En el valle del ocaso

Hoy vamos con otra narración de Darío Méndez Salcedo, “En el valle del ocaso”, que acaba de reeditar en digital en la plataforma Lektu, brindándonos así la posibilidad de adquirirlo por el precio que consideremos conveniente.

El libro, relato largo o novela corta según queramos definirlo, trata sobre la búsqueda espiritual de Shan Shui. Y esto es lo primero que me llama la atención, puesto que el nombre del protagonista coincide con un estilo de pintura chino que retrataba montañas, cascadas y entornos naturales. Quizá derive ese estilo de pintura de ese “buscador”; no lo sé, porque soy un gran desconocedor de la cultura china. Mis únicos conocimientos de su cultura derivan de dos tomos de cuentos editados en la editorial Anaya que un familiar tuvo a bien regalarme cuando era pequeño, poco más. Luego he leído más literatura clásica japonesa que china, y en eso tiene gran culpa la <<Genjimanía>> que vivimos hace algunos años, cuando un par de editoriales “entraron en conflicto” al editar en muy poco tiempo diferentes versiones del gran clásico de la literatura japonés del siglo X.

Dicho esto, que tampoco tiene ninguna trascendencia para lo que nos ocupa, vamos a entrar en materia. Lo primero que hay que señalar es que estamos ante una literatura alegórica, de parábolas y búsquedas interiores. “Nosotros, los buscadores, siempre hemos sido mensajeros…”

En su periplo de “búsqueda” Shan Shui se convierte en discípulo de diferentes maestros:el Maestro del Sol; la Maestra de la Luna y el Maestro de los Árboles. El primero le inculca la búsqueda solitaria de la espiritualidad de las montañas y la luz, “la senda del sol es la senda de la potencialidad espiritual; la segunda, le acerca al erotismo, a lo corporal, y a la vida en comunión con otros seres; el Maestro de los Árboles, el menos invasivo, le enseña a mirarse a sí mismo. De los tres saca conclusiones para incrementar su riqueza interior.

Es curioso, mientras lo leía me acordaba de ciertas apreciaciones de la cábala judía y de los sufíes musulmanes; de hecho, sin creer en absolutamente nada, tengo en mi biblioteca tanto la Biblia de Jerusalén, como una edición del Antiguo Testamento en sefardí, como (también) una edición en castellano del Corán. Y de todos se pueden sacar momentos de belleza y plenitud creativas, (también momentos de horror ante su violencia horrible y gratuita), porque esos libros (para mí no son textos sagrados, sino libros de literatura) han formado, para bien o para mal, el alimento espiritual y creativo de occidente; al confrontarlo al de oriente, uno descubre ciertos paralelismos y cierto sincretismo cultural y religioso, pero también diferencias; se me escapa ciertas enseñanzas del Taoísmo, con el que el libro de Darío Méndez está muy asociado, puesto que esa búsqueda de Shan Shui no puede sino definirme como taoísta, una enseñanza práctica y natural “en el camino hacia la sabiduría”. Sin duda más humana y accesible que la de la cábala, puesto que en esta última, por poner un ejemplo, la divinidad está asociada en cálculos y emanaciones, mientras que la oriental fluye a través de la convivencia con los maestros y la búsqueda de la armonía interior. Con la que creo que se establecen (en una primera lectura) mayor grado de paralelismos es con la tradición sufí y con el zoroastrismo de algunos poetas persas, que es un tipo de conocimiento más individual e interior, no exento de cierto grado de fatalidad, y más similar (creo) a las potencialidades creativas que ofrece el taoísmo.

La literatura de Darío Méndez Salcedo siempre está concebida como en capas; bebe y es partícipe de las sustancias y las raíces de la tradición cultural; entronca con los grandes pensadores y filósofos (cómo no pensar en Zaratustra en la primera parte del libro) y es inquieta de geografías y épocas. Utilice la alegoría espiritual, o el realismo más cercano, siempre pretende decir más de lo que cuenta en la superficie, haciendo pensar al lector, sacudirlo, que este se convierta en algo así como un duendecillo revoltoso y se cuestione las cosas.

En un mundo acelerado como el nuestro, en el que todo el mundo aparenta ir a alguna parte, aunque muchos no sean capaces de elevar sus pies ni a dos centímetros del suelo, es necesario este tipo de literatura reflexiva, que nos recuerde que somos seres pensantes y no solo receptores de información; que nos obligue a cuestionar lo que estamos leyendo y a plantear nuestra propia búsqueda interior, al margen de modas y dictados empresariales e ideológicos, puesto que lo convierte al arte en un “oficio divino y peligroso” es que potencia avanzar hacia los límites, incluso traspasarlos, incrementando así la libertad y la sensibilidad.

Leer nos hace pensar y ver mejor. Crecer, en definitiva.

https://lektu.com/l/dario-mendez-salcedo/en-el-valle-del-ocaso/20001

Hasta otra.

La inequívoca fragilidad de los mosquitos

«Quizás ahora que soy la única que tiene la boca vacía debería darles las respuestas que tantas horas llevan buscando. Responder, por ejemplo, a por qué no tengo hambre, a por qué estoy tan irascible, y a un buen puñado más de porqués que nos ahorrarían muchísimos disgustos. Sin embargo, es evidente que algunas noticias no deben darse nunca mientras se tengan objetos peligrosos dentro de la boca y ahora mis queridas amigas disfrutan de fabulosas aceitunas aliñadas que el camarero nos ha traído de aperitivo mientras llega la cena. Quizá durante el postre resulte más sencillo«.

La que nos habla se llama Olivia y tiene un “secreto íntimo” que desvelar a sus amigas Victoria, Gádor, Lucía y Julia. Un secreto que puede provocar un cataclismo. Todas han huido de Madrid en coche y se dirigen a Francia. Son amigas desde la escuela, de muchos años, se conocen y saben de qué pie cojea cada una, y ahora están en la antesala de un momento culminante de la novela, tras parar el coche para comer algo, descansar, dormir y proseguir el viaje.

Olivia posee el don de divertirnos a los lectores y es el surtidor y la conciencia de la que parte la novela. Es afilada, divertida, inteligente, y está (como sus amigas) en ese momento de la vida en la que todavía no es demasiado tarde para reinventarse pero ya se arrastran ciertas heridas del pasado, si bien, Olivia es mucho más compleja y ya se ha dado cuenta de que “las preguntas nos hacen sabios, las respuestas hombres vencidos. Y aun así respondo. Necesito volver a estar intacta, olvidarme de que mi éxito no es más que un acompañante de lujo para ayudarme a disimular que después de la infamia nuestro cuerpo empieza a descomponerse”.

La inequívoca fragilidad de los mosquitos es una novela sobre la amistad, y más concretamente sobre la amistad entre mujeres. Los hombres no participan de ese viaje, aunque sí sobrevuelan como mosquitos punzantes. ¿Quién en su vida, independientemente que sea hombre o mujer, no ha deseado en alguna ocasión levantarse por la mañana, recoger a sus amigos y largarse? Road movie a la madrileña, como reproducir a todo volumen esa canción ochentera y enérgica de Christina Rosenvinge de “Voy en un coche”, si bien esta novela tiene más madurez que esa canción de adolescencia, pero encima (y yo creo que eso es lo que la eleva a otras cúspides) está notablemente escrita, con precisión, y es profunda y camaleónica. Olivia, que es un personaje admirable, lo tiene claro, sus propósitos: “el lenguaje justo y la motricidad adecuada, sin excesos ni alardes, deben ser los auténticos anfitriones en este viaje”. Pues no hay mejor confesión para la prosa de Sonia Fides que esa frase entrecomillada, que ejemplifica muy bien la naturaleza prosística de la que fue su primera novela, y que ahora Tres hermanas reedita acompañándola de un hermoso prólogo escrito por Carmen Posadas.

No es habitual que una primera novela esté tan bien pulida. Por lo general, los escritores que comienzan suelen estar llenos de brillantes ideas pero adolecen de cierta desmesura. Quieren contarlo todo, o contar demasiado, y se pierden un poco. Fides, que ya tenía cierta trayectoria cuando escribió esta novela —concretamente dos libros de poemas con buena acogida y algunos relatos recogidos en antologías— estructura y escribe con solvencia La inequívoca fragilidad de los mosquitos, que podría pasar como una obra de una autora consagrada, porque no es fácil escribir este libro, un libro coral, poliédrico, divertido y profundo en apenas ciento ochenta y pico páginas, que se desarrolla tanto en la cabeza de Olivia como en espacios muy reducidos, con frases magníficas y de calado como “la infancia es una piel muerta que siempre abriga y que nunca acaba de caer”, porque aquí cada personaje (recordemos que son cinco amigas) resulta muy bien definido, tienen sus propias características y poseen su propia respiración, pese a que sea Olivia la que lleve (narrativamente hablando) la voz cantante.

Esa frase de la infancia me retrotrajo a la belleza desoladora de una espléndida canción que he escuchado interpretada tanto por Nina Simone como por Janis Joplin. Aquí dejo la de Nina Simone:

https://www.youtube.com/watch?v=5t5IJAIkuUs
 
Antes escribía que era un libro sobre la amistad. Sí, me reafirmo, es un libro sobre la amistad, sobre la amistad femenina, pero también sobre la libertad. La libertad de sentir y de ser y de hacer lo que venga en gana con tu cuerpo y con tu mente, puesto que son tuyos y de nadie más. Esa libertad, sin la cual la vida se convierte en una sucesión de mecánicas anodinas al servicio de otros intereses, no se puede perder del todo, es necesaria de alentar para que no solo no pierda terreno, sino que avance de una puñetera vez. “Me avergüenza vivir en el siglo XXI y ver cómo las mujeres seguimos quietas en el lugar más incómodo de la edad más antigua de la historia de la civilización”.

  Arranquen prejuicios con La inequívoca fragilidad de los mosquitos, que es un libro alegre y profundo; aprieten el acelerador (pero no demasiado) y vayan desprendiéndose de las incómodas picaduras. El final te deja con el corazón encogido, pero a las buenas obras hay que respetarles que nos hagan reír y llorar al mismo tiempo. Ese es un privilegio que domina el arte y ante el cual solo podemos postrarnos.

La vida es un milagro que no se volverá a repetir y, aquí, como escribió Carmen Martin Gaite (en otro título maravilloso), “Lo raro es vivir”. Trascendamos, pues, lo cotidiano. A pie, en coche, en patinete o como quieran o buenamente puedan. Más que llegar a alguna parte lo importante es estar el camino.

Hasta otra.
 
 

El cielo es azul, la tierra blanca

“Estaba mirando al cielo.

Me había sentado en un gran tronco. Toru, Satoru y el maestro habían desaparecido en el bosque. Desde el lugar donde estaba, el martilleo del pájaro carpintero era casi inaudible. Otros pájaros trinaban en su lugar.

La humedad impregnaba todos los rincones. La tierra no era lo único que estaba empapado: las hojas de los árboles, la maleza, los hongos, los innumerables microbios que habitaban el subsuelo, los insectos que se arrastraban por la superficie, los bichos alados que volaban en el cielo, los pájaros que descansaban en las ramas y los animales más grandes del interior del bosque llenaban el ambiente de vida y rebosante humedad”.

Hoy vengo a intentar taponar un gran vacío que tengo de literatura japonesa contemporánea. No es que crea mucho en corrientes literarias autónomas y que respondan a identidades o países. Estoy de acuerdo en esa frase espléndida de Oscar Wilde en que Japón es una gran ficción (como son ficciones todos los países e identidades a mi entender; pero es cierto que Japón, por su aislamiento y su singularidad, ofrece también una cultura muy particular y distinta. Ahora yo ya no sé si eso es extrapolable a la literatura japonesa actual, si tiene algo por la que la podríamos considerar “diferente”.

Entre todo el abanico de autores que podía haber elegido para comenzar a rellenar ese socavón elegí a esta autora. Y la elegí porque vi un libro suyo y sentí un magnetismo de belleza y musicalidad al leer su título: “El cielo es azul, la tierra blanca”, con el subtítulo más genérico y común de “Una historia de amor”. Qué bonito el primero; qué innecesario incluir el segundo.

Pues quizá el título sea lo mejor de la obra.

Luego están los comentarios promocionales que vienen en algunos libros: “La mejor novela de amor de los últimos años”; “extraordinaria”; “lo más bello que he leído en mi vida”. A mí estas exageraciones suelen provocarme todo lo contrario de lo que se busca; pero digamos que en esta ocasión con el título ya me tenían de antemano convencido.

Vamos con la obra en sí: me ha parecido muy simple y trivial, sobre todo en las primeras páginas. Luego ha ido mejorando a lo largo de la lectura y ha acabado interesándome. La protagonista es una tal Tsukiko Omachi que se encuentra con su profesor, un tal Marutsuma Matsumoto, treinta años mayor que ella, al que todo el tiempo llama “maestro”, y se establece una relación afectiva-tabernera-culinaria entre ellos. Digo una relación afectiva-tabernera-culinaria porque esa es la base, y casi siempre sus reuniones se suceden con platos de comida y botellas de sake por en medio. Alguna excursión para buscar setas y algún viaje de desconexión a una isla.

Aquí no hay pasión desbordante ni se desatan situaciones tórridas; tampoco hay seducción por inteligencia, las conversaciones que mantienen son de una simpleza que aburre, tanto que llegué a pensar, mientras lo leía, que en cualquier romance de adolescentes hay más interés y profundidad. No hay crítica social alguna. Se aceptan sin rechistar los roles, pese a que todos los personajes estén absolutamente carcomidos por la soledad y sus vidas sean un naufragio.

Sin embargo, a medida que sigues leyendo te va atrapando. Al fin y al cabo es la vida, con toda su complejidad y narrada con muchísima naturalidad. El clímax creo que sucede en esa isla a la que van en plan de desconexión y en la que acontece una escena de cortejo absolutamente memorable, muy tierna y hermosa, de una espontaneidad sublime. Esas diez o doce páginas son magníficas.

También hay que destacar la sutileza de la prosa de esta escritora. No cuenta mucho, evoca. Crea las condiciones para que el lector atento rellene las situaciones y tiene una leve musicalidad poética. No te cuenta casi nada de los personajes, los vas conociendo a medida que la historia va avanzando. Y eso sí me ha gustado, demuestra oficio e inteligencia. A mí el escritor que me lo quiere contar todo (salvo que sea tan loco como Proust o Víctor Hugo) me hace huir escaleras abajo a toda prisa.

El título —que como escribía me parece muy bello— viene de una estrofa de una “canción para ir a esquiar”, cosa que me ha parecido curiosa, pues igual en el folclore nipón tienen preparadas canciones para cada situación de la vida. Todo demasiado encorsetado, ¿no?

En fin, que ni la sutileza ni la musicalidad ni la naturalidad de su prosa me hace recomendarla muy encarecidamente. Se deja leer y tiene momentos muy notables. Con toda la buena literatura que hay entre Homero y nuestros días recomendar este libro puede ser parecido a inducir a cometer un crimen; pero no del todo, pues, (evidentemente eso que escribo es una broma), la sutileza creadora es una forma de inteligencia, una de las expresiones más puras de la belleza. Y ante la belleza creativa uno solo puede aplaudir.

Lo indudable es que Hiromi Kawakami ofrece algo distinto, de una gran singularidad.

Si bien esta autora comenzó a editarse en Acantilado es la editorial Alfaguara la que, a día de hoy, tiene sus obras en castellano. Casi al acabar la lectura me enteré que en realidad la obra se iba a llamar (o debería llamarse con una traducción fiel) “El maletín del profesor”, tal y como el último capítulo del libro, y que se cambió para la primera edición en castellano. Pues mira, mejor el título actual que «el real», mucho más bonito y evocador. No siempre el marketing se equivoca.

Hasta otra.

Cegados por la luz: “El ala izquierda”

Cegador I

En la cabina revestida de nogal, entre unas ventanas de cristal que arrojaban a su alrededor unos prismas irisados, había, sentada en un taburete, una rubicunda mujer desnuda, cegadora en la madurez lechosa de su piel, que sostenía en brazos, como su fuera un cisne, e igualmente pesada, una inmensa mariposa de cuerpo grueso y peludo, con seis patitas nerviosas que terminaban en unas garras clavadas en el pecho y en el vientre de la mujer; tenía una cabeza redonda y unos ojos enigmáticos y una trompa retorcida como el muelle de un reloj”.

Me ha resultado extraordinaria y tediosa a partes iguales. Es mucho más densa que “Solenoide”, que yo creo que es más atractiva de leer y más disfrutable. También es verdad que estamos ante el primer tomo de una trilogía, y que no debería ser tan tajante antes de leer los otros dos tomos (esperemos que el tercero se edite en castellano este año); pero en líneas generales es el libro que menos me ha gustado del escritor rumano.

Lo he leído dos veces: una primera lectura el año pasado, de la que no entendí demasiado; y otra ahora, de la que tampoco he entendido demasiado; si bien es verdad que leer en un hospital no ayuda mucho a concentrarse.

Sí, soy consciente de que el escritor está ante su “Trabajo de amor perdidos”, por poner un símil shakesperiano; de que intenta abolir las leyes del espacio- tiempo, algo así como Carlos Fuentes consiguió en “Terra Nostra”; de que la literatura de este extraño y dotado escritor siempre está indagando en las preguntas: “quién soy- qué soy”; que el libro nace de lo materno y es una especie de rapsoda que mezcla universos visionarios con su ya famosa obsesión por los insectos (en este caso, mariposas); que su obra nace e indaga entre “lo angelical y lo demoniaco”, “lo masculino y lo femenino”, “el cosmos arrollador y la joya ensangrentada donde habitamos”; que hay casi un exploración de la mente creativa como pocas veces uno puede encontrarse en literatura; pero a pesar de todas esas “caravanas espirituales” el libro no ha conseguido gustarme tanto como el volumen de relatos “Nostalgia”, o la gigantesca y solemne “Solenoide”. Sí, tiene momentos de gran belleza; otros muy desconcertantes y tediosos; no dejan de ser esplendorosas esas páginas de una Bucarest fantasmal y kafkiana que el autor desde su atalaya visionaria contempla, concretamente desde su ventana; pero a pesar de todas sus virtudes no ha logrado convencerme como otros libros suyos.

Quizá ya he perdido la capacidad para sobrecogerme. Si yo fuese un adolescente no sé cómo me hubiera sentido leyendo a Cărtărescu. No lo sé. Lo que estoy seguro es que me hubiese deleitado con su capacidad visionaria y hubiera apreciado una mariposa entre las manos de una mujer cuando el autor dice que “hay una mariposa entre las manos de una mujer”. El resto son las barreras que nuestras mentes lectoras imponen.

El problema no está en el escritor. Como el problema no lo está en el último Thomas Mann o no lo está en Goethe en su segunda parte del “Fausto”. El problema está en nuestra incapacidad para dejarnos arrastrar a un universo literario sin dejar de utilizar nuestras mentes. Lo ideal sería desprenderse de nuestro intelecto (o de todas las ataduras, que resulta casi lo mismo) para gozar y penetrar en lo más hondo.

Por eso de niño yo hubiera disfrutado de este autor mucho más. Aunque tampoco lo hubiera comprendido. Para nada. Pero la literatura no hay que comprenderla; eso es una insensatez derivada de los manuales para crear idiotas que hoy se destilan tanto. Con que un poco de la magia cognitiva y estética del arte nos atrape ya es suficiente. Fascinación, eso es lo que necesitamos.

Me pregunto qué demonios puede escribir un autor después de esto. ¿Convertirse en un funcionario de la literatura? Con el rumano lo dudo: tiene un mundo muy rico y propio para desperdiciarlo en naderías narrativas. Su compromiso con la literatura parece muy sólido. Ya solo le queda escribirnos “su poema en prosa ilimitado”, su Hamlet narrativo, porque cuando el rumano habla de la muerte y de la vacuidad de la vida una luz prodigiosa se enciende en su literatura. Una luz que presagia gigantescas y peligrosas llamaradas, de esas por las que la creatividad lleva en combustión desde el principio de los tiempos.

Prometeo nos legó el fuego. De vez en cuando es bueno recordarlo.

Hasta otra.

Volviendo a mis libros preferidos

Si alguna vez me toca sufrir la tortura —y sin duda la enfermedad se encargará de someterme a ella—, no estoy seguro de conservar mucho tiempo la impasibilidad de un Trasea, pero al menos me quedará el recurso de resignarme a mis gritos. Y en esta forma, con una mezcla de reserva y audacia, de sometimiento y rebelión cuidadosamente concertados, de exigencia extrema y prudentes concesiones, he llegado finalmente a aceptarme a mí mismo.

Conozco bien este libro. Lo llevo leyendo y releyendo toda mi vida. A veces pasan un par de años sin que lo vuelva a coger; a veces en un mismo año lo releo un par de veces; o me da por releer un pasaje en un momento determinado y lo vuelvo a colocar en la estantería. Junto a “Drácula”, “Las aventuras de Huckleberry Finn” y “Corrección” creo que es uno de los libros que más veces he releído en mi vida.

He tenido numerosas ediciones de esta obra. Siempre las estoy renovando, puesto que muchas veces lo regalo, salvo la primera que adquirí, que esa la intento preservar a sangre y fuego. No tengo ningún problema en desprenderme de los libros. El que sabe que todo es perecedero no teme desprenderse de nada. Todo pesa. Los libros, también. Por más que yo los considere un tesoro, en el sentido más profundo de la palabra “tesoro”, los libros también deben viajar, puesto que los escribieron mujeres y hombres con pies para personas con pies y con sentidos, como Marguerite Yourcenar, la primera escritora en acceder a la Academia francesa, y una mujer apasionada de la historia y de las personas libres; además, siempre pienso que los libros (una vez leídos y releídos) habitan en mí, y siempre tengo la esperanza de que puedan habitar en otros individuos de parecida o igual manera, ya sea alumbrándolos o desquebrajándolos, dependiendo del caso.

Marguerite tardó media vida o más en escribir este libro. Tuvo que perseguir las escasas huellas de este emperador tan esquivo y hermético; visitó museos, estatuas, villas abandonadas; interrogó fantasmas, propios y ajenos; leyó numerosos libros de historia y de literatura romana; navegó por los mares griegos; trató de situarse en la época que “reinó” Adriano: del 117 al 138 después de Cristo, y lo hizo de una manera tan cierta que no solo entró en la fisonomía de la época, sino que se adentró en el espíritu de uno de sus mayores individuos: Adriano, de la familia de los Antoninos, y nacido en Hispania. Un emperador que, contrariamente a lo que pudiese pensarse, no fue muy querido en Roma, quizá por su propia forma de ser esquiva; quizá por sus encontronazos con el Senado; quizá porque siempre estaba viajando y podía considerarse más “un helenista” que un romano; quizá porque nunca se sabía cómo iba a reaccionar y despreciaba a los aduladores.

El libro en sí se publicó en 1951, pero ya, previamente, había salido por entregas. Tuvo un éxito inmediato. Podemos decir aquí, sin temor a equivocarnos, que este libro es quizá uno de los pocos en los que crítica y público suelen coincidir en su valía; si bien, es un libro que no gustará a todo el mundo, puesto que es bastante reflexivo y apenas si tiene algunas pinceladas de acción, embadurnadas como hechos históricos, la mayoría de ellos auténticos y otros inventados. No responde a la novela prototípica que nos suelen vender de género, y que dicho sea de paso en la mayoría de los casos suele ser bastante pésima.

Adriano, a partir de la pluma de Marguerite Yourcenar, se nos ofrece en la última etapa de su vida, con sus experiencias del mundo y sus visiones sobre temas muy diversos: el amor, la belleza, la envidia, la caza, la lealtad, la burocracia romana…, la fundación de ciudades, las campañas militares, los astros…; en definitiva un compendio de reflexiones sobre la vida, los seres humanos y la naturaleza del poder. Asuntos que en la mayoría de las ocasiones todos (independientemente de la época en que nos toque nacer) conocemos bien por nuestra propia condición de seres vivos; pero por encima de todos se eleva el más importante: la aceptación del propio fin de la vida, la suya. Tal y como dice en un pasaje esclarecedor: “empiezo a percibir el perfil de mi muerte”. O “he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada”. Todo el libro va dirigido en ese sentido, hacia ese final predecible que se nos ofrece con toda su crudeza desde la primera página. Adriano, enfermo y anciano, sabe que le queda poco tiempo y pretende examinarse y ofrecerle a su joven pupilo una imagen cercana a los resortes del poder y a los problemas del imperio, que son muchos, tanto en el plano financiero como en las numerosas campañas militares que desangran las arcas de Roma. Es un imperio gigante con pies de barro, y Adriano lo sabe.

Pero el meollo del libro va más allá, puesto que al emperador no le importa desnudarse emocionalmente para contar los asuntos más escabrosos de su reinado: su relación con su antecesor, Trajano; las maquinaciones que Plotina, esposa de Trajano, realizó para que Adriano llegase al poder; su rivalidad con el general de caballería numantina Lusio Quieto, “todo en ese individuo me era detestable”, y que fue ejecutado por los allegados de Adriano; sus viajes y preferencia por Grecia, así como su desdén por Roma; su guerra en Judea, que fue una auténtica carnicería; sus amores con Antínoo, algo de su extraña muerte en el Nilo y los homenajes públicos y sentidos que le ofreció tras su temprana muerte, y que sirvieron de mofa durante su reinado. La personalidad de Antínoo, envuelta todavía hoy en la leyenda, ha sobrevivido el paso del tiempo gracias a que se convirtió en un icono de la belleza juvenil del arte. Antinoópolis, la ciudad que le dedicó Adriano en el Alto Egipto, llegó a sobrevivir hasta el siglo X. 

  A mi parecer las páginas más hermosas son esas que dedica al sepelio de su amado Antínoo, llenas de un lirismo profundo. Pero todo el libro es un poco así: lleno de cántaros que rebosan inteligencia y humanismo. Lo que de verdad asombra es que autora y personaje parecen un mismo ser indisoluble, y uno no sabe muy bien distinguir dónde empieza de verdad Marguerite Yourcenar o dónde lo hace Adriano. El grado de introspección es tal que las barreras de los siglos han quedado disueltas.

Estructuralmente es muy sencillo: las misivas que Adriano manda a Marco Aurelio, que es un adolescente en ese momento. El sucesor de Adriano será Antonio Pio, otro “adoptado” de Adriano. Marco Aurelio tendrá que crecer y madurar para ser después el sucesor de Antonio Pio, tal y como sucedió y como dejó Adriano ordenado y escrito en su testamento. Al parecer, Adriano quedó entusiasmado con ese joven Marco Aurelio que leía tanto, se expresaba con gran inteligencia y conocía al dedillo la retórica griega y latina. Si bien, hay un momento determinado (no recuerdo ahora en qué segmento narrativo) en que le reprocha que acuda a los espectáculos del Coliseo con sus libros (supongo que entonces Marco Aurelio leía en tablillas o en papiros), sin dejarlos en casa, puesto que a Adriano eso le parecía un desprecio hacia las masas. En cierta medida (aunque todos los reproches van entre líneas) lo está asesorando como futuro emperador. Y justo es decirlo que, a través de la pluma de Yourcenar, los reproches mayores los dedica Adriano al propio Adriano.

La traducción al castellano la realizó Julio Cortázar en 1982, y desde entonces el libro se reedita con mucha frecuencia. Suele venir acompañado de un cuaderno de notas de la propia escritora, en la que cuenta todas las vicisitudes que padeció para escribir esta grandísima obra, de una belleza honda indiscutible.

La misma Marguerite cita esta frase de Flaubert: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en el que solo estuvo el hombre” Y añade la propia escritora: “Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo”.

En fin, que yo andaba leyendo una obra inclasificable de un escritor húngaro con el que estoy entusiasmado: Lászlo Krasznahorkai, concretamente “Melancolía de la resistencia”; pero el grado de exigencia y atención que exige esa obra rebosa ahora mismo mis capacidades y mi tiempo libre, así que elegí releer “Memorias de Adriano” una vez más.

Algún día hablaré de cómo un lectura lleva a otra y de los peregrinas que pueden ser las razones para leer un determinado libro en un momento concreto; muchas veces los libros actúan en nosotros según lo que nosotros podamos ofrecer.

Por eso es bueno tener cerca “ a los libros de nuestra vida”, para que puedan acudir en nuestro auxilio. Porque lo importante es no perder el hábito de leer. Ya recobraremos el tiempo para seguir leyendo la inmensa lista de libros pendientes que nos aguardan.

Hasta otra.

«Moronga», de Horacio Castellanos Moya

Juan Domingo Urruti, de 61 años de edad, salvadoreño, alias “el ingeniero”, portaba una licencia de conducir falsa del estado de Texas. Su verdadera identidad y su domicilio han sido imposibles de confirmar. Recibió dos impactos de bala. Su cadáver quedó tendido en el estacionamiento.

La primera vez que me acerqué a la obra de Horacio Castellanos Moya fue por culpa de dos pasiones reincidentes y siempre presentes en mi vida: Roberto Bolaño y Thomas Bernhard. El primero porque directamente lo elogiaba en una reseña suya (que hoy todavía puede encontrarse editaba en “A la intemperie”); la segunda porque el escritor austríaco había llamado a las puertas del estilo del salvadoreño y este había recogido el guante en una obra desternillante e imitadora que se llama “El asco. Thomas Bernhard en San Salvador”, un libro con el que yo me reí y disfruté mucho, muchísimo; pero que a la gente de San Salvador no les hizo tanta gracia, puesto que lo amenazaron de muerte, teniendo por ello que exiliarse en México, España, Alemania, Japón y Estados Unidos. Y no sé si algún país más. Es posible, puesto que gran parte de la vida de este escritor parece un exilio continuo por tener el valor de escribir y publicar lo que le viene en gana.

Luego fui leyendo cada par de años (más o menos) algún libro suyo: “Baile de serpientes”, “Con la congoja de la pasada tormenta”, un libro recopilatorio de relatos, y “Envejece un perro tras los cristales”, quizá el más raro de todos (por lo menos a mí me lo parece, puesto que reúne dos cuadernos de apuntes escritos en sitios muy dispares: uno en Japón y el otro en Estados Unidos; y en el que creo que a veces el escritor hace un muy cruel ajuste de cuentas consigo mismo). Algunos me gustaron menos que otros, pero todos merecen la pena. La calidad de Horacio Castellanos Moya no es discutible.

Tiene editados muchos más; pero de momento solo he leído esos.

Moronga” ha sido el último. Y sobre este último tengo “emociones encontradas”.

Desde la inclusión sexual del título la obra se divide en tres partes narrativas, que son todas, cada una a su manera, auténticos ejercicios de estilo: la primera más lacónica, sobria y narrativa; la segunda más intensa y de intenso ritmo bernhardiano; la tercera es un auténtico informe policial, con croquis incluidos. El leitmotiv es el de casi siempre: la violencia estructural del continente americano. Si bien, aquí parece que hay como una carrera de relevos en la violencia, puesto que algunos personajes que derivan de las luchas guerrilleras se reconvierten a la delincuencia de los narcos y las maras; al parecer derivar de una a otra solo es cuestión de edad y de geografía, puro azar.

A pesar de ese alarde de estilos que hace Castellanos Moya, de lo bien estructurada que está la novela, cuyos flecos van encajándose poco a poco en ese informe policial que al final todo lo aclara, no he logrado conectar con el libro en casi ningún momento. Al principio pensé que estaba leyendo la crónica de un inmigrante sudamericano en USA; luego una novela de intrigas; luego la crónica de una violencia estructural, sexual y machista; luego un informe policial; y es verdad que todo el libro tiene un poco de cada uno de esos temas que he mencionado (y de algunos más); pero puede que en el intento de abarcar tanto el libro se malogre y que solo se sostenga por la capacidad versátil del autor.

La verdad es que no lo sé. He leído algunas reseñas muy elogiosas de este libro, que difieren totalmente de la mía y con las que no coincido para nada. Y eso es bueno: las opiniones literarias solo nacen desde la subjetividad más personal, y es bueno disentir y no coincidir siempre, porque así como cada escritor es un universo cada lector también lo es, y las razones por las que un libro nos gusta (o no) también son, a veces, muy peregrinas. Mi opinión es que a “Moronga” le falta alma.

Háganse su propia opinión de este libro leyéndolo y luego me cuentan.

Hasta otra.

La forastera, de Olga Merino

“Sus tierras sí las piso cada día, cuando subo al cerro, cuando bajo al pueblo, cuando me agacho a recogerles las aceitunas caídas sobre la escarcha, brillantes como cuentas de azabache”.

Recuerdo que hace unos años leí un libro singular y muy desconocido en Europa, “La sierra y el viento”, de Gerardo Cornejo, escritor sonorense nacido en Tarachi, un escritor distinto que junto a Daniel Sada y a la enigmática Renée Sanjool contribuyeron a renovar “la prosística de frontera mexicana”; por lo menos la literatura “de frontera” a la que yo he podido acceder en mis pesquisas.

 Lo escribo porque, a pesar de ser andaluz, tengo una (casi) obsesiva querencia por literaturas que ahondan en sierras y geografías muy lejanas, muy extrañas, al ritmo actual de nuestro mundo, cada vez menos apegada a la tierra y al ritmo natural de las estaciones, y esa fue una de las principales razones de que me acercara a La forastera, de Olga Merino, porque aunque ella se centre en una aldea del sur de España, al fin y al cabo todas las serranías del mundo se parecen.

Es verdad que Olga tiene ya una carrera literaria consolidada a sus espaldas; pero también es verdad que yo hasta estos días no había leído ninguno de sus libros.

Había escuchado que este de “La forastera” era un libro que trataba sobre el tema del suicidio, una especie de «novela del oeste del sur». Es verdad que algo de eso hay, los suicidios se van trasmitiendo de generación a generación cual un virus; y aunque es verdad que el suicidio de Don Julián, dueño y señor de Las Breñas, es importante y transforma el precario equilibrio en la aldea, creo que este obra es más una indagación sobre la marginalidad que otra cosa y, más concretamente, sobre la marginalidad femenina.

Tenemos un personaje tremendo, Angie, que vive y sobrevive en un profundo desarraigo interior y exterior; en una errada y opresiva población de sierra en el que el pasado, los odios y rencores, sigue estando muy presentes, se palpan. Ella vive sola, con sus perros y sus escasos contactos con el mundo exterior, ya sea con unos pocos personajes vivos e igual de inadaptados, que son vecinos o partícipes de sus propios fantasmas interiores; y allí sigue, Angie, con su propia memoria errante y europea, londinense, los recuerdos de un lejano amor con un pintor inglés en la convulsa Inglaterra de la época de Thatcher; los recuerdos de sus familiares en la aldea y los recuerdos de su propia vida; en una simbiosis magníficamente construida y de muy alta literatura, en la que podemos pasar con absoluta naturalidad entre un párrafo y otro por diferentes variaciones entre el pasado y presente, que se amalgaman formando un solo bloque monolítico, en lo que me ha parecido la autopista imaginativa de una escritora que maneja con soltura todos los resortes narrativos.

No estamos ante un libro más con buenas intenciones y destellos de calidad, no, esto es mucho más. Estamos ante una obra que superará la inmediatez de las novedades editoriales (ya han pasado dos años desde que se editó) y creo que se mantendrá durante muchos años más en la memoria de los lectores; escrita con la desesperación y la lucidez que se escribe la gran literatura: con la naturalidad de una herida que sangra a borbotones y es roja y duele y huele y es hiriente y toma su propia senda; en definitiva, un libro que posee la autenticidad que nace de lo profundo, del dolor, y que como esas canciones de la sierra y el viento que yo mencionaba al principio transportan arañazos en su ulular.

 Una voz propia que habla con los ecos de poesía de la tierra y la marginalidad. Una voz, la de Angie, llena de vida y valentía que se rebela ante la muerte, “la muerte merodea por aquí desde siempre”; “estoy rodeada de muerte. Me aterra que me trague el desagüe”; y que resulta mucho más humana de lo que aparenta en un principio, pues siente y respira desde la sensibilidad, porque ser sensible y mujer, en un entorno cerrado y sin esperanza, conlleva que le desprecien y que le tomen por loca.

 Es un legado emocional y vital que se remonta a la historia de su propia familia, “los Marotos llevan los naipes y el vino en la sangre”. Ya que esas “viejas historias que, a fuerza de lijarlas en la repetición, de añadir un detalle, un ángulo nuevo, han ido puliéndose en el tiempo como cantos rodados hasta convertirse en leyenda”. Angie vive el desencuentro con la realidad, con su realidad; pero a su vez: vive el desencuentro de todos los que les precedieron en la familia, de todas las muertes, de la pobreza, de las adicciones, la inmigración y la inadaptación. El peso que arrastra es descomunal, capaz de quebrar a cualquiera; pero Angie tiene una fortaleza descomunal y la rabia le alimenta.

Parece que el viento por fin ha amainado, y ahora las hojas del emparrado suenan en la brisa como arenilla dentro de una lata”.

Me hubiera gustado que la autora ahondará todavía más en la poesía del dolor. Este libro tiene momentos de una belleza en el lenguaje que me han parecido arrebatadores; casi hubiese deseado que todo el libro fuera así, olvidando que de estar escrito así posiblemente el libro no funcionaría en su conjunto, casi con total seguridad, y que es justo por la mesura de las fuerzas telúricas que la escritora domina y hace aflorar por acá y por allá lo que aporta riqueza y amplitud a la totalidad. La autora maneja la orquesta literaria a su total y libre antojo, hace sonar la música más honda cuando le viene en gana, como debe ser, y a los sorprendidos lectores solo nos queda escuchar esa música nacida de las entrañas de Angie, que tiene resonancias de verdadera épica; potenciar nuestros sentidos receptores para escucharla con mayor nitidez; sonreír por el gozo de encontrar a un personaje con tanto valor que no se arredrará; y aplaudir levantados y solemnes y en pie y con las dos manos al final de la función.

Es la primera obra que leo de esta escritora y no será la última.

Os dejo con los inmortales The Kinks, que forman parte de la banda sonora de este libro. Hasta otra.

Un escritor que no pasa de moda

Hay gigantes en la literatura y luego está Balzac. Este hombre, que se mató a escribir y que bebía ingentes cantidades de café, consiguió terminar (casi siempre endeudado) más de 130 obras narrativas interconectadas, en las que según su propio plan trazado «quería abarcar todos los entresijos de una sociedad», y a la que llamó “Comedia Humana”.

Lo sorprendente es que la mayoría de esas obras son grandes libros. Pese a la inmediatez y la velocidad con la que escribía (en sus manuscritos son muy comunes los olvidos de nombres de personajes secundarios, que luego edición a edición se han ido corrigiendo) su genio es indiscutible, y no conozco obra de él de la que no se pueda disfrutar o sacar partido. Pero encima Balzac es de ese tipo de escritores que recupera el gusto por leer, porque su ambición creativa es tan exagerada que uno tiene la sensación mientras lo lee o que lo sabe todo o que aspira a saberlo todo, que viene a ser lo mismo o parecido, aspirando sin ambages hacia lo absoluto; hay pues una energía vital poderosísima que recorre toda su obra y que siempre se contagia cuando se le lee. Da igual el libro suyo que se elija, al final se llega al mismo sitio. Eso sí, no bastan con unas pocas páginas. Todas sus grandes obras suelen ser “tochos” y solo cuando te sumerges en esa desmesura narrativa captas parte de esa energía vital que poseyó, no solo como escritor sino también como ser humano.

Esas ansias de contarlo todo, de vivirlo todo, están muy presentes en Balzac. Algunos nos preguntamos todavía de dónde sacó esa ingente información laboral que luego retrató con todo detalle, si apenas tenía tiempo libre y cada dos por tres estaba mudándose para huir de sus acreedores. Por cierto, casi siempre buscaba casas con varias salidas (gateras) para poder escapar con celeridad cuando llegase el momento. Imaginad a un gigante (tenía una constitución muy considerable) huyendo con un inmenso legajo de papeles (lo que estuviera escribiendo en ese momento) por los arrabales de París o de cualquier ciudad de provincias y con sus perseguidores intentando derribar la puerta principal.

Los que acusan a Balzac de estar muy preocupado por el dinero olvidan que él es uno de los pocos que sabía ganar una ingente cantidad en pocas semanas y luego perderla como si nada. Cuando sus personajes sufren lo mismo él sabe de sobra sobre lo que está escribiendo. Yo no sé cuántas veces se arruinó en su vida, pero tengo constancia de unas cuantas. Bueno, Voltaire también sabía de eso, pero al final tuvo mejor suerte con las inversiones. Aprovechando su ingenio, y que las primeras leyes de las loterías dejaban muchos flecos por cubrir, compró junto a unos amigos casi todos los boletos de una lotería, y les tocó, pues, una inmensa fortuna, si no recuerdo mal, a repartir por cabeza cerca de medio millón de francos de la época, por lo tanto nuestro amigo Voltaire pudo dedicarse a escribir el resto de su vida sin grandes contratiempos, si bien hizo lo mismo con otros negocios (no muy éticos) amasando todavía una fortuna mayor.  Balzac, por el contrario, más noble de condición, nunca tuvo suerte en las inversiones que realizó.

 Como curiosidad añadir que una pequeña editorial editó en castellano un libro que Balzac escribió junto a un amigo y cuyo título no deja lugar a dudas: “El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo”.  Ese pequeño libro no se incluyó en sus obras completas porque los editores lo consideraron “inmoral”. Balzac hacía arte de todo y atacó con valentía los vicios y corruptelas de su época; además demuestra en sus libros que en las sociedades mediocres solo pueden aspirar al éxito los que no tienen ningún escrúpulo en aprovecharse de los demás.

Ingenuo y ambicioso, no muy afortunado en amores, fantasioso y excesivo y muy querido por sus amigos, recibió numerosas revistas y libros técnicos, (aparte de cobijo y protección cuando lo necesitó), de ahí que pueda referirnos los múltiples avances tecnológicos que se estaban dando por la época. Para escribir la primera parte de  “Las ilusiones perdidas” seguro que recibió información sobre imprentas. Para la segunda y tercera parte del mismo libro le bastaría su propia experiencia vital en el mundillo literario.

Cómo explicar “Las ilusiones perdidas”. Es un libro inmenso que habla de muchas cosas: de la amistad; de las imprentas; de la hipocresía social; de la ambición; del amor; de los negocios; del éxito y el fracaso literario; del veneno de la prensa y del veneno de los escritores de prensa, que tanto entonces como hoy actúan (muchas veces) como mercaderes; de París, que es el culmen de la belleza y el éxito y a la vez un vertedero sin corazón, un intestino por acercarnos a Zola, o “un estómago”, tal y como la definió Rimbaud en una declaración inolvidable.

 A través de las andanzas de un personaje que nunca me ha caído demasiado bien, Lucien, perseguimos y asistimos a sus amores y ascensos y a su caída literaria y social. La capacidad para dotar a todos sus personajes de “genio” es algo muy manido y conocido de este escritor. Él era incapaz de no ver (para lo bueno y para lo malo) capacidades titánicas en todos los individuos. Desafortunadamente nuestro personaje preferido de Balzac solo hace una pequeña aparición al final del libro, ¡pero qué aparición!, jajaja. Es igual, “Las ilusiones perdidas” posee calidad para no necesitar de nuestro querido Vautrin, el “Burla-la-muerte”, que en uno de sus múltiples disfraces narrativos aquí se llama Carlos Herrera, prelado de nombre castellano, llegando en el último momento para rescatar al desdichado Lucien. Todo tendrá una sublime continuación en “Esplendores y miserias de las cortesanas”, otra obra genial de Balzac y quizá mi preferida de las que he leído hasta ahora.

No es un escritor perfecto. Es tan excesivo y escribía con tanta celeridad que sus obras siempre tienen altibajos. Y para el gusto de la época y por la forma de publicarse en entregas hay mucho de folletín. Eso es inevitable y hay que saberlo de antemano. Pero en pocos autores se reunirán tantas capacidades juntas. Escribir con total franqueza sobre las pasiones y las ambiciones humanas es algo que solo está al alcance de muy pocos, porque, al fin y al cabo, por muchos aparatitos tecnológicos de los que nos rodeemos, el ser humano sigue siendo el mismo imbécil de siempre, capaz de lo mejor y de lo peor, y nuestras motivaciones internas no son tan distintas de los individuos que vivieron en otras épocas.

Daguerrotipo de Balzac. Nadar, 1842.

No importa que toda su vida intentará convertirse en un aristócrata sin conseguirlo. A Balzac se le pilla cariño y acaba siendo un Honoré, de verdad, porque nos recuerda al desafortunado coyote de los dibujos animados que intenta cazar infructuosamente al correcaminos, sin conseguirlo nunca, por supuesto, y, sin embargo, pese a ello, no flaquea y no deja de volver a intentarlo al día siguiente con el mismo entusiasmo. Eso sí, escribiendo era más veloz que un correcaminos, ¡y con su mismo ingenio!  

Leer a Balzac es alimentarse de oxígeno. Proust, que aparte de escritor fue un gran lector, lo sabía de sobra y supo reconocerlo: «No esconde nada. Lo dice todo». Hay pocos escritores así, tan inmensos…

Balzac nunca pasará de moda.

«Los chicos» de Toni Sala

Imaginad una antorcha que ilumine las recónditas concavidades de la maldad humana, así aprecio este libro de Toni Sala, Los chicos, y editado por primera vez en castellano por Trotalibros.

Lo primero que hay que decir que es un libro crudo, violento, despiadado, realista en cierta forma hasta la mitad. La chispa se desata a partir de la muerte de dos hermanos en accidente de tráfico, Jaume y Xavi, los hermanos Batlle, que serán la excusa para esta inmersión en el mal en un pequeño pueblo del sudeste de Girona, Vidrieres, por el que siempre hay prostitutas por «la carretera nacional», aparte de una falta de esperanza en la mayoría de sus habitantes. La crisis y la muerte de los dos hermanos, más la situación política de Cataluña, planean de fondo, cual el vuelo expectante de los buitres, (si se me permite tan torpe metáfora, pero que creo que ejemplifica bien el intento de despojo al que asistiremos).

Pero no estamos ante un libro político ni nada de eso, sino humano, terriblemente humano. Decía que me parecía realista hasta su mitad, pero en realidad es realista todo el libro, si pudiéramos incluir lo tremebundo dentro de ese realismo. Desde mi punto de vista es como si juntásemos “En la orilla” de Rafael Chirbes y “La familia de Pascual Duarte” de Cela e hiciésemos un híbrido. Entiéndaseme bien, no estoy diciendo que Toni Sala no tenga imaginación suficiente y autónoma, ni capacidad estilística y profundidad, que la tiene y además con generosidad, sino que esos dos libros se me venían a la cabeza a leer este de “Los chicos”. Asomaban a mi memoria lectora.

Lo que destaco más es el manejo del lenguaje de Toni Sala. Y aquí, igual, también resulto un tanto polémico, puesto que me pareció por momentos que se estuviese frenando. Me dio la sensación que quería poner toda la carne en el asador y cuando estaba comenzando la hoguera a descontrolarse relajaba el lenguaje y lo hacía más accesible, al alcance de todos los lectores interesados; pero a mí el Toni Sala que me estaba deleitando era el que no tenía complejos, el que estaba escribiendo página tras página en un solo párrafo, el que me estaba agarrando fuerte y parecía que estaba escribiendo algo fuera de lo normal, el que no me permitía como lector respirar. Igual solo estaba tomando aliento, porque por lo visto este libro, a pesar de ser una obra autónoma, pertenece a una trilogía.

Sea como fuere, como decía mi admirado Eduardo Haro Tecglen, “mis apreciaciones son siempre subjetivas”; por lo que mi opinión no tiene por qué coincidir con la de otros lectores. Lo que creo que no admite duda es que es un buen libro.

A través de cuatro grandes personajes muy bien trenzados: un banquero del pueblo, Ernest, que se conoce la verdadera situación financiera de todos sus vecinos; la novia de uno de los fallecidos, Iona, una muchacha que intenta y necesita de algún modo pasar página;  Nil Dalmau (el personaje más malvado y, por cierto, el que tiene mayor creatividad); y el camionero Miqui, adicto a las prostitutas y al sexo y que lleva una escopeta en el camión, un personaje tremendo y creo que el más conseguido. Entre los cuatro vamos pasando de maldad en maldad, tanto que en algún momento de la lectura pensé con malicia “que igual lo más decente que había en el pueblo eran los dos cadáveres de los muchachos”.

Muy linda la cubierta y la edición, y el libro, como vengo escribiendo, es notable. A pesar de que la parte final me ha parecido un tanto efectista es un buen descubrimiento y hace falta ser valiente para escribir un libro así.

Por cierto, “Ese quedará la tierra” del final podría replicarse con el “¿Cuánta tierra necesita un hombre?” de Tolstói. Aunque igual, por el bien de todos, nos vendría bien más ternura y menos violencia, porque siendo sinceros, si solo existiera maldad en nuestros comportamientos y en nuestra forma de ser, si solo actuáramos por satisfacer nuestras pulsiones sexuales o incrementar nuestras posesiones y nuestras cuentas corrientes, ya harían siglos que no hubiésemos extinguido.

Y entonces alguien podría decirme que al planeta (para sobrevivir) tampoco le vendría demasiado mal que nos fuésemos a tomar viento. Y entonces yo, antes de que tener que darle la razón ante semejante axioma, correría un tupido velo sobre lo anterior y os hablaría de la primavera, que se presiente en las flores de los almendros; que está en el ambiente aunque el frío sea aún muy gélido; que los días son más largos y los atardeceres dignos de contemplarse; que estar vivos es un auténtico milagro que no volverá a repetirse. La llegada de la primera avanza inexorable. Y queramos o no siempre hay algo renovador en ello.

Muy feliz fin de semana.

Hasta otra.

“2666”, de Roberto Bolaño. Un libro para toda la vida.

“Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”.

El que así habla es Amalfitano, uno de los personajes más entrañables de este fresco gigantesco sobre el horror que es 2666.

Leí el libro cuando salió a la venta, allá por el 2004, en una primera edición que todavía tengo y conservo en buen estado. Hasta hoy no lo había vuelto a releer por entero, en sus cinco partes. Porque la estructura de este gigantesco libro es curiosa: está formada por cinco novelas, y a pesar de que pueden leerse independientes entre sí forman juntas un rompecabezas, pues están unidas por hilos muy finos. Decía Jorge Herralde, “que Bolaño era un maestro en el ensamblaje”, y si se pone uno a pensar en esos hilos finos que conectan una obra tan enorme hemos de darle la razón.

Recuerdo que la primera impresión que me produjo es la de estar ante una obra inabarcable como un océano. Y al llegar a “La parte de los crímenes” sentí repugnancia. Yo sabía que Bolaño se había documentado sobre los crímenes de mujeres en Santa Teresa (Ciudad Juárez), que periodistas y gente amiga (no recuerdo ahora si del norte del México o de DF) le había suministrado dossiers con toda la información de los crímenes; pero esa parte le supera a uno como lector y como ser humano, y apreciar, una tras otra, toda esa violencia sin adulteración, con la connivencia narco-policial y política y con toda la corrupción alrededor, es algo complicado de superar.

Está claro que Bolaño lo que quería es denunciar el horror del feminicidio de las mujeres en el norte de México. Las snuff movies y toda la violencia machista y estructural. De ahí esas partes que casi parecen informes policiales. No están todas las asesinadas, pero sí muchas. Ciento y pico si mis cuentas no fallan. Es la parte más extensa del libro y también la más complicada de soportar. Esta vez me ha costado un poco menos porque ya iba sobre aviso.

Sin embargo, esta indagación sobre la violencia y el horror no se detiene en México. Y gracias a Archimboldi, el escritor prusiano, podemos conocer también el horror del siglo XX europeo. Siempre he sentido hasta esta última parte gran devoción. Y me sigue gustando releerla, puesto que Archimboldi, Hans Reiter, es un personaje espectacular, y no solo por su condición de escritor que huye del reconocimiento y del éxito, sino por su particular forma de ser y estar en el mundo. Este gigante, que nació en 1920, «no parecía un niño, sino un alga”.

Una de las cosas a destacar es que Bolaño conocía el delicado estado de salud que padecía, y así como estaba esperando el trasplante iba ampliando y corrigiendo este inmenso libro. Es curioso, pero yo siento que al leer “Los sinsabores del verdadero policía” podríamos estar ante otra novela que formara parte de este libro, pues aparecen muchos personajes de los que aparecen en 2666, si bien algunos están ligeramente modificados.

Sin embargo, en cuanto a lo del carácter inacabado de 2666 no debería considerarse así, puesto que esto no se debe a que Bolaño muriese, sino a su particular forma de concebir las obras literarias. Para Bolaño lo de principio, nudo, desenlace, no tenía sentido. “Ese tipo de novela se va a seguir haciendo, pero no merece la pena”, decía en una entrevista. Y luego ponía como ejemplo que tras “La invención de Morel” de Bioy Casares y tras Georges Perec no se podía seguir escribiendo como si nada hubiese cambiado.

Yo añadiría que no se puede escribir igual desde Shakespeare, pues si lo leen con profundidad y detenimiento (no me refiero a verlo en el teatro, sino a leerlo) comprobarán que es un maestro de la elipsis, y que ya escritores como Shakespeare y como Cervantes (incluso como Montaigne) ya se saltaban esas concepciones literarias que hoy se siguen dando por válidas en cursos y talleres literarios. En realidad, la novela más vanguardista de todas sigue siendo la segunda parte del Quijote, y algunos (parece) que todavía no lo han superado. Huyan de todas esas tomaduras de pelo, que pueden estar bien como reuniones sociales pero nada más. Un escritor solo tiene que hacer tres cosas en la vida: vivir, leer y escribir. Y tendrá que hacerlo por sí mismo en silencioso duelo. Todo lo demás sobra.

Una de las cosas que más me sigue asombrando de Bolaño es la profusión de historias secundarias que ocurren en sus páginas. Tenemos, digamos, el gran objetivo estratégico: los crímenes de mujeres del norte de México; pero a su vez el libro está lleno de historias secundarias que van naciendo acá y allá y que le dan una riqueza muy por encima de lo habitual. No desentonan, son como anexos, cual una enredadera que nace del mismo tronco y que ha tomado su propia y genuina dirección. Y no solo le aportan esa riqueza de texturas, sino que le dan una mayor cantidad de significados haciendo que un libro como este escape a las habituales formas de encasillarlo. Digamos que, por encima de un buen narrador, que lo era, Bolaño era un tipo muy inteligente y muy arrojado, una Sherezade que va creando una historia tras otra para mantenernos a nosotros, sus sultanes lectores, eternamente despiertos.

La primera vez que leí por entero este libro me dominaba una sensación de pérdida. Yo debo de ser de los pocos que leyó a Bolaño en vida desde su primer libro hasta que murió. Y además comencé a leerlo por casualidad, por unas cosas personales que no vienen aquí a cuento. No era de mis escritores preferidos. Estaría en la lista de los diez, pero no entre los primeros. Sin embargo, yo era un adolescente y lo leía, y luego lo seguí leyendo siendo un veinteañero. En cierta medida crecí con él, desde “Estrella distante” en adelante, para luego retroceder con “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”, esa novelita que escribió junto a A.G. Porta, y seguir con todas las que año a año iba editando Anagrama. Ahora su obra está en Alfaguara.

Cuando murió compré 2666 con gran tristeza. A sabiendas que ese libro sería como el testamento de un amigo. Me lo llevé a una casa perdida junto a un cartón de tabaco. Leía un poco y fumaba un cigarro. Me levantaba, daba una vuelta, me servía una cerveza fría o un refresco y volvía al libro. A veces tenía un nudo en el estómago y a veces tenía ganar de reír o de llorar. O de las dos cosas al mismo tiempo. Saqué una silla mecedora, de esas que podrían aparecer sin desentonar en películas como “Centauros del desierto”, y me senté en el porche, a la sombra y muy cerquita de unos cactus, a seguir leyendo. Creo que lo leí en siete u ocho días febriles. A veces paraba la lectura para reflexionar en lo que estaba leyendo y estirar las piernas. Me iba a caminar por los salvajes paisajes del norte de Lanzarote pensando en el norte de México y en el horror de los seres humanos. Tras bañarme y dar unas brazas en cualquier cala volvía purificado. Otras veces me iba a comer algo. Comer en Arrieta con el mar de fondo es todo un placer. El azul de los marcos de las ventanas y de las puertas se amalgama con el blanco de las edificaciones y el azul del cielo y el mar. Por entonces, los móviles eran duros como piedras, podían servir de arma arrojadiza y bastaba con apagarlos para que nadie pudiese localizarnos. Al principio de la lectura tenía ganas de llegar al final. Pero al acercarme al final no tenía ganas de que acabase. No tenía ganas de acabar de leerlo. No tenía ganas de decirle adiós.

Que hoy, décadas después, lo siga releyendo es la prueba más palpable de que para mí sigue siendo un libro importante. Por lo menos para mí y para muchos otros lectores. No sé si Bolaño será inmortal y, posiblemente,  a él le importaría un bledo la inmortalidad literaria, puesto que si pudiese la regalaría con los ojos cerrados por saber del destino de sus seres queridos; pero yo sí sé que este autor me acompañará toda la vida. No veinte años, como se cantaba en el famoso tango, sino toda la vida. Toda la vida. Toda mi vida lectora, que es como decir las infinitas vidas que vivimos los que solemos leer. Porque leer consiste en eso: en vivir muchas más vidas de la que disponemos por azar.

Hasta otra.