Un libro lleno de humor y vida

“Cartas de una pionera”, de Elinore Pruitt Stewart

“Empezamos con la siega del heno el 5 de julio y terminamos el 8 de septiembre. Después de trabajar tan duro y de forma tan continuada, decidí darme un día libre, así que ayer puse la montura al poni, cogí un par de cosas que necesitaba, y Jerrine y yo nos pusimos en camino”.

La que se nos dirige con esa alegría desbordante no es otra que una auténtica heroína. Se trata de Elinore Pruitt Stewart, que junto a su pequeña hija Jerrine, llegan a Burnt Fork en 1909 para trabajar de ganadera.

Lo primero que hay que dejar claro que hoy en día Burnt Fork sigue siendo un lugar remoto en el estado de Wyoming, y si mis apuntes de geografía no fallan (gracias a Googlemaps) el pueblo más cercano, Mc Kinnon, se encuentra a 9,2 Km. Esto es a día de hoy, así que imagínense en 1909, que es cuando Elinore llega allí rompiendo todos los esquemas de su época y huyendo de la ciudad de Denver, sola y con una niña de dos años.

El libro son “simplemente” las cartas que Elinore manda a su antigua patrona y amiga en Denver, la señora Corney. Tiene una continuación en otro libro, “Cartas de una cazadora”, y también está a disposición del que quiera en una edición-estuche que engloba los dos libros.

Estamos pues ante un libro epistolar que no tenía intención de ser un libro. Que no está “artísticamente” planificado ni escrito por una persona con intereses literarios, por lo tanto su verdadero objetivo no era ser leído por el común de los mortales sino dar a conocer a su antigua patrona sus andanzas por esas remotas tierras. En definitiva, comunicarse, una de las más elementales necesidades humanas. Casi no hay carta que Elinore no se disculpe con mucha ironía de lo larga que le está saliendo la misiva, para al final acabar firmando con toda la gracia del mundo como su “ex lavandera”.

Pero lo más destacable de estas cartas —aparte de la valentía intrínseca de Elinore, que eso es indiscutible— es el sentido del humor con que están escritas. Te ríes muchísimo de la ironía que desprenden y de cómo Elinore va interactuando con otros pioneros que viven cerca, ayudándose unos a otros a salir adelante y sobrevivir en esos indómitos parajes.

La alegría de nuestra pionera es contagiosa. En una de esas ocasiones que, tras trabajar duramente, sale con su hija a dar una vuelta, se queda a dormir al raso contemplando las estrellas y poniendo a asar una liebre que ella misma ha cazado. Una tormenta de nieve le sorprende durante la noche y al despertar pierde la noción de dónde se encuentra. ¿Y qué hace ella?, ¿perder los nervios y lamentarse de su situación? Para nada, observa que el fuego no se ha apagado del todo, así que se prepara un suculento desayuno y un delicioso café y se convence de que con el estómago lleno va a pensar mucho mejor.

Es verdad que podemos intuir su dureza interior de roble. Sus padres fallecieron cuando era muy pequeña y formaba parte de una familia de seis hermanos. Ella misma lo cuenta: cómo tuvo que trabajar y “hacer trabajos de hombres” desde muy temprana edad. Lo mismo ensilla caballos, que pesca truchas, que siembra y siega y te hace jaleas en conserva que apetitosas mermeladas. Pero por encima de las duras circunstancias de vida que tuvo que afrontar desde muy pequeña hay algo estoico e independiente en su ser: la vida en Denver no le llenaba y deseaba vivir en libertad sin tener que soportar a ningún hombre. Ella es autosuficiente, lo cual para la moral de la época tuvo que ser un escándalo.

Y esas son las mejores páginas del libro, que en mi opinión va de más a menos. Es un poco doloroso decirlo, pero a medida que Elinore se va “civilizando” y vuelve a casarse, yo como lector fui, paulatinamente, perdiendo interés. Lógicamente le deseo lo mejor a nivel personal, y de vez en cuando vuelve a despertar mi interés al relatar la preparación del banquete de su propia boda. Son pequeños destellos de ese hechizo inicial en el que descubrimos su arrolladora personalidad; su enorme capacidad imaginativa para revertir cualquier carencia y esa alegría innata de vivir y de disfrutar de la vida.

En definitiva, un libro delicioso y fresco, sobre todo en sus primeras páginas. Muy recomendable para llenarse de tesón y de alegría.

Editada por Hoja de lata. https://www.hojadelata.net/tienda/cartas-de-una-pionera/

Y con esta forma tan alegre y desenfadada de contar las cosas:

1 diciembre de 1911

Querida señora Coney:

Esta noche tengo ganas de visitas, así que voy a “jugar” a que ha venido usted a visitarme. Qué contenta estoy de poder charlar con usted. Por favor, siéntese en la mecedora; es un regalo que me hicieron los Patterson y estoy muy orgullosa de ella. Acabo de venir de su rancho. Tienen un muchachito encantador. Nació el 20 de noviembre y lo llaman Robert Lane.

Estoy segura de que esta habitación le resultará familiar, pues hay mucho en ella que antes fue suyo. Tengo dos habitaciones, las dos de quince pies, pero esta que da al sur es mi habitación favorita y aquí es donde están mis tesoros. Mi casa da al este y está levantada sobre un promontorio, ¿o más bien una ladera? Bueno, da igual, el caso es que tuvieron que excavar bastante.

 Alrededor del porche, que tiene seis pies de ancho por treinta de largo, he plantado pepinos silvestres.

Hasta otra.

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