“2666”, de Roberto Bolaño. Un libro para toda la vida.

“Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”.

El que así habla es Amalfitano, uno de los personajes más entrañables de este fresco gigantesco sobre el horror que es 2666.

Leí el libro cuando salió a la venta, allá por el 2004, en una primera edición que todavía tengo y conservo en buen estado. Hasta hoy no lo había vuelto a releer por entero, en sus cinco partes. Porque la estructura de este gigantesco libro es curiosa: está formada por cinco novelas, y a pesar de que pueden leerse independientes entre sí forman juntas un rompecabezas, pues están unidas por hilos muy finos. Decía Jorge Herralde, “que Bolaño era un maestro en el ensamblaje”, y si se pone uno a pensar en esos hilos finos que conectan una obra tan enorme hemos de darle la razón.

Recuerdo que la primera impresión que me produjo es la de estar ante una obra inabarcable como un océano. Y al llegar a “La parte de los crímenes” sentí repugnancia. Yo sabía que Bolaño se había documentado sobre los crímenes de mujeres en Santa Teresa (Ciudad Juárez), que periodistas y gente amiga (no recuerdo ahora si del norte del México o de DF) le había suministrado dossiers con toda la información de los crímenes; pero esa parte le supera a uno como lector y como ser humano, y apreciar, una tras otra, toda esa violencia sin adulteración, con la connivencia narco-policial y política y con toda la corrupción alrededor, es algo complicado de superar.

Está claro que Bolaño lo que quería es denunciar el horror del feminicidio de las mujeres en el norte de México. Las snuff movies y toda la violencia machista y estructural. De ahí esas partes que casi parecen informes policiales. No están todas las asesinadas, pero sí muchas. Ciento y pico si mis cuentas no fallan. Es la parte más extensa del libro y también la más complicada de soportar. Esta vez me ha costado un poco menos porque ya iba sobre aviso.

Sin embargo, esta indagación sobre la violencia y el horror no se detiene en México. Y gracias a Archimboldi, el escritor prusiano, podemos conocer también el horror del siglo XX europeo. Siempre he sentido hasta esta última parte gran devoción. Y me sigue gustando releerla, puesto que Archimboldi, Hans Reiter, es un personaje espectacular, y no solo por su condición de escritor que huye del reconocimiento y del éxito, sino por su particular forma de ser y estar en el mundo. Este gigante, que nació en 1920, «no parecía un niño, sino un alga”.

Una de las cosas a destacar es que Bolaño conocía el delicado estado de salud que padecía, y así como estaba esperando el trasplante iba ampliando y corrigiendo este inmenso libro. Es curioso, pero yo siento que al leer “Los sinsabores del verdadero policía” podríamos estar ante otra novela que formara parte de este libro, pues aparecen muchos personajes de los que aparecen en 2666, si bien algunos están ligeramente modificados.

Sin embargo, en cuanto a lo del carácter inacabado de 2666 no debería considerarse así, puesto que esto no se debe a que Bolaño muriese, sino a su particular forma de concebir las obras literarias. Para Bolaño lo de principio, nudo, desenlace, no tenía sentido. “Ese tipo de novela se va a seguir haciendo, pero no merece la pena”, decía en una entrevista. Y luego ponía como ejemplo que tras “La invención de Morel” de Bioy Casares y tras Georges Perec no se podía seguir escribiendo como si nada hubiese cambiado.

Yo añadiría que no se puede escribir igual desde Shakespeare, pues si lo leen con profundidad y detenimiento (no me refiero a verlo en el teatro, sino a leerlo) comprobarán que es un maestro de la elipsis, y que ya escritores como Shakespeare y como Cervantes (incluso como Montaigne) ya se saltaban esas concepciones literarias que hoy se siguen dando por válidas en cursos y talleres literarios. En realidad, la novela más vanguardista de todas sigue siendo la segunda parte del Quijote, y algunos (parece) que todavía no lo han superado. Huyan de todas esas tomaduras de pelo, que pueden estar bien como reuniones sociales pero nada más. Un escritor solo tiene que hacer tres cosas en la vida: vivir, leer y escribir. Y tendrá que hacerlo por sí mismo en silencioso duelo. Todo lo demás sobra.

Una de las cosas que más me sigue asombrando de Bolaño es la profusión de historias secundarias que ocurren en sus páginas. Tenemos, digamos, el gran objetivo estratégico: los crímenes de mujeres del norte de México; pero a su vez el libro está lleno de historias secundarias que van naciendo acá y allá y que le dan una riqueza muy por encima de lo habitual. No desentonan, son como anexos, cual una enredadera que nace del mismo tronco y que ha tomado su propia y genuina dirección. Y no solo le aportan esa riqueza de texturas, sino que le dan una mayor cantidad de significados haciendo que un libro como este escape a las habituales formas de encasillarlo. Digamos que, por encima de un buen narrador, que lo era, Bolaño era un tipo muy inteligente y muy arrojado, una Sherezade que va creando una historia tras otra para mantenernos a nosotros, sus sultanes lectores, eternamente despiertos.

La primera vez que leí por entero este libro me dominaba una sensación de pérdida. Yo debo de ser de los pocos que leyó a Bolaño en vida desde su primer libro hasta que murió. Y además comencé a leerlo por casualidad, por unas cosas personales que no vienen aquí a cuento. No era de mis escritores preferidos. Estaría en la lista de los diez, pero no entre los primeros. Sin embargo, yo era un adolescente y lo leía, y luego lo seguí leyendo siendo un veinteañero. En cierta medida crecí con él, desde “Estrella distante” en adelante, para luego retroceder con “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”, esa novelita que escribió junto a A.G. Porta, y seguir con todas las que año a año iba editando Anagrama. Ahora su obra está en Alfaguara.

Cuando murió compré 2666 con gran tristeza. A sabiendas que ese libro sería como el testamento de un amigo. Me lo llevé a una casa perdida junto a un cartón de tabaco. Leía un poco y fumaba un cigarro. Me levantaba, daba una vuelta, me servía una cerveza fría o un refresco y volvía al libro. A veces tenía un nudo en el estómago y a veces tenía ganar de reír o de llorar. O de las dos cosas al mismo tiempo. Saqué una silla mecedora, de esas que podrían aparecer sin desentonar en películas como “Centauros del desierto”, y me senté en el porche, a la sombra y muy cerquita de unos cactus, a seguir leyendo. Creo que lo leí en siete u ocho días febriles. A veces paraba la lectura para reflexionar en lo que estaba leyendo y estirar las piernas. Me iba a caminar por los salvajes paisajes del norte de Lanzarote pensando en el norte de México y en el horror de los seres humanos. Tras bañarme y dar unas brazas en cualquier cala volvía purificado. Otras veces me iba a comer algo. Comer en Arrieta con el mar de fondo es todo un placer. El azul de los marcos de las ventanas y de las puertas se amalgama con el blanco de las edificaciones y el azul del cielo y el mar. Por entonces, los móviles eran duros como piedras, podían servir de arma arrojadiza y bastaba con apagarlos para que nadie pudiese localizarnos. Al principio de la lectura tenía ganas de llegar al final. Pero al acercarme al final no tenía ganas de que acabase. No tenía ganas de acabar de leerlo. No tenía ganas de decirle adiós.

Que hoy, décadas después, lo siga releyendo es la prueba más palpable de que para mí sigue siendo un libro importante. Por lo menos para mí y para muchos otros lectores. No sé si Bolaño será inmortal y, posiblemente,  a él le importaría un bledo la inmortalidad literaria, puesto que si pudiese la regalaría con los ojos cerrados por saber del destino de sus seres queridos; pero yo sí sé que este autor me acompañará toda la vida. No veinte años, como se cantaba en el famoso tango, sino toda la vida. Toda la vida. Toda mi vida lectora, que es como decir las infinitas vidas que vivimos los que solemos leer. Porque leer consiste en eso: en vivir muchas más vidas de la que disponemos por azar.

Hasta otra.