«Los años», de Annie Ernaux

Todo lo que vemos y percibimos desaparecerá. Los rostros que amamos. Las conversaciones que mantenemos. Las calles por las que transitamos. Todo será pasto del tiempo. Inexorablemente, “todas las imágenes desaparecerán”.

Los años, el primer libro que reseño de la reciente Premio Nobel Annie Ernaux, es un libro escrito contra el paso del tiempo. Desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial hasta los primeros del siglo XXI, en una Francia que transita desde los estragos de la Segunda Guerra Mundial (pasando por la de Argelia) al breve sueño insurrecto del 68, Ernaux nos va desgranando pequeños fragmentos en un álbum de vivencias que a la vez que personal resulta también colectivo.

La historia del siglo XX es también la del comienzo de la emancipación femenina, hecho histórico que seguimos viviendo y que no será pleno hasta que en unas sociedades tan dependientes del dinero como las nuestras no exista igualdad salarial. Ahora mismo, pese a las reacciones que siempre se suceden en todas las evoluciones, estamos en ese proceso, que por otro lado es necesario e inevitable y no se podrá detener.

Desde muy pequeña Ernaux percibe (hablamos de las décadas del 40 y el 50 en el siglo XX) que “el progreso era el horizonte de las existencias”, pero ese progreso viene programado y auspiciado por el consumismo y la propaganda televisiva. “La gente estaba convencida de que llevaba una existencia mejor gracias a las cosas”. Quizá muchas pequeñas anécdotas se escapan a nuestra memoria, Francia no deja de ser un país con sus propias particularidades y que, contrariamente a lo que se cree, no quedó tan devastado en la guerra como otros, puesto que tras el desembarco y la cruenta batalla por Caen el resto del territorio (salvo la Alsacia) fue liberado con celeridad.

En seguida pasamos de esos años de escuela dura a los de adolescencia, en las que las preocupaciones por el sexo vienen incrementadas por el control sobre los cuerpos femeninos que la sociedad quiere seguir ejerciendo. Esta ha sido siempre una constante por los hombres, las religiones y, en muchos casos, por los propios familiares, que no hacen sino repetir los errores y los clichés de su tiempo, ahogando a los individuos. La emancipación económica y la emancipación sexual son la base granítica que cimenta la libertad, de ahí que siempre se quiera atar y disponer con leyes y prejuicios sobre el cuerpo femenino, como si los cuerpos y las mentes y las decisiones les pertenecieran a la sociedad y no a los propios individuos, en este caso repito y reitero: las mujeres.

Viajaremos por toda la mitad del siglo XX hasta alcanzar los primeros años del XXI.

Hay páginas en las que se retrata con pequeñas pinceladas cómo se sentían los adolescentes ante el anquilosamiento que sufrían sobre temas como el matrimonio, el aborto, o las distintas formas de nombrar los diferentes órganos sexuales; cómo los muchachos (sin tener mayor conocimiento de nada) poseían mayor libertad verbal y de acción que las mujeres, cuyo señalamiento si no se casaban era muy difícil de soportar.

La religión controlaba hasta las pequeñas cosas de la vida: cómo se vestía, lo que se comía, el tiempo libre… Tras su debacle moral es sustituida por la propaganda del consumismo, tan invasiva como la anterior. “La iglesia había dejado de aterrorizar el imaginario de los adolescentes púberes, de regular los intercambios sexuales y de controlar el vientre de las mujeres. Al perder su campo de acción, el sexo, lo habían perdido todo”.

Lo notable en el estilo es cómo a partir de retazos fragmentarios puede incrustarse «la memoria individual dentro de la colectiva». A medida que vamos avanzando en la lectura nuestro propio interés crece, por lo menos el mío, pues reconozco asuntos, vivencias, acontecimientos, memorias cercanas, a pesar de las diferentes circunstancias de geografía y vida. Algunos sucesos de finales de los ochenta y los noventa forman también parte de mi propia historia, porque los seres humanos no somos entes aislados, lo queramos o no formamos parte indivisible de nuestro propio tiempo.

La literatura de Annie Ernaux nace de la vida e intensifica los recuerdos. En ese sentido posee una atmósfera y una búsqueda proustiana. Si bien, en cuestión de estilo es todo lo contrario: sus frases son cortas y sus párrafos suelen estar laminados; tal como esas lajas de piedras que lanzábamos al mar de adolescentes y rebotaban sobre las aguas causando pequeñas ondas transversales.

Para acabar incluyo el que considero el párrafo más significativo de todo el libro. Que en un ejercicio de honestidad creativa sea la propia escritora la que defina la gestación de su propia obra:

Querría unir esas múltiples imágenes de ella, separadas, desajustadas, mediante el hilo de un relato, el de su existencia, desde su nacimiento durante la Segunda Guerra Mundial hasta hoy. Una existencia singular pero fundida también en el movimiento de una generación. En el momento de empezar, se enfrenta a los mismos problemas de siempre: cómo representar a la vez el paso del tiempo histórico, el cambio de las cosas, de las ideas, de las costumbres y lo íntimo de la mujer, como hacer coincidir el fresco de cuarenta y cinco años y la búsqueda de un yo fuera de la historia. […] Su preocupación principal es la elección entre el “yo” y “ella”. En el “yo” hay demasiada permanencia, estrechez, asfixia, en el “ella” demasiada exterioridad, alejamiento. La imagen que tiene de su libro, tal como no existe aún, la impresión que debería dejar esa obra es la que ha guardado de Lo que el viento se llevó a los doce, más tarde En busca del tiempo perdido, recientemente Vida y destino, un flujo de luz y sombra sobre unos rostros. Pero no ha descubierto cómo lograrlo. Espera, sino una revelación, al menos una señal, proporcionada por el azar, como la magdalena mojada en el té de Marcel Proust.

Hasta otra.