Volviendo a mis libros preferidos

Si alguna vez me toca sufrir la tortura —y sin duda la enfermedad se encargará de someterme a ella—, no estoy seguro de conservar mucho tiempo la impasibilidad de un Trasea, pero al menos me quedará el recurso de resignarme a mis gritos. Y en esta forma, con una mezcla de reserva y audacia, de sometimiento y rebelión cuidadosamente concertados, de exigencia extrema y prudentes concesiones, he llegado finalmente a aceptarme a mí mismo.

Conozco bien este libro. Lo llevo leyendo y releyendo toda mi vida. A veces pasan un par de años sin que lo vuelva a coger; a veces en un mismo año lo releo un par de veces; o me da por releer un pasaje en un momento determinado y lo vuelvo a colocar en la estantería. Junto a “Drácula”, “Las aventuras de Huckleberry Finn” y “Corrección” creo que es uno de los libros que más veces he releído en mi vida.

He tenido numerosas ediciones de esta obra. Siempre las estoy renovando, puesto que muchas veces lo regalo, salvo la primera que adquirí, que esa la intento preservar a sangre y fuego. No tengo ningún problema en desprenderme de los libros. El que sabe que todo es perecedero no teme desprenderse de nada. Todo pesa. Los libros, también. Por más que yo los considere un tesoro, en el sentido más profundo de la palabra “tesoro”, los libros también deben viajar, puesto que los escribieron mujeres y hombres con pies para personas con pies y con sentidos, como Marguerite Yourcenar, la primera escritora en acceder a la Academia francesa, y una mujer apasionada de la historia y de las personas libres; además, siempre pienso que los libros (una vez leídos y releídos) habitan en mí, y siempre tengo la esperanza de que puedan habitar en otros individuos de parecida o igual manera, ya sea alumbrándolos o desquebrajándolos, dependiendo del caso.

Marguerite tardó media vida o más en escribir este libro. Tuvo que perseguir las escasas huellas de este emperador tan esquivo y hermético; visitó museos, estatuas, villas abandonadas; interrogó fantasmas, propios y ajenos; leyó numerosos libros de historia y de literatura romana; navegó por los mares griegos; trató de situarse en la época que “reinó” Adriano: del 117 al 138 después de Cristo, y lo hizo de una manera tan cierta que no solo entró en la fisonomía de la época, sino que se adentró en el espíritu de uno de sus mayores individuos: Adriano, de la familia de los Antoninos, y nacido en Hispania. Un emperador que, contrariamente a lo que pudiese pensarse, no fue muy querido en Roma, quizá por su propia forma de ser esquiva; quizá por sus encontronazos con el Senado; quizá porque siempre estaba viajando y podía considerarse más “un helenista” que un romano; quizá porque nunca se sabía cómo iba a reaccionar y despreciaba a los aduladores.

El libro en sí se publicó en 1951, pero ya, previamente, había salido por entregas. Tuvo un éxito inmediato. Podemos decir aquí, sin temor a equivocarnos, que este libro es quizá uno de los pocos en los que crítica y público suelen coincidir en su valía; si bien, es un libro que no gustará a todo el mundo, puesto que es bastante reflexivo y apenas si tiene algunas pinceladas de acción, embadurnadas como hechos históricos, la mayoría de ellos auténticos y otros inventados. No responde a la novela prototípica que nos suelen vender de género, y que dicho sea de paso en la mayoría de los casos suele ser bastante pésima.

Adriano, a partir de la pluma de Marguerite Yourcenar, se nos ofrece en la última etapa de su vida, con sus experiencias del mundo y sus visiones sobre temas muy diversos: el amor, la belleza, la envidia, la caza, la lealtad, la burocracia romana…, la fundación de ciudades, las campañas militares, los astros…; en definitiva un compendio de reflexiones sobre la vida, los seres humanos y la naturaleza del poder. Asuntos que en la mayoría de las ocasiones todos (independientemente de la época en que nos toque nacer) conocemos bien por nuestra propia condición de seres vivos; pero por encima de todos se eleva el más importante: la aceptación del propio fin de la vida, la suya. Tal y como dice en un pasaje esclarecedor: “empiezo a percibir el perfil de mi muerte”. O “he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada”. Todo el libro va dirigido en ese sentido, hacia ese final predecible que se nos ofrece con toda su crudeza desde la primera página. Adriano, enfermo y anciano, sabe que le queda poco tiempo y pretende examinarse y ofrecerle a su joven pupilo una imagen cercana a los resortes del poder y a los problemas del imperio, que son muchos, tanto en el plano financiero como en las numerosas campañas militares que desangran las arcas de Roma. Es un imperio gigante con pies de barro, y Adriano lo sabe.

Pero el meollo del libro va más allá, puesto que al emperador no le importa desnudarse emocionalmente para contar los asuntos más escabrosos de su reinado: su relación con su antecesor, Trajano; las maquinaciones que Plotina, esposa de Trajano, realizó para que Adriano llegase al poder; su rivalidad con el general de caballería numantina Lusio Quieto, “todo en ese individuo me era detestable”, y que fue ejecutado por los allegados de Adriano; sus viajes y preferencia por Grecia, así como su desdén por Roma; su guerra en Judea, que fue una auténtica carnicería; sus amores con Antínoo, algo de su extraña muerte en el Nilo y los homenajes públicos y sentidos que le ofreció tras su temprana muerte, y que sirvieron de mofa durante su reinado. La personalidad de Antínoo, envuelta todavía hoy en la leyenda, ha sobrevivido el paso del tiempo gracias a que se convirtió en un icono de la belleza juvenil del arte. Antinoópolis, la ciudad que le dedicó Adriano en el Alto Egipto, llegó a sobrevivir hasta el siglo X. 

  A mi parecer las páginas más hermosas son esas que dedica al sepelio de su amado Antínoo, llenas de un lirismo profundo. Pero todo el libro es un poco así: lleno de cántaros que rebosan inteligencia y humanismo. Lo que de verdad asombra es que autora y personaje parecen un mismo ser indisoluble, y uno no sabe muy bien distinguir dónde empieza de verdad Marguerite Yourcenar o dónde lo hace Adriano. El grado de introspección es tal que las barreras de los siglos han quedado disueltas.

Estructuralmente es muy sencillo: las misivas que Adriano manda a Marco Aurelio, que es un adolescente en ese momento. El sucesor de Adriano será Antonio Pio, otro “adoptado” de Adriano. Marco Aurelio tendrá que crecer y madurar para ser después el sucesor de Antonio Pio, tal y como sucedió y como dejó Adriano ordenado y escrito en su testamento. Al parecer, Adriano quedó entusiasmado con ese joven Marco Aurelio que leía tanto, se expresaba con gran inteligencia y conocía al dedillo la retórica griega y latina. Si bien, hay un momento determinado (no recuerdo ahora en qué segmento narrativo) en que le reprocha que acuda a los espectáculos del Coliseo con sus libros (supongo que entonces Marco Aurelio leía en tablillas o en papiros), sin dejarlos en casa, puesto que a Adriano eso le parecía un desprecio hacia las masas. En cierta medida (aunque todos los reproches van entre líneas) lo está asesorando como futuro emperador. Y justo es decirlo que, a través de la pluma de Yourcenar, los reproches mayores los dedica Adriano al propio Adriano.

La traducción al castellano la realizó Julio Cortázar en 1982, y desde entonces el libro se reedita con mucha frecuencia. Suele venir acompañado de un cuaderno de notas de la propia escritora, en la que cuenta todas las vicisitudes que padeció para escribir esta grandísima obra, de una belleza honda indiscutible.

La misma Marguerite cita esta frase de Flaubert: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en el que solo estuvo el hombre” Y añade la propia escritora: “Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo”.

En fin, que yo andaba leyendo una obra inclasificable de un escritor húngaro con el que estoy entusiasmado: Lászlo Krasznahorkai, concretamente “Melancolía de la resistencia”; pero el grado de exigencia y atención que exige esa obra rebosa ahora mismo mis capacidades y mi tiempo libre, así que elegí releer “Memorias de Adriano” una vez más.

Algún día hablaré de cómo un lectura lleva a otra y de los peregrinas que pueden ser las razones para leer un determinado libro en un momento concreto; muchas veces los libros actúan en nosotros según lo que nosotros podamos ofrecer.

Por eso es bueno tener cerca “ a los libros de nuestra vida”, para que puedan acudir en nuestro auxilio. Porque lo importante es no perder el hábito de leer. Ya recobraremos el tiempo para seguir leyendo la inmensa lista de libros pendientes que nos aguardan.

Hasta otra.

«Moronga», de Horacio Castellanos Moya

Juan Domingo Urruti, de 61 años de edad, salvadoreño, alias “el ingeniero”, portaba una licencia de conducir falsa del estado de Texas. Su verdadera identidad y su domicilio han sido imposibles de confirmar. Recibió dos impactos de bala. Su cadáver quedó tendido en el estacionamiento.

La primera vez que me acerqué a la obra de Horacio Castellanos Moya fue por culpa de dos pasiones reincidentes y siempre presentes en mi vida: Roberto Bolaño y Thomas Bernhard. El primero porque directamente lo elogiaba en una reseña suya (que hoy todavía puede encontrarse editaba en “A la intemperie”); la segunda porque el escritor austríaco había llamado a las puertas del estilo del salvadoreño y este había recogido el guante en una obra desternillante e imitadora que se llama “El asco. Thomas Bernhard en San Salvador”, un libro con el que yo me reí y disfruté mucho, muchísimo; pero que a la gente de San Salvador no les hizo tanta gracia, puesto que lo amenazaron de muerte, teniendo por ello que exiliarse en México, España, Alemania, Japón y Estados Unidos. Y no sé si algún país más. Es posible, puesto que gran parte de la vida de este escritor parece un exilio continuo por tener el valor de escribir y publicar lo que le viene en gana.

Luego fui leyendo cada par de años (más o menos) algún libro suyo: “Baile de serpientes”, “Con la congoja de la pasada tormenta”, un libro recopilatorio de relatos, y “Envejece un perro tras los cristales”, quizá el más raro de todos (por lo menos a mí me lo parece, puesto que reúne dos cuadernos de apuntes escritos en sitios muy dispares: uno en Japón y el otro en Estados Unidos; y en el que creo que a veces el escritor hace un muy cruel ajuste de cuentas consigo mismo). Algunos me gustaron menos que otros, pero todos merecen la pena. La calidad de Horacio Castellanos Moya no es discutible.

Tiene editados muchos más; pero de momento solo he leído esos.

Moronga” ha sido el último. Y sobre este último tengo “emociones encontradas”.

Desde la inclusión sexual del título la obra se divide en tres partes narrativas, que son todas, cada una a su manera, auténticos ejercicios de estilo: la primera más lacónica, sobria y narrativa; la segunda más intensa y de intenso ritmo bernhardiano; la tercera es un auténtico informe policial, con croquis incluidos. El leitmotiv es el de casi siempre: la violencia estructural del continente americano. Si bien, aquí parece que hay como una carrera de relevos en la violencia, puesto que algunos personajes que derivan de las luchas guerrilleras se reconvierten a la delincuencia de los narcos y las maras; al parecer derivar de una a otra solo es cuestión de edad y de geografía, puro azar.

A pesar de ese alarde de estilos que hace Castellanos Moya, de lo bien estructurada que está la novela, cuyos flecos van encajándose poco a poco en ese informe policial que al final todo lo aclara, no he logrado conectar con el libro en casi ningún momento. Al principio pensé que estaba leyendo la crónica de un inmigrante sudamericano en USA; luego una novela de intrigas; luego la crónica de una violencia estructural, sexual y machista; luego un informe policial; y es verdad que todo el libro tiene un poco de cada uno de esos temas que he mencionado (y de algunos más); pero puede que en el intento de abarcar tanto el libro se malogre y que solo se sostenga por la capacidad versátil del autor.

La verdad es que no lo sé. He leído algunas reseñas muy elogiosas de este libro, que difieren totalmente de la mía y con las que no coincido para nada. Y eso es bueno: las opiniones literarias solo nacen desde la subjetividad más personal, y es bueno disentir y no coincidir siempre, porque así como cada escritor es un universo cada lector también lo es, y las razones por las que un libro nos gusta (o no) también son, a veces, muy peregrinas. Mi opinión es que a “Moronga” le falta alma.

Háganse su propia opinión de este libro leyéndolo y luego me cuentan.

Hasta otra.