Drácula, el vampiro cosmopolita

☠️Abstenerse de leer esta reseña los que no conozcan la obra.

Tras leer y releer en numerosas ocasiones esta obra puedo asegurarles, en lo que a su personaje principal se refiere, que me resulta más digno de lástima que de otra cosa. Que no me provoca terror pese a ser un monstruo, sino que lo contemplo como una criatura de ficción perseguida y emprendedora, un vestigio obsoleto de tiempos remotos, al que todos quieren dar caza cuando él lo que desea es cambiar de aires y revitalizarse: de la vieja y salvaje región de Transilvania a la cosmopolita y poblada Londres; de un castillo repleto de vetustos recuerdos a las ampulosas calles de un mundo repleto de nuevas oportunidades, en los que las supersticiones y los prejuicios no están tan presentes como en la vieja Europa, porque lo veloz y lo lozano marcan el nuevo signo de los tiempos.

Para ello, el siniestro Conde se ha preparado a conciencia: durante años ha estudiado el idioma y ha leído todo lo que ha encontrado sobre Inglaterra en su biblioteca del castillo; ha consultado mapas y seguramente leído lo más representativo de la literatura inglesa. Por lo tanto, el Conde Drácula es (aparte de un vampiro y un monstruo sediento de sangre) un voraz lector con una mente deseosa de aprender cosas nuevas. Esto es muy importante. Si no tuviera el acicate del cambio espoleándole se quedaría muy tranquilo en su castillo. Por lo que podemos deducir que si el Conde viviera hoy en día tendría conexión a internet y se habría descargado múltiples aplicaciones de geolocalizaciones. Puede que adquiriese también cámaras termográficas para detectar el calor humano (recuerden que las temperaturas de los vampiros, en contraposición a la nuestra, debe ser algo similar a la que poseen los pingüinos del Ártico). Toda nuestra tecnología de hoy despertaría una gran curiosidad en el Conde y la aprovecharía para sus propósitos, para alcanzar a más víctimas. Es un hombre que, aunque marcado por los tiempos que vivió en su etapa mortal, quiere estar siempre al día. Se ha empapado, pues, de todo lo inglés porque quiere establecerse en Inglaterra (suponemos que para incrementar su harén de mujeres vampiresas; no le conocemos otra motivación). Hasta ha elegido de forma minuciosa sus nuevas viviendas: casas y villas abandonadas cuyos derechos legales ha adquirido. También esto es muy curioso: el monstruo no deja de ser una persona de orden y ley, y no desea problemas legales; no es un agitador social, sino un hombre que ha pertenecido a la élite de su país y está acostumbrado a mandar y que a los demás le obedezcan sin rechistar.

Pero ahora está a punto de cerrar los últimos flecos en lo relativo al viaje y a la transacción de esas casas, de ahí que el joven abogado Jonathan Harker llegase al castillo de Drácula para cerrar todas las operaciones inmobiliarias.

Es un compás de espera por ambas partes: mientras uno se prepara para el viaje el otro se ha dado cuenta de los terribles seres que habitan el castillo, y de cómo le morderán y le harán trizas en cuanto los plazos se acaben. Jonathan conseguirá escapar en el último momento, pero esto no se nos cuenta hasta un poco después, porque ya surcamos junto al Conde los mares viajando en una espeluznante travesía hacia la costa británica.

¿Por qué el Conde, con todas sus posesiones legales y todo su poder nocturno, se obsesiona con Lucy Westenra al arribar a Inglaterra? Pues porque Lucy es un personaje de indudable belleza, “un lirio de pureza”, tiene clase y ha recibido hasta tres proposiciones de matrimonio en un solo día. Es una mujer de indudable éxito para la sociedad victoriana. Y un Conde es Conde aunque sea un vampiro; además, un Conde de los viejos tiempos está acostumbrado a guerrear y a que lo agasajen y no cejará en ir a conquistar sus objetivos, sean estos cuales sean, por más vigilancia, ajos y trasfusiones de sangre que los médicos y los pretendientes y prometidos de Lucy acometan para salvarla. Una y otra vez los allegados de Lucy consiguen frenar los planes del Conde Drácula, al que suponemos muy cabreado revoloteando en forma de murciélago alrededor de la habitación que ocupa la pobre muchacha. Tendrá que valerse de un lobo para destrozar la ventana (que ha sido embadurnada de ajo) y acabar de una vez el proceso de vampirización. No la quiere como una víctima, sino como una igual a él, como una no-muerta, un espectro de la noche. Las elecciones de Drácula no son nunca arbitrarias. Cuando elige a Mina tampoco lo hace de casualidad. Mina, antes incluso de conocer o toparse con el Conde, siente hacia a él un atisbo de compasión: “El bueno y querido profesor Van Helsing tenía razón: Jonathan es muy valiente, y cuantas más dificultades se le presentan, más intrépidamente las afronta. Ha regresado lleno de esperanzas y determinación, y hemos puesto en orden todos los papeles y documentos: todo está a punto. También yo me siento fuerte y excitada; tal vez, al fin y al cabo, hay que tener compasión de un ser tan acosado como el Conde”. Aunque luego, al proseguir el párrafo, recuerda su lectura del diario del doctor Seward (las circunstancias de la muerte de su amiga Lucy) y ese atisbo de compasión se diluye como un azucarillo. No importa. Brotará de nuevo. Drácula se acercará mucho más a ella de lo que su excitada imaginación puede imaginarse.

Tanto el doctor Van Helsing como el doctor Seward son los principales opositores a los intereses del Conde, al que empiezan a perseguir sumándose nuevos integrantes como Mina, la esposa de Jonathan, el propio Jonathan, Arthur Holmwood, el prometido, y un resuelto americano llamado Quincey Morris, que también fue pretendiente de Lucy como el propio Arthur o el doctor Seward. Todos ellos, en menor o mayor medida, van dándose cuenta de a qué monstruo se están enfrentando y tratan de matarlo. El bien contra el mal.

En realidad esa es la metáfora y la intríngulis del libro de Bram Stoker: la lucha sin tregua entre el bien y el mal; pero esa lucha en nuestros días ha quedado algo desfasada, porque nosotros no tenemos tan claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos; y los vampiros hace décadas que dejaron de ser personajes repulsivos del averno para aparecer, tanto en la literatura como el cine, como personajes seductores y cubiertos de un halo de elegancia y fascinación erótica que ya no podemos obviar.

Lo verdaderamente notable en este libro es la estructura. A una sucesión de diarios personales les acompaña recortes de periódicos, cartas laborales, diarios de abordo, correspondencia, etcétera. El libro es muy ágil y epistolar y pasamos de una cosa a otra con naturalidad, sin que las situaciones parezcan forzadas. Y luego la maestría con las que están construidos los personajes, lo reconocibles que son, cómo destellan marcando sus propias personalidades en unas pocas líneas. El resultado final es una gran novela, todo un clásico.

Y pese a que los tiempos de hoy no son los de ese siglo y las mentalidades, lógicamente, son diferentes, en lo esencial sigue siendo una lectura que no ha quedado anticuada, porque el libro posee indudables valores literarios. Es verdad que algunas cosas chirrían, sobre todo en el trato muy clasista y patriarcal de las mentalidades femeninas del libro; pero no más que muchos libros de la época e incluso de la nuestra. Basta leer algunos de nuestros autores más exitosos de hoy para darse cuenta de la inmundicia que suelen generar, tanto en sus libros como en sus artículos de prensa, que parecen escritos para mentalidades ancladas en el pleistoceno.

Por lo demás, en el arte la modernidad es relativa y hoy en día se publican muchísimas novelas menos vanguardistas que Drácula. Aquí hay personajes, no espantapájaros sin personalidad, que es lo que nos solemos encontrar en la mayoría de los libros.

¿Quién es Drácula? Esta es la madre de todas las preguntas. Siempre hemos escuchado que Stoker se basó en Vlad el Empalador, pero eso no resulta del todo acertado, pues no hay referencia alguna a ese personaje histórico en la obra. Sí que habla del pasado de los Drácula, los Drac, más bien lo hace Van Helsing tras indagar sobre ello. Y lo que se nos muestra es a un personaje que derrotó a los turcos por ser obstinado, y a una familia de la nobleza de la que se sospechaba que andaba con buenas relaciones con el demonio.

  Puede que sí pensara Stoker en el castillo de Vlad para imaginar el de Drácula, pero el castillo de Vlad más afín al conde Drácula no es el de Bran, al que suelen llevar a los turistas hoy en día, sino el de Poenari, de más difícil acceso y en una zona en la que los que mandan de verdad son los osos, una auténtica fortaleza que se encuentra en ruinas, aunque creo que se puede visitar si te has agenciado un buen calzado: son cerca de 1500 escalones los que tienes que subir por un intrincado sendero. Ese castillo que sale en la foto sí que está muy cercano a la región natural de Drácula; el otro, el de Bran, será muy bonito para los turistas pero no tiene mucha relación con el personaje del libro.

©Destinoinfinito.com

Espiritualmente el personaje de Drácula es un personaje inseguro. Aunque posea una enorme fuerza y las extraordinarias capacidades de un vampiro conoce sus carencias, cómo depende de otros para realizar grandes viajes y lo peligroso que resultaría que le sorprendieran durmiendo en el ataúd. Ya tuvo un encontronazo con Jonathan en ese sentido. El sol no lo desintegra como hemos visto miles de veces con otros vampiros, pero disminuye en gran medida sus capacidades. Va aprendiendo a actuar sobre la marcha.

  En antaño (él mismo se lo confiesa a Jonathan) fue un individuo de prestigio. Su obstinación contra los enemigos fue el secreto de sus victorias militares. Él habla de sus antepasados, pero igual está recordándose a sí mismo, como después descubrimos a través de los estudios bibliográficos de Van Helsing. Pasados los siglos, la criaturita no ha cambiado tanto y reincide una y otra vez en los mismos comportamientos que le llevaron al triunfo. Esto me resulta muy interesante: su parte humana es la que dictamina los comportamientos y las acciones que emprende. Aunque sea una bestia son los razonamientos humanos los que le hacen optar por una cosa u por otra.

Cuando acosado por sus enemigos emprende el regreso a su nido transilvano solo está pensando en retroceder para atacar de nuevo. Él tiene tiempo, su naturaleza es inmortal; sus perseguidores no disponen de tanto tiempo. Mina ha sido marcada con su sangre.

Al final, como todo el mundo sabe, la determinación del grupo (no sin sufrir alguna baja) consigue vencer al monstruo. La parte final de la obra es la que nunca me ha convencido. La persecución es magistral; pero uno esperaría mayor resistencia de las tres vampiresas que habitan el castillo y que ya no eran unas recién llegadas en el mundo de los espectros, como si podría serlo Lucy.

Estas tres vampiras se les aparecen a la “contaminada” Mina y a Van Helsing por la noche, y este último consigue ahuyentarlas con una hostia sagrada. Vale, de acuerdo. El poder de Dios se impone sobre las criaturas del diablo, nos parece algo muy osado pero podemos pasarlo. En la Biblia se cuentan cosas aún más sorprendentes. Lo incongruente viene después cuando, con el brioso canto de las aves anunciando la mañana, Van Helsing parte hacia el castillo y en una larga jornada (que se nos cuenta muy por encima) clava las estacas y corta las cabezas de las tres.

  Uno esperaría que en un castillo tan bien protegido como el de Drácula no se pudiese entrar así como así, y que las tres vampiras hubieran ofrecido mayor autonomía y resistencia, y más sabiendo que Mina y Van Helsing merodeaban el castillo; pero da la impresión que el escritor quiere acabar la novela con prontitud y estos tres personajes, que al principio de la historia le sirvieron para un par de memorables escenas, ya no le sirven. ¿Qué pensaría Drácula de sus tres pupilas? Desde luego no se sentiría muy orgulloso por la escasa resistencia demostrada. Una cosa es que alguien que se hospeda dentro del castillo encuentre tus estancias (véase el caso de Jonathan), y otra que un individuo que nunca ha estado allí y que solo tiene referencias pueda entrar con tanta facilidad y fulminarlas. Una fortaleza solo puede ser tomada desde dentro.

Dicho esto, la obra es magnífica y toca muchos palos: lo gótico, la telepatía, las leyendas vampíricas, lo mortal y lo no mortal, lo viejo y lo nuevo, el mundo de las enfermedades mentales, las transfusiones de sangre, la taquigrafía, el fonógrafo, el hipnotismo, etcétera. Es una obra muy moderna para sus días. El deseo erótico aparece de una forma muy velada e inteligente, lo cual no deja de ser un mérito por parte de Stoker, ya que se podría haber formado un gran escándalo en una sociedad tan puritana como la victoriana.

  Lo que no toca para nada es el amor (solo hay una pequeña referencia en una conversación entre las tres vampiresas del castillo y el Conde); así que todas esas películas que nos muestran a un Drácula arrebatado de pasión no se ajustan a la realidad del libro, por más que nos encante la actuación de Wynona Ryder en una de esas películas.

Nada más. Por hoy ya está bien de vampiros y espectros.

Hasta otra.

Palabras del Egeo, de Pedro Olalla

«Esto, Silvano, este escenario que vemos e intuimos desde lo alto de una roca en mitad del mar, es el pequeño mundo del Egeo: un espacio cuya geografía ha sido desbordada mil veces por su historia. Montañas escarpadas y valles profundos; pequeñas llanuras y suaves colinas; costas rocosas y calas cristalinas de arena o de guijarros. Y todo repetido mil veces, miles de veces, como un verde planeta triturado entre las manos de un titán y arrojado finalmente a este mar. Esto ha sido el Egeo desde tiempos remotos y esto sigue siendo: miles de islas e islotes, cumbres desnudas para las divinidades del cielo y de los meteoros, simas y lagunas para las de debajo de la tierra, valles para los bosques y para los ríos, gargantas para el eco y los arroyos, apriscos y majadas para los rebaños, cuevas para las ninfas y los alumbramientos de los dioses, laderas y bancales para los olivos, llanos para los bueyes y el arado, colinas para las fortalezas de piedra, caminos pedregosos para las artes de Hermes, barro y minerales para las de Hefesto, senos resguardados para los barcos, barcas para la pesca en las bahías, velas y remos para adentrarse por el ponto, grutas marinas para las nereidas y las focas, frigana para el viento y los aromas leñosos, riscos para las olas y las cabra«.

Cuentan que la era de las grandes exploraciones ya terminó, que no hay rincón en la tierra que podamos descubrir porque ya lo ha sido por un antecesor, que todo es caduco y no hay novedad alguna. Que si queremos abarcar nuevos horizontes debemos elevar nuestra mirada más allá de los cielos, en búsqueda de galaxias remotas y alejadísimas, en las que quizá con un poco de suerte y la cabezonería habitual del ser humano podamos encontrar algún tipo de vida. Pero los que dicen esas cosas no conocen la literatura de Pedro Olalla, al que le basta la contemplación de uno de los mares más antiguos para redescubrimos todo un universo, porque quizá el paraíso estaba mucho más cerca de lo que pensábamos, y puede que pasásemos por allí sin darnos cuenta de por dónde estábamos pisando.

Redescubrirnos el mundo griego parece ser la tarea titánica que se ha impuesto Olalla y cada poco nos regala un libro sobre el tema, despertándonos la curiosidad sobre la historia, la geografía, las costumbres, la lengua, y todas las conexiones de nuestra cultura que están directamente entroncadas con ese emporio de las artes y la navegación que fue el mundo griego. Y es difícil abarcar tanto y hacerlo también, puesto que Olalla sabe trasladarnos su entusiasmo, y le basta contemplar un terruño de tierra o una porcioncita de agua salada para que el lector se sienta transportado a lo que se le está contando.

Pero al mismo tiempo que nos deleita y nos embriaga también nos enseña, y es que este ensayo narrativo deja una ánfora de conocimiento en nuestro interior que al acabarlo nos pide más, y ya está uno nervioso paseando por su modesta biblioteca, buscando a esos autores del teatro griego al que hace años que no leíamos o a los que nunca hemos leído, mirando nuestras ediciones de Homero, los desgastadas que están y lo que merecerían ser renovadas, puesto que el helenismo (que no deja de ser el mejor de los humanismos de occidente) ha vuelto a llamar a nuestra puerta, y hay tanto por conocer y saber y leer que ya se ha quedado muy grabado en nuestro interior que antes de Homero hubo muchas cosas, muchísimas, y que sería muy imperdonable que nos despidiésemos de este mundo sin haber intentado conocerlas.

Eso es algo fundamental en este ensayo: el mundo pre-griego. Sobre el que muchas veces se ha pasado de puntillas no dándole la importancia que tuvo.

Hay muchísimos datos que me han sorprendido: lo expertísimos que eran los minoicos navegando, sirva de ejemplo que conocían las diferentes corrientes del Atlántico y poseían mejores y más amplios barcos que los de Colón o los de Magallanes- Elcano; las muchísimas rutas comerciales que tenían por aquella época, como buscaban cobre y ámbar y otras mercancías en diferentes geografías, y lo mismo te cruzaban las columnas de Hércules rumbo a la actual Escandinavia que te llegaban a la zona del Canadá. Las evidencias y los recientes estudios parece que así lo demuestran: que estuvieron en el continente americano no de una manera anecdótica sino con enclaves permanentes. También me ha sorprendido mucho la crónica del hallazgo (creo recordar que citaba tierras de Transilvania) de letras con apariencia a origen griego y que datan ¡de dos milenios de antigüedad en diferencia con los textos sumerios! Serían, entonces, los más antiguos hallazgos de expresión escrita encontrados hasta la fecha.

Olalla pone en entredicho la separación de lo pre-griego y lo griego y que existiese un periodo minoico y luego otro miscénico, como si fuesen periodos diferenciados entre sí, pues todo habría pertenecido a una misma historia con sus altibajos y sus catástrofes naturales y sus guerras y sus hambrunas y sus periodos de retraimiento y expansión. La necesidad de ir de isla a isla en “esa famosa charca de ranas” que es el Egeo convirtió a los habitantes autóctonos (junto a los pelasgos y a otros muchos pueblos del entorno, que en realidad vienen a ser los mismos) en los navegantes más expertos. Yo hasta ahora (supongo que por nacer en una antigua colonia fenicia) había considerado a los fenicios los navegantes más expertos, pero Olalla ha conseguido que me plantee que igual solo fueron el epílogo de lo que ya se había gestado con anterioridad; que hasta la introducción del alfabeto puede que no fuese provenientes de los pueblos de Tiro, sino que ya existiese, y solo se adoptaran en el lógico intercambio cultural y comercial que se ofreció entre dos pueblos marineros con intereses comunes. Es más, esa hipótesis tiene un gran sentido. Homero sería, entonces, como el culmen de todo un legado, como una especie de cronista (o de cronistas) que hubiese recogido toda la tradición oral y la hubiese dado forma literaria. Esto creo que no lo dice Olalla, que es una conclusión mía que me ha nacido al hilo de lo que estaba leyendo. Sea como fuere me parece apasionante no dar nada por sentado en la historia, y partir siempre de las evidencias, sin fanatismos ni imposiciones ideológicas. Aplicar a los estudios un método científico y abierto a nuevos hallazgos, en continua revisión, con lo cual las conclusiones no serían cosas inamovibles sino planteamientos en expansión, porque la historia de los seres humanos en el Egeo y, por extensión, en todas las latitudes, no puede ser una proyección inmóvil sino un hogar lleno de ventanas y claraboyas, y puede que hasta catacumbas, con esa claridad mágica y ese rumor del mar siempre presente. Baste recordar la cita del sabio Solón que viene incluida en el libro: “Que lo primero que aprendan los niños sea a nadar y a leer”. Ojalá fuese esa la verdadera prioridad en nuestras escuelas y no este mercantilismo sin corazón en el que vivimos. El mar y la palabra escrita como prioridades, como señas de identidad, como presente y horizonte, como lo que verdaderamente nos define.

En definitiva un libro valiente, culto, ameno, poético, y lleno de historia y entusiasmo por un mundo que no deja de ser también el nuestro.

Si como alguien dijo alguna vez “en cada poeta asoma la posibilidad de inaugurar el mundo”, yo creo que en cada helenista hay la posibilidad de recuperarlo. O, al menos, de gozarlo y comprenderlo para hacerlo más habitable y fructífero. Pienso que Pedro Olalla tiene tanto de poeta y filósofo como de filólogo, historiador y antropólogo, en lo que no deja de ser un milagro de compendio aristotélico.

Se me está olvidando mencionar cómo está ensamblado el libro, lo limado y trabajado que está en su estructura, cómo a través de la escritura de un padre que espera a su hijo adolescente se va hilvanando ese pasado remoto y pre-homérico que se nos muestra. Me parece una manera muy sutil y entrañable de convertir a los lectores en cómplices, de hacernos embarcar cual alumnos en este viaje por un mar de palabras, historia, sabores y sonidos, más que descubriendo redescubriendo las raíces de las palabras, un océano por el que partimos, no para levantar barreras (como se menciona en el libro), sino para tender puentes entre nosotros y la historia, nuestro lenguaje y el de nuestro ancestros.

  Y por último, ya que no puedo hacer hablar musicalmente a las caracolas que sería lo que más adecuado en señal de reconocimiento, dejo aquí transcrito un párrafo que habla sobre el pasado griego, con una sonoridad y una belleza muy representativa de lo que se van a encontrar los afortunados lectores de este libro: “De los escritos de los antiguos griegos, conservamos aún más de once mil obras: muchísimas más de las que conservamos de cualquier otra cultura del pasado, pero una parte mínima siquiera de las que se guardaban en los anaqueles de la famosa biblioteca de Alejandría. La pérdida es inmensa, Silvano. Todo lo que nos queda, por mucho que parezca, no son más que las ruinas de aquella milenaria civilización, lo que ha escapado al tiempo y a la barbarie, lo que el azar o el gusto de anónimos copistas han salvado, lo que sobrevivió como hápax, lo que no es solo olvido, cenizas de ave fénix. Y todo lo que queda es, en el fondo, la muestra de una cosa: de esa necesidad tan puramente humana de cifrar lo pensado, lo sentido, lo vivido; de esa necesidad de compartir emoción y memoria que condujo al denodado intento de conservar el logos, de dejarlo grabado, dormido en un silencio, para que la mirada de otro, algún día, pudiera despertarlo”.

Despertemos junto al mar Egeo. Sabe de nosotros desde el principio de los tiempos.

Hasta otra.

Contra vosotros, de Mercedes Soriano

Si aprendierais a caminar, si recuperaseis el privilegio de ser vagabundos, advertiríais por vosotros mismos que el mundo es otro. Para vuestro gusto y vuestro asombro, comprobaríais que la obstinación de las plantas cuaja las cunetas, invade el asfalto y lo lastima: no son masas de color, son formas y tonos tan ensamblados y diversos que cualquier pintor, si fuera sincero, se sonrojaría al contemplarlos. La evidencia de los amarillos ondulados, de la mancha escarlata sobre el ramaje grisáceo, la gama de violetas trazada por la flor del cardo, el miosotis y el espliego, los rojos de la sangre y del carmín os dejarían absortos. Se trata de una vegetación humilde, plebeya, ninguneada por los fabricantes de flores ampulosas sin aroma y, desde luego, por los realizadores de documentales televisivos, que siempre prefieren mostrar la exuberancia de tierras que dicen exóticas. Sin embargo, se manifiesta con una firmeza que expresa la voluntad del cosmos, su decisión de hacerse presente por sí mismo a pesar de vuestra intervención. Si caminarais y descubrierais el entusiasmo de ir despacio, vuestros ojos viajarían de otro modo a través de lo pequeño y de lo grande, las moles oscuras dejarían de ser impedimentos o volúmenes fugaces y sus laderas, repliegues y hendiduras se abrirían ante vosotros para deslumbraros, haceros notar la ferocidad inserta en la mansedumbre, revelaros la insignificancia de todos vuestros inventos y ansiedades.

A veces, entre la marabunta de escritores, nace una estrella errante. Se le reconoce porque en seguida se aparta de la multitud y marcha con su propio rumbo. No pretende ni busca el éxito o, al menos, no lo busca a cualquier precio, puesto que no entiende el éxito como una escalera hacia la cúspide de la pirámide social, sino como la alegría intima que siente el escultor al apreciar el resultado final de su trabajo. Por lo general, estos escritores están dotados de una sensibilidad crítica, cuestionan la sociedad en la que viven y señalan sus faltas y sus vicios, y por ello al mismo tiempo que se separan del rebaño el propio rebaño trata de marginarlos despreciándolos y ninguneándolos.

Puede ser este el caso de Mercedes Soriano, escritora que había encontrado cierto éxito en la España de los ochenta, para apartarse al principio de los noventa y largarse a un rinconcito del sur, lejos de las prebendas y los peloteos en las que se suele mover el mundillo cultural.

La Navaja Suiza ha recuperado este libro, “Contra vosotros”, que se editó por primera vez hace ya unas décadas. Supongo que como pone en tela de juicio “el mito de la transición y los primeros años” no fue bien recibido ni por los suplementos ni por la élite del mundillo literario, porque Mercedes es una autora “incómoda” que (a través de la estructura y del exquisito manejo del lenguaje) consigue poner en aumento las lentes de la corrupción moral de nuestra sociedad, la búsqueda del éxito fácil —preludio del ladrillazo—, aumentado el espejo de las deformaciones que tuvimos y seguimos padeciendo.

El libro se estructura en siete monólogos. Todos bien logrados y magníficamente escritos, reconocibles en su diversidad y profundos y críticos, hasta llegar al monólogo final, llamado Nadie, que está por encima del resto y que, si se me permite, está muy por encima de lo que se escribía hace treinta años y de lo que se suele escribir hoy en día. En todo: en calidad, en profundidad y en visión. Les recomiendo leer antes que nada este segmento narrativo, y luego comenzar la novela desde el principio. Posiblemente la escritora (de estar viva) lo censuraría; pero yo soy de los que consideran que solo se puede “contagiar” la literatura a través del entusiasmo que despierta lo más excelso. Los manuales de literatura y los críticos literarios no enseñan nada, o si enseñan algo es muy poco y no nos vale. El lector ha de formarse en soledad y lejos de contaminaciones interesadas. Leer con profundidad en este mundo tecnológico es una forma de resistencia, no una manera de perder el tiempo o de tener una ocupación, que es una forma más de corromper la lectura que posee el mercado. La literatura no es un hobby, como algunos nos quieren hacer creer, la literatura es la elevación que nos muestra los abismos y las bondades de los seres humanos, la belleza y la crueldad del mundo que nos rodea, todos los enigmas de la carne y del cielo, todas las ausencias a las que estamos abocados. Al leer regalamos nuestro tiempo para vivir más vidas a las que tenemos acceso. Es un trueque justo y equilibrado.

Yo no sé cuántos lectores alcanzará Mercedes Soriano en su resurrección literaria, ni si La Navaja Suiza tiene la intención de seguir recuperando su obra, lo que sí sé es que en la misma editorial hay un ensayo- ficción narrativo, Aposento, de Miguel Ángel Muñoz, que indaga sobre la vida y la obra de esa estrella fulgurante y errante de las letras hispanas, que un día decidió dejar los fastos del triunfo por la contemplación de los espacios abiertos, en una renuncia que nos tememos tenia tanto de actitud vital como de hartazgo.

Lean a Mercedes Soriano y descubran a una gran autora que deslumbra con luz propia. Persigan el eco salvaje de una respiración que busca y explora y descubre que la realidad social y afectiva tiene muchos prismas, ondulaciones y concavidades. Una autora que acabó muy cansada de la plaga de “carcoma intelectual” que vive instalada en nuestro país.

Murió con cuarenta y nueve años.

Hasta otra.