Reseña de “Sed”, de Marie Clarie Blais

En muchas ocasiones uno escucha la propaganda de lanzamiento de un libro y desconfía. Por lo general, a autores jóvenes se les compara con clásicos y grandes fenómenos editoriales, y siempre la industria de los grandes grupos está encontrando entre las nuevas voces narrativas a la nueva Jane Austen o a la nueva Virginia Woolf, y si son ellos los que escriben pues al nuevo Faulkner o al nuevo Proust, por poner ejemplos que todos hemos oído o leído. La verdad es que no suelen llegar más lejos, porque salvo algunos casos concretos suelen ser muy poco originales. En la mayoría de las ocasiones la lecturas de esos autores tan elogiados nos suponen un chasco; pero a veces la propaganda acierta, y no, precisamente, con una escritora joven, como era el caso de Marie Clarie Blais.

El por qué una autora de la potencia y de la calidad y la exigencia de la canadiense solo tiene dos libros editados en castellano, ¡y el primero fue hace 60 años!, es algo que deberíamos preguntar con insistencia a las editoriales de nuestro país, tan acostumbradas a editar auténticos bodrios que pasan de puntillas o ya ni siquiera reconocen la calidad cuando les pasa por delante de sus narices.

Es verdad que el despegue internacional de esta escritora ha sido tardío. Creo que se debe a dos circunstancias: era francófona, de Quebec, por lo tanto el poderoso circuito anglosajón no editó ni hizo marketing de sus obras; segundo: su lectura tiene un alto grado de exigencia, y muchos editores piensan que la calidad no reporta, por lo común, beneficios.

El caso es que a los pocos meses de aparecer “Sed” en castellano, que es la primera obra ¡de una decalogía!, nuestra autora se murió por su avanzada edad. Una pena. Y yo pensé que el mejor homenaje que le podía hacer era escribir sobre esta obra, ahora que justo vamos a despedir el año, porque me parece una joya, una de las mejores obras que he leído y releído en mucho tiempo, y lo digo en los aspectos que en verdad a mí como lector me emocionan e importan: en estilo y en profundidad.
Por eso añado que este es el libro perfecto para el que quiera huir de textos superfluos. Habla de cosas profundas y a veces incómodas; aporta una visión femenina; incrementa nuestra percepción; está escrito sin puntos y aparte, en un solo párrafo, y exige atención al lector porque avanza en un flujo de conciencia coral lleno de lirismo y fuerza.

No debería igual de indicarlo pero el estilo de Marie Clarie (con algunas diferencias) suele ser “mi estilo preferido”, por lo que la primera vez que la leí tuve que abandonar su lectura por su gran “poder de contaminación”, ya que en ese momento estaba escribiendo una obra muy absorbente y no podía desviarme ni un ápice de lo que me estaba saliendo. Así que una de mis obras y “Sed” se entremezclaron para separarse; pero no para decirse adiós, ni mucho menos, sino un muy amistoso “hasta luego”.
Y estos días, sintiendo una deuda doble, tanto con el libro como con el fallecimiento de la autora, pues me lancé de nuevo a leerlo y releerlo con deleite y avidez.
Imagen de la escritora en el documental “Iluminations”,  realizado por Suzette Lagace en 2006. Desde que a los veinte años apareció su voz en la narrativa canadiense ha gozado del éxito y el reconocimiento en el mundo francófono ganando el Prix Medecis, el Prix France-Quebec, etcétera.

¡Qué pedazo de novela!, ¡qué de frases memorables!, ¡qué esfuerzo narrativo tan potente y tan bien construido!, ¡qué bonito acabar el año con una obra que se sitúa en los últimos días del fin de milenio y que aporta tanto y tan bien y tan hondo!

¿De qué va “Sed”? Pues de lo que van las grandes obras: de la vida y la muerte; de las ansias por vivir y sentir que la vida, como decía Rimbaud, está siempre, irremediablemente, en otra parte; de la crueldad de la justicia y de los jueces; del machismo; del sexo; de la cultura consentida de la violación; de la religión; de los que van de artistas; de “olvidar la precariedad de la existencia”; de Renata, que es un personaje que sufre una transformación interior tras serle extirpado un tumor, y se acaba trasladando a una isla en México para recuperarse junto a su marido, pero ya no le compensa la vida “de privilegios” que llevaba hasta la intromisión de la enfermedad y quiere lanzarse a vivir con riesgo, con pasión, con sed, porque ha descubierto que esto que tenemos y llamamos “vida” es solo un soplo, algo nimio y muy corto en el inevitable e inexorable paso del tiempo; y al mismo tiempo la narración salta a otros personajes con otras miradas y otras formas de ver y sentir y todos van entrelazándose a través de un narrador omnisciente en tres días del fin del milenio.

Y resulta que “Sed” solo es el primer libro de una decalogía que, por lo que cuentan, es igual de exigente y esplendorosa en su totalidad. Pues si eso es cierto, si los otro libros son igual (o similares) en calidad, estamos ante una escritora de una potencia tan descomunal que no puede comprenderse cómo todavía sus libros, en su gran mayoría, no han sido traducidos.

La editorial Suhrkamp, que de calidad sabe de sobra a lo largo de su historia, ya ha adquirido sus derechos para publicarla en lengua alemana. ¿A qué esperan nuestras editoriales en lengua castellana?

Cuando yo era muy joven, de manera casual y casi accidental, descubrí a un poeta canadiense, con una vida tremenda y muy trágica, Émile Nelligan, “el Rimbaud canadiense”, y sonreí porque me parecía difícil que con la misma edad alguien hubiese dejado una obra tan notable como “la del chico malo de Charleville”. Me equivoqué: Nelligan fue un poeta excelente sin nada que envidiar, y desde entonces algunos de sus sonetos me los sé de memoria. Pasados los años, con Marie Clarie, otra canadiense francófona, también me equivoqué cuando la escuché mencionar “como la nueva Virginia Woolf”, y también sonreí porque uno está muy acostumbrado a escuchar ese tipo de cosas tan laudatorias y casi nunca se acercan a la realidad.

La próxima vez que alguien me hable con elogios de un autor o de una autora canadiense no voy a sonreír, lo juro, o igual sonrío a la vez que aplaudo o me arrodillo, o yo qué sé lo que haré en ese momento, en todo caso sentirme turbado de felicidad. Lo seguro es que la próxima no me lo tomaré tan a broma como las dos anteriores.

Lean a Marie Clarie y siéntase invadidos de que las palabras puedan crear tanta belleza coral, tanta “Sed” de vida y transformación, tanta luz. Es un libro escrito en un estado de gracia y el mayor mal que les puede suceder leyéndolo es que se queden empachados y turbados por su ebriedad verbal. No exagero.

La escritora, eso sí, les exigirá un peaje de calidad: su total atención a lo que se está leyendo.

Por lo demás, olvídense de entenderlo todo. En las creaciones artísticas no es tan trascendental desmenuzar el sentido; el verdadero arte escapa a las clasificaciones fáciles y puede interpretarse en muchos y en muy variados compartimentos; y en un momento dado perder el hilo de lo que se está leyendo no tiene ninguna importancia, déjense llevar y arrastrar por el ritmo y por sus numerosos personajes, eso es lo importante, empápense de la atmósfera como esponjas interconectadas en mentes, cuerpos y espíritus, porque igual lo que la autora ha querido es que nos perdamos para luego encontrarnos, ya no solo como lectores, sino incluso como seres humanos.

Feliz año nuevo y que los reyes os traigan un montón de libros y alegrías.

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