Sobre Stefan Zweig y “La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist, Nietzsche”

“Cuando uno se adentra en sus libros, siente el ozono, el aire elemental despojado de todo embotamiento, de toda niebla y humedad; en este paisaje heroico, uno ve con libertad hasta las alturas de los cielos y respira un aire transparente y afilado como un cuchillo, un aire para corazones fuertes y espíritus libres”.

Escribía Zweig en el primer ensayo de los tres que conforman este libro, el que dedica en concreto a Hölderlin, “que su genio era el entusiasmo, el impulso invisible”. Y creo que, como muchas veces sucede en literatura, el crítico (en este caso Stefan Zweig) se califica más y mejor a sí mismo que al propio objeto de su estudio.

Ese es el verdadero poder de este escritor austriaco: el entusiasmo que nos trasmite. El poder “literario” que ha conseguido que, con el paso de los años, sus obras sigan siendo leídas y alabadas por muy diferentes lectores y en muy diferentes latitudes y circunstancias. Y da un poco igual si lo que leemos de él es un ensayo; un retrato biográfico; memorias; diarios; relatos o novelas. Da lo mismo. Puesto que al poco tiempo de comenzar a leerlo ya ha vencido nuestras reticencias iniciales, y ya nos tiene conquistados y expectantes por dejarnos arrastrar a este torrente de entusiasmo vital y artístico que desprende en todos sus libros.

En este caso se dedica a trasladarnos su entusiasmo lector de tres almas atormentadas y creativas en lengua alemana: Hölderlin, Kleist y Nietzsche. Es curioso, pero creo recordar que en el ensayo de “Tres maestros: Balzac, Dickens y Dostoievski”, (también editado en Acantilado), Zweig comentaba que la lengua alemana no había tenido un gran narrador con una obra tan universal y a la altura de los citados; sin embargo, en el terreno del drama, la filosofía o la poesía, no se puede decir lo mismo.

¿Qué destacar de estos tres pequeños ensayos críticos? Pues que pueden ser leídos por personas que no tengan un gran conocimiento literario. Zweig se propuso trasladarnos su entusiasmo lector sobre estos tres genios atormentados y solitarios y doy fe (como lector) que lo consigue. Sin renunciar a la calidad literaria abarca a todos los potenciales públicos. Porque aparte de trasladarnos su entusiasmo da las pinceladas justas para hacernos interesantes sus vidas, y luego entrar a desmenuzar sus obras.

Con Hölderlin consigue llamarnos la atención con la extrema musicalidad rasgadora de sus versos. (Las citas del propio Hölderlin son tremendas y algunas me llevan acompañando muchos años. Ese “Ojalá nunca hubiera a vuestra escuela” debería estar tallado en cada pupitre del mundo. Y luego pasa a retratarnos la sensibilidad especial de “ese ángel sobre la tierra” que fue Hölderlin hablándonos de sus pocas pero excelsas creaciones. Hasta la llegada del demonio, de la locura, que lo apartó del mundo enclaustrándolo en su famosa torre, tan famosa como la de Montaigne, con la diferencia que la primera era una especie de clínica psiquiátrica y la segunda era el espacio espiritual y creativo del francés, en el que se había recluido para escribir sus famosos ensayos.

Con el segundo ensayo la prosa se vuelve más veloz, más osada; ya no quiere Zweig seducirnos por la belleza alada de un “ángel sobre la tierra” sino trasladarnos el carácter virulento y neurasténico de Kleist.

Curiosamente una de mis obras, “Escribir o escarbar”, incluida en el libro “El emperador de los helados”, se desarrolla en un castillo-fortaleza de las montañas del Jura (Fort de Joux), en el que, precisamente Kleist, eterno vagabundo, estuvo encarcelado. Un fulgor, el de Kleist, que pasó por la literatura como una estrella errante y luego se pegó un tiro.

Imagen de Fort de Joux, en el que se puede apreciar su torre en la que estuvo preso Kleist. © Jean Espirat

Me ha gustado mucho esa diferenciación que hace Zweig de la obra dramática de Kleist y de su obra narrativa; cómo en las primeras resalta todo su ser volcánico en plena ebullición y cómo en la segunda trata de pasar desapercibido escondiéndose tras sus personajes. Un autor que no tuvo ningún reconocimiento en vida y que solo vivió 34 años.

El último. El más conocido por el gran público (pero puede que más citado que leído) es otra alma solitaria y atormentada: Nietzsche. Aquí, creo, que se da el mayor acierto de estos ensayos reunidos, puesto que en vez de centrarse en su obra, Zweig consigue hacernos un retrato lleno de autenticidad que nos hace partícipes de la soledad inmensa que padeció el autor de Zaratustra en sus últimos años; de su autenticidad destructiva; de sus insomnios y dolores estomacales; de la cantidad de mejunjes que tomaba para poder conciliar el sueño y la manera en que todo eso le iba poco a poco mermando y destrozando su metabolismo; como si tal vez todo lo que creo no fuera más que la terca necesidad de su espíritu para huir de su propio dolor físico; en definitiva una filosofía para superar al dolor y seguir aferrándose a la vida, una filosofía, pues, nacida del ser humano y para la supervivencia del ser humano.

Los tres autores son almas solitarias, atormentadas y complejas, y los tres, tras un pequeño fulgor creativo y resplandeciente, sucumben ante su daimon creativo, su demonio interior.

Zweig también sucumbió a su demonio interior en su retiro en Brasil. Este hijo lejano de Plutarco también albergaba el ignífero fuego poético en sus entrañas. Pero eso le ocurriría muchos años después a escribir estos ensayos y como consecuencia de una Segunda Guerra Mundial que lo convirtió en un exiliado. Ya en parte venía debilitado en lo emocional desde el primer conflicto, en la que su carácter antibelicista le granjeó numerosos problemas. Recuérdenlo: él asistió a dos guerras mundiales y a ese gran derrumbamiento cultural, vital y político que fue el Imperio austro-húngaro.

Sea como fuere, el austriaco es de los pocos escritores que pueden dirigirse a sus muy variados lectores y a todos hechizarnos. Su magnetismo es descomunal y no importa demasiado el libro suyo que se elija. Todos son buenos y todos nos hacen crecer como lectores, aparte de que su estilo es siempre elegante, culto, grácil, directo, exquisito, poético, ardiente, desbordante de vida y humanidad.

Un autor que nunca nos falla. Una muy grata elección para comenzar el año. Una apuesta sobre seguro.

Hasta otra.

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