Juventud sin tierra

«Si fueras mejor persona me caerías mejor», todas esas llaves me había dado Lidia desde que yo me había enamorado de ella y había creído poder cruzar su puente, el puente hacia el mundo, el puente hacia la adaptación, todas esas llaves falsas me había dado ella y en todas esas llaves falsas había confiado, pero eran llaves falsas, lo único que yo tenía eran llaves falsas que no abren ni puentes ni puertas, llaves que no abren nada, que acompañan en las noches de invierno y hacen creer que alguna puerta te estará esperando más allá.

Acostumbramos a leer a autores a los que reconocemos por solo unas palabras. En ellas apreciamos un arco tensado y una dirección predispuesta. El estilo no es solo la respiración, que lo es; no es solo la particular forma de observar el mundo, que lo es; no es solo la arquitectura en la que se apoya el peso de la estructura narrativa. El estilo lo es todo. Y en literatura (mucha gente se enfada cuando digo esto) la trama o la historia o lo que vayas a contar importan muy poco; lo importante es cómo lo cuentes.

Es más, una de las formas de distinguir si lo que tienes delante merece la pena es si irradia un esfuerzo de estilo detrás; de poda o de desmesura, eso es igual…, pero alguna complejidad más allá del sota, caballo, rey. Que se noten riesgos, desmesuras, bifurcaciones, ambiciones. Nuestro mundo no es lineal. Nuestros pensamientos no son lineales. Las complejidades del mundo que pisamos y de los seres humanos con los que convivimos necesitan de una literatura que aniquile las fronteras.

La literatura de Darío Méndez Salcedo siempre es arriesgada y siempre es reflexiva, y al mismo tiempo es sencilla y accesible. Da igual que hable de un ser en peregrinación; de un festival de leyendas del rock; de un creador de “templos del ocaso”; de una relación de pareja o de un youtuber aficionado a la literatura: trata de decir más de lo que dice, y de que el lector se haga preguntas sobre por qué las cosas son como son. Creo que esto parte de los propios interrogantes y cuestionamientos que el propio autor se hace. Es una literatura de necesidad espiritual, no un panfleto maniqueo. Una literatura que sueña con la gran música.

Dicho esto, cuando vi de qué pie estilístico cojeaba este libro y que encima me lo habían dedicado desconfíe por unos segundos. Darío es editor de alguno de mis libros y en realidad el único que no me ha dado problemas, puesto que yo no presento mis libros ni existo para la promoción. Soy un escritor de esos que huye de las fotos y sobrevive y escribe entre catacumbas. No me interesa la farándula, y la “gente respetable”, como la que se destila en nuestra literatura actual, me aburre una barbaridad. La exacerbada exposición pública de los escritores es un atentado a la honestidad creativa.

Así que si a un tipo tan esquivo le habían “imitado” el estilo de sus últimos libros y le habían dedicado una novela algo muy grave estaba pasando. Se había alterado el precario equilibrio del mundo literario y todavía están por apreciarse las consecuencias.

Estudiemos los síntomas.

Juventud sin tierra es un libro de un solo párrafo. Yo le llamo “estilo berhandiano”, pero en realidad Bernhard lo imitó de las primeras ediciones de los ensayos de Montaigne. Es verdad que no solo Bernhard lo trabajó en nuestros tiempos modernos. Muchos autores lo han amoldado a su propia idiosincrasia. Ahí está Pierre Guyotat, Horacio Castellanos Moya, Lucy Ellmann con su reciente y gigantesca obra editada en castellano de “Patos, Newburyport”, las exquisitas Marie Clarie Blais, y también, en parte, Fernando Melchor. No me olvido del no menos exquisito y apocalíptico László Krasznahorkai, etcétera. Cada uno a su estilo y manera, con sus filias y sus fobias y con mayor o menor acierto, lo han practicado.

Pero no se lleven a engaño Juventud sin tierra no es un libro de imitación o sin personalidad propia. Parece escrito en tono de sarcasmo o broma pero está hablando de cosas muy serias. Como siempre ocurre en la literatura de Méndez Salcedo el mensaje parece que está inscrito en diferentes capas, como si se tratase de una cebolla. Si te quedas en la más cercana a la superficie apreciarás el monólogo de un alocado youtuber; si profundizas hasta las capas interiores apreciarás la desazón de una generación instalada en la precariedad y en la imposibilidad de realizarse más allá de la explotación emocional y monetaria. ¿Recuerdan esa canción de Triana que se titulaba “Hijos del agobio”, perteneciente al disco homónimo? Pues le viene como anillo al dedo.

Antonio García, el protagonista, es un youtuber de éxito que está asqueado por tener que ponerse ante el ojo de los demás. Viene de una familia de esas que se llaman “desestructurada” y consiguió escribir una novela que fue un éxito para la editorial, pero para él supuso “un naufragio interior del que aún no se ha recuperado”. En realidad es un quinqui de la vida que se enamora de una tal Lidia que es aficionada a la literatura pero que no le corresponde. De los que “nacen del revés y derrotados”. De esos que en las grandes ciudades habitan los extrarradios y tienen un escaso o nulo futuro. No son el lumpen, porque lumpen tiene unas connotaciones de marginalidad muy marcadas. Estos son clase obrera precarizada. De los que con mucho esfuerzo pueden enviar a sus hijos a la universidad para después ver que acaban trabajando de cualquier cosa. Los que con su parsimonia y su hartazgo sostienen (sin que se den cuenta) el alimento de un sistema de cuatreros, fosilizados ante la tecnología, los grandes eventos deportivos, los bares sin tertulia, y carne de cañón para un sistema judicial más corrupto que las propias leyes que interpreta y sentencia en su beneficio.

Todo esto lo deja entrever Méndez Salcedo con pinceladas sobre los padres de Antonio García, los amigos del Rissing, que es como el bar centro de operaciones, desde el que parten esa banda de colgados “hambrientos y sedientos” para dejar su estela por el mundo.

A mí todos esos seres desorientados y en conflicto interior me provocan ternura. En el lado salvaje de la vida se esconde mucha poesía, aunque sea sórdida y provoque incendios.

Espero que a los lectores que se acerquen a este libro en su versión digital y libre, a través de la plataforma Lektu, les provoque lo mismo: ternura e interés. Dejen que el ritmo los arrastre a la velocidad de un riff de guitarra eléctrica.

El enlace para que puedan disfrutarla.

https://lektu.com/l/dario-mendez-salcedo/juventud-sin-tierra/20457

Hasta otra.

Drácula, el vampiro cosmopolita

☠️Abstenerse de leer esta reseña los que no conozcan la obra.

Tras leer y releer en numerosas ocasiones esta obra puedo asegurarles, en lo que a su personaje principal se refiere, que me resulta más digno de lástima que de otra cosa. Que no me provoca terror pese a ser un monstruo, sino que lo contemplo como una criatura de ficción perseguida y emprendedora, un vestigio obsoleto de tiempos remotos, al que todos quieren dar caza cuando él lo que desea es cambiar de aires y revitalizarse: de la vieja y salvaje región de Transilvania a la cosmopolita y poblada Londres; de un castillo repleto de vetustos recuerdos a las ampulosas calles de un mundo repleto de nuevas oportunidades, en los que las supersticiones y los prejuicios no están tan presentes como en la vieja Europa, porque lo veloz y lo lozano marcan el nuevo signo de los tiempos.

Para ello, el siniestro Conde se ha preparado a conciencia: durante años ha estudiado el idioma y ha leído todo lo que ha encontrado sobre Inglaterra en su biblioteca del castillo; ha consultado mapas y seguramente leído lo más representativo de la literatura inglesa. Por lo tanto, el Conde Drácula es (aparte de un vampiro y un monstruo sediento de sangre) un voraz lector con una mente deseosa de aprender cosas nuevas. Esto es muy importante. Si no tuviera el acicate del cambio espoleándole se quedaría muy tranquilo en su castillo. Por lo que podemos deducir que si el Conde viviera hoy en día tendría conexión a internet y se habría descargado múltiples aplicaciones de geolocalizaciones. Puede que adquiriese también cámaras termográficas para detectar el calor humano (recuerden que las temperaturas de los vampiros, en contraposición a la nuestra, debe ser algo similar a la que poseen los pingüinos del Ártico). Toda nuestra tecnología de hoy despertaría una gran curiosidad en el Conde y la aprovecharía para sus propósitos, para alcanzar a más víctimas. Es un hombre que, aunque marcado por los tiempos que vivió en su etapa mortal, quiere estar siempre al día. Se ha empapado, pues, de todo lo inglés porque quiere establecerse en Inglaterra (suponemos que para incrementar su harén de mujeres vampiresas; no le conocemos otra motivación). Hasta ha elegido de forma minuciosa sus nuevas viviendas: casas y villas abandonadas cuyos derechos legales ha adquirido. También esto es muy curioso: el monstruo no deja de ser una persona de orden y ley, y no desea problemas legales; no es un agitador social, sino un hombre que ha pertenecido a la élite de su país y está acostumbrado a mandar y que a los demás le obedezcan sin rechistar.

Pero ahora está a punto de cerrar los últimos flecos en lo relativo al viaje y a la transacción de esas casas, de ahí que el joven abogado Jonathan Harker llegase al castillo de Drácula para cerrar todas las operaciones inmobiliarias.

Es un compás de espera por ambas partes: mientras uno se prepara para el viaje el otro se ha dado cuenta de los terribles seres que habitan el castillo, y de cómo le morderán y le harán trizas en cuanto los plazos se acaben. Jonathan conseguirá escapar en el último momento, pero esto no se nos cuenta hasta un poco después, porque ya surcamos junto al Conde los mares viajando en una espeluznante travesía hacia la costa británica.

¿Por qué el Conde, con todas sus posesiones legales y todo su poder nocturno, se obsesiona con Lucy Westenra al arribar a Inglaterra? Pues porque Lucy es un personaje de indudable belleza, “un lirio de pureza”, tiene clase y ha recibido hasta tres proposiciones de matrimonio en un solo día. Es una mujer de indudable éxito para la sociedad victoriana. Y un Conde es Conde aunque sea un vampiro; además, un Conde de los viejos tiempos está acostumbrado a guerrear y a que lo agasajen y no cejará en ir a conquistar sus objetivos, sean estos cuales sean, por más vigilancia, ajos y trasfusiones de sangre que los médicos y los pretendientes y prometidos de Lucy acometan para salvarla. Una y otra vez los allegados de Lucy consiguen frenar los planes del Conde Drácula, al que suponemos muy cabreado revoloteando en forma de murciélago alrededor de la habitación que ocupa la pobre muchacha. Tendrá que valerse de un lobo para destrozar la ventana (que ha sido embadurnada de ajo) y acabar de una vez el proceso de vampirización. No la quiere como una víctima, sino como una igual a él, como una no-muerta, un espectro de la noche. Las elecciones de Drácula no son nunca arbitrarias. Cuando elige a Mina tampoco lo hace de casualidad. Mina, antes incluso de conocer o toparse con el Conde, siente hacia a él un atisbo de compasión: “El bueno y querido profesor Van Helsing tenía razón: Jonathan es muy valiente, y cuantas más dificultades se le presentan, más intrépidamente las afronta. Ha regresado lleno de esperanzas y determinación, y hemos puesto en orden todos los papeles y documentos: todo está a punto. También yo me siento fuerte y excitada; tal vez, al fin y al cabo, hay que tener compasión de un ser tan acosado como el Conde”. Aunque luego, al proseguir el párrafo, recuerda su lectura del diario del doctor Seward (las circunstancias de la muerte de su amiga Lucy) y ese atisbo de compasión se diluye como un azucarillo. No importa. Brotará de nuevo. Drácula se acercará mucho más a ella de lo que su excitada imaginación puede imaginarse.

Tanto el doctor Van Helsing como el doctor Seward son los principales opositores a los intereses del Conde, al que empiezan a perseguir sumándose nuevos integrantes como Mina, la esposa de Jonathan, el propio Jonathan, Arthur Holmwood, el prometido, y un resuelto americano llamado Quincey Morris, que también fue pretendiente de Lucy como el propio Arthur o el doctor Seward. Todos ellos, en menor o mayor medida, van dándose cuenta de a qué monstruo se están enfrentando y tratan de matarlo. El bien contra el mal.

En realidad esa es la metáfora y la intríngulis del libro de Bram Stoker: la lucha sin tregua entre el bien y el mal; pero esa lucha en nuestros días ha quedado algo desfasada, porque nosotros no tenemos tan claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos; y los vampiros hace décadas que dejaron de ser personajes repulsivos del averno para aparecer, tanto en la literatura como el cine, como personajes seductores y cubiertos de un halo de elegancia y fascinación erótica que ya no podemos obviar.

Lo verdaderamente notable en este libro es la estructura. A una sucesión de diarios personales les acompaña recortes de periódicos, cartas laborales, diarios de abordo, correspondencia, etcétera. El libro es muy ágil y epistolar y pasamos de una cosa a otra con naturalidad, sin que las situaciones parezcan forzadas. Y luego la maestría con las que están construidos los personajes, lo reconocibles que son, cómo destellan marcando sus propias personalidades en unas pocas líneas. El resultado final es una gran novela, todo un clásico.

Y pese a que los tiempos de hoy no son los de ese siglo y las mentalidades, lógicamente, son diferentes, en lo esencial sigue siendo una lectura que no ha quedado anticuada, porque el libro posee indudables valores literarios. Es verdad que algunas cosas chirrían, sobre todo en el trato muy clasista y patriarcal de las mentalidades femeninas del libro; pero no más que muchos libros de la época e incluso de la nuestra. Basta leer algunos de nuestros autores más exitosos de hoy para darse cuenta de la inmundicia que suelen generar, tanto en sus libros como en sus artículos de prensa, que parecen escritos para mentalidades ancladas en el pleistoceno.

Por lo demás, en el arte la modernidad es relativa y hoy en día se publican muchísimas novelas menos vanguardistas que Drácula. Aquí hay personajes, no espantapájaros sin personalidad, que es lo que nos solemos encontrar en la mayoría de los libros.

¿Quién es Drácula? Esta es la madre de todas las preguntas. Siempre hemos escuchado que Stoker se basó en Vlad el Empalador, pero eso no resulta del todo acertado, pues no hay referencia alguna a ese personaje histórico en la obra. Sí que habla del pasado de los Drácula, los Drac, más bien lo hace Van Helsing tras indagar sobre ello. Y lo que se nos muestra es a un personaje que derrotó a los turcos por ser obstinado, y a una familia de la nobleza de la que se sospechaba que andaba con buenas relaciones con el demonio.

  Puede que sí pensara Stoker en el castillo de Vlad para imaginar el de Drácula, pero el castillo de Vlad más afín al conde Drácula no es el de Bran, al que suelen llevar a los turistas hoy en día, sino el de Poenari, de más difícil acceso y en una zona en la que los que mandan de verdad son los osos, una auténtica fortaleza que se encuentra en ruinas, aunque creo que se puede visitar si te has agenciado un buen calzado: son cerca de 1500 escalones los que tienes que subir por un intrincado sendero. Ese castillo que sale en la foto sí que está muy cercano a la región natural de Drácula; el otro, el de Bran, será muy bonito para los turistas pero no tiene mucha relación con el personaje del libro.

©Destinoinfinito.com

Espiritualmente el personaje de Drácula es un personaje inseguro. Aunque posea una enorme fuerza y las extraordinarias capacidades de un vampiro conoce sus carencias, cómo depende de otros para realizar grandes viajes y lo peligroso que resultaría que le sorprendieran durmiendo en el ataúd. Ya tuvo un encontronazo con Jonathan en ese sentido. El sol no lo desintegra como hemos visto miles de veces con otros vampiros, pero disminuye en gran medida sus capacidades. Va aprendiendo a actuar sobre la marcha.

  En antaño (él mismo se lo confiesa a Jonathan) fue un individuo de prestigio. Su obstinación contra los enemigos fue el secreto de sus victorias militares. Él habla de sus antepasados, pero igual está recordándose a sí mismo, como después descubrimos a través de los estudios bibliográficos de Van Helsing. Pasados los siglos, la criaturita no ha cambiado tanto y reincide una y otra vez en los mismos comportamientos que le llevaron al triunfo. Esto me resulta muy interesante: su parte humana es la que dictamina los comportamientos y las acciones que emprende. Aunque sea una bestia son los razonamientos humanos los que le hacen optar por una cosa u por otra.

Cuando acosado por sus enemigos emprende el regreso a su nido transilvano solo está pensando en retroceder para atacar de nuevo. Él tiene tiempo, su naturaleza es inmortal; sus perseguidores no disponen de tanto tiempo. Mina ha sido marcada con su sangre.

Al final, como todo el mundo sabe, la determinación del grupo (no sin sufrir alguna baja) consigue vencer al monstruo. La parte final de la obra es la que nunca me ha convencido. La persecución es magistral; pero uno esperaría mayor resistencia de las tres vampiresas que habitan el castillo y que ya no eran unas recién llegadas en el mundo de los espectros, como si podría serlo Lucy.

Estas tres vampiras se les aparecen a la “contaminada” Mina y a Van Helsing por la noche, y este último consigue ahuyentarlas con una hostia sagrada. Vale, de acuerdo. El poder de Dios se impone sobre las criaturas del diablo, nos parece algo muy osado pero podemos pasarlo. En la Biblia se cuentan cosas aún más sorprendentes. Lo incongruente viene después cuando, con el brioso canto de las aves anunciando la mañana, Van Helsing parte hacia el castillo y en una larga jornada (que se nos cuenta muy por encima) clava las estacas y corta las cabezas de las tres.

  Uno esperaría que en un castillo tan bien protegido como el de Drácula no se pudiese entrar así como así, y que las tres vampiras hubieran ofrecido mayor autonomía y resistencia, y más sabiendo que Mina y Van Helsing merodeaban el castillo; pero da la impresión que el escritor quiere acabar la novela con prontitud y estos tres personajes, que al principio de la historia le sirvieron para un par de memorables escenas, ya no le sirven. ¿Qué pensaría Drácula de sus tres pupilas? Desde luego no se sentiría muy orgulloso por la escasa resistencia demostrada. Una cosa es que alguien que se hospeda dentro del castillo encuentre tus estancias (véase el caso de Jonathan), y otra que un individuo que nunca ha estado allí y que solo tiene referencias pueda entrar con tanta facilidad y fulminarlas. Una fortaleza solo puede ser tomada desde dentro.

Dicho esto, la obra es magnífica y toca muchos palos: lo gótico, la telepatía, las leyendas vampíricas, lo mortal y lo no mortal, lo viejo y lo nuevo, el mundo de las enfermedades mentales, las transfusiones de sangre, la taquigrafía, el fonógrafo, el hipnotismo, etcétera. Es una obra muy moderna para sus días. El deseo erótico aparece de una forma muy velada e inteligente, lo cual no deja de ser un mérito por parte de Stoker, ya que se podría haber formado un gran escándalo en una sociedad tan puritana como la victoriana.

  Lo que no toca para nada es el amor (solo hay una pequeña referencia en una conversación entre las tres vampiresas del castillo y el Conde); así que todas esas películas que nos muestran a un Drácula arrebatado de pasión no se ajustan a la realidad del libro, por más que nos encante la actuación de Wynona Ryder en una de esas películas.

Nada más. Por hoy ya está bien de vampiros y espectros.

Hasta otra.

Palabras del Egeo, de Pedro Olalla

«Esto, Silvano, este escenario que vemos e intuimos desde lo alto de una roca en mitad del mar, es el pequeño mundo del Egeo: un espacio cuya geografía ha sido desbordada mil veces por su historia. Montañas escarpadas y valles profundos; pequeñas llanuras y suaves colinas; costas rocosas y calas cristalinas de arena o de guijarros. Y todo repetido mil veces, miles de veces, como un verde planeta triturado entre las manos de un titán y arrojado finalmente a este mar. Esto ha sido el Egeo desde tiempos remotos y esto sigue siendo: miles de islas e islotes, cumbres desnudas para las divinidades del cielo y de los meteoros, simas y lagunas para las de debajo de la tierra, valles para los bosques y para los ríos, gargantas para el eco y los arroyos, apriscos y majadas para los rebaños, cuevas para las ninfas y los alumbramientos de los dioses, laderas y bancales para los olivos, llanos para los bueyes y el arado, colinas para las fortalezas de piedra, caminos pedregosos para las artes de Hermes, barro y minerales para las de Hefesto, senos resguardados para los barcos, barcas para la pesca en las bahías, velas y remos para adentrarse por el ponto, grutas marinas para las nereidas y las focas, frigana para el viento y los aromas leñosos, riscos para las olas y las cabra«.

Cuentan que la era de las grandes exploraciones ya terminó, que no hay rincón en la tierra que podamos descubrir porque ya lo ha sido por un antecesor, que todo es caduco y no hay novedad alguna. Que si queremos abarcar nuevos horizontes debemos elevar nuestra mirada más allá de los cielos, en búsqueda de galaxias remotas y alejadísimas, en las que quizá con un poco de suerte y la cabezonería habitual del ser humano podamos encontrar algún tipo de vida. Pero los que dicen esas cosas no conocen la literatura de Pedro Olalla, al que le basta la contemplación de uno de los mares más antiguos para redescubrimos todo un universo, porque quizá el paraíso estaba mucho más cerca de lo que pensábamos, y puede que pasásemos por allí sin darnos cuenta de por dónde estábamos pisando.

Redescubrirnos el mundo griego parece ser la tarea titánica que se ha impuesto Olalla y cada poco nos regala un libro sobre el tema, despertándonos la curiosidad sobre la historia, la geografía, las costumbres, la lengua, y todas las conexiones de nuestra cultura que están directamente entroncadas con ese emporio de las artes y la navegación que fue el mundo griego. Y es difícil abarcar tanto y hacerlo también, puesto que Olalla sabe trasladarnos su entusiasmo, y le basta contemplar un terruño de tierra o una porcioncita de agua salada para que el lector se sienta transportado a lo que se le está contando.

Pero al mismo tiempo que nos deleita y nos embriaga también nos enseña, y es que este ensayo narrativo deja una ánfora de conocimiento en nuestro interior que al acabarlo nos pide más, y ya está uno nervioso paseando por su modesta biblioteca, buscando a esos autores del teatro griego al que hace años que no leíamos o a los que nunca hemos leído, mirando nuestras ediciones de Homero, los desgastadas que están y lo que merecerían ser renovadas, puesto que el helenismo (que no deja de ser el mejor de los humanismos de occidente) ha vuelto a llamar a nuestra puerta, y hay tanto por conocer y saber y leer que ya se ha quedado muy grabado en nuestro interior que antes de Homero hubo muchas cosas, muchísimas, y que sería muy imperdonable que nos despidiésemos de este mundo sin haber intentado conocerlas.

Eso es algo fundamental en este ensayo: el mundo pre-griego. Sobre el que muchas veces se ha pasado de puntillas no dándole la importancia que tuvo.

Hay muchísimos datos que me han sorprendido: lo expertísimos que eran los minoicos navegando, sirva de ejemplo que conocían las diferentes corrientes del Atlántico y poseían mejores y más amplios barcos que los de Colón o los de Magallanes- Elcano; las muchísimas rutas comerciales que tenían por aquella época, como buscaban cobre y ámbar y otras mercancías en diferentes geografías, y lo mismo te cruzaban las columnas de Hércules rumbo a la actual Escandinavia que te llegaban a la zona del Canadá. Las evidencias y los recientes estudios parece que así lo demuestran: que estuvieron en el continente americano no de una manera anecdótica sino con enclaves permanentes. También me ha sorprendido mucho la crónica del hallazgo (creo recordar que citaba tierras de Transilvania) de letras con apariencia a origen griego y que datan ¡de dos milenios de antigüedad en diferencia con los textos sumerios! Serían, entonces, los más antiguos hallazgos de expresión escrita encontrados hasta la fecha.

Olalla pone en entredicho la separación de lo pre-griego y lo griego y que existiese un periodo minoico y luego otro miscénico, como si fuesen periodos diferenciados entre sí, pues todo habría pertenecido a una misma historia con sus altibajos y sus catástrofes naturales y sus guerras y sus hambrunas y sus periodos de retraimiento y expansión. La necesidad de ir de isla a isla en “esa famosa charca de ranas” que es el Egeo convirtió a los habitantes autóctonos (junto a los pelasgos y a otros muchos pueblos del entorno, que en realidad vienen a ser los mismos) en los navegantes más expertos. Yo hasta ahora (supongo que por nacer en una antigua colonia fenicia) había considerado a los fenicios los navegantes más expertos, pero Olalla ha conseguido que me plantee que igual solo fueron el epílogo de lo que ya se había gestado con anterioridad; que hasta la introducción del alfabeto puede que no fuese provenientes de los pueblos de Tiro, sino que ya existiese, y solo se adoptaran en el lógico intercambio cultural y comercial que se ofreció entre dos pueblos marineros con intereses comunes. Es más, esa hipótesis tiene un gran sentido. Homero sería, entonces, como el culmen de todo un legado, como una especie de cronista (o de cronistas) que hubiese recogido toda la tradición oral y la hubiese dado forma literaria. Esto creo que no lo dice Olalla, que es una conclusión mía que me ha nacido al hilo de lo que estaba leyendo. Sea como fuere me parece apasionante no dar nada por sentado en la historia, y partir siempre de las evidencias, sin fanatismos ni imposiciones ideológicas. Aplicar a los estudios un método científico y abierto a nuevos hallazgos, en continua revisión, con lo cual las conclusiones no serían cosas inamovibles sino planteamientos en expansión, porque la historia de los seres humanos en el Egeo y, por extensión, en todas las latitudes, no puede ser una proyección inmóvil sino un hogar lleno de ventanas y claraboyas, y puede que hasta catacumbas, con esa claridad mágica y ese rumor del mar siempre presente. Baste recordar la cita del sabio Solón que viene incluida en el libro: “Que lo primero que aprendan los niños sea a nadar y a leer”. Ojalá fuese esa la verdadera prioridad en nuestras escuelas y no este mercantilismo sin corazón en el que vivimos. El mar y la palabra escrita como prioridades, como señas de identidad, como presente y horizonte, como lo que verdaderamente nos define.

En definitiva un libro valiente, culto, ameno, poético, y lleno de historia y entusiasmo por un mundo que no deja de ser también el nuestro.

Si como alguien dijo alguna vez “en cada poeta asoma la posibilidad de inaugurar el mundo”, yo creo que en cada helenista hay la posibilidad de recuperarlo. O, al menos, de gozarlo y comprenderlo para hacerlo más habitable y fructífero. Pienso que Pedro Olalla tiene tanto de poeta y filósofo como de filólogo, historiador y antropólogo, en lo que no deja de ser un milagro de compendio aristotélico.

Se me está olvidando mencionar cómo está ensamblado el libro, lo limado y trabajado que está en su estructura, cómo a través de la escritura de un padre que espera a su hijo adolescente se va hilvanando ese pasado remoto y pre-homérico que se nos muestra. Me parece una manera muy sutil y entrañable de convertir a los lectores en cómplices, de hacernos embarcar cual alumnos en este viaje por un mar de palabras, historia, sabores y sonidos, más que descubriendo redescubriendo las raíces de las palabras, un océano por el que partimos, no para levantar barreras (como se menciona en el libro), sino para tender puentes entre nosotros y la historia, nuestro lenguaje y el de nuestro ancestros.

  Y por último, ya que no puedo hacer hablar musicalmente a las caracolas que sería lo que más adecuado en señal de reconocimiento, dejo aquí transcrito un párrafo que habla sobre el pasado griego, con una sonoridad y una belleza muy representativa de lo que se van a encontrar los afortunados lectores de este libro: “De los escritos de los antiguos griegos, conservamos aún más de once mil obras: muchísimas más de las que conservamos de cualquier otra cultura del pasado, pero una parte mínima siquiera de las que se guardaban en los anaqueles de la famosa biblioteca de Alejandría. La pérdida es inmensa, Silvano. Todo lo que nos queda, por mucho que parezca, no son más que las ruinas de aquella milenaria civilización, lo que ha escapado al tiempo y a la barbarie, lo que el azar o el gusto de anónimos copistas han salvado, lo que sobrevivió como hápax, lo que no es solo olvido, cenizas de ave fénix. Y todo lo que queda es, en el fondo, la muestra de una cosa: de esa necesidad tan puramente humana de cifrar lo pensado, lo sentido, lo vivido; de esa necesidad de compartir emoción y memoria que condujo al denodado intento de conservar el logos, de dejarlo grabado, dormido en un silencio, para que la mirada de otro, algún día, pudiera despertarlo”.

Despertemos junto al mar Egeo. Sabe de nosotros desde el principio de los tiempos.

Hasta otra.

Contra vosotros, de Mercedes Soriano

Si aprendierais a caminar, si recuperaseis el privilegio de ser vagabundos, advertiríais por vosotros mismos que el mundo es otro. Para vuestro gusto y vuestro asombro, comprobaríais que la obstinación de las plantas cuaja las cunetas, invade el asfalto y lo lastima: no son masas de color, son formas y tonos tan ensamblados y diversos que cualquier pintor, si fuera sincero, se sonrojaría al contemplarlos. La evidencia de los amarillos ondulados, de la mancha escarlata sobre el ramaje grisáceo, la gama de violetas trazada por la flor del cardo, el miosotis y el espliego, los rojos de la sangre y del carmín os dejarían absortos. Se trata de una vegetación humilde, plebeya, ninguneada por los fabricantes de flores ampulosas sin aroma y, desde luego, por los realizadores de documentales televisivos, que siempre prefieren mostrar la exuberancia de tierras que dicen exóticas. Sin embargo, se manifiesta con una firmeza que expresa la voluntad del cosmos, su decisión de hacerse presente por sí mismo a pesar de vuestra intervención. Si caminarais y descubrierais el entusiasmo de ir despacio, vuestros ojos viajarían de otro modo a través de lo pequeño y de lo grande, las moles oscuras dejarían de ser impedimentos o volúmenes fugaces y sus laderas, repliegues y hendiduras se abrirían ante vosotros para deslumbraros, haceros notar la ferocidad inserta en la mansedumbre, revelaros la insignificancia de todos vuestros inventos y ansiedades.

A veces, entre la marabunta de escritores, nace una estrella errante. Se le reconoce porque en seguida se aparta de la multitud y marcha con su propio rumbo. No pretende ni busca el éxito o, al menos, no lo busca a cualquier precio, puesto que no entiende el éxito como una escalera hacia la cúspide de la pirámide social, sino como la alegría intima que siente el escultor al apreciar el resultado final de su trabajo. Por lo general, estos escritores están dotados de una sensibilidad crítica, cuestionan la sociedad en la que viven y señalan sus faltas y sus vicios, y por ello al mismo tiempo que se separan del rebaño el propio rebaño trata de marginarlos despreciándolos y ninguneándolos.

Puede ser este el caso de Mercedes Soriano, escritora que había encontrado cierto éxito en la España de los ochenta, para apartarse al principio de los noventa y largarse a un rinconcito del sur, lejos de las prebendas y los peloteos en las que se suele mover el mundillo cultural.

La Navaja Suiza ha recuperado este libro, “Contra vosotros”, que se editó por primera vez hace ya unas décadas. Supongo que como pone en tela de juicio “el mito de la transición y los primeros años” no fue bien recibido ni por los suplementos ni por la élite del mundillo literario, porque Mercedes es una autora “incómoda” que (a través de la estructura y del exquisito manejo del lenguaje) consigue poner en aumento las lentes de la corrupción moral de nuestra sociedad, la búsqueda del éxito fácil —preludio del ladrillazo—, aumentado el espejo de las deformaciones que tuvimos y seguimos padeciendo.

El libro se estructura en siete monólogos. Todos bien logrados y magníficamente escritos, reconocibles en su diversidad y profundos y críticos, hasta llegar al monólogo final, llamado Nadie, que está por encima del resto y que, si se me permite, está muy por encima de lo que se escribía hace treinta años y de lo que se suele escribir hoy en día. En todo: en calidad, en profundidad y en visión. Les recomiendo leer antes que nada este segmento narrativo, y luego comenzar la novela desde el principio. Posiblemente la escritora (de estar viva) lo censuraría; pero yo soy de los que consideran que solo se puede “contagiar” la literatura a través del entusiasmo que despierta lo más excelso. Los manuales de literatura y los críticos literarios no enseñan nada, o si enseñan algo es muy poco y no nos vale. El lector ha de formarse en soledad y lejos de contaminaciones interesadas. Leer con profundidad en este mundo tecnológico es una forma de resistencia, no una manera de perder el tiempo o de tener una ocupación, que es una forma más de corromper la lectura que posee el mercado. La literatura no es un hobby, como algunos nos quieren hacer creer, la literatura es la elevación que nos muestra los abismos y las bondades de los seres humanos, la belleza y la crueldad del mundo que nos rodea, todos los enigmas de la carne y del cielo, todas las ausencias a las que estamos abocados. Al leer regalamos nuestro tiempo para vivir más vidas a las que tenemos acceso. Es un trueque justo y equilibrado.

Yo no sé cuántos lectores alcanzará Mercedes Soriano en su resurrección literaria, ni si La Navaja Suiza tiene la intención de seguir recuperando su obra, lo que sí sé es que en la misma editorial hay un ensayo- ficción narrativo, Aposento, de Miguel Ángel Muñoz, que indaga sobre la vida y la obra de esa estrella fulgurante y errante de las letras hispanas, que un día decidió dejar los fastos del triunfo por la contemplación de los espacios abiertos, en una renuncia que nos tememos tenia tanto de actitud vital como de hartazgo.

Lean a Mercedes Soriano y descubran a una gran autora que deslumbra con luz propia. Persigan el eco salvaje de una respiración que busca y explora y descubre que la realidad social y afectiva tiene muchos prismas, ondulaciones y concavidades. Una autora que acabó muy cansada de la plaga de “carcoma intelectual” que vive instalada en nuestro país.

Murió con cuarenta y nueve años.

Hasta otra.

Literatura de calidad

La Rata, de Andrzej Zaniewski

Gris, con tu lomo redondeado, sobre tus patas como resortes, con tu larga y pesada cola, atraviesas la calle, atenta al menor rumor, murmullo, movimiento. En todas partes, en cualquier lugar, puede acechar un enemigo; en todas partes, a cualquier hora, amenaza la muerte. La vida te ha enseñado a tener miedos; a morder, a morder y a destrozar, a destrozar y matar”.

Dicen que la literatura no puede cambiar el mundo, que su ejercicio no posee capacidad de transformación, que no sirve para nada; pero es mentira, no hay nada más necesario que prestar atención a las palabras en un mundo tan mercantilizado como el nuestro. Es más, sin tenerles ningún cariño y gracias a las palabras, una rata me debe la vida, pues si yo no hubiera leído este extraño y feroz libro difícilmente se me hubiese ocurrido salvarla. También es verdad que eso ocurrió hace algo de tiempo, por lo que teniendo en cuenta sus escasos años de vida difícilmente seguirá latiendo.

La cosa sucedió así: en una casa de campo y en los meses últimos de invierno —no recuerdo si era finales de febrero o marzo— una rata cayó a la piscina abandonada. No tenía mucha agua, pero sí la suficiente para ahogarla. A pesar de ello nadaba con prestancia. Era enorme. Seguramente habría caído allí por un descuido o por estar huyendo de los gatos. A nadie pareció importarle mucho su destino. Pero yo acababa de leer por primera vez este libro y andaba sobrecogido por su lectura. Este libro que luego releí tropecientos veces y regalé y perdí y volví a encontrar y comprar en una librería de viejo, porque se encontraba descatalogada y era muy difícil de hallar. Así que busqué uno de esos palos en los que se suelen recoger las hojas que caen y se lo coloqué de trampolín a la cansada nadadora. No tuve que esperar mucho: enseguida se aferró a él. Hubo un par de segundos de indecisión, como si estuviese planificando sus siguientes pasos, y enseguida comenzó a moverse hacia mí, posiblemente haciendo un acopio de sus últimas fuerzas; renovada en la esperanza de salvarse aumentó su velocidad y remontó hasta llegar a la superficie corriendo, evitando que yo pudiera hacerle algo; ahí noté el miedo del roedor, su miedo y su tremenda fuerza, su enorme agilidad. En apenas unos segundos llegó hacia la espesura de unos árboles y por allí se perdió.

Yo pensé que había revertido (dentro de mis posibilidades) “los caminos de la historia”. La batalla entre humanos y ratas de las que se habla en ese libro con tanta crudeza. El libro de un maldito, un escritor maldito polaco que creo que a día de hoy es octogenario, y que tuvo que salir primero editado en Chequia, porque ningún editor de su país se atrevió a publicar semejante novela. Cuando la obra comenzó a ser alabada por una legión de lectores irredentos, entonces sí que se preocuparon en Polonia por editarla.. ¿Habría comprendido la rata mi gesto? Lo dudo; pero sorprender seguro que le habría sorprendido. Una rata no espera jamás clemencia de un ser humano. Ni la espera ni se le otorga, ni siquiera se la otorgan entre ellas, pues basta un cambio de olor en su pelaje para que se destrocen entre sus camadas, incluso entre una misma familia.

Es un libro feroz, durísimo. Un libro que se centra en la vida de una rata desde su nacimiento hasta su muerte. Los lamidos de la madre, su leche, la atracción por la luz, las trampas, los venenos, los tropiezos con felinos, los sabores de las comidas, los huecos, las galerías, sus dientes que no dejan nunca de crecer, las peleas entre ratas, los apareamientos, las camadas, la lucha incansable por la comida, otra vez los venenos, los agujeros que son rellenados, las alcantarillas, las cuadras, los viajes en barco, las casas de campo, la ciudad, los coches, las lechuzas, todos los numerosos peligros que ha de sortear una rata. Y también algo que me sorprendió sobre manera: las ratas colonizadoras y viajeras, como hay una estirpe entre ellas que se juegan el tipo renunciando “a las comodidades” que les ofrecen sus territorios de nacimiento, y viajan, ya sea en barcos, en trenes o en lo que puedan, hacia otros geografías, en las que tendrán que defenderse como ratas invasoras que son de inmediato atacadas, y sobrevivir y mezclarse y vuelta a viajar hasta el aliento final, siempre perseguidas y odiadas, pero sin dejar de atacar y defenderse, hasta el último aliento.

Ahora que lo pienso a este libro genial y durísimo le debo algo más que la anécdota de un rescate: le debo un relato. Si no lo hubiera leído y releído jamás se me habría ocurrido escribir el relato Mirelle, incluido en El emperador de los helados. También tengo que añadir que hay notables diferencias: la mía es una rata-hembra y la de Zaniewski es un macho; la de él es de ciudad y la mía de campo, más concretamente del Jura: una cadena montañosa que posee un encanto muy particular y los mayores bosques de toda Francia; la suya no tiene tiempo más que para buscar comida y la mía gracias a ser la mascota protegida de un Vizconde loco no tiene necesidad de buscar nada porque está saciada en sus necesidades básicas; la suya es despiadada y vulgar y la mía es despiadada e intelectual, voraz e incansable lectora. En lo que ambas coinciden es en su odio a los gatos.

Lo dicho: la literatura influye en la vida y la transforma. Muchísimo. Es verdad que, a veces, no la transforma del todo, pues yo sigo sintiendo animadversión por estos animales; eso sí, gracias a la literatura, he llegado a admirar su capacidad de resistencia, aunque los prefiero muy lejos. Puedo salvarles la vida, pero si se atreven a acercarse los perseguiré.

Si tienen la oportunidad busquen este libro. Y si no, no se preocupen: la vida me ha enseñado que los libros llegan a uno en el momento en que ellos quieren llegar. Y este no resulta un libro complaciente y no es, desde luego, para lectores dubitativos y moralistas. Encantará a muy pocos y será abandonado por la mayoría. Su prosa es vertiginosa, simula ser una cola de roedor en continuo movimiento y a veces te agarrota y aplasta por su crudeza, porque lo que te cuenta sabes que es real, que la vida es despiadada en todos los sentidos.

En todo caso traten de leer cosas que se salgan de su zona de confort. Los lectores debemos ser como esas ratas peregrinas que aprovechan los medios de locomoción de los seres humanos para plantarse en la otra parte del globo terráqueo. Sin ese afán de conocer otras lecturas, otras prosas, otros prismas, otras tradiciones literarias, otros horizontes, el acto de la literatura es más provinciano, menos fecundo.

La curiosidad mata, pero también amplia el conocimiento del universo. Las ratas y los seres humanos (tan enemigos entre ellos y tan iguales en su comportamiento) llevamos miles de años experimentándolo.

Hasta otra.

Popurrit de reseñas

Hace unos días, en el canal de youtube “Los últimos encargos de Monsieur Vollard”, se volvió a reseñar uno de mis libros. En este caso se trata del último publicado, una antología de relatos con el título homónimo de un poema de Wallace Stevens: “El emperador de los helados”.

Todas las reseñas de este canal son muy curiosas, puesto que en un solo minuto tratan de desgranar lo más relevante de cada libro. A mí esa capacidad de concreción me tiene fascinado porque me parece extremadamente difícil.

Y también señalar que hace apenas unos pocos días, en otro canal de youtube, el de Daniel Turambar, se hizo el balance de lecturas de lo que va de año. “De cielos y escarabajos”, mi novela editada en Niña Loba y que va ya por la segunda edición, fue elegida en la categoría de mejor libro.

Por último incluyo y comparto una nueva reseña escrita de “El emperador de los helados”, que salió justo ayer por la noche en el blog de Rafalé Guadalmedina, escritor recién estrenado en la editorial Nazarí, y al que le deseo la mejor de las suertes pese a no estar muy de acuerdo con sus palabras. Creo que, en cierta medida, Rafalé se ha visto sobrepasado por “el gordito” y ha tratado de aclararse las ideas leyendo otras reseñas que han salido de mis libros. Solo de esa manera me explico que señale la inclusión de un escritor, Wolfgang Borchert, que (aunque forma parte de mi literatura y de mi vida) ni menciono en ese libro.

Agradecido por estas tres reseñas.

Nada más, disfruten del verano en lo que puedan y preparen la cubitera de hielo para soportar estos calores infernales. En lo literario septiembre vendrá con sorpresas. Sobrevivan a la mediocridad y busquen lo bello, que es una de las emanaciones en las que aún puede manifestarse lo sublime.

Hasta otra.

Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai

Él no necesitaba nada para transportarse; de hecho, ni siquiera le hacía falta transportarse para pasar de aquí, de la aridez devoradora de esta minúscula población terrenal, al «océano inconmensurable del firmamento», ya que en la imaginación y en el pensamiento, que en su caso nunca se separaban, llevaba treinta y cinco años navegando por el mágico silencio del cielo estrellado. De hecho, no poseía nada—toda su propiedad se resumía en un abrigo de cartero y en los demás elementos del equipo, un bolso con la correa para colgárselo del hombro, una gorra y unas botas—, de modo que podía medir todo cuanto tenía con las vertiginosas distancias de la cúpula ilimitada; y así como se movía con total libertad, como en casa, por aquel espacio inmenso e inabarcable, no encontraba, prisionero de su libertad, su lugar aquí abajo, en la estrechez de esta «aridez devoradora» que no podía compararse con el cosmos sin límites, y clavaba la mirada radiante en los rostros amables, pero también oscuros y atontados, como hizo también esta vez, al plantarse ante el estirado cochero para repartir los bien conocidos papeles. «Usted es el Sol», le dijo en voz baja a la oreja, y ni siquiera se le pasó por la cabeza que no fuera del gusto del hombre, que no quisiera ser confundido con otro, precisamente él que no podía oponerse, ocupado como estaba en los párpados que se le cerraban y en la noche amenazadora. «Usted es la Luna», señaló luego Valuska, volviéndose hacia atrás, hacia el robusto cargador, el cual, sin pensar, se encogió de hombros, dando a entender que le daba igual, y acto seguido empezó a girar y a bracear desenfrenadamente, tratando de recuperar el equilibrio perdido por causa de aquel movimiento imprudente. «Y yo soy entonces la Tierra».

“La tierra” es interpretada por Valuska, el hijo de la señora Pflaum, amigo del director de orquesta retirado y el inquilino más poético de la taberna Hagelmayer, justo en el párrafo en la que el propio Valuska se sirve de los borrachuzos asistentes de la taberna, a la hora del cierre de la misma, para hacer una performance con sus cuerpos e imitar el movimiento de los astros, “porque nosotros las personas sencillas podemos comprender algo de la inmortalidad”, y “el modesto papel del hombre en el universo”. Es una de esas escenas grandiosas, (epifanías de lo trascendente), en las que la pluma de este escritor húngaro de apellido casi impronunciable, Krasznahorkai, alcanza cotas de enormidad en las que nuestras neuronas se cortocircuitan.

Vayamos a lo importante: Melancolía de la resistencia, es de los libros más densos y más profundos e inclasificables que he leído en toda mi vida. Yo hacía una broma por twitter sobre que la literatura del rumano Cărtărescu  era un juego de niños respecto a este escritor; eso, sin duda, es un poco exagerado, porque el rumano también se las trae con el despliegue de sus mundos oníricos, y también porque son dos escritores con estilos muy distintos: el rumano es “mucho más sencillo de leer” y con unas formas y pretensiones “más digeribles”. El húngaro es el escritor del fin del mundo y de la decadencia, del eterno ciclo del ascenso y caída de Dios; profundiza en el legendario divorcio entre el cielo y la tierra y teoriza sobre el nacimiento y la muerte, para él dos ejes que marchan en una misma dirección, pues su máxima es que todo lo que nace, por el mismo hecho de nacer, lleva implícita su propia destrucción. Ambos son unos monstruos.

  Y eso es tanto así que con ni con dos relecturas completas me ha resultado suficiente para extraer con presteza todo lo que se encuentra en este libro. Y me temo que Krasznahorkai —en mi humilde opinión un gnóstico sin Dios— es muy consciente de lo ambivalente de sus atmósferas creativas, de cómo puede ser diferentemente interpretado por cada sensibilidad que se atreva a sumergirse en ese mundo abisal que resulta su literatura.

Pillemos el periscopio para atisbar algo.

  Dividida en tres partes: “Circunstancias extraordinarias”, “Las armonías de Werckmeister” y “Sermo super sepulcrum”, “Melancolía de la resistencia” esencialmente nos cuenta el derrumbe de una población tras la aparición de una especie de circo ambulante en el que viaja una ballena disecada. Sí, una ballena. Si a eso le sumamos que nos encontramos con personajes tan raros como un director de orquesta que vive confinado en su cama porque está cansado de su mujer (según su opinión: “un saco de patatas”), al mismo tiempo que está cansado del mundo y de la propia incapacidad de la música para llegar a los sonidos más puros ya estaríamos subiendo mucho la apuesta; pero si a eso le sumamos que la propia esposa del director es una verdadera fascista del orden y la limpieza, PATIO LIMPIO, CASA ORDENADA, y una manipuladora tan enorme que aprovechará los disturbios que se sucederán con la llegada de la ballena para imponerse, la cosa se nos irá de las manos. Pero eso no es todo porque nos faltan todavía el más grande de los personajes: Valuska, el héroe, un muchacho treintañero sin oficio ni futuro, el muchacho de los recados, que se dedica a diario a ir de acá para allá acompañando a borrachos y desocupados y es un angelical aficionado del movimiento giratorio de los astros. Ah, y eso sin olvidar a la señora Pflaum, aficionada a la opereta y una enana pechugona que es la propia madre de Valuska “la que ya se ha cargado dos maridos”, según nos cuenta György, el director, muchas páginas después, y con la que se abre esta novela demencial, cultísima y gigantesca en ese viaje de tren que resulta uno de los comienzos más desternillantes que yo recuerdo. El cómo los personajes van evolucionando dentro de la obra es una muestra más de la capacidad literaria del húngaro. Por ejemplo, el director de orquesta, el señor Eszter, también llamado György, evoluciona desde la negación y aislamiento de la realidad hacia un sentido más práctico, puesto que reconoce “que no podía luchar contra las dimensiones de la decadencia”; Valuska, sin embargo, va hacia el nihilismo y la confrontación, cuando al principio era un muchacho angelical al que solo le interesaban los astros.

A eso hay que sumar otros personajes igual de extravagantes: véase el comisario alcoholizado o el Duque, por ejemplo, todos los que acompañan la comitiva de la ballena o los soldados y el teniente coronel, y, sobre todo, más allá de los personajes, un estilo sin fisuras en el que un párrafo se alarga y alarga y alarga hasta el infinito y más allá. El estilo Bernhard-Beckett, la doble B de la que yo hablaba con ironía en uno de mis relatos incluidos en “El emperador de los helados”; pero en realidad podemos confirmar que ese estilo fue, esencialmente y para aprovechamiento exclusivo y extremo del papel, el estilo elegido porMontaigne. Puede que mucha gente no lo sepa pero los ensayos de Montaigne estaban escritos así, originalmente, pues cada ensayo-capítulo solo estaba compuesto por un solo párrafo. Luego posteriores ediciones y traducciones fueron manipulando las intenciones del escritor francés, dejándonos unas ediciones de sus ensayos que él no hubiera para nada autorizado, con la excusa simplista de hacerlo más accesible y que llegase a más lectores.

Por su parte Krasznahorkai nos deja descansar de vez en cuando para que recuperemos el aliento. Aprovecha algún cambio de narrador para darnos un poco de tregua, pero desengáñense, no es que esté pensando en sus lectores, ni le interesa ni los tiene en cuenta, es que está trabajando (cual los buenas estrategas) en un repliegue para avanzar con más fuerza por otros flancos. Porque lo suyo es una auténtica carnicería: contra la estupidez, contra la ignorancia, y contra la complacencia artística. No conozco otro escritor vivo más salvaje y profundo:

. “El nacimiento y la muerte sólo son dos momentos estremecedores de un continuo despertar”.

. La circunstancia irremediable de que la propia naturaleza había dejado de funcionar correctamente, de que la antigua fraternal alianza entre Cielo y Tierra había concluido para siempre, de que a partir de ese momento había empezado nuestra órbita solitaria en el cosmos, en medio de la basura de nuestras leyes desintegradas, en la que finalmente «quedaremos allí atontados, como corresponde, sin entender nada, y miraremos tiritando cómo la luz se aleja de nosotros>>.

. “Porque quería ver y veía, en efecto, la luminosidad que retornaba a la Tierra, quería percibir y percibía, en efecto, el calor que la inundaba de nuevo, y quería vivir y vivía, en efecto, la profunda emoción que uno siente al comprobar que se ha liberado del peso terrible de la angustia provocada por una oscuridad aterradora, gélida, parecida a una condena».

El estilo y la densidad del húngaro abrumarán. Las indagaciones en los estudios de los sonidos musicales deleitará a unos pocos y dejará sin capacidad de raciocinio a la mayoría; las escenas de violencia astral y humana y la ironía de la decadencia son marca de la casa, un sello propio que se alaga ya décadas de quehaceres creativos, el húngaro escribe así y sobre ese tipo de cosas tan locas y profundas y está en otra categoría superior a la mayoría de escritores vivos y muertos, en el olimpo de los escritores más excelsos de todos los tiempos, y poco a poco su voz se irá imponiendo por aplastamiento.

Leerlo no es solo salir de nuestra zona de confort, es una experiencia estética- filosófica-musical de muy altos vuelos.

Cuando todo esto se pudra, cuando nuestros huesos ni siquiera sean alimento para gusanos y el planeta ni exista ni los hijos de los hijos de nuestros hijos siquiera estén vivos y no sean más que cenizas ahogadas y frías, de eso que antaño fue en sus mejores momentos temblor y vida, seguirán resonando las estruendosas carcajadas de Krasznahorkai por toda la galaxia. Este tipo conoce los secretos más feroces e íntimos del universo. Yo he llegado a esa conclusión tras leerlo con frenesí durante meses y ver en una entrevista sus ojos azules e hipnóticos. Les incluyo una entrevista que solo he podido encontrar en inglés para que aprecien que no estoy exagerando.

En fin, que el escritor del fin del mundo les espera. No será un viaje sencillo, para nada, pero si tienen la paciencia para adentrarse en sus visiones este profeta- demiurgo de las tierras del sureste húngaro limítrofes con Rumania les recompensará con creces. Ni este libro ni el de “Tango Satánico”, ni siquiera algunas escenas-epifanías-orientales de “Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río” son de las que se te olvidan al día siguiente. Se te quedan ahí dentro grabadas a fuego en la memoria lectora. Y eso pese a la alta exigencia que nos propone. Un titán de la literatura.

 Hasta otra.

Hubo un jardín, de Valeria Correa Fiz

  “Hay un hombre que arreglaba jardines, y otro que tiene miedo de sus manos. Todos tienen un nombre, todos tuvieron madre, todos tienen un cuerpo como el mío. A veces alguien llora en mitad de la noche. Dios no se ve por ningún lado”.

Elizabeth Bishop- Cita con la que se abre “El invernadero de Eiffel”, uno de los relatos pertenecientes al libro “Hubo un jardín”.

Hay una constante muy enigmático en “Hubo un jardín”, el nuevo libro de relatos de Valeria Correa Fiz. Como si todos sus personajes compartiesen secretos sepultados por el paso del tiempo o bien no revelados en su momento. Es al momento de recordarlos, con una visión adulta, cuando esos secretos (casi siempre urdidos y espoleados por la pobreza, el deseo, o la violencia) se manifiestan. Y lo que se suele extraer de ellos es que el mundo no perdona nada: la vida es dura y terrible en muchos casos; la violencia se lega de generación en generación, tal si fuese una carrera de relevos de esas que se suceden en el atletismo; y nadie escapa al dolor, porque tal y como se afirma en uno de esos relatos “el pasado no se puede corregir”. Está ahí presente, a la vuelta de la esquina, dispuesto a engullirnos.

La estructura de los relatos descansa sobre esa premisa: la revelación última. De ahí que todos nos trasladen tensión y sean de ese tipo de libros en los que la relectura de cada cuento es casi obligatoria para disfrutarlos más, porque detalles o frases que en un principio no parecían que sirvieran más que para que la historia avanzase luego cobran vital importancia, casi decisiva para esclarecer su enigmas a purgar.

Eso en cuanto a la argamasa en la que se sostienen los relatos. Siete en total, por cierto, como los días que necesitó la creación en la morfología judeo-cristiana. Ya que aquí hay una evocación de un jardín perdido (que no paraíso, puesto que en la mayoría de los casos la pobreza y la violencia imperan a sus anchas); pero sí de la inocencia. Lo que yo creo que Valeria Correa Fiz nos quiere señalar es la pérdida de la inocencia. Sexo, violencia, deseos, culpas incapaces de ser soportadas… De ahí que la mayoría de los relatos sean recreaciones de días y vivencias adolescentes.

No sé si los lectores de esta reseña habrán leído a Felisberto Hernández, el escritor uruguayo, porque a día de hoy es un autor (creo) que injustamente olvidado; claro que yo escribo y pienso desde la visión europea y no sé si en Sudamérica sigue estando vigente. Para Valeria Correa creo que sí, puesto que me parece que ambos escritores comparten visiones narrativas, ya que esa recreación de mundos perdidos y cotidianos de la infancia y la juventud (casi siempre en primera persona) creo que bebe mucho de Felisberto, en lo que no es más que un homenaje literario a un grandísimo escritor que debiera leerse más y mejor. Creo, sinceramente, que el uruguayo es su mayor influencia.

Otra cosa a señalar y que me ha encantado es el extraordinario oído que posee Valeria para los diálogos. Sabe captar muy bien la música y la poesía implícita en las conversaciones humanas, incluso de personas muy marginales, y da gusto encontrarse cualquier conversación en sus relatos porque están llenos de vivacidad. En esto también creo que los escritores sudamericanos están a mil años luz de los españoles. Manejan un castellano más rico, más sonoro; saben oír mejor que nosotros y no tienen miedo al ritmo, como tienen muchos autores/as españoles que dan algo de pena con una prosa sin giros, sin sal, sin luz, sin ondas magnéticas gravitatorias… En mi humilde opinión la literatura española (salvo algunas excepciones) adolece de sentido musical, es demasiado raquítica, y, si se me permite la broma, añadiría que también es artrítica y carente de exploración; los sudamericanos, por el contrario, llevan el ritmo zumbando y latiente por todos sus poros. Supongo que a Valeria le ayuda en ese menester proceder del mundo de la poesía, puesto que antes de escribir relatos escribió poesía, siendo el libro “El invierno a deshoras”, publicado en Hiperión, el que ha tenido mayor reconocimiento. Y los poetas, los buenos poetas, tienen muy desarrollado su sentido del ritmo y de la música. Doy gracias por ello, porque en la prosa también se hace poesía y música, pese a que algunos no quieran reconocerlo, y siempre resulta muy agradecido encontrarlo.

La geografía de este libro de relatos se sitúa en Argentina. Creo que casi todos se suceden entre la provincia de Córdoba y la de Santa Fe, preferentemente la última, salvo un relato que sucede en Madrid y lo protagoniza una enfermera argentina (sin titulación) que pone inyecciones por las cercanías del Parque del Retiro. Desde “la provincia invencible”, Santa Fe, Valeria escribe y disecciona su universo narrativo cual si contemplase el interior de los seres humanos desde lo alto de la Torre de Aqualina; claro que su visión es menos capitalina y más rural, más apegada a la tierra y a la naturaleza, menos al asfalto. Me pregunto cuánto influirán las turbias aguas del Paraná. Es un libro sin oficinas y sin funcionarios pero con el horizonte y los ventanales de las casas abiertos, para que entre el aire y la memoria y la luz; pero esta condición de escritora argentina y no muy urbanita (hasta el último y sorprendente relato sucede en el Parque de España, que si no estoy equivocado y no he leído mal pertenece a Rosario) no creo que sea ningún impedimento para que podamos disfrutar con plenitud de su lectura, puesto que su natural condición es la universalidad; y no solo universal en visión y en el escalpelo narrativo, sino también en sentido corporal y sensorial, como si los cuerpos, aparte de tener memoria implícita, nos definiesen y explicasen tanto o más que nuestro lugar de nacimiento.

La prosa de “Hubo un jardín” se ha esculpido con la mente y con la memoria, por supuesto que sí, pero también con el cuerpo, con los sentidos. Hay algo muy intuitivo en su forma de concebir la literatura, por lo menos en este libro que es el único que hasta el día de hoy yo conozco. Ojalá siga adentrándose en esa fisonomía prosística, no tan explorada por lo común, porque no solo se escribe con la cabeza sino también con el cuerpo, las sensaciones, los olores, el tacto, etcétera. Hay una región de libertad creativa muy poderosa que se puede alcanzar si se sueltan las amarras y nos olvidamos del lugar en el que tenemos situados los pies y la cabeza, más allá de la simple linealidad temporal que Valeria aniquila por su propia voluntad. Aunque se suela pagar un alto precio por ello en la literatura hay que ser valientes, como lo ha intentado ser Valeria Correa en este libro, y “el tiempo y el espacio son unidades de medida a destrozar”.

Diseccionen cualquier párrafo o frase de este libro (hermosamente editado por Páginas de Espuma) y descubrirán que tienen “vida propia”. Pongamos un ejemplo, no tan al azar: “Pensar diferente, lo sé ahora, es una de las formas más profundas de la soledad”. Aparte de ser una afirmación magnífica y muy acertada no hay escritor que no vea potencialmente ahí flotando el germen de otro relato o la sustancia desde la que partir para construir toda una novela.  Los personajes de Valeria observan su propio pasado desde la distancia que les aporta el paso de los años; desde la confirmación que la naturaleza puede ser nido y ataúd; el conocimiento una inmersión por territorios abisales y los jardines humanos torres defensivas que nos construimos para seguir en la brecha.

  Pongo otra: “La luz y la oscuridad, lo comprendo ahora, puede habitar un mismo pliegue”. Para mí esta es la frase más honda de este libro, porque me retrotrae como a la presencia de un conocimiento sufí, místico, profundamente bello y conocedor hasta el tuétano de la amplitud de la vida, de todos sus vericuetos, del paso del tiempo y lo inabarcable del universo. Algo así como un principio de sabiduría ancestral.

Por último una recomendación: si tienen la oportunidad lean este libro en voz alta, sin complejos y entonándolo con tranquilidad. Declamen de viva voz y que los vecinos (si los tienen) murmuren lo que les venga en gana. Disfrutarán mucho más de la experiencia.

Hasta otra.

De cielos y escarabajos. Reseña del canal «Los últimos encargos de Monsieur Vollard»

Hoy no traigo ninguna reseña mía, sino una que han realizado sobre uno de mis libros. Procede del canal de Youtube: Los últimos encargos de Monsieur Vollard.

Trata sobre “De cielos y escarabajos”.

 Ni que decir tiene que realizar una reseña de un solo minuto sobre este torrencial libro tiene muchísimo mérito. Es muy complicado lograr tal grado de concreción.

Feliz domingo.                                       

Casa desolada, de Dickens

Solemos considerar que un libro es “clásico” cuando supera las barreras del tiempo no perdiendo vigencia entre los lectores; pero esta definición no deja de ser bastante limitada, puesto que no incluye a los que podríamos llamar a los “clásicos de hoy”, ni la que, a mi modo de ver, es otra de las grandes cualidades inherente a los grandes libros: la capacidad de provocarnos transformaciones de calado, el que nos seamos el mismo tipo de lector y puede que tampoco el mismo tipo de persona cuando lo acabemos de leer; que el transcurso de la lectura se convierta en una verdadera Odisea de la que regresamos transformados…, cambiados de alguna manera…, embriagados de éxtasis y eternidad.

Casa desolada de Dickens es uno de esos grandes libros.

Puede que no sea el más agradecido con el lector; puede que incluso sea el más complejo de todos y el que menos utiliza los recursos folletinescos de la época; puede que incluso tenga el más frío de sus personajes principales, Esther Summerson, que nos resulta repelente o muy fría, y no por su velada sexualidad que resulta muy a destacar y valiente para la moral de la época, sino por ese aire de “superioridad moral” que tiene desde muy joven y que no resulta muy creíble. Es verdad que hay jóvenes que maduran muy pronto, pero en este personaje todo me resulta un poco impostado. Aquí lo que de verdad como lector nos seduce es el rompecabezas estructural y el cabalístico universo que refleja, donde todo tiene su razón de ser por más ínfimo que nos pueda parecer en un principio.

Si nuestra novela moderna refleja de alguna manera el estado natural del caos, Casa desolada, por el contrario, refleja el orden y el abuso más absoluto, porque todo está atado y bien atado desde el principio; y el escritor, en un alarde de técnica al intercambiar la primera persona por un narrador omnisciente, nos lleva de la mano por ese Londres neblinoso en el que el orden legal se ha convertido en otra condena más, pues un caso judicial se prolonga durante décadas, Jarnydyce contra Jarnydyce, ante nuestra sorpresa y deleite.

No me extraña que Kafka alardeara de ser un lector voraz de Dickens, pues hay algo en el inglés que prefigura al checo, y Casa Desolada podría ser el germen natural de lo que más tarde se fraguó en El proceso, su pionero natural, puesto que ambos libros son inflexibles en cuanto a cuestionar la pesadilla y la inaccesibilidad que se vive en las instancias judiciales. La justicia, se convierte así, en otro estamento más de perversión y estructura social y su principal cometido no es (valga la expresión) «impartir justicia», como algunos creen ingenuamente, sino velar porque el orden social y jerárquico se mantenga incólume, sin transformaciones sociales. Establecer una quimera de imparcialidad para evitar levantamientos y tensiones y servir de muro de contención. Digamos que (parafraseando a Chesterton cuando habla del cristianismo) la justicia triunfa fracasando.

Como siempre en Dickens la miríada de personajes es impresionante. En la edición que yo tengo, de Alfaguara, no viene un índice de personajes, así que es aconsejable un pequeño cuadernito de notas o alguna aplicación para llevar la cuenta de quién es quién y no perderse. Es verdad que a los personajes principales llegamos a conocerlos bien a lo largo de tantas páginas; pero cuanta más información mucho mejor. Mi preferido de todos ellos es uno de los más excéntricos: el tutor de Esther, Richard y Ada, el señor John Jarndyce, el que se retira a sus aposentos cuando empieza a soplar “el viento del este”. Un hombre bueno pero algo tocado de la cabeza. Y no nos extraña cuando poco a poco se nos va revelando todo el misterio del caso.

Novela lenta pero transformadora y que prefigura la literatura que Dickens podría haber escrito de haber vivido unos cuantas décadas más, como sus libros poco a poco iban ganando en complejidad argumental manteniendo las llamas de la combustión interna de sus personajes. Porque en Dickens, más allá de las vidas de superación de los muchachos y muchachas huérfanas, hay fuego, fuego vital, cenizas y combustiones lentas. Cuenta mucho más cosas de lo que aparenta en una primera instancia.

Casa desolada es, sin duda, su novela más perfecta en cuanto a estructura. Puede que no sea la más querida por sus lectores, porque era imposible volver a seducirles de la manera que ya les había seducido con sus anteriores libros. De todas formas consigue lo primordial: ser una obra inmortal y transformadora, muy enigmática. Todo un clásico envuelto en niebla y combustión, porque la niebla es otro personaje más y no menos importante que el resto. Se te pega a la piel y la sientes compartiendo la lectura contigo.

Hasta otra.