Palabras del Egeo, de Pedro Olalla

«Esto, Silvano, este escenario que vemos e intuimos desde lo alto de una roca en mitad del mar, es el pequeño mundo del Egeo: un espacio cuya geografía ha sido desbordada mil veces por su historia. Montañas escarpadas y valles profundos; pequeñas llanuras y suaves colinas; costas rocosas y calas cristalinas de arena o de guijarros. Y todo repetido mil veces, miles de veces, como un verde planeta triturado entre las manos de un titán y arrojado finalmente a este mar. Esto ha sido el Egeo desde tiempos remotos y esto sigue siendo: miles de islas e islotes, cumbres desnudas para las divinidades del cielo y de los meteoros, simas y lagunas para las de debajo de la tierra, valles para los bosques y para los ríos, gargantas para el eco y los arroyos, apriscos y majadas para los rebaños, cuevas para las ninfas y los alumbramientos de los dioses, laderas y bancales para los olivos, llanos para los bueyes y el arado, colinas para las fortalezas de piedra, caminos pedregosos para las artes de Hermes, barro y minerales para las de Hefesto, senos resguardados para los barcos, barcas para la pesca en las bahías, velas y remos para adentrarse por el ponto, grutas marinas para las nereidas y las focas, frigana para el viento y los aromas leñosos, riscos para las olas y las cabra«.

Cuentan que la era de las grandes exploraciones ya terminó, que no hay rincón en la tierra que podamos descubrir porque ya lo ha sido por un antecesor, que todo es caduco y no hay novedad alguna. Que si queremos abarcar nuevos horizontes debemos elevar nuestra mirada más allá de los cielos, en búsqueda de galaxias remotas y alejadísimas, en las que quizá con un poco de suerte y la cabezonería habitual del ser humano podamos encontrar algún tipo de vida. Pero los que dicen esas cosas no conocen la literatura de Pedro Olalla, al que le basta la contemplación de uno de los mares más antiguos para redescubrimos todo un universo, porque quizá el paraíso estaba mucho más cerca de lo que pensábamos, y puede que pasásemos por allí sin darnos cuenta de por dónde estábamos pisando.

Redescubrirnos el mundo griego parece ser la tarea titánica que se ha impuesto Olalla y cada poco nos regala un libro sobre el tema, despertándonos la curiosidad sobre la historia, la geografía, las costumbres, la lengua, y todas las conexiones de nuestra cultura que están directamente entroncadas con ese emporio de las artes y la navegación que fue el mundo griego. Y es difícil abarcar tanto y hacerlo también, puesto que Olalla sabe trasladarnos su entusiasmo, y le basta contemplar un terruño de tierra o una porcioncita de agua salada para que el lector se sienta transportado a lo que se le está contando.

Pero al mismo tiempo que nos deleita y nos embriaga también nos enseña, y es que este ensayo narrativo deja una ánfora de conocimiento en nuestro interior que al acabarlo nos pide más, y ya está uno nervioso paseando por su modesta biblioteca, buscando a esos autores del teatro griego al que hace años que no leíamos o a los que nunca hemos leído, mirando nuestras ediciones de Homero, los desgastadas que están y lo que merecerían ser renovadas, puesto que el helenismo (que no deja de ser el mejor de los humanismos de occidente) ha vuelto a llamar a nuestra puerta, y hay tanto por conocer y saber y leer que ya se ha quedado muy grabado en nuestro interior que antes de Homero hubo muchas cosas, muchísimas, y que sería muy imperdonable que nos despidiésemos de este mundo sin haber intentado conocerlas.

Eso es algo fundamental en este ensayo: el mundo pre-griego. Sobre el que muchas veces se ha pasado de puntillas no dándole la importancia que tuvo.

Hay muchísimos datos que me han sorprendido: lo expertísimos que eran los minoicos navegando, sirva de ejemplo que conocían las diferentes corrientes del Atlántico y poseían mejores y más amplios barcos que los de Colón o los de Magallanes- Elcano; las muchísimas rutas comerciales que tenían por aquella época, como buscaban cobre y ámbar y otras mercancías en diferentes geografías, y lo mismo te cruzaban las columnas de Hércules rumbo a la actual Escandinavia que te llegaban a la zona del Canadá. Las evidencias y los recientes estudios parece que así lo demuestran: que estuvieron en el continente americano no de una manera anecdótica sino con enclaves permanentes. También me ha sorprendido mucho la crónica del hallazgo (creo recordar que citaba tierras de Transilvania) de letras con apariencia a origen griego y que datan ¡de dos milenios de antigüedad en diferencia con los textos sumerios! Serían, entonces, los más antiguos hallazgos de expresión escrita encontrados hasta la fecha.

Olalla pone en entredicho la separación de lo pre-griego y lo griego y que existiese un periodo minoico y luego otro miscénico, como si fuesen periodos diferenciados entre sí, pues todo habría pertenecido a una misma historia con sus altibajos y sus catástrofes naturales y sus guerras y sus hambrunas y sus periodos de retraimiento y expansión. La necesidad de ir de isla a isla en “esa famosa charca de ranas” que es el Egeo convirtió a los habitantes autóctonos (junto a los pelasgos y a otros muchos pueblos del entorno, que en realidad vienen a ser los mismos) en los navegantes más expertos. Yo hasta ahora (supongo que por nacer en una antigua colonia fenicia) había considerado a los fenicios los navegantes más expertos, pero Olalla ha conseguido que me plantee que igual solo fueron el epílogo de lo que ya se había gestado con anterioridad; que hasta la introducción del alfabeto puede que no fuese provenientes de los pueblos de Tiro, sino que ya existiese, y solo se adoptaran en el lógico intercambio cultural y comercial que se ofreció entre dos pueblos marineros con intereses comunes. Es más, esa hipótesis tiene un gran sentido. Homero sería, entonces, como el culmen de todo un legado, como una especie de cronista (o de cronistas) que hubiese recogido toda la tradición oral y la hubiese dado forma literaria. Esto creo que no lo dice Olalla, que es una conclusión mía que me ha nacido al hilo de lo que estaba leyendo. Sea como fuere me parece apasionante no dar nada por sentado en la historia, y partir siempre de las evidencias, sin fanatismos ni imposiciones ideológicas. Aplicar a los estudios un método científico y abierto a nuevos hallazgos, en continua revisión, con lo cual las conclusiones no serían cosas inamovibles sino planteamientos en expansión, porque la historia de los seres humanos en el Egeo y, por extensión, en todas las latitudes, no puede ser una proyección inmóvil sino un hogar lleno de ventanas y claraboyas, y puede que hasta catacumbas, con esa claridad mágica y ese rumor del mar siempre presente. Baste recordar la cita del sabio Solón que viene incluida en el libro: “Que lo primero que aprendan los niños sea a nadar y a leer”. Ojalá fuese esa la verdadera prioridad en nuestras escuelas y no este mercantilismo sin corazón en el que vivimos. El mar y la palabra escrita como prioridades, como señas de identidad, como presente y horizonte, como lo que verdaderamente nos define.

En definitiva un libro valiente, culto, ameno, poético, y lleno de historia y entusiasmo por un mundo que no deja de ser también el nuestro.

Si como alguien dijo alguna vez “en cada poeta asoma la posibilidad de inaugurar el mundo”, yo creo que en cada helenista hay la posibilidad de recuperarlo. O, al menos, de gozarlo y comprenderlo para hacerlo más habitable y fructífero. Pienso que Pedro Olalla tiene tanto de poeta y filósofo como de filólogo, historiador y antropólogo, en lo que no deja de ser un milagro de compendio aristotélico.

Se me está olvidando mencionar cómo está ensamblado el libro, lo limado y trabajado que está en su estructura, cómo a través de la escritura de un padre que espera a su hijo adolescente se va hilvanando ese pasado remoto y pre-homérico que se nos muestra. Me parece una manera muy sutil y entrañable de convertir a los lectores en cómplices, de hacernos embarcar cual alumnos en este viaje por un mar de palabras, historia, sabores y sonidos, más que descubriendo redescubriendo las raíces de las palabras, un océano por el que partimos, no para levantar barreras (como se menciona en el libro), sino para tender puentes entre nosotros y la historia, nuestro lenguaje y el de nuestro ancestros.

  Y por último, ya que no puedo hacer hablar musicalmente a las caracolas que sería lo que más adecuado en señal de reconocimiento, dejo aquí transcrito un párrafo que habla sobre el pasado griego, con una sonoridad y una belleza muy representativa de lo que se van a encontrar los afortunados lectores de este libro: “De los escritos de los antiguos griegos, conservamos aún más de once mil obras: muchísimas más de las que conservamos de cualquier otra cultura del pasado, pero una parte mínima siquiera de las que se guardaban en los anaqueles de la famosa biblioteca de Alejandría. La pérdida es inmensa, Silvano. Todo lo que nos queda, por mucho que parezca, no son más que las ruinas de aquella milenaria civilización, lo que ha escapado al tiempo y a la barbarie, lo que el azar o el gusto de anónimos copistas han salvado, lo que sobrevivió como hápax, lo que no es solo olvido, cenizas de ave fénix. Y todo lo que queda es, en el fondo, la muestra de una cosa: de esa necesidad tan puramente humana de cifrar lo pensado, lo sentido, lo vivido; de esa necesidad de compartir emoción y memoria que condujo al denodado intento de conservar el logos, de dejarlo grabado, dormido en un silencio, para que la mirada de otro, algún día, pudiera despertarlo”.

Despertemos junto al mar Egeo. Sabe de nosotros desde el principio de los tiempos.

Hasta otra.

3 comentarios en “Palabras del Egeo, de Pedro Olalla

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