Popurrit de reseñas

Hace unos días, en el canal de youtube “Los últimos encargos de Monsieur Vollard”, se volvió a reseñar uno de mis libros. En este caso se trata del último publicado, una antología de relatos con el título homónimo de un poema de Wallace Stevens: “El emperador de los helados”.

Todas las reseñas de este canal son muy curiosas, puesto que en un solo minuto tratan de desgranar lo más relevante de cada libro. A mí esa capacidad de concreción me tiene fascinado porque me parece extremadamente difícil.

Y también señalar que hace apenas unos pocos días, en otro canal de youtube, el de Daniel Turambar, se hizo el balance de lecturas de lo que va de año. “De cielos y escarabajos”, mi novela editada en Niña Loba y que va ya por la segunda edición, fue elegida en la categoría de mejor libro.

Por último incluyo y comparto una nueva reseña escrita de “El emperador de los helados”, que salió justo ayer por la noche en el blog de Rafalé Guadalmedina, escritor recién estrenado en la editorial Nazarí, y al que le deseo la mejor de las suertes pese a no estar muy de acuerdo con sus palabras. Creo que, en cierta medida, Rafalé se ha visto sobrepasado por “el gordito” y ha tratado de aclararse las ideas leyendo otras reseñas que han salido de mis libros. Solo de esa manera me explico que señale la inclusión de un escritor, Wolfgang Borchert, que (aunque forma parte de mi literatura y de mi vida) ni menciono en ese libro.

Agradecido por estas tres reseñas.

Nada más, disfruten del verano en lo que puedan y preparen la cubitera de hielo para soportar estos calores infernales. En lo literario septiembre vendrá con sorpresas. Sobrevivan a la mediocridad y busquen lo bello, que es una de las emanaciones en las que aún puede manifestarse lo sublime.

Hasta otra.

Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai

Él no necesitaba nada para transportarse; de hecho, ni siquiera le hacía falta transportarse para pasar de aquí, de la aridez devoradora de esta minúscula población terrenal, al «océano inconmensurable del firmamento», ya que en la imaginación y en el pensamiento, que en su caso nunca se separaban, llevaba treinta y cinco años navegando por el mágico silencio del cielo estrellado. De hecho, no poseía nada—toda su propiedad se resumía en un abrigo de cartero y en los demás elementos del equipo, un bolso con la correa para colgárselo del hombro, una gorra y unas botas—, de modo que podía medir todo cuanto tenía con las vertiginosas distancias de la cúpula ilimitada; y así como se movía con total libertad, como en casa, por aquel espacio inmenso e inabarcable, no encontraba, prisionero de su libertad, su lugar aquí abajo, en la estrechez de esta «aridez devoradora» que no podía compararse con el cosmos sin límites, y clavaba la mirada radiante en los rostros amables, pero también oscuros y atontados, como hizo también esta vez, al plantarse ante el estirado cochero para repartir los bien conocidos papeles. «Usted es el Sol», le dijo en voz baja a la oreja, y ni siquiera se le pasó por la cabeza que no fuera del gusto del hombre, que no quisiera ser confundido con otro, precisamente él que no podía oponerse, ocupado como estaba en los párpados que se le cerraban y en la noche amenazadora. «Usted es la Luna», señaló luego Valuska, volviéndose hacia atrás, hacia el robusto cargador, el cual, sin pensar, se encogió de hombros, dando a entender que le daba igual, y acto seguido empezó a girar y a bracear desenfrenadamente, tratando de recuperar el equilibrio perdido por causa de aquel movimiento imprudente. «Y yo soy entonces la Tierra».

“La tierra” es interpretada por Valuska, el hijo de la señora Pflaum, amigo del director de orquesta retirado y el inquilino más poético de la taberna Hagelmayer, justo en el párrafo en la que el propio Valuska se sirve de los borrachuzos asistentes de la taberna, a la hora del cierre de la misma, para hacer una performance con sus cuerpos e imitar el movimiento de los astros, “porque nosotros las personas sencillas podemos comprender algo de la inmortalidad”, y “el modesto papel del hombre en el universo”. Es una de esas escenas grandiosas, (epifanías de lo trascendente), en las que la pluma de este escritor húngaro de apellido casi impronunciable, Krasznahorkai, alcanza cotas de enormidad en las que nuestras neuronas se cortocircuitan.

Vayamos a lo importante: Melancolía de la resistencia, es de los libros más densos y más profundos e inclasificables que he leído en toda mi vida. Yo hacía una broma por twitter sobre que la literatura del rumano Cărtărescu  era un juego de niños respecto a este escritor; eso, sin duda, es un poco exagerado, porque el rumano también se las trae con el despliegue de sus mundos oníricos, y también porque son dos escritores con estilos muy distintos: el rumano es “mucho más sencillo de leer” y con unas formas y pretensiones “más digeribles”. El húngaro es el escritor del fin del mundo y de la decadencia, del eterno ciclo del ascenso y caída de Dios; profundiza en el legendario divorcio entre el cielo y la tierra y teoriza sobre el nacimiento y la muerte, para él dos ejes que marchan en una misma dirección, pues su máxima es que todo lo que nace, por el mismo hecho de nacer, lleva implícita su propia destrucción. Ambos son unos monstruos.

  Y eso es tanto así que con ni con dos relecturas completas me ha resultado suficiente para extraer con presteza todo lo que se encuentra en este libro. Y me temo que Krasznahorkai —en mi humilde opinión un gnóstico sin Dios— es muy consciente de lo ambivalente de sus atmósferas creativas, de cómo puede ser diferentemente interpretado por cada sensibilidad que se atreva a sumergirse en ese mundo abisal que resulta su literatura.

Pillemos el periscopio para atisbar algo.

  Dividida en tres partes: “Circunstancias extraordinarias”, “Las armonías de Werckmeister” y “Sermo super sepulcrum”, “Melancolía de la resistencia” esencialmente nos cuenta el derrumbe de una población tras la aparición de una especie de circo ambulante en el que viaja una ballena disecada. Sí, una ballena. Si a eso le sumamos que nos encontramos con personajes tan raros como un director de orquesta que vive confinado en su cama porque está cansado de su mujer (según su opinión: “un saco de patatas”), al mismo tiempo que está cansado del mundo y de la propia incapacidad de la música para llegar a los sonidos más puros ya estaríamos subiendo mucho la apuesta; pero si a eso le sumamos que la propia esposa del director es una verdadera fascista del orden y la limpieza, PATIO LIMPIO, CASA ORDENADA, y una manipuladora tan enorme que aprovechará los disturbios que se sucederán con la llegada de la ballena para imponerse, la cosa se nos irá de las manos. Pero eso no es todo porque nos faltan todavía el más grande de los personajes: Valuska, el héroe, un muchacho treintañero sin oficio ni futuro, el muchacho de los recados, que se dedica a diario a ir de acá para allá acompañando a borrachos y desocupados y es un angelical aficionado del movimiento giratorio de los astros. Ah, y eso sin olvidar a la señora Pflaum, aficionada a la opereta y una enana pechugona que es la propia madre de Valuska “la que ya se ha cargado dos maridos”, según nos cuenta György, el director, muchas páginas después, y con la que se abre esta novela demencial, cultísima y gigantesca en ese viaje de tren que resulta uno de los comienzos más desternillantes que yo recuerdo. El cómo los personajes van evolucionando dentro de la obra es una muestra más de la capacidad literaria del húngaro. Por ejemplo, el director de orquesta, el señor Eszter, también llamado György, evoluciona desde la negación y aislamiento de la realidad hacia un sentido más práctico, puesto que reconoce “que no podía luchar contra las dimensiones de la decadencia”; Valuska, sin embargo, va hacia el nihilismo y la confrontación, cuando al principio era un muchacho angelical al que solo le interesaban los astros.

A eso hay que sumar otros personajes igual de extravagantes: véase el comisario alcoholizado o el Duque, por ejemplo, todos los que acompañan la comitiva de la ballena o los soldados y el teniente coronel, y, sobre todo, más allá de los personajes, un estilo sin fisuras en el que un párrafo se alarga y alarga y alarga hasta el infinito y más allá. El estilo Bernhard-Beckett, la doble B de la que yo hablaba con ironía en uno de mis relatos incluidos en “El emperador de los helados”; pero en realidad podemos confirmar que ese estilo fue, esencialmente y para aprovechamiento exclusivo y extremo del papel, el estilo elegido porMontaigne. Puede que mucha gente no lo sepa pero los ensayos de Montaigne estaban escritos así, originalmente, pues cada ensayo-capítulo solo estaba compuesto por un solo párrafo. Luego posteriores ediciones y traducciones fueron manipulando las intenciones del escritor francés, dejándonos unas ediciones de sus ensayos que él no hubiera para nada autorizado, con la excusa simplista de hacerlo más accesible y que llegase a más lectores.

Por su parte Krasznahorkai nos deja descansar de vez en cuando para que recuperemos el aliento. Aprovecha algún cambio de narrador para darnos un poco de tregua, pero desengáñense, no es que esté pensando en sus lectores, ni le interesa ni los tiene en cuenta, es que está trabajando (cual los buenas estrategas) en un repliegue para avanzar con más fuerza por otros flancos. Porque lo suyo es una auténtica carnicería: contra la estupidez, contra la ignorancia, y contra la complacencia artística. No conozco otro escritor vivo más salvaje y profundo:

. “El nacimiento y la muerte sólo son dos momentos estremecedores de un continuo despertar”.

. La circunstancia irremediable de que la propia naturaleza había dejado de funcionar correctamente, de que la antigua fraternal alianza entre Cielo y Tierra había concluido para siempre, de que a partir de ese momento había empezado nuestra órbita solitaria en el cosmos, en medio de la basura de nuestras leyes desintegradas, en la que finalmente «quedaremos allí atontados, como corresponde, sin entender nada, y miraremos tiritando cómo la luz se aleja de nosotros>>.

. “Porque quería ver y veía, en efecto, la luminosidad que retornaba a la Tierra, quería percibir y percibía, en efecto, el calor que la inundaba de nuevo, y quería vivir y vivía, en efecto, la profunda emoción que uno siente al comprobar que se ha liberado del peso terrible de la angustia provocada por una oscuridad aterradora, gélida, parecida a una condena».

El estilo y la densidad del húngaro abrumarán. Las indagaciones en los estudios de los sonidos musicales deleitará a unos pocos y dejará sin capacidad de raciocinio a la mayoría; las escenas de violencia astral y humana y la ironía de la decadencia son marca de la casa, un sello propio que se alaga ya décadas de quehaceres creativos, el húngaro escribe así y sobre ese tipo de cosas tan locas y profundas y está en otra categoría superior a la mayoría de escritores vivos y muertos, en el olimpo de los escritores más excelsos de todos los tiempos, y poco a poco su voz se irá imponiendo por aplastamiento.

Leerlo no es solo salir de nuestra zona de confort, es una experiencia estética- filosófica-musical de muy altos vuelos.

Cuando todo esto se pudra, cuando nuestros huesos ni siquiera sean alimento para gusanos y el planeta ni exista ni los hijos de los hijos de nuestros hijos siquiera estén vivos y no sean más que cenizas ahogadas y frías, de eso que antaño fue en sus mejores momentos temblor y vida, seguirán resonando las estruendosas carcajadas de Krasznahorkai por toda la galaxia. Este tipo conoce los secretos más feroces e íntimos del universo. Yo he llegado a esa conclusión tras leerlo con frenesí durante meses y ver en una entrevista sus ojos azules e hipnóticos. Les incluyo una entrevista que solo he podido encontrar en inglés para que aprecien que no estoy exagerando.

En fin, que el escritor del fin del mundo les espera. No será un viaje sencillo, para nada, pero si tienen la paciencia para adentrarse en sus visiones este profeta- demiurgo de las tierras del sureste húngaro limítrofes con Rumania les recompensará con creces. Ni este libro ni el de “Tango Satánico”, ni siquiera algunas escenas-epifanías-orientales de “Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río” son de las que se te olvidan al día siguiente. Se te quedan ahí dentro grabadas a fuego en la memoria lectora. Y eso pese a la alta exigencia que nos propone. Un titán de la literatura.

 Hasta otra.

Hubo un jardín, de Valeria Correa Fiz

  “Hay un hombre que arreglaba jardines, y otro que tiene miedo de sus manos. Todos tienen un nombre, todos tuvieron madre, todos tienen un cuerpo como el mío. A veces alguien llora en mitad de la noche. Dios no se ve por ningún lado”.

Elizabeth Bishop- Cita con la que se abre “El invernadero de Eiffel”, uno de los relatos pertenecientes al libro “Hubo un jardín”.

Hay una constante muy enigmático en “Hubo un jardín”, el nuevo libro de relatos de Valeria Correa Fiz. Como si todos sus personajes compartiesen secretos sepultados por el paso del tiempo o bien no revelados en su momento. Es al momento de recordarlos, con una visión adulta, cuando esos secretos (casi siempre urdidos y espoleados por la pobreza, el deseo, o la violencia) se manifiestan. Y lo que se suele extraer de ellos es que el mundo no perdona nada: la vida es dura y terrible en muchos casos; la violencia se lega de generación en generación, tal si fuese una carrera de relevos de esas que se suceden en el atletismo; y nadie escapa al dolor, porque tal y como se afirma en uno de esos relatos “el pasado no se puede corregir”. Está ahí presente, a la vuelta de la esquina, dispuesto a engullirnos.

La estructura de los relatos descansa sobre esa premisa: la revelación última. De ahí que todos nos trasladen tensión y sean de ese tipo de libros en los que la relectura de cada cuento es casi obligatoria para disfrutarlos más, porque detalles o frases que en un principio no parecían que sirvieran más que para que la historia avanzase luego cobran vital importancia, casi decisiva para esclarecer su enigmas a purgar.

Eso en cuanto a la argamasa en la que se sostienen los relatos. Siete en total, por cierto, como los días que necesitó la creación en la morfología judeo-cristiana. Ya que aquí hay una evocación de un jardín perdido (que no paraíso, puesto que en la mayoría de los casos la pobreza y la violencia imperan a sus anchas); pero sí de la inocencia. Lo que yo creo que Valeria Correa Fiz nos quiere señalar es la pérdida de la inocencia. Sexo, violencia, deseos, culpas incapaces de ser soportadas… De ahí que la mayoría de los relatos sean recreaciones de días y vivencias adolescentes.

No sé si los lectores de esta reseña habrán leído a Felisberto Hernández, el escritor uruguayo, porque a día de hoy es un autor (creo) que injustamente olvidado; claro que yo escribo y pienso desde la visión europea y no sé si en Sudamérica sigue estando vigente. Para Valeria Correa creo que sí, puesto que me parece que ambos escritores comparten visiones narrativas, ya que esa recreación de mundos perdidos y cotidianos de la infancia y la juventud (casi siempre en primera persona) creo que bebe mucho de Felisberto, en lo que no es más que un homenaje literario a un grandísimo escritor que debiera leerse más y mejor. Creo, sinceramente, que el uruguayo es su mayor influencia.

Otra cosa a señalar y que me ha encantado es el extraordinario oído que posee Valeria para los diálogos. Sabe captar muy bien la música y la poesía implícita en las conversaciones humanas, incluso de personas muy marginales, y da gusto encontrarse cualquier conversación en sus relatos porque están llenos de vivacidad. En esto también creo que los escritores sudamericanos están a mil años luz de los españoles. Manejan un castellano más rico, más sonoro; saben oír mejor que nosotros y no tienen miedo al ritmo, como tienen muchos autores/as españoles que dan algo de pena con una prosa sin giros, sin sal, sin luz, sin ondas magnéticas gravitatorias… En mi humilde opinión la literatura española (salvo algunas excepciones) adolece de sentido musical, es demasiado raquítica, y, si se me permite la broma, añadiría que también es artrítica y carente de exploración; los sudamericanos, por el contrario, llevan el ritmo zumbando y latiente por todos sus poros. Supongo que a Valeria le ayuda en ese menester proceder del mundo de la poesía, puesto que antes de escribir relatos escribió poesía, siendo el libro “El invierno a deshoras”, publicado en Hiperión, el que ha tenido mayor reconocimiento. Y los poetas, los buenos poetas, tienen muy desarrollado su sentido del ritmo y de la música. Doy gracias por ello, porque en la prosa también se hace poesía y música, pese a que algunos no quieran reconocerlo, y siempre resulta muy agradecido encontrarlo.

La geografía de este libro de relatos se sitúa en Argentina. Creo que casi todos se suceden entre la provincia de Córdoba y la de Santa Fe, preferentemente la última, salvo un relato que sucede en Madrid y lo protagoniza una enfermera argentina (sin titulación) que pone inyecciones por las cercanías del Parque del Retiro. Desde “la provincia invencible”, Santa Fe, Valeria escribe y disecciona su universo narrativo cual si contemplase el interior de los seres humanos desde lo alto de la Torre de Aqualina; claro que su visión es menos capitalina y más rural, más apegada a la tierra y a la naturaleza, menos al asfalto. Me pregunto cuánto influirán las turbias aguas del Paraná. Es un libro sin oficinas y sin funcionarios pero con el horizonte y los ventanales de las casas abiertos, para que entre el aire y la memoria y la luz; pero esta condición de escritora argentina y no muy urbanita (hasta el último y sorprendente relato sucede en el Parque de España, que si no estoy equivocado y no he leído mal pertenece a Rosario) no creo que sea ningún impedimento para que podamos disfrutar con plenitud de su lectura, puesto que su natural condición es la universalidad; y no solo universal en visión y en el escalpelo narrativo, sino también en sentido corporal y sensorial, como si los cuerpos, aparte de tener memoria implícita, nos definiesen y explicasen tanto o más que nuestro lugar de nacimiento.

La prosa de “Hubo un jardín” se ha esculpido con la mente y con la memoria, por supuesto que sí, pero también con el cuerpo, con los sentidos. Hay algo muy intuitivo en su forma de concebir la literatura, por lo menos en este libro que es el único que hasta el día de hoy yo conozco. Ojalá siga adentrándose en esa fisonomía prosística, no tan explorada por lo común, porque no solo se escribe con la cabeza sino también con el cuerpo, las sensaciones, los olores, el tacto, etcétera. Hay una región de libertad creativa muy poderosa que se puede alcanzar si se sueltan las amarras y nos olvidamos del lugar en el que tenemos situados los pies y la cabeza, más allá de la simple linealidad temporal que Valeria aniquila por su propia voluntad. Aunque se suela pagar un alto precio por ello en la literatura hay que ser valientes, como lo ha intentado ser Valeria Correa en este libro, y “el tiempo y el espacio son unidades de medida a destrozar”.

Diseccionen cualquier párrafo o frase de este libro (hermosamente editado por Páginas de Espuma) y descubrirán que tienen “vida propia”. Pongamos un ejemplo, no tan al azar: “Pensar diferente, lo sé ahora, es una de las formas más profundas de la soledad”. Aparte de ser una afirmación magnífica y muy acertada no hay escritor que no vea potencialmente ahí flotando el germen de otro relato o la sustancia desde la que partir para construir toda una novela.  Los personajes de Valeria observan su propio pasado desde la distancia que les aporta el paso de los años; desde la confirmación que la naturaleza puede ser nido y ataúd; el conocimiento una inmersión por territorios abisales y los jardines humanos torres defensivas que nos construimos para seguir en la brecha.

  Pongo otra: “La luz y la oscuridad, lo comprendo ahora, puede habitar un mismo pliegue”. Para mí esta es la frase más honda de este libro, porque me retrotrae como a la presencia de un conocimiento sufí, místico, profundamente bello y conocedor hasta el tuétano de la amplitud de la vida, de todos sus vericuetos, del paso del tiempo y lo inabarcable del universo. Algo así como un principio de sabiduría ancestral.

Por último una recomendación: si tienen la oportunidad lean este libro en voz alta, sin complejos y entonándolo con tranquilidad. Declamen de viva voz y que los vecinos (si los tienen) murmuren lo que les venga en gana. Disfrutarán mucho más de la experiencia.

Hasta otra.

De cielos y escarabajos. Reseña del canal «Los últimos encargos de Monsieur Vollard»

Hoy no traigo ninguna reseña mía, sino una que han realizado sobre uno de mis libros. Procede del canal de Youtube: Los últimos encargos de Monsieur Vollard.

Trata sobre “De cielos y escarabajos”.

 Ni que decir tiene que realizar una reseña de un solo minuto sobre este torrencial libro tiene muchísimo mérito. Es muy complicado lograr tal grado de concreción.

Feliz domingo.                                       

Casa desolada, de Dickens

Solemos considerar que un libro es “clásico” cuando supera las barreras del tiempo no perdiendo vigencia entre los lectores; pero esta definición no deja de ser bastante limitada, puesto que no incluye a los que podríamos llamar a los “clásicos de hoy”, ni la que, a mi modo de ver, es otra de las grandes cualidades inherente a los grandes libros: la capacidad de provocarnos transformaciones de calado, el que nos seamos el mismo tipo de lector y puede que tampoco el mismo tipo de persona cuando lo acabemos de leer; que el transcurso de la lectura se convierta en una verdadera Odisea de la que regresamos transformados…, cambiados de alguna manera…, embriagados de éxtasis y eternidad.

Casa desolada de Dickens es uno de esos grandes libros.

Puede que no sea el más agradecido con el lector; puede que incluso sea el más complejo de todos y el que menos utiliza los recursos folletinescos de la época; puede que incluso tenga el más frío de sus personajes principales, Esther Summerson, que nos resulta repelente o muy fría, y no por su velada sexualidad que resulta muy a destacar y valiente para la moral de la época, sino por ese aire de “superioridad moral” que tiene desde muy joven y que no resulta muy creíble. Es verdad que hay jóvenes que maduran muy pronto, pero en este personaje todo me resulta un poco impostado. Aquí lo que de verdad como lector nos seduce es el rompecabezas estructural y el cabalístico universo que refleja, donde todo tiene su razón de ser por más ínfimo que nos pueda parecer en un principio.

Si nuestra novela moderna refleja de alguna manera el estado natural del caos, Casa desolada, por el contrario, refleja el orden y el abuso más absoluto, porque todo está atado y bien atado desde el principio; y el escritor, en un alarde de técnica al intercambiar la primera persona por un narrador omnisciente, nos lleva de la mano por ese Londres neblinoso en el que el orden legal se ha convertido en otra condena más, pues un caso judicial se prolonga durante décadas, Jarnydyce contra Jarnydyce, ante nuestra sorpresa y deleite.

No me extraña que Kafka alardeara de ser un lector voraz de Dickens, pues hay algo en el inglés que prefigura al checo, y Casa Desolada podría ser el germen natural de lo que más tarde se fraguó en El proceso, su pionero natural, puesto que ambos libros son inflexibles en cuanto a cuestionar la pesadilla y la inaccesibilidad que se vive en las instancias judiciales. La justicia, se convierte así, en otro estamento más de perversión y estructura social y su principal cometido no es (valga la expresión) «impartir justicia», como algunos creen ingenuamente, sino velar porque el orden social y jerárquico se mantenga incólume, sin transformaciones sociales. Establecer una quimera de imparcialidad para evitar levantamientos y tensiones y servir de muro de contención. Digamos que (parafraseando a Chesterton cuando habla del cristianismo) la justicia triunfa fracasando.

Como siempre en Dickens la miríada de personajes es impresionante. En la edición que yo tengo, de Alfaguara, no viene un índice de personajes, así que es aconsejable un pequeño cuadernito de notas o alguna aplicación para llevar la cuenta de quién es quién y no perderse. Es verdad que a los personajes principales llegamos a conocerlos bien a lo largo de tantas páginas; pero cuanta más información mucho mejor. Mi preferido de todos ellos es uno de los más excéntricos: el tutor de Esther, Richard y Ada, el señor John Jarndyce, el que se retira a sus aposentos cuando empieza a soplar “el viento del este”. Un hombre bueno pero algo tocado de la cabeza. Y no nos extraña cuando poco a poco se nos va revelando todo el misterio del caso.

Novela lenta pero transformadora y que prefigura la literatura que Dickens podría haber escrito de haber vivido unos cuantas décadas más, como sus libros poco a poco iban ganando en complejidad argumental manteniendo las llamas de la combustión interna de sus personajes. Porque en Dickens, más allá de las vidas de superación de los muchachos y muchachas huérfanas, hay fuego, fuego vital, cenizas y combustiones lentas. Cuenta mucho más cosas de lo que aparenta en una primera instancia.

Casa desolada es, sin duda, su novela más perfecta en cuanto a estructura. Puede que no sea la más querida por sus lectores, porque era imposible volver a seducirles de la manera que ya les había seducido con sus anteriores libros. De todas formas consigue lo primordial: ser una obra inmortal y transformadora, muy enigmática. Todo un clásico envuelto en niebla y combustión, porque la niebla es otro personaje más y no menos importante que el resto. Se te pega a la piel y la sientes compartiendo la lectura contigo.

Hasta otra.