El cielo es azul, la tierra blanca

“Estaba mirando al cielo.

Me había sentado en un gran tronco. Toru, Satoru y el maestro habían desaparecido en el bosque. Desde el lugar donde estaba, el martilleo del pájaro carpintero era casi inaudible. Otros pájaros trinaban en su lugar.

La humedad impregnaba todos los rincones. La tierra no era lo único que estaba empapado: las hojas de los árboles, la maleza, los hongos, los innumerables microbios que habitaban el subsuelo, los insectos que se arrastraban por la superficie, los bichos alados que volaban en el cielo, los pájaros que descansaban en las ramas y los animales más grandes del interior del bosque llenaban el ambiente de vida y rebosante humedad”.

Hoy vengo a intentar taponar un gran vacío que tengo de literatura japonesa contemporánea. No es que crea mucho en corrientes literarias autónomas y que respondan a identidades o países. Estoy de acuerdo en esa frase espléndida de Oscar Wilde en que Japón es una gran ficción (como son ficciones todos los países e identidades a mi entender; pero es cierto que Japón, por su aislamiento y su singularidad, ofrece también una cultura muy particular y distinta. Ahora yo ya no sé si eso es extrapolable a la literatura japonesa actual, si tiene algo por la que la podríamos considerar “diferente”.

Entre todo el abanico de autores que podía haber elegido para comenzar a rellenar ese socavón elegí a esta autora. Y la elegí porque vi un libro suyo y sentí un magnetismo de belleza y musicalidad al leer su título: “El cielo es azul, la tierra blanca”, con el subtítulo más genérico y común de “Una historia de amor”. Qué bonito el primero; qué innecesario incluir el segundo.

Pues quizá el título sea lo mejor de la obra.

Luego están los comentarios promocionales que vienen en algunos libros: “La mejor novela de amor de los últimos años”; “extraordinaria”; “lo más bello que he leído en mi vida”. A mí estas exageraciones suelen provocarme todo lo contrario de lo que se busca; pero digamos que en esta ocasión con el título ya me tenían de antemano convencido.

Vamos con la obra en sí: me ha parecido muy simple y trivial, sobre todo en las primeras páginas. Luego ha ido mejorando a lo largo de la lectura y ha acabado interesándome. La protagonista es una tal Tsukiko Omachi que se encuentra con su profesor, un tal Marutsuma Matsumoto, treinta años mayor que ella, al que todo el tiempo llama “maestro”, y se establece una relación afectiva-tabernera-culinaria entre ellos. Digo una relación afectiva-tabernera-culinaria porque esa es la base, y casi siempre sus reuniones se suceden con platos de comida y botellas de sake por en medio. Alguna excursión para buscar setas y algún viaje de desconexión a una isla.

Aquí no hay pasión desbordante ni se desatan situaciones tórridas; tampoco hay seducción por inteligencia, las conversaciones que mantienen son de una simpleza que aburre, tanto que llegué a pensar, mientras lo leía, que en cualquier romance de adolescentes hay más interés y profundidad. No hay crítica social alguna. Se aceptan sin rechistar los roles, pese a que todos los personajes estén absolutamente carcomidos por la soledad y sus vidas sean un naufragio.

Sin embargo, a medida que sigues leyendo te va atrapando. Al fin y al cabo es la vida, con toda su complejidad y narrada con muchísima naturalidad. El clímax creo que sucede en esa isla a la que van en plan de desconexión y en la que acontece una escena de cortejo absolutamente memorable, muy tierna y hermosa, de una espontaneidad sublime. Esas diez o doce páginas son magníficas.

También hay que destacar la sutileza de la prosa de esta escritora. No cuenta mucho, evoca. Crea las condiciones para que el lector atento rellene las situaciones y tiene una leve musicalidad poética. No te cuenta casi nada de los personajes, los vas conociendo a medida que la historia va avanzando. Y eso sí me ha gustado, demuestra oficio e inteligencia. A mí el escritor que me lo quiere contar todo (salvo que sea tan loco como Proust o Víctor Hugo) me hace huir escaleras abajo a toda prisa.

El título —que como escribía me parece muy bello— viene de una estrofa de una “canción para ir a esquiar”, cosa que me ha parecido curiosa, pues igual en el folclore nipón tienen preparadas canciones para cada situación de la vida. Todo demasiado encorsetado, ¿no?

En fin, que ni la sutileza ni la musicalidad ni la naturalidad de su prosa me hace recomendarla muy encarecidamente. Se deja leer y tiene momentos muy notables. Con toda la buena literatura que hay entre Homero y nuestros días recomendar este libro puede ser parecido a inducir a cometer un crimen; pero no del todo, pues, (evidentemente eso que escribo es una broma), la sutileza creadora es una forma de inteligencia, una de las expresiones más puras de la belleza. Y ante la belleza creativa uno solo puede aplaudir.

Lo indudable es que Hiromi Kawakami ofrece algo distinto, de una gran singularidad.

Si bien esta autora comenzó a editarse en Acantilado es la editorial Alfaguara la que, a día de hoy, tiene sus obras en castellano. Casi al acabar la lectura me enteré que en realidad la obra se iba a llamar (o debería llamarse con una traducción fiel) “El maletín del profesor”, tal y como el último capítulo del libro, y que se cambió para la primera edición en castellano. Pues mira, mejor el título actual que «el real», mucho más bonito y evocador. No siempre el marketing se equivoca.

Hasta otra.

2 comentarios en “El cielo es azul, la tierra blanca

    • Bueno, este libro no es malo. Lo que sucede es que me irrita un poco la propaganda. Creo que es una escritora muy singular, con una forma de narrar muy sutil. Sin tanto bombo yo hubiera disfrutado mucho más de su lectura. Gracias por comentar…. Saludossss

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