«Los chicos» de Toni Sala

Imaginad una antorcha que ilumine las recónditas concavidades de la maldad humana, así aprecio este libro de Toni Sala, Los chicos, y editado por primera vez en castellano por Trotalibros.

Lo primero que hay que decir que es un libro crudo, violento, despiadado, realista en cierta forma hasta la mitad. La chispa se desata a partir de la muerte de dos hermanos en accidente de tráfico, Jaume y Xavi, los hermanos Batlle, que serán la excusa para esta inmersión en el mal en un pequeño pueblo del sudeste de Girona, Vidrieres, por el que siempre hay prostitutas por «la carretera nacional», aparte de una falta de esperanza en la mayoría de sus habitantes. La crisis y la muerte de los dos hermanos, más la situación política de Cataluña, planean de fondo, cual el vuelo expectante de los buitres, (si se me permite tan torpe metáfora, pero que creo que ejemplifica bien el intento de despojo al que asistiremos).

Pero no estamos ante un libro político ni nada de eso, sino humano, terriblemente humano. Decía que me parecía realista hasta su mitad, pero en realidad es realista todo el libro, si pudiéramos incluir lo tremebundo dentro de ese realismo. Desde mi punto de vista es como si juntásemos “En la orilla” de Rafael Chirbes y “La familia de Pascual Duarte” de Cela e hiciésemos un híbrido. Entiéndaseme bien, no estoy diciendo que Toni Sala no tenga imaginación suficiente y autónoma, ni capacidad estilística y profundidad, que la tiene y además con generosidad, sino que esos dos libros se me venían a la cabeza a leer este de “Los chicos”. Asomaban a mi memoria lectora.

Lo que destaco más es el manejo del lenguaje de Toni Sala. Y aquí, igual, también resulto un tanto polémico, puesto que me pareció por momentos que se estuviese frenando. Me dio la sensación que quería poner toda la carne en el asador y cuando estaba comenzando la hoguera a descontrolarse relajaba el lenguaje y lo hacía más accesible, al alcance de todos los lectores interesados; pero a mí el Toni Sala que me estaba deleitando era el que no tenía complejos, el que estaba escribiendo página tras página en un solo párrafo, el que me estaba agarrando fuerte y parecía que estaba escribiendo algo fuera de lo normal, el que no me permitía como lector respirar. Igual solo estaba tomando aliento, porque por lo visto este libro, a pesar de ser una obra autónoma, pertenece a una trilogía.

Sea como fuere, como decía mi admirado Eduardo Haro Tecglen, “mis apreciaciones son siempre subjetivas”; por lo que mi opinión no tiene por qué coincidir con la de otros lectores. Lo que creo que no admite duda es que es un buen libro.

A través de cuatro grandes personajes muy bien trenzados: un banquero del pueblo, Ernest, que se conoce la verdadera situación financiera de todos sus vecinos; la novia de uno de los fallecidos, Iona, una muchacha que intenta y necesita de algún modo pasar página;  Nil Dalmau (el personaje más malvado y, por cierto, el que tiene mayor creatividad); y el camionero Miqui, adicto a las prostitutas y al sexo y que lleva una escopeta en el camión, un personaje tremendo y creo que el más conseguido. Entre los cuatro vamos pasando de maldad en maldad, tanto que en algún momento de la lectura pensé con malicia “que igual lo más decente que había en el pueblo eran los dos cadáveres de los muchachos”.

Muy linda la cubierta y la edición, y el libro, como vengo escribiendo, es notable. A pesar de que la parte final me ha parecido un tanto efectista es un buen descubrimiento y hace falta ser valiente para escribir un libro así.

Por cierto, “Ese quedará la tierra” del final podría replicarse con el “¿Cuánta tierra necesita un hombre?” de Tolstói. Aunque igual, por el bien de todos, nos vendría bien más ternura y menos violencia, porque siendo sinceros, si solo existiera maldad en nuestros comportamientos y en nuestra forma de ser, si solo actuáramos por satisfacer nuestras pulsiones sexuales o incrementar nuestras posesiones y nuestras cuentas corrientes, ya harían siglos que no hubiésemos extinguido.

Y entonces alguien podría decirme que al planeta (para sobrevivir) tampoco le vendría demasiado mal que nos fuésemos a tomar viento. Y entonces yo, antes de que tener que darle la razón ante semejante axioma, correría un tupido velo sobre lo anterior y os hablaría de la primavera, que se presiente en las flores de los almendros; que está en el ambiente aunque el frío sea aún muy gélido; que los días son más largos y los atardeceres dignos de contemplarse; que estar vivos es un auténtico milagro que no volverá a repetirse. La llegada de la primera avanza inexorable. Y queramos o no siempre hay algo renovador en ello.

Muy feliz fin de semana.

Hasta otra.

“2666”, de Roberto Bolaño. Un libro para toda la vida.

“Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”.

El que así habla es Amalfitano, uno de los personajes más entrañables de este fresco gigantesco sobre el horror que es 2666.

Leí el libro cuando salió a la venta, allá por el 2004, en una primera edición que todavía tengo y conservo en buen estado. Hasta hoy no lo había vuelto a releer por entero, en sus cinco partes. Porque la estructura de este gigantesco libro es curiosa: está formada por cinco novelas, y a pesar de que pueden leerse independientes entre sí forman juntas un rompecabezas, pues están unidas por hilos muy finos. Decía Jorge Herralde, “que Bolaño era un maestro en el ensamblaje”, y si se pone uno a pensar en esos hilos finos que conectan una obra tan enorme hemos de darle la razón.

Recuerdo que la primera impresión que me produjo es la de estar ante una obra inabarcable como un océano. Y al llegar a “La parte de los crímenes” sentí repugnancia. Yo sabía que Bolaño se había documentado sobre los crímenes de mujeres en Santa Teresa (Ciudad Juárez), que periodistas y gente amiga (no recuerdo ahora si del norte del México o de DF) le había suministrado dossiers con toda la información de los crímenes; pero esa parte le supera a uno como lector y como ser humano, y apreciar, una tras otra, toda esa violencia sin adulteración, con la connivencia narco-policial y política y con toda la corrupción alrededor, es algo complicado de superar.

Está claro que Bolaño lo que quería es denunciar el horror del feminicidio de las mujeres en el norte de México. Las snuff movies y toda la violencia machista y estructural. De ahí esas partes que casi parecen informes policiales. No están todas las asesinadas, pero sí muchas. Ciento y pico si mis cuentas no fallan. Es la parte más extensa del libro y también la más complicada de soportar. Esta vez me ha costado un poco menos porque ya iba sobre aviso.

Sin embargo, esta indagación sobre la violencia y el horror no se detiene en México. Y gracias a Archimboldi, el escritor prusiano, podemos conocer también el horror del siglo XX europeo. Siempre he sentido hasta esta última parte gran devoción. Y me sigue gustando releerla, puesto que Archimboldi, Hans Reiter, es un personaje espectacular, y no solo por su condición de escritor que huye del reconocimiento y del éxito, sino por su particular forma de ser y estar en el mundo. Este gigante, que nació en 1920, «no parecía un niño, sino un alga”.

Una de las cosas a destacar es que Bolaño conocía el delicado estado de salud que padecía, y así como estaba esperando el trasplante iba ampliando y corrigiendo este inmenso libro. Es curioso, pero yo siento que al leer “Los sinsabores del verdadero policía” podríamos estar ante otra novela que formara parte de este libro, pues aparecen muchos personajes de los que aparecen en 2666, si bien algunos están ligeramente modificados.

Sin embargo, en cuanto a lo del carácter inacabado de 2666 no debería considerarse así, puesto que esto no se debe a que Bolaño muriese, sino a su particular forma de concebir las obras literarias. Para Bolaño lo de principio, nudo, desenlace, no tenía sentido. “Ese tipo de novela se va a seguir haciendo, pero no merece la pena”, decía en una entrevista. Y luego ponía como ejemplo que tras “La invención de Morel” de Bioy Casares y tras Georges Perec no se podía seguir escribiendo como si nada hubiese cambiado.

Yo añadiría que no se puede escribir igual desde Shakespeare, pues si lo leen con profundidad y detenimiento (no me refiero a verlo en el teatro, sino a leerlo) comprobarán que es un maestro de la elipsis, y que ya escritores como Shakespeare y como Cervantes (incluso como Montaigne) ya se saltaban esas concepciones literarias que hoy se siguen dando por válidas en cursos y talleres literarios. En realidad, la novela más vanguardista de todas sigue siendo la segunda parte del Quijote, y algunos (parece) que todavía no lo han superado. Huyan de todas esas tomaduras de pelo, que pueden estar bien como reuniones sociales pero nada más. Un escritor solo tiene que hacer tres cosas en la vida: vivir, leer y escribir. Y tendrá que hacerlo por sí mismo en silencioso duelo. Todo lo demás sobra.

Una de las cosas que más me sigue asombrando de Bolaño es la profusión de historias secundarias que ocurren en sus páginas. Tenemos, digamos, el gran objetivo estratégico: los crímenes de mujeres del norte de México; pero a su vez el libro está lleno de historias secundarias que van naciendo acá y allá y que le dan una riqueza muy por encima de lo habitual. No desentonan, son como anexos, cual una enredadera que nace del mismo tronco y que ha tomado su propia y genuina dirección. Y no solo le aportan esa riqueza de texturas, sino que le dan una mayor cantidad de significados haciendo que un libro como este escape a las habituales formas de encasillarlo. Digamos que, por encima de un buen narrador, que lo era, Bolaño era un tipo muy inteligente y muy arrojado, una Sherezade que va creando una historia tras otra para mantenernos a nosotros, sus sultanes lectores, eternamente despiertos.

La primera vez que leí por entero este libro me dominaba una sensación de pérdida. Yo debo de ser de los pocos que leyó a Bolaño en vida desde su primer libro hasta que murió. Y además comencé a leerlo por casualidad, por unas cosas personales que no vienen aquí a cuento. No era de mis escritores preferidos. Estaría en la lista de los diez, pero no entre los primeros. Sin embargo, yo era un adolescente y lo leía, y luego lo seguí leyendo siendo un veinteañero. En cierta medida crecí con él, desde “Estrella distante” en adelante, para luego retroceder con “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”, esa novelita que escribió junto a A.G. Porta, y seguir con todas las que año a año iba editando Anagrama. Ahora su obra está en Alfaguara.

Cuando murió compré 2666 con gran tristeza. A sabiendas que ese libro sería como el testamento de un amigo. Me lo llevé a una casa perdida junto a un cartón de tabaco. Leía un poco y fumaba un cigarro. Me levantaba, daba una vuelta, me servía una cerveza fría o un refresco y volvía al libro. A veces tenía un nudo en el estómago y a veces tenía ganar de reír o de llorar. O de las dos cosas al mismo tiempo. Saqué una silla mecedora, de esas que podrían aparecer sin desentonar en películas como “Centauros del desierto”, y me senté en el porche, a la sombra y muy cerquita de unos cactus, a seguir leyendo. Creo que lo leí en siete u ocho días febriles. A veces paraba la lectura para reflexionar en lo que estaba leyendo y estirar las piernas. Me iba a caminar por los salvajes paisajes del norte de Lanzarote pensando en el norte de México y en el horror de los seres humanos. Tras bañarme y dar unas brazas en cualquier cala volvía purificado. Otras veces me iba a comer algo. Comer en Arrieta con el mar de fondo es todo un placer. El azul de los marcos de las ventanas y de las puertas se amalgama con el blanco de las edificaciones y el azul del cielo y el mar. Por entonces, los móviles eran duros como piedras, podían servir de arma arrojadiza y bastaba con apagarlos para que nadie pudiese localizarnos. Al principio de la lectura tenía ganas de llegar al final. Pero al acercarme al final no tenía ganas de que acabase. No tenía ganas de acabar de leerlo. No tenía ganas de decirle adiós.

Que hoy, décadas después, lo siga releyendo es la prueba más palpable de que para mí sigue siendo un libro importante. Por lo menos para mí y para muchos otros lectores. No sé si Bolaño será inmortal y, posiblemente,  a él le importaría un bledo la inmortalidad literaria, puesto que si pudiese la regalaría con los ojos cerrados por saber del destino de sus seres queridos; pero yo sí sé que este autor me acompañará toda la vida. No veinte años, como se cantaba en el famoso tango, sino toda la vida. Toda la vida. Toda mi vida lectora, que es como decir las infinitas vidas que vivimos los que solemos leer. Porque leer consiste en eso: en vivir muchas más vidas de la que disponemos por azar.

Hasta otra.

Releer para gozar y conocerse mejor

“Cuentas pendientes” de Vivian Gornick

“La escritura se volvió fundamental en mi vida; o lo que es lo mismo, comprendí que, cuando me sentaba a escribir, el yo que albergaba un sinfín de angustias e inseguridades parecía disiparse”

Así como hay libros que nos entretienen hay otros que nos deleitan y, por si fuese poco, consiguen hacernos reflexionar. “Cuentas pendientes”, de Vivian Gornick es uno de ellos.

Tengo que reconocer que no había leído nada hasta el momento de esta escritora. Y eso que hace unos años consiguió un éxito notable con “Apegos feroces”, y que he leído entrevistas suyas en las que sus respuestas me habían interesado; pero, por lo general, yo soy muy reticente a leer a autores que resuenen mucho y de los que hablen los periodistas. Es como un modo de defensa personal hacia la porquería que abunda en nuestros medios de comunicación. Así consigo aislarme de modas, de tribulaciones mediáticas, de la lista de libros más vendidos y de cosas por el estilo.

En este caso mis reticencias eran infundadas. De todos modos —y en mi defensa— he de recordar que no se puede leer todo, y a pesar de que yo leo y mucho, cada vez opto por leer menos y leer más lento, porque, de entre todas las formas de leer, me parece, la de ralentizar nuestras lecturas, la más interesante y enriquecedora, la que consigue mejores frutos a largo plazo.

 Lo malo es que esta forma de leer pausada (que yo cada vez me impongo con métodos más espartanos) también tiene su parte negativa: se me acumulan las lecturas de una manera escandalosa. Pero tampoco hay que sufrir por ello, porque todo no se puede tener y hay que ser prácticos: a mayor lentitud leyendo más capacidad de profundizar en las obras y menos obras leídas; todo ejercicio de libertad implica sus correspondientes cadenas. O una cosa u la otra. No hay tiempo para todo.

Y leer debe ser siempre un placer y no una obligación. Como yo siempre digo emulando una frase de mi estimado Daniel Pennac: “El verbo leer no soporta el imperativo”. Creo que después de “hola” y “adiós” y “dejadme en paz” es la frase que más veces habré pronunciado en mi vida, junto “al número de tontos que hace Dios al año nacen veinte y solo mueren dos”, que la verdad no sé de dónde me vino pero que llevo décadas soltándola tal cual (y a veces como en esta ocasión sin venir a cuento), pero con la que me río mucho.

Así que hablando de mis tonterías y de mis “problemas lectores” me he situado en el eje central de este libro curioso y muy original de Vivian Gornick, porque de eso habla, precisamente, de lecturas, más bien de relecturas, y de cómo esos libros que nos impresionaron en su día al releerlos nos siguen impresionando, a veces por motivos muy distintos.

El tiempo pasa y las personas viven todo tipo de circunstancias que las hacen crecer y madurar. A veces no sabemos captar la idea de un libro hasta que pasan los años. No siempre sabemos leer ni conseguimos leer bien. Por lo tanto, en las relecturas todo se acaba fusionando: literatura y vida, en un coctel explosivo de la que Gornick sale muy bien parada porque tiene una escritura valiente, de esas que arañan por su autenticidad, y le da igual decir lo que piensa sobre todas las materias: sobre los hombres, sobre las mujeres, sobre el sexo, sobre el feminismo, sobre la amistad, sobre sus antiguas parejas, sobre el paso del tiempo y los lazos afectivos, etcétera, etcétera. A mí me parece una persona muy inteligente y llena de vitalidad, aunque ella misma reconozca que a veces le ha perdido más el corazón que la cabeza, lo cual la convierte todavía en más cercana y humana.

Ella ha elegido unas relecturas como “Hijos y amantes” de D.H. Lawrence. “La vagabunda” y “El obstáculo” de Colette; “El amante” de Marguerite Duras; “El mundo es una boda”, de Delmore Schwart, (aparte de ese título tan maravilloso el capítulo habla de esta novela y de otra de Saul Bellow: “El legado de Humboldt”, ambas relacionadas entre sí, y gracias a estos comentarios ha cambiado y ampliado el conocimiento que yo tenía de esa obra de Bellow, y que también espero releer para ver cómo funcionaría ahora con lo que Gornick nos desvela; también los relatos del escritor israelí A.B.Yehoshúa, del que no he leído absolutamente nada; el discurso “La soledad del ser” de Elizabeth Cady Stanton, que desconozco por completo salvo en lo que Gornick nos regala. Los ensayos de Natalia Ginzburg, especialmente uno que se llama “Mi oficio” y que yo no sé si se ha traducido al castellano y en qué libro se encuentra de haberse traducido. Lo buscaré. “Gatos ilustres”, de Doris Lessing; y “Jude, el oscuro” de Thomas Hardy. En fin, que me ha sabido un poco mal ver mi total desconocimiento en muchas obras de los autores que cita; no en todas, pero sí en muchas.

Releer significa, por lo tanto, volver a encontrarse no solo con un libro sino volver a encontrarse con uno mismo, que ya no es el mismo ni volverá a serlo. El paso del tiempo y el paso de la literatura por nuestras vidas… Eso nos ofrece este libro, ni más ni menos… Y además está muy bien enfocado y resulta muy ameno.

Vivian Gornick tiene ahora 86 años, pero escribe con una frescura que ya la quisieran algunos escritores treintañeros, por no decir cuarentones y de más allá… ¡Qué envidia tener esa frescura y esa curiosidad constante de indagación sobre el ser y el estar, sobre lo que fuimos y lo que somos, sobre esta aventura única de vivir y de sentir!

Yo, a su vez, no he podido evitarlo y he realizado también una lista de libros que me marcaron a mí como lector y como persona, porque, como decía, me ha sabido muy mal eso de solo coincidir levemente con Gornick en Marguerite Duras (y no en la misma obra, pues para mí sería “Escribir” la que me marcó, y para ella fue “El amante”). “Gatos ilustres” la leí y no me pareció gran cosa, en eso creo que coincido en la primera lectura con ella, y “Jude el oscuro” es una novela muy cruel, prefiero “Un par de ojos azules” y “El regreso del nativo”, que también es una novela muy cruel pero que se sobrelleva mejor. A esto invita este ensayo, a que cada uno haga y relea sus propias listas de libros que le marcaron. Los míos no son exactamente los de Gornick, y aunque coincida en algunas lecturas casi ninguno de los que menciona han sido muy relevantes en mi vida.

Hagan, pues, sus propias listas de libros fundamentales y reléanlos si tienen la oportunidad. No necesariamente tienen que ser los libros mejores, sinos aquellos que, por los que sea, se les grabaron a fuego, ya fuese porque les deslumbró o porque lo leyeron en un momento singular. Al releerlos aprenderán a conocerse mejor, que en un mundo tan competitivo y tan despiadado como el nuestro no es asunto baladí.

Hasta otra.

Un libro lleno de humor y vida

“Cartas de una pionera”, de Elinore Pruitt Stewart

“Empezamos con la siega del heno el 5 de julio y terminamos el 8 de septiembre. Después de trabajar tan duro y de forma tan continuada, decidí darme un día libre, así que ayer puse la montura al poni, cogí un par de cosas que necesitaba, y Jerrine y yo nos pusimos en camino”.

La que se nos dirige con esa alegría desbordante no es otra que una auténtica heroína. Se trata de Elinore Pruitt Stewart, que junto a su pequeña hija Jerrine, llegan a Burnt Fork en 1909 para trabajar de ganadera.

Lo primero que hay que dejar claro que hoy en día Burnt Fork sigue siendo un lugar remoto en el estado de Wyoming, y si mis apuntes de geografía no fallan (gracias a Googlemaps) el pueblo más cercano, Mc Kinnon, se encuentra a 9,2 Km. Esto es a día de hoy, así que imagínense en 1909, que es cuando Elinore llega allí rompiendo todos los esquemas de su época y huyendo de la ciudad de Denver, sola y con una niña de dos años.

El libro son “simplemente” las cartas que Elinore manda a su antigua patrona y amiga en Denver, la señora Corney. Tiene una continuación en otro libro, “Cartas de una cazadora”, y también está a disposición del que quiera en una edición-estuche que engloba los dos libros.

Estamos pues ante un libro epistolar que no tenía intención de ser un libro. Que no está “artísticamente” planificado ni escrito por una persona con intereses literarios, por lo tanto su verdadero objetivo no era ser leído por el común de los mortales sino dar a conocer a su antigua patrona sus andanzas por esas remotas tierras. En definitiva, comunicarse, una de las más elementales necesidades humanas. Casi no hay carta que Elinore no se disculpe con mucha ironía de lo larga que le está saliendo la misiva, para al final acabar firmando con toda la gracia del mundo como su “ex lavandera”.

Pero lo más destacable de estas cartas —aparte de la valentía intrínseca de Elinore, que eso es indiscutible— es el sentido del humor con que están escritas. Te ríes muchísimo de la ironía que desprenden y de cómo Elinore va interactuando con otros pioneros que viven cerca, ayudándose unos a otros a salir adelante y sobrevivir en esos indómitos parajes.

La alegría de nuestra pionera es contagiosa. En una de esas ocasiones que, tras trabajar duramente, sale con su hija a dar una vuelta, se queda a dormir al raso contemplando las estrellas y poniendo a asar una liebre que ella misma ha cazado. Una tormenta de nieve le sorprende durante la noche y al despertar pierde la noción de dónde se encuentra. ¿Y qué hace ella?, ¿perder los nervios y lamentarse de su situación? Para nada, observa que el fuego no se ha apagado del todo, así que se prepara un suculento desayuno y un delicioso café y se convence de que con el estómago lleno va a pensar mucho mejor.

Es verdad que podemos intuir su dureza interior de roble. Sus padres fallecieron cuando era muy pequeña y formaba parte de una familia de seis hermanos. Ella misma lo cuenta: cómo tuvo que trabajar y “hacer trabajos de hombres” desde muy temprana edad. Lo mismo ensilla caballos, que pesca truchas, que siembra y siega y te hace jaleas en conserva que apetitosas mermeladas. Pero por encima de las duras circunstancias de vida que tuvo que afrontar desde muy pequeña hay algo estoico e independiente en su ser: la vida en Denver no le llenaba y deseaba vivir en libertad sin tener que soportar a ningún hombre. Ella es autosuficiente, lo cual para la moral de la época tuvo que ser un escándalo.

Y esas son las mejores páginas del libro, que en mi opinión va de más a menos. Es un poco doloroso decirlo, pero a medida que Elinore se va “civilizando” y vuelve a casarse, yo como lector fui, paulatinamente, perdiendo interés. Lógicamente le deseo lo mejor a nivel personal, y de vez en cuando vuelve a despertar mi interés al relatar la preparación del banquete de su propia boda. Son pequeños destellos de ese hechizo inicial en el que descubrimos su arrolladora personalidad; su enorme capacidad imaginativa para revertir cualquier carencia y esa alegría innata de vivir y de disfrutar de la vida.

En definitiva, un libro delicioso y fresco, sobre todo en sus primeras páginas. Muy recomendable para llenarse de tesón y de alegría.

Editada por Hoja de lata. https://www.hojadelata.net/tienda/cartas-de-una-pionera/

Y con esta forma tan alegre y desenfadada de contar las cosas:

1 diciembre de 1911

Querida señora Coney:

Esta noche tengo ganas de visitas, así que voy a “jugar” a que ha venido usted a visitarme. Qué contenta estoy de poder charlar con usted. Por favor, siéntese en la mecedora; es un regalo que me hicieron los Patterson y estoy muy orgullosa de ella. Acabo de venir de su rancho. Tienen un muchachito encantador. Nació el 20 de noviembre y lo llaman Robert Lane.

Estoy segura de que esta habitación le resultará familiar, pues hay mucho en ella que antes fue suyo. Tengo dos habitaciones, las dos de quince pies, pero esta que da al sur es mi habitación favorita y aquí es donde están mis tesoros. Mi casa da al este y está levantada sobre un promontorio, ¿o más bien una ladera? Bueno, da igual, el caso es que tuvieron que excavar bastante.

 Alrededor del porche, que tiene seis pies de ancho por treinta de largo, he plantado pepinos silvestres.

Hasta otra.

  Sobre Stefan Zweig y “La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist, Nietzsche”

“Cuando uno se adentra en sus libros, siente el ozono, el aire elemental despojado de todo embotamiento, de toda niebla y humedad; en este paisaje heroico, uno ve con libertad hasta las alturas de los cielos y respira un aire transparente y afilado como un cuchillo, un aire para corazones fuertes y espíritus libres”.

Escribía Zweig en el primer ensayo de los tres que conforman este libro, el que dedica en concreto a Hölderlin, “que su genio era el entusiasmo, el impulso invisible”. Y creo que, como muchas veces sucede en literatura, el crítico (en este caso Stefan Zweig) se califica más y mejor a sí mismo que al propio objeto de su estudio.

Ese es el verdadero poder de este escritor austriaco: el entusiasmo que nos trasmite. El poder “literario” que ha conseguido que, con el paso de los años, sus obras sigan siendo leídas y alabadas por muy diferentes lectores y en muy diferentes latitudes y circunstancias. Y da un poco igual si lo que leemos de él es un ensayo; un retrato biográfico; memorias; diarios; relatos o novelas. Da lo mismo. Puesto que al poco tiempo de comenzar a leerlo ya ha vencido nuestras reticencias iniciales, y ya nos tiene conquistados y expectantes por dejarnos arrastrar a este torrente de entusiasmo vital y artístico que desprende en todos sus libros.

En este caso se dedica a trasladarnos su entusiasmo lector de tres almas atormentadas y creativas en lengua alemana: Hölderlin, Kleist y Nietzsche. Es curioso, pero creo recordar que en el ensayo de “Tres maestros: Balzac, Dickens y Dostoievski”, (también editado en Acantilado), Zweig comentaba que la lengua alemana no había tenido un gran narrador con una obra tan universal y a la altura de los citados; sin embargo, en el terreno del drama, la filosofía o la poesía, no se puede decir lo mismo.

¿Qué destacar de estos tres pequeños ensayos críticos? Pues que pueden ser leídos por personas que no tengan un gran conocimiento literario. Zweig se propuso trasladarnos su entusiasmo lector sobre estos tres genios atormentados y solitarios y doy fe (como lector) que lo consigue. Sin renunciar a la calidad literaria abarca a todos los potenciales públicos. Porque aparte de trasladarnos su entusiasmo da las pinceladas justas para hacernos interesantes sus vidas, y luego entrar a desmenuzar sus obras.

Con Hölderlin consigue llamarnos la atención con la extrema musicalidad rasgadora de sus versos. (Las citas del propio Hölderlin son tremendas y algunas me llevan acompañando muchos años. Ese “Ojalá nunca hubiera a vuestra escuela” debería estar tallado en cada pupitre del mundo. Y luego pasa a retratarnos la sensibilidad especial de “ese ángel sobre la tierra” que fue Hölderlin hablándonos de sus pocas pero excelsas creaciones. Hasta la llegada del demonio, de la locura, que lo apartó del mundo enclaustrándolo en su famosa torre, tan famosa como la de Montaigne, con la diferencia que la primera era una especie de clínica psiquiátrica y la segunda era el espacio espiritual y creativo del francés, en el que se había recluido para escribir sus famosos ensayos.

Con el segundo ensayo la prosa se vuelve más veloz, más osada; ya no quiere Zweig seducirnos por la belleza alada de un “ángel sobre la tierra” sino trasladarnos el carácter virulento y neurasténico de Kleist.

Curiosamente una de mis obras, “Escribir o escarbar”, incluida en el libro “El emperador de los helados”, se desarrolla en un castillo-fortaleza de las montañas del Jura (Fort de Joux), en el que, precisamente Kleist, eterno vagabundo, estuvo encarcelado. Un fulgor, el de Kleist, que pasó por la literatura como una estrella errante y luego se pegó un tiro.

Imagen de Fort de Joux, en el que se puede apreciar su torre en la que estuvo preso Kleist. © Jean Espirat

Me ha gustado mucho esa diferenciación que hace Zweig de la obra dramática de Kleist y de su obra narrativa; cómo en las primeras resalta todo su ser volcánico en plena ebullición y cómo en la segunda trata de pasar desapercibido escondiéndose tras sus personajes. Un autor que no tuvo ningún reconocimiento en vida y que solo vivió 34 años.

El último. El más conocido por el gran público (pero puede que más citado que leído) es otra alma solitaria y atormentada: Nietzsche. Aquí, creo, que se da el mayor acierto de estos ensayos reunidos, puesto que en vez de centrarse en su obra, Zweig consigue hacernos un retrato lleno de autenticidad que nos hace partícipes de la soledad inmensa que padeció el autor de Zaratustra en sus últimos años; de su autenticidad destructiva; de sus insomnios y dolores estomacales; de la cantidad de mejunjes que tomaba para poder conciliar el sueño y la manera en que todo eso le iba poco a poco mermando y destrozando su metabolismo; como si tal vez todo lo que creo no fuera más que la terca necesidad de su espíritu para huir de su propio dolor físico; en definitiva una filosofía para superar al dolor y seguir aferrándose a la vida, una filosofía, pues, nacida del ser humano y para la supervivencia del ser humano.

Los tres autores son almas solitarias, atormentadas y complejas, y los tres, tras un pequeño fulgor creativo y resplandeciente, sucumben ante su daimon creativo, su demonio interior.

Zweig también sucumbió a su demonio interior en su retiro en Brasil. Este hijo lejano de Plutarco también albergaba el ignífero fuego poético en sus entrañas. Pero eso le ocurriría muchos años después a escribir estos ensayos y como consecuencia de una Segunda Guerra Mundial que lo convirtió en un exiliado. Ya en parte venía debilitado en lo emocional desde el primer conflicto, en la que su carácter antibelicista le granjeó numerosos problemas. Recuérdenlo: él asistió a dos guerras mundiales y a ese gran derrumbamiento cultural, vital y político que fue el Imperio austro-húngaro.

Sea como fuere, el austriaco es de los pocos escritores que pueden dirigirse a sus muy variados lectores y a todos hechizarnos. Su magnetismo es descomunal y no importa demasiado el libro suyo que se elija. Todos son buenos y todos nos hacen crecer como lectores, aparte de que su estilo es siempre elegante, culto, grácil, directo, exquisito, poético, ardiente, desbordante de vida y humanidad.

Un autor que nunca nos falla. Una muy grata elección para comenzar el año. Una apuesta sobre seguro.

Hasta otra.