y taciturno, mitad místico, mitad figura trágica; pero los sioux nunca contaron con mi total simpatía, pues durante décadas estuve influenciado por el estudio y la admiración de otros dos pueblos limítrofes (y en alguna ocasiones aliados, en otras no tanto): los cheyenes y los pies negros. Y digamos que algunos prejuicios de estos dos pueblos, sobre la altivez y la chulería innecesaria de los lakota, se me contagiaron.

Prejuicios tontos aparte, hay que reconocer que los sioux dominaron los mejores pastos para los bisontes y que ocasionaron a los “soldados azules” sus mayores derrotas. También es verdad que los irreductibles apaches y comanches- kwahada eran menos numerosos y que llevaban ya siglos soportando epidemias y batallas contra los españoles y contra los mexicanos. Digamos que, por el territorio muy inexplorado que ocupaban, los sioux habían vivido en relativa paz con el hombre blanco hasta las primeras décadas del siglo XIX, y que eso facilitó su auge y expansión.

Sin duda también lo facilitó el constante castigo y desgaste que ocasionaron a los cuervos, a los shoshones (los primos comanches del norte, ambos pueblos nacidos de un mismo tronco), y a los arapahoes, para ampliar sus habituales territorios de caza y hacerse con el dominio absoluto de lo que hoy sería parte de Minessota, de Montana, de Wyoming y Dakota del sur, con el alto río Powder, las Rocosas y las totémicas Colinas Negras como eje y centro espiritual que se desparrama y bifurca por varios de esos estados.

Así que de este pueblo irreductible y avasallador después emergieron figuras emblemáticas que han quedado grabadas en la memoria popular: Caballo Loco, Toro Sentado y, Nube Roja, del que se ocupa este libro.

Para no liarnos con todos los nombres de las «bandas» digamos que Nube Roja pertenecía a los oglaga “malascaras”; Caballo Loco a los oglaga y a la orden de los Corazones Fuertes; Toro Sentado a los hunkpapa.

Yo aquí con las divisiones sioux o lakota me pierdo un poco, pues todavía recuerdo que en “Hanta y yo”, una deliciosa e inolvidable novela de la escritora Ruth Beebe Hill, se llamaban, principalmente, “tetones”, y no sabría muy bien ubicar a esos “tetones” al paso de los siglos. En fin, debe ser como la historia étnica de los apaches, cuyas divisiones y bandas y familias se mezclaban tanto que al paso de las generaciones formaban nuevas bandas y nuevas organizaciones tribales. Y si a día de hoy resulta todavía complicado poner a cada una en su sitio, imaginad a los españoles o a los americanos de entonces, con sus prejuicios racistas y su desconocimiento, a los que casi cada pueblo indio les debía de parecer los mismos.

Dudas aparte, lo que sobresale de este libro es la gran figura de estratega que supuso Nube Roja. Haciendo un símil un tanto lejano, digamos que Nube Roja fue algo así como el “Ike” Einsehower de los aliados, pero en este caso de los indios, pues supo juntar y limar asperezas de divisiones tribales, de pueblos, naciones y bandas distintas y por lo común enfrentadas entre sí; de aupar todo ese descontento que todos los pueblos indios sentían, algo así como el padre de una alianza o entente militar que juntó a todos en una causa común: la de derrotar al hombre blanco.

Y no es difícil imaginar todo ese descontento y toda esa desazón que debían sentir los indios de entonces, pues su modo de vida estaba desapareciendo a marchas forzadas: las manadas de bisontes estaban siendo exterminadas, en la mayoría de las ocasiones por simple entretenimiento; las vías del tren, de eso que los blancos llamaban «civilización», recorrían ya miles y miles de kilómetros; los postes del telégrafo invadían el paisaje; la caza huía; miles de indios de otras naciones del este, antaño poderosos, habían sido aniquilados y sus escasos supervivientes se hacinaban pobres y hambrientos en Oklahoma; la pléyade de caravanas era ya interminable por la ruta de Bozeman; los tratados de paz y las promesas del hombre blanco eran milongas; el alcohol y las epidemias hacían estragos; y para rematar algunos exploradores y hombres de montaña habían encontrado oro en los territorios más sagrados de los sioux.

Solo era cuestión de tiempo que el conflicto estallara en su total plenitud y los sioux, pueblo orgulloso y muy acostumbrado a guerrear, no iba a ser domado ni aplastado con facilidad.

Este libro es un recorrido por todo ese enfrentamiento que llevó a Nube Roja a derrotar a los americanos en la guerra más exitosa que jamás libraron todos los pueblos amerindios y que, curiosamente, pasó a la historia con diversos nombres, entre ellos el de la Guerra de Nube Roja, 1866-1868.

Después, inevitablemente, iba a llegar el desastre, “el Armagedon” de las praderas. Pero todavía iba a brillar con gran intensidad y por unos años su estrella más poética, ejemplificado en ese ser enigmático y pasional que fue Caballo Loco, un muchacho joven, pálido y enclenque, que ya despuntaba en sus furiosas acometidas y en su particular forma de ser, muy singular y llamativa incluso para los propios indios, y cuyo final es de los más tristes que pueden recordarse.

Si Caballo Loco fue la poesía y la tragedia, Nube Roja fue la razón y la victoria, un auténtico líder que miraba de reojo, a ratos escandalizado y a otros admirado, a ese muchacho enclenque que lo regalaba todo a los más pobres hasta quedarse desnudo, que rara vez asistía a ninguna reunión informativa de guerra, y que, sin embargo, no solo sabía enamorarse y sufrir con un romance digno de película con Mujer de Búfalo Negro, sino que sin temor se lanzaba y ponía a tiro de todos sus enemigos, causando pavor entre todos ellos de lo valiente y osado que era.
Vemos cómo va evolucionando en este libro de joven místico a un auténtico líder tribal.

Como sus sempiternos enemigos cuervos les dijeron a los sioux: «Nosotros conocemos mejor a Caballo Loco que vosotros, pues siempre estamos sintiendo de cerca su aliento».

Imagen de Caballo Loco joven.

Un libro muy recomendable. Aunque claro, yo no soy ni puedo ni quiero ser objetivo con estos temas que me superan por completo. Supongo que es cuestión de genes y que necesitaré tiempo y algunas relecturas para digerirlo. Ahora mismo estoy demasiado “poseído” por el espíritu de este libro para escribir una reseña fría y neutral.

Me vuelvo a mi campamento de invierno. Hasta otra.

Título de la obra: El corazón de todo lo existente.

Autores: Tom Clavin/ Bob Drury

Editorial: Capitán Swing