Un escritor que no pasa de moda

Hay gigantes en la literatura y luego está Balzac. Este hombre, que se mató a escribir y que bebía ingentes cantidades de café, consiguió terminar (casi siempre endeudado) más de 130 obras narrativas interconectadas, en las que según su propio plan trazado «quería abarcar todos los entresijos de una sociedad», y a la que llamó “Comedia Humana”.

Lo sorprendente es que la mayoría de esas obras son grandes libros. Pese a la inmediatez y la velocidad con la que escribía (en sus manuscritos son muy comunes los olvidos de nombres de personajes secundarios, que luego edición a edición se han ido corrigiendo) su genio es indiscutible, y no conozco obra de él de la que no se pueda disfrutar o sacar partido. Pero encima Balzac es de ese tipo de escritores que recupera el gusto por leer, porque su ambición creativa es tan exagerada que uno tiene la sensación mientras lo lee o que lo sabe todo o que aspira a saberlo todo, que viene a ser lo mismo o parecido, aspirando sin ambages hacia lo absoluto; hay pues una energía vital poderosísima que recorre toda su obra y que siempre se contagia cuando se le lee. Da igual el libro suyo que se elija, al final se llega al mismo sitio. Eso sí, no bastan con unas pocas páginas. Todas sus grandes obras suelen ser “tochos” y solo cuando te sumerges en esa desmesura narrativa captas parte de esa energía vital que poseyó, no solo como escritor sino también como ser humano.

Esas ansias de contarlo todo, de vivirlo todo, están muy presentes en Balzac. Algunos nos preguntamos todavía de dónde sacó esa ingente información laboral que luego retrató con todo detalle, si apenas tenía tiempo libre y cada dos por tres estaba mudándose para huir de sus acreedores. Por cierto, casi siempre buscaba casas con varias salidas (gateras) para poder escapar con celeridad cuando llegase el momento. Imaginad a un gigante (tenía una constitución muy considerable) huyendo con un inmenso legajo de papeles (lo que estuviera escribiendo en ese momento) por los arrabales de París o de cualquier ciudad de provincias y con sus perseguidores intentando derribar la puerta principal.

Los que acusan a Balzac de estar muy preocupado por el dinero olvidan que él es uno de los pocos que sabía ganar una ingente cantidad en pocas semanas y luego perderla como si nada. Cuando sus personajes sufren lo mismo él sabe de sobra sobre lo que está escribiendo. Yo no sé cuántas veces se arruinó en su vida, pero tengo constancia de unas cuantas. Bueno, Voltaire también sabía de eso, pero al final tuvo mejor suerte con las inversiones. Aprovechando su ingenio, y que las primeras leyes de las loterías dejaban muchos flecos por cubrir, compró junto a unos amigos casi todos los boletos de una lotería, y les tocó, pues, una inmensa fortuna, si no recuerdo mal, a repartir por cabeza cerca de medio millón de francos de la época, por lo tanto nuestro amigo Voltaire pudo dedicarse a escribir el resto de su vida sin grandes contratiempos, si bien hizo lo mismo con otros negocios (no muy éticos) amasando todavía una fortuna mayor.  Balzac, por el contrario, más noble de condición, nunca tuvo suerte en las inversiones que realizó.

 Como curiosidad añadir que una pequeña editorial editó en castellano un libro que Balzac escribió junto a un amigo y cuyo título no deja lugar a dudas: “El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo”.  Ese pequeño libro no se incluyó en sus obras completas porque los editores lo consideraron “inmoral”. Balzac hacía arte de todo y atacó con valentía los vicios y corruptelas de su época; además demuestra en sus libros que en las sociedades mediocres solo pueden aspirar al éxito los que no tienen ningún escrúpulo en aprovecharse de los demás.

Ingenuo y ambicioso, no muy afortunado en amores, fantasioso y excesivo y muy querido por sus amigos, recibió numerosas revistas y libros técnicos, (aparte de cobijo y protección cuando lo necesitó), de ahí que pueda referirnos los múltiples avances tecnológicos que se estaban dando por la época. Para escribir la primera parte de  “Las ilusiones perdidas” seguro que recibió información sobre imprentas. Para la segunda y tercera parte del mismo libro le bastaría su propia experiencia vital en el mundillo literario.

Cómo explicar “Las ilusiones perdidas”. Es un libro inmenso que habla de muchas cosas: de la amistad; de las imprentas; de la hipocresía social; de la ambición; del amor; de los negocios; del éxito y el fracaso literario; del veneno de la prensa y del veneno de los escritores de prensa, que tanto entonces como hoy actúan (muchas veces) como mercaderes; de París, que es el culmen de la belleza y el éxito y a la vez un vertedero sin corazón, un intestino por acercarnos a Zola, o “un estómago”, tal y como la definió Rimbaud en una declaración inolvidable.

 A través de las andanzas de un personaje que nunca me ha caído demasiado bien, Lucien, perseguimos y asistimos a sus amores y ascensos y a su caída literaria y social. La capacidad para dotar a todos sus personajes de “genio” es algo muy manido y conocido de este escritor. Él era incapaz de no ver (para lo bueno y para lo malo) capacidades titánicas en todos los individuos. Desafortunadamente nuestro personaje preferido de Balzac solo hace una pequeña aparición al final del libro, ¡pero qué aparición!, jajaja. Es igual, “Las ilusiones perdidas” posee calidad para no necesitar de nuestro querido Vautrin, el “Burla-la-muerte”, que en uno de sus múltiples disfraces narrativos aquí se llama Carlos Herrera, prelado de nombre castellano, llegando en el último momento para rescatar al desdichado Lucien. Todo tendrá una sublime continuación en “Esplendores y miserias de las cortesanas”, otra obra genial de Balzac y quizá mi preferida de las que he leído hasta ahora.

No es un escritor perfecto. Es tan excesivo y escribía con tanta celeridad que sus obras siempre tienen altibajos. Y para el gusto de la época y por la forma de publicarse en entregas hay mucho de folletín. Eso es inevitable y hay que saberlo de antemano. Pero en pocos autores se reunirán tantas capacidades juntas. Escribir con total franqueza sobre las pasiones y las ambiciones humanas es algo que solo está al alcance de muy pocos, porque, al fin y al cabo, por muchos aparatitos tecnológicos de los que nos rodeemos, el ser humano sigue siendo el mismo imbécil de siempre, capaz de lo mejor y de lo peor, y nuestras motivaciones internas no son tan distintas de los individuos que vivieron en otras épocas.

Daguerrotipo de Balzac. Nadar, 1842.

No importa que toda su vida intentará convertirse en un aristócrata sin conseguirlo. A Balzac se le pilla cariño y acaba siendo un Honoré, de verdad, porque nos recuerda al desafortunado coyote de los dibujos animados que intenta cazar infructuosamente al correcaminos, sin conseguirlo nunca, por supuesto, y, sin embargo, pese a ello, no flaquea y no deja de volver a intentarlo al día siguiente con el mismo entusiasmo. Eso sí, escribiendo era más veloz que un correcaminos, ¡y con su mismo ingenio!  

Leer a Balzac es alimentarse de oxígeno. Proust, que aparte de escritor fue un gran lector, lo sabía de sobra y supo reconocerlo: «No esconde nada. Lo dice todo». Hay pocos escritores así, tan inmensos…

Balzac nunca pasará de moda.