La forastera, de Olga Merino

“Sus tierras sí las piso cada día, cuando subo al cerro, cuando bajo al pueblo, cuando me agacho a recogerles las aceitunas caídas sobre la escarcha, brillantes como cuentas de azabache”.

Recuerdo que hace unos años leí un libro singular y muy desconocido en Europa, “La sierra y el viento”, de Gerardo Cornejo, escritor sonorense nacido en Tarachi, un escritor distinto que junto a Daniel Sada y a la enigmática Renée Sanjool contribuyeron a renovar “la prosística de frontera mexicana”; por lo menos la literatura “de frontera” a la que yo he podido acceder en mis pesquisas.

 Lo escribo porque, a pesar de ser andaluz, tengo una (casi) obsesiva querencia por literaturas que ahondan en sierras y geografías muy lejanas, muy extrañas, al ritmo actual de nuestro mundo, cada vez menos apegada a la tierra y al ritmo natural de las estaciones, y esa fue una de las principales razones de que me acercara a La forastera, de Olga Merino, porque aunque ella se centre en una aldea del sur de España, al fin y al cabo todas las serranías del mundo se parecen.

Es verdad que Olga tiene ya una carrera literaria consolidada a sus espaldas; pero también es verdad que yo hasta estos días no había leído ninguno de sus libros.

Había escuchado que este de “La forastera” era un libro que trataba sobre el tema del suicidio, una especie de «novela del oeste del sur». Es verdad que algo de eso hay, los suicidios se van trasmitiendo de generación a generación cual un virus; y aunque es verdad que el suicidio de Don Julián, dueño y señor de Las Breñas, es importante y transforma el precario equilibrio en la aldea, creo que este obra es más una indagación sobre la marginalidad que otra cosa y, más concretamente, sobre la marginalidad femenina.

Tenemos un personaje tremendo, Angie, que vive y sobrevive en un profundo desarraigo interior y exterior; en una errada y opresiva población de sierra en el que el pasado, los odios y rencores, sigue estando muy presentes, se palpan. Ella vive sola, con sus perros y sus escasos contactos con el mundo exterior, ya sea con unos pocos personajes vivos e igual de inadaptados, que son vecinos o partícipes de sus propios fantasmas interiores; y allí sigue, Angie, con su propia memoria errante y europea, londinense, los recuerdos de un lejano amor con un pintor inglés en la convulsa Inglaterra de la época de Thatcher; los recuerdos de sus familiares en la aldea y los recuerdos de su propia vida; en una simbiosis magníficamente construida y de muy alta literatura, en la que podemos pasar con absoluta naturalidad entre un párrafo y otro por diferentes variaciones entre el pasado y presente, que se amalgaman formando un solo bloque monolítico, en lo que me ha parecido la autopista imaginativa de una escritora que maneja con soltura todos los resortes narrativos.

No estamos ante un libro más con buenas intenciones y destellos de calidad, no, esto es mucho más. Estamos ante una obra que superará la inmediatez de las novedades editoriales (ya han pasado dos años desde que se editó) y creo que se mantendrá durante muchos años más en la memoria de los lectores; escrita con la desesperación y la lucidez que se escribe la gran literatura: con la naturalidad de una herida que sangra a borbotones y es roja y duele y huele y es hiriente y toma su propia senda; en definitiva, un libro que posee la autenticidad que nace de lo profundo, del dolor, y que como esas canciones de la sierra y el viento que yo mencionaba al principio transportan arañazos en su ulular.

 Una voz propia que habla con los ecos de poesía de la tierra y la marginalidad. Una voz, la de Angie, llena de vida y valentía que se rebela ante la muerte, “la muerte merodea por aquí desde siempre”; “estoy rodeada de muerte. Me aterra que me trague el desagüe”; y que resulta mucho más humana de lo que aparenta en un principio, pues siente y respira desde la sensibilidad, porque ser sensible y mujer, en un entorno cerrado y sin esperanza, conlleva que le desprecien y que le tomen por loca.

 Es un legado emocional y vital que se remonta a la historia de su propia familia, “los Marotos llevan los naipes y el vino en la sangre”. Ya que esas “viejas historias que, a fuerza de lijarlas en la repetición, de añadir un detalle, un ángulo nuevo, han ido puliéndose en el tiempo como cantos rodados hasta convertirse en leyenda”. Angie vive el desencuentro con la realidad, con su realidad; pero a su vez: vive el desencuentro de todos los que les precedieron en la familia, de todas las muertes, de la pobreza, de las adicciones, la inmigración y la inadaptación. El peso que arrastra es descomunal, capaz de quebrar a cualquiera; pero Angie tiene una fortaleza descomunal y la rabia le alimenta.

Parece que el viento por fin ha amainado, y ahora las hojas del emparrado suenan en la brisa como arenilla dentro de una lata”.

Me hubiera gustado que la autora ahondará todavía más en la poesía del dolor. Este libro tiene momentos de una belleza en el lenguaje que me han parecido arrebatadores; casi hubiese deseado que todo el libro fuera así, olvidando que de estar escrito así posiblemente el libro no funcionaría en su conjunto, casi con total seguridad, y que es justo por la mesura de las fuerzas telúricas que la escritora domina y hace aflorar por acá y por allá lo que aporta riqueza y amplitud a la totalidad. La autora maneja la orquesta literaria a su total y libre antojo, hace sonar la música más honda cuando le viene en gana, como debe ser, y a los sorprendidos lectores solo nos queda escuchar esa música nacida de las entrañas de Angie, que tiene resonancias de verdadera épica; potenciar nuestros sentidos receptores para escucharla con mayor nitidez; sonreír por el gozo de encontrar a un personaje con tanto valor que no se arredrará; y aplaudir levantados y solemnes y en pie y con las dos manos al final de la función.

Es la primera obra que leo de esta escritora y no será la última.

Os dejo con los inmortales The Kinks, que forman parte de la banda sonora de este libro. Hasta otra.

4 comentarios en “La forastera, de Olga Merino

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