Drácula, el vampiro cosmopolita

☠️Abstenerse de leer esta reseña los que no conozcan la obra.

Tras leer y releer en numerosas ocasiones esta obra puedo asegurarles, en lo que a su personaje principal se refiere, que me resulta más digno de lástima que de otra cosa. Que no me provoca terror pese a ser un monstruo, sino que lo contemplo como una criatura de ficción perseguida y emprendedora, un vestigio obsoleto de tiempos remotos, al que todos quieren dar caza cuando él lo que desea es cambiar de aires y revitalizarse: de la vieja y salvaje región de Transilvania a la cosmopolita y poblada Londres; de un castillo repleto de vetustos recuerdos a las ampulosas calles de un mundo repleto de nuevas oportunidades, en los que las supersticiones y los prejuicios no están tan presentes como en la vieja Europa, porque lo veloz y lo lozano marcan el nuevo signo de los tiempos.

Para ello, el siniestro Conde se ha preparado a conciencia: durante años ha estudiado el idioma y ha leído todo lo que ha encontrado sobre Inglaterra en su biblioteca del castillo; ha consultado mapas y seguramente leído lo más representativo de la literatura inglesa. Por lo tanto, el Conde Drácula es (aparte de un vampiro y un monstruo sediento de sangre) un voraz lector con una mente deseosa de aprender cosas nuevas. Esto es muy importante. Si no tuviera el acicate del cambio espoleándole se quedaría muy tranquilo en su castillo. Por lo que podemos deducir que si el Conde viviera hoy en día tendría conexión a internet y se habría descargado múltiples aplicaciones de geolocalizaciones. Puede que adquiriese también cámaras termográficas para detectar el calor humano (recuerden que las temperaturas de los vampiros, en contraposición a la nuestra, debe ser algo similar a la que poseen los pingüinos del Ártico). Toda nuestra tecnología de hoy despertaría una gran curiosidad en el Conde y la aprovecharía para sus propósitos, para alcanzar a más víctimas. Es un hombre que, aunque marcado por los tiempos que vivió en su etapa mortal, quiere estar siempre al día. Se ha empapado, pues, de todo lo inglés porque quiere establecerse en Inglaterra (suponemos que para incrementar su harén de mujeres vampiresas; no le conocemos otra motivación). Hasta ha elegido de forma minuciosa sus nuevas viviendas: casas y villas abandonadas cuyos derechos legales ha adquirido. También esto es muy curioso: el monstruo no deja de ser una persona de orden y ley, y no desea problemas legales; no es un agitador social, sino un hombre que ha pertenecido a la élite de su país y está acostumbrado a mandar y que a los demás le obedezcan sin rechistar.

Pero ahora está a punto de cerrar los últimos flecos en lo relativo al viaje y a la transacción de esas casas, de ahí que el joven abogado Jonathan Harker llegase al castillo de Drácula para cerrar todas las operaciones inmobiliarias.

Es un compás de espera por ambas partes: mientras uno se prepara para el viaje el otro se ha dado cuenta de los terribles seres que habitan el castillo, y de cómo le morderán y le harán trizas en cuanto los plazos se acaben. Jonathan conseguirá escapar en el último momento, pero esto no se nos cuenta hasta un poco después, porque ya surcamos junto al Conde los mares viajando en una espeluznante travesía hacia la costa británica.

¿Por qué el Conde, con todas sus posesiones legales y todo su poder nocturno, se obsesiona con Lucy Westenra al arribar a Inglaterra? Pues porque Lucy es un personaje de indudable belleza, “un lirio de pureza”, tiene clase y ha recibido hasta tres proposiciones de matrimonio en un solo día. Es una mujer de indudable éxito para la sociedad victoriana. Y un Conde es Conde aunque sea un vampiro; además, un Conde de los viejos tiempos está acostumbrado a guerrear y a que lo agasajen y no cejará en ir a conquistar sus objetivos, sean estos cuales sean, por más vigilancia, ajos y trasfusiones de sangre que los médicos y los pretendientes y prometidos de Lucy acometan para salvarla. Una y otra vez los allegados de Lucy consiguen frenar los planes del Conde Drácula, al que suponemos muy cabreado revoloteando en forma de murciélago alrededor de la habitación que ocupa la pobre muchacha. Tendrá que valerse de un lobo para destrozar la ventana (que ha sido embadurnada de ajo) y acabar de una vez el proceso de vampirización. No la quiere como una víctima, sino como una igual a él, como una no-muerta, un espectro de la noche. Las elecciones de Drácula no son nunca arbitrarias. Cuando elige a Mina tampoco lo hace de casualidad. Mina, antes incluso de conocer o toparse con el Conde, siente hacia a él un atisbo de compasión: “El bueno y querido profesor Van Helsing tenía razón: Jonathan es muy valiente, y cuantas más dificultades se le presentan, más intrépidamente las afronta. Ha regresado lleno de esperanzas y determinación, y hemos puesto en orden todos los papeles y documentos: todo está a punto. También yo me siento fuerte y excitada; tal vez, al fin y al cabo, hay que tener compasión de un ser tan acosado como el Conde”. Aunque luego, al proseguir el párrafo, recuerda su lectura del diario del doctor Seward (las circunstancias de la muerte de su amiga Lucy) y ese atisbo de compasión se diluye como un azucarillo. No importa. Brotará de nuevo. Drácula se acercará mucho más a ella de lo que su excitada imaginación puede imaginarse.

Tanto el doctor Van Helsing como el doctor Seward son los principales opositores a los intereses del Conde, al que empiezan a perseguir sumándose nuevos integrantes como Mina, la esposa de Jonathan, el propio Jonathan, Arthur Holmwood, el prometido, y un resuelto americano llamado Quincey Morris, que también fue pretendiente de Lucy como el propio Arthur o el doctor Seward. Todos ellos, en menor o mayor medida, van dándose cuenta de a qué monstruo se están enfrentando y tratan de matarlo. El bien contra el mal.

En realidad esa es la metáfora y la intríngulis del libro de Bram Stoker: la lucha sin tregua entre el bien y el mal; pero esa lucha en nuestros días ha quedado algo desfasada, porque nosotros no tenemos tan claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos; y los vampiros hace décadas que dejaron de ser personajes repulsivos del averno para aparecer, tanto en la literatura como el cine, como personajes seductores y cubiertos de un halo de elegancia y fascinación erótica que ya no podemos obviar.

Lo verdaderamente notable en este libro es la estructura. A una sucesión de diarios personales les acompaña recortes de periódicos, cartas laborales, diarios de abordo, correspondencia, etcétera. El libro es muy ágil y epistolar y pasamos de una cosa a otra con naturalidad, sin que las situaciones parezcan forzadas. Y luego la maestría con las que están construidos los personajes, lo reconocibles que son, cómo destellan marcando sus propias personalidades en unas pocas líneas. El resultado final es una gran novela, todo un clásico.

Y pese a que los tiempos de hoy no son los de ese siglo y las mentalidades, lógicamente, son diferentes, en lo esencial sigue siendo una lectura que no ha quedado anticuada, porque el libro posee indudables valores literarios. Es verdad que algunas cosas chirrían, sobre todo en el trato muy clasista y patriarcal de las mentalidades femeninas del libro; pero no más que muchos libros de la época e incluso de la nuestra. Basta leer algunos de nuestros autores más exitosos de hoy para darse cuenta de la inmundicia que suelen generar, tanto en sus libros como en sus artículos de prensa, que parecen escritos para mentalidades ancladas en el pleistoceno.

Por lo demás, en el arte la modernidad es relativa y hoy en día se publican muchísimas novelas menos vanguardistas que Drácula. Aquí hay personajes, no espantapájaros sin personalidad, que es lo que nos solemos encontrar en la mayoría de los libros.

¿Quién es Drácula? Esta es la madre de todas las preguntas. Siempre hemos escuchado que Stoker se basó en Vlad el Empalador, pero eso no resulta del todo acertado, pues no hay referencia alguna a ese personaje histórico en la obra. Sí que habla del pasado de los Drácula, los Drac, más bien lo hace Van Helsing tras indagar sobre ello. Y lo que se nos muestra es a un personaje que derrotó a los turcos por ser obstinado, y a una familia de la nobleza de la que se sospechaba que andaba con buenas relaciones con el demonio.

  Puede que sí pensara Stoker en el castillo de Vlad para imaginar el de Drácula, pero el castillo de Vlad más afín al conde Drácula no es el de Bran, al que suelen llevar a los turistas hoy en día, sino el de Poenari, de más difícil acceso y en una zona en la que los que mandan de verdad son los osos, una auténtica fortaleza que se encuentra en ruinas, aunque creo que se puede visitar si te has agenciado un buen calzado: son cerca de 1500 escalones los que tienes que subir por un intrincado sendero. Ese castillo que sale en la foto sí que está muy cercano a la región natural de Drácula; el otro, el de Bran, será muy bonito para los turistas pero no tiene mucha relación con el personaje del libro.

©Destinoinfinito.com

Espiritualmente el personaje de Drácula es un personaje inseguro. Aunque posea una enorme fuerza y las extraordinarias capacidades de un vampiro conoce sus carencias, cómo depende de otros para realizar grandes viajes y lo peligroso que resultaría que le sorprendieran durmiendo en el ataúd. Ya tuvo un encontronazo con Jonathan en ese sentido. El sol no lo desintegra como hemos visto miles de veces con otros vampiros, pero disminuye en gran medida sus capacidades. Va aprendiendo a actuar sobre la marcha.

  En antaño (él mismo se lo confiesa a Jonathan) fue un individuo de prestigio. Su obstinación contra los enemigos fue el secreto de sus victorias militares. Él habla de sus antepasados, pero igual está recordándose a sí mismo, como después descubrimos a través de los estudios bibliográficos de Van Helsing. Pasados los siglos, la criaturita no ha cambiado tanto y reincide una y otra vez en los mismos comportamientos que le llevaron al triunfo. Esto me resulta muy interesante: su parte humana es la que dictamina los comportamientos y las acciones que emprende. Aunque sea una bestia son los razonamientos humanos los que le hacen optar por una cosa u por otra.

Cuando acosado por sus enemigos emprende el regreso a su nido transilvano solo está pensando en retroceder para atacar de nuevo. Él tiene tiempo, su naturaleza es inmortal; sus perseguidores no disponen de tanto tiempo. Mina ha sido marcada con su sangre.

Al final, como todo el mundo sabe, la determinación del grupo (no sin sufrir alguna baja) consigue vencer al monstruo. La parte final de la obra es la que nunca me ha convencido. La persecución es magistral; pero uno esperaría mayor resistencia de las tres vampiresas que habitan el castillo y que ya no eran unas recién llegadas en el mundo de los espectros, como si podría serlo Lucy.

Estas tres vampiras se les aparecen a la “contaminada” Mina y a Van Helsing por la noche, y este último consigue ahuyentarlas con una hostia sagrada. Vale, de acuerdo. El poder de Dios se impone sobre las criaturas del diablo, nos parece algo muy osado pero podemos pasarlo. En la Biblia se cuentan cosas aún más sorprendentes. Lo incongruente viene después cuando, con el brioso canto de las aves anunciando la mañana, Van Helsing parte hacia el castillo y en una larga jornada (que se nos cuenta muy por encima) clava las estacas y corta las cabezas de las tres.

  Uno esperaría que en un castillo tan bien protegido como el de Drácula no se pudiese entrar así como así, y que las tres vampiras hubieran ofrecido mayor autonomía y resistencia, y más sabiendo que Mina y Van Helsing merodeaban el castillo; pero da la impresión que el escritor quiere acabar la novela con prontitud y estos tres personajes, que al principio de la historia le sirvieron para un par de memorables escenas, ya no le sirven. ¿Qué pensaría Drácula de sus tres pupilas? Desde luego no se sentiría muy orgulloso por la escasa resistencia demostrada. Una cosa es que alguien que se hospeda dentro del castillo encuentre tus estancias (véase el caso de Jonathan), y otra que un individuo que nunca ha estado allí y que solo tiene referencias pueda entrar con tanta facilidad y fulminarlas. Una fortaleza solo puede ser tomada desde dentro.

Dicho esto, la obra es magnífica y toca muchos palos: lo gótico, la telepatía, las leyendas vampíricas, lo mortal y lo no mortal, lo viejo y lo nuevo, el mundo de las enfermedades mentales, las transfusiones de sangre, la taquigrafía, el fonógrafo, el hipnotismo, etcétera. Es una obra muy moderna para sus días. El deseo erótico aparece de una forma muy velada e inteligente, lo cual no deja de ser un mérito por parte de Stoker, ya que se podría haber formado un gran escándalo en una sociedad tan puritana como la victoriana.

  Lo que no toca para nada es el amor (solo hay una pequeña referencia en una conversación entre las tres vampiresas del castillo y el Conde); así que todas esas películas que nos muestran a un Drácula arrebatado de pasión no se ajustan a la realidad del libro, por más que nos encante la actuación de Wynona Ryder en una de esas películas.

Nada más. Por hoy ya está bien de vampiros y espectros.

Hasta otra.

4 comentarios en “Drácula, el vampiro cosmopolita

  1. Muy buena reseña. Me ha gustado mucho.
    Para mí Drácula siempre ha estado más cerca del choque de civilizaciones que de la lucha entre el bien y el mal. El conde intenta ‘conquistar’ Londres (a su manera y con una actitud entre legalista y salvaje, como dices; parece que haya aprendido a vivir en sociedad solo a medias, y que le falta pulir un poco sus extravagancias), mientras que Londres (la civilización europea que Londres simboliza en pleno XIX) ya había conquistado al conde o, al menos, su corazón y sus obsesiones. Ahí me parece jugosísimo el título de tu reseña.
    Pero lo que de bárbaro, medieval y ‘mágico’ que encarna el conde es ventilado de un plumazo, como dices, por van Helsing. Londres gana. La ‘razón’ industrial y científica vence. Pero el conflicto entre cosmovisiones ha estado ahí. Igual el conde habría podido ser todo un estadista si hubieran tenido paciencia y lo hubieran educado. O igual el conde habría puesto la ciudad y el país entero patas arriba, que acaso es lo que echaban de menos. Quién sabe.
    En fin. Me ha gustado mucho tu reseña, como siempre.
    Salud,,

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    • Muchas gracias. Habría mucho que discutir de eso, pero creo que tienes razón. Más que choque de civilizaciones puede que sea más un enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo. El mundo de los castillos y las supersticiones contra el telégrafo y la revolución industrial. Inglaterra (le guste o no) no está muy lejos de esta Europa nuestra.
      Me honra tener lectores en el blog tan agudos. Un abrazo 👍

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