Literatura de calidad

La Rata, de Andrzej Zaniewski

Gris, con tu lomo redondeado, sobre tus patas como resortes, con tu larga y pesada cola, atraviesas la calle, atenta al menor rumor, murmullo, movimiento. En todas partes, en cualquier lugar, puede acechar un enemigo; en todas partes, a cualquier hora, amenaza la muerte. La vida te ha enseñado a tener miedos; a morder, a morder y a destrozar, a destrozar y matar”.

Dicen que la literatura no puede cambiar el mundo, que su ejercicio no posee capacidad de transformación, que no sirve para nada; pero es mentira, no hay nada más necesario que prestar atención a las palabras en un mundo tan mercantilizado como el nuestro. Es más, sin tenerles ningún cariño y gracias a las palabras, una rata me debe la vida, pues si yo no hubiera leído este extraño y feroz libro difícilmente se me hubiese ocurrido salvarla. También es verdad que eso ocurrió hace algo de tiempo, por lo que teniendo en cuenta sus escasos años de vida difícilmente seguirá latiendo.

La cosa sucedió así: en una casa de campo y en los meses últimos de invierno —no recuerdo si era finales de febrero o marzo— una rata cayó a la piscina abandonada. No tenía mucha agua, pero sí la suficiente para ahogarla. A pesar de ello nadaba con prestancia. Era enorme. Seguramente habría caído allí por un descuido o por estar huyendo de los gatos. A nadie pareció importarle mucho su destino. Pero yo acababa de leer por primera vez este libro y andaba sobrecogido por su lectura. Este libro que luego releí tropecientos veces y regalé y perdí y volví a encontrar y comprar en una librería de viejo, porque se encontraba descatalogada y era muy difícil de hallar. Así que busqué uno de esos palos en los que se suelen recoger las hojas que caen y se lo coloqué de trampolín a la cansada nadadora. No tuve que esperar mucho: enseguida se aferró a él. Hubo un par de segundos de indecisión, como si estuviese planificando sus siguientes pasos, y enseguida comenzó a moverse hacia mí, posiblemente haciendo un acopio de sus últimas fuerzas; renovada en la esperanza de salvarse aumentó su velocidad y remontó hasta llegar a la superficie corriendo, evitando que yo pudiera hacerle algo; ahí noté el miedo del roedor, su miedo y su tremenda fuerza, su enorme agilidad. En apenas unos segundos llegó hacia la espesura de unos árboles y por allí se perdió.

Yo pensé que había revertido (dentro de mis posibilidades) “los caminos de la historia”. La batalla entre humanos y ratas de las que se habla en ese libro con tanta crudeza. El libro de un maldito, un escritor maldito polaco que creo que a día de hoy es octogenario, y que tuvo que salir primero editado en Chequia, porque ningún editor de su país se atrevió a publicar semejante novela. Cuando la obra comenzó a ser alabada por una legión de lectores irredentos, entonces sí que se preocuparon en Polonia por editarla.. ¿Habría comprendido la rata mi gesto? Lo dudo; pero sorprender seguro que le habría sorprendido. Una rata no espera jamás clemencia de un ser humano. Ni la espera ni se le otorga, ni siquiera se la otorgan entre ellas, pues basta un cambio de olor en su pelaje para que se destrocen entre sus camadas, incluso entre una misma familia.

Es un libro feroz, durísimo. Un libro que se centra en la vida de una rata desde su nacimiento hasta su muerte. Los lamidos de la madre, su leche, la atracción por la luz, las trampas, los venenos, los tropiezos con felinos, los sabores de las comidas, los huecos, las galerías, sus dientes que no dejan nunca de crecer, las peleas entre ratas, los apareamientos, las camadas, la lucha incansable por la comida, otra vez los venenos, los agujeros que son rellenados, las alcantarillas, las cuadras, los viajes en barco, las casas de campo, la ciudad, los coches, las lechuzas, todos los numerosos peligros que ha de sortear una rata. Y también algo que me sorprendió sobre manera: las ratas colonizadoras y viajeras, como hay una estirpe entre ellas que se juegan el tipo renunciando “a las comodidades” que les ofrecen sus territorios de nacimiento, y viajan, ya sea en barcos, en trenes o en lo que puedan, hacia otros geografías, en las que tendrán que defenderse como ratas invasoras que son de inmediato atacadas, y sobrevivir y mezclarse y vuelta a viajar hasta el aliento final, siempre perseguidas y odiadas, pero sin dejar de atacar y defenderse, hasta el último aliento.

Ahora que lo pienso a este libro genial y durísimo le debo algo más que la anécdota de un rescate: le debo un relato. Si no lo hubiera leído y releído jamás se me habría ocurrido escribir el relato Mirelle, incluido en El emperador de los helados. También tengo que añadir que hay notables diferencias: la mía es una rata-hembra y la de Zaniewski es un macho; la de él es de ciudad y la mía de campo, más concretamente del Jura: una cadena montañosa que posee un encanto muy particular y los mayores bosques de toda Francia; la suya no tiene tiempo más que para buscar comida y la mía gracias a ser la mascota protegida de un Vizconde loco no tiene necesidad de buscar nada porque está saciada en sus necesidades básicas; la suya es despiadada y vulgar y la mía es despiadada e intelectual, voraz e incansable lectora. En lo que ambas coinciden es en su odio a los gatos.

Lo dicho: la literatura influye en la vida y la transforma. Muchísimo. Es verdad que, a veces, no la transforma del todo, pues yo sigo sintiendo animadversión por estos animales; eso sí, gracias a la literatura, he llegado a admirar su capacidad de resistencia, aunque los prefiero muy lejos. Puedo salvarles la vida, pero si se atreven a acercarse los perseguiré.

Si tienen la oportunidad busquen este libro. Y si no, no se preocupen: la vida me ha enseñado que los libros llegan a uno en el momento en que ellos quieren llegar. Y este no resulta un libro complaciente y no es, desde luego, para lectores dubitativos y moralistas. Encantará a muy pocos y será abandonado por la mayoría. Su prosa es vertiginosa, simula ser una cola de roedor en continuo movimiento y a veces te agarrota y aplasta por su crudeza, porque lo que te cuenta sabes que es real, que la vida es despiadada en todos los sentidos.

En todo caso traten de leer cosas que se salgan de su zona de confort. Los lectores debemos ser como esas ratas peregrinas que aprovechan los medios de locomoción de los seres humanos para plantarse en la otra parte del globo terráqueo. Sin ese afán de conocer otras lecturas, otras prosas, otros prismas, otras tradiciones literarias, otros horizontes, el acto de la literatura es más provinciano, menos fecundo.

La curiosidad mata, pero también amplia el conocimiento del universo. Las ratas y los seres humanos (tan enemigos entre ellos y tan iguales en su comportamiento) llevamos miles de años experimentándolo.

Hasta otra.

Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai

Él no necesitaba nada para transportarse; de hecho, ni siquiera le hacía falta transportarse para pasar de aquí, de la aridez devoradora de esta minúscula población terrenal, al «océano inconmensurable del firmamento», ya que en la imaginación y en el pensamiento, que en su caso nunca se separaban, llevaba treinta y cinco años navegando por el mágico silencio del cielo estrellado. De hecho, no poseía nada—toda su propiedad se resumía en un abrigo de cartero y en los demás elementos del equipo, un bolso con la correa para colgárselo del hombro, una gorra y unas botas—, de modo que podía medir todo cuanto tenía con las vertiginosas distancias de la cúpula ilimitada; y así como se movía con total libertad, como en casa, por aquel espacio inmenso e inabarcable, no encontraba, prisionero de su libertad, su lugar aquí abajo, en la estrechez de esta «aridez devoradora» que no podía compararse con el cosmos sin límites, y clavaba la mirada radiante en los rostros amables, pero también oscuros y atontados, como hizo también esta vez, al plantarse ante el estirado cochero para repartir los bien conocidos papeles. «Usted es el Sol», le dijo en voz baja a la oreja, y ni siquiera se le pasó por la cabeza que no fuera del gusto del hombre, que no quisiera ser confundido con otro, precisamente él que no podía oponerse, ocupado como estaba en los párpados que se le cerraban y en la noche amenazadora. «Usted es la Luna», señaló luego Valuska, volviéndose hacia atrás, hacia el robusto cargador, el cual, sin pensar, se encogió de hombros, dando a entender que le daba igual, y acto seguido empezó a girar y a bracear desenfrenadamente, tratando de recuperar el equilibrio perdido por causa de aquel movimiento imprudente. «Y yo soy entonces la Tierra».

“La tierra” es interpretada por Valuska, el hijo de la señora Pflaum, amigo del director de orquesta retirado y el inquilino más poético de la taberna Hagelmayer, justo en el párrafo en la que el propio Valuska se sirve de los borrachuzos asistentes de la taberna, a la hora del cierre de la misma, para hacer una performance con sus cuerpos e imitar el movimiento de los astros, “porque nosotros las personas sencillas podemos comprender algo de la inmortalidad”, y “el modesto papel del hombre en el universo”. Es una de esas escenas grandiosas, (epifanías de lo trascendente), en las que la pluma de este escritor húngaro de apellido casi impronunciable, Krasznahorkai, alcanza cotas de enormidad en las que nuestras neuronas se cortocircuitan.

Vayamos a lo importante: Melancolía de la resistencia, es de los libros más densos y más profundos e inclasificables que he leído en toda mi vida. Yo hacía una broma por twitter sobre que la literatura del rumano Cărtărescu  era un juego de niños respecto a este escritor; eso, sin duda, es un poco exagerado, porque el rumano también se las trae con el despliegue de sus mundos oníricos, y también porque son dos escritores con estilos muy distintos: el rumano es “mucho más sencillo de leer” y con unas formas y pretensiones “más digeribles”. El húngaro es el escritor del fin del mundo y de la decadencia, del eterno ciclo del ascenso y caída de Dios; profundiza en el legendario divorcio entre el cielo y la tierra y teoriza sobre el nacimiento y la muerte, para él dos ejes que marchan en una misma dirección, pues su máxima es que todo lo que nace, por el mismo hecho de nacer, lleva implícita su propia destrucción. Ambos son unos monstruos.

  Y eso es tanto así que con ni con dos relecturas completas me ha resultado suficiente para extraer con presteza todo lo que se encuentra en este libro. Y me temo que Krasznahorkai —en mi humilde opinión un gnóstico sin Dios— es muy consciente de lo ambivalente de sus atmósferas creativas, de cómo puede ser diferentemente interpretado por cada sensibilidad que se atreva a sumergirse en ese mundo abisal que resulta su literatura.

Pillemos el periscopio para atisbar algo.

  Dividida en tres partes: “Circunstancias extraordinarias”, “Las armonías de Werckmeister” y “Sermo super sepulcrum”, “Melancolía de la resistencia” esencialmente nos cuenta el derrumbe de una población tras la aparición de una especie de circo ambulante en el que viaja una ballena disecada. Sí, una ballena. Si a eso le sumamos que nos encontramos con personajes tan raros como un director de orquesta que vive confinado en su cama porque está cansado de su mujer (según su opinión: “un saco de patatas”), al mismo tiempo que está cansado del mundo y de la propia incapacidad de la música para llegar a los sonidos más puros ya estaríamos subiendo mucho la apuesta; pero si a eso le sumamos que la propia esposa del director es una verdadera fascista del orden y la limpieza, PATIO LIMPIO, CASA ORDENADA, y una manipuladora tan enorme que aprovechará los disturbios que se sucederán con la llegada de la ballena para imponerse, la cosa se nos irá de las manos. Pero eso no es todo porque nos faltan todavía el más grande de los personajes: Valuska, el héroe, un muchacho treintañero sin oficio ni futuro, el muchacho de los recados, que se dedica a diario a ir de acá para allá acompañando a borrachos y desocupados y es un angelical aficionado del movimiento giratorio de los astros. Ah, y eso sin olvidar a la señora Pflaum, aficionada a la opereta y una enana pechugona que es la propia madre de Valuska “la que ya se ha cargado dos maridos”, según nos cuenta György, el director, muchas páginas después, y con la que se abre esta novela demencial, cultísima y gigantesca en ese viaje de tren que resulta uno de los comienzos más desternillantes que yo recuerdo. El cómo los personajes van evolucionando dentro de la obra es una muestra más de la capacidad literaria del húngaro. Por ejemplo, el director de orquesta, el señor Eszter, también llamado György, evoluciona desde la negación y aislamiento de la realidad hacia un sentido más práctico, puesto que reconoce “que no podía luchar contra las dimensiones de la decadencia”; Valuska, sin embargo, va hacia el nihilismo y la confrontación, cuando al principio era un muchacho angelical al que solo le interesaban los astros.

A eso hay que sumar otros personajes igual de extravagantes: véase el comisario alcoholizado o el Duque, por ejemplo, todos los que acompañan la comitiva de la ballena o los soldados y el teniente coronel, y, sobre todo, más allá de los personajes, un estilo sin fisuras en el que un párrafo se alarga y alarga y alarga hasta el infinito y más allá. El estilo Bernhard-Beckett, la doble B de la que yo hablaba con ironía en uno de mis relatos incluidos en “El emperador de los helados”; pero en realidad podemos confirmar que ese estilo fue, esencialmente y para aprovechamiento exclusivo y extremo del papel, el estilo elegido porMontaigne. Puede que mucha gente no lo sepa pero los ensayos de Montaigne estaban escritos así, originalmente, pues cada ensayo-capítulo solo estaba compuesto por un solo párrafo. Luego posteriores ediciones y traducciones fueron manipulando las intenciones del escritor francés, dejándonos unas ediciones de sus ensayos que él no hubiera para nada autorizado, con la excusa simplista de hacerlo más accesible y que llegase a más lectores.

Por su parte Krasznahorkai nos deja descansar de vez en cuando para que recuperemos el aliento. Aprovecha algún cambio de narrador para darnos un poco de tregua, pero desengáñense, no es que esté pensando en sus lectores, ni le interesa ni los tiene en cuenta, es que está trabajando (cual los buenas estrategas) en un repliegue para avanzar con más fuerza por otros flancos. Porque lo suyo es una auténtica carnicería: contra la estupidez, contra la ignorancia, y contra la complacencia artística. No conozco otro escritor vivo más salvaje y profundo:

. “El nacimiento y la muerte sólo son dos momentos estremecedores de un continuo despertar”.

. La circunstancia irremediable de que la propia naturaleza había dejado de funcionar correctamente, de que la antigua fraternal alianza entre Cielo y Tierra había concluido para siempre, de que a partir de ese momento había empezado nuestra órbita solitaria en el cosmos, en medio de la basura de nuestras leyes desintegradas, en la que finalmente «quedaremos allí atontados, como corresponde, sin entender nada, y miraremos tiritando cómo la luz se aleja de nosotros>>.

. “Porque quería ver y veía, en efecto, la luminosidad que retornaba a la Tierra, quería percibir y percibía, en efecto, el calor que la inundaba de nuevo, y quería vivir y vivía, en efecto, la profunda emoción que uno siente al comprobar que se ha liberado del peso terrible de la angustia provocada por una oscuridad aterradora, gélida, parecida a una condena».

El estilo y la densidad del húngaro abrumarán. Las indagaciones en los estudios de los sonidos musicales deleitará a unos pocos y dejará sin capacidad de raciocinio a la mayoría; las escenas de violencia astral y humana y la ironía de la decadencia son marca de la casa, un sello propio que se alaga ya décadas de quehaceres creativos, el húngaro escribe así y sobre ese tipo de cosas tan locas y profundas y está en otra categoría superior a la mayoría de escritores vivos y muertos, en el olimpo de los escritores más excelsos de todos los tiempos, y poco a poco su voz se irá imponiendo por aplastamiento.

Leerlo no es solo salir de nuestra zona de confort, es una experiencia estética- filosófica-musical de muy altos vuelos.

Cuando todo esto se pudra, cuando nuestros huesos ni siquiera sean alimento para gusanos y el planeta ni exista ni los hijos de los hijos de nuestros hijos siquiera estén vivos y no sean más que cenizas ahogadas y frías, de eso que antaño fue en sus mejores momentos temblor y vida, seguirán resonando las estruendosas carcajadas de Krasznahorkai por toda la galaxia. Este tipo conoce los secretos más feroces e íntimos del universo. Yo he llegado a esa conclusión tras leerlo con frenesí durante meses y ver en una entrevista sus ojos azules e hipnóticos. Les incluyo una entrevista que solo he podido encontrar en inglés para que aprecien que no estoy exagerando.

En fin, que el escritor del fin del mundo les espera. No será un viaje sencillo, para nada, pero si tienen la paciencia para adentrarse en sus visiones este profeta- demiurgo de las tierras del sureste húngaro limítrofes con Rumania les recompensará con creces. Ni este libro ni el de “Tango Satánico”, ni siquiera algunas escenas-epifanías-orientales de “Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río” son de las que se te olvidan al día siguiente. Se te quedan ahí dentro grabadas a fuego en la memoria lectora. Y eso pese a la alta exigencia que nos propone. Un titán de la literatura.

 Hasta otra.

Hubo un jardín, de Valeria Correa Fiz

  “Hay un hombre que arreglaba jardines, y otro que tiene miedo de sus manos. Todos tienen un nombre, todos tuvieron madre, todos tienen un cuerpo como el mío. A veces alguien llora en mitad de la noche. Dios no se ve por ningún lado”.

Elizabeth Bishop- Cita con la que se abre “El invernadero de Eiffel”, uno de los relatos pertenecientes al libro “Hubo un jardín”.

Hay una constante muy enigmático en “Hubo un jardín”, el nuevo libro de relatos de Valeria Correa Fiz. Como si todos sus personajes compartiesen secretos sepultados por el paso del tiempo o bien no revelados en su momento. Es al momento de recordarlos, con una visión adulta, cuando esos secretos (casi siempre urdidos y espoleados por la pobreza, el deseo, o la violencia) se manifiestan. Y lo que se suele extraer de ellos es que el mundo no perdona nada: la vida es dura y terrible en muchos casos; la violencia se lega de generación en generación, tal si fuese una carrera de relevos de esas que se suceden en el atletismo; y nadie escapa al dolor, porque tal y como se afirma en uno de esos relatos “el pasado no se puede corregir”. Está ahí presente, a la vuelta de la esquina, dispuesto a engullirnos.

La estructura de los relatos descansa sobre esa premisa: la revelación última. De ahí que todos nos trasladen tensión y sean de ese tipo de libros en los que la relectura de cada cuento es casi obligatoria para disfrutarlos más, porque detalles o frases que en un principio no parecían que sirvieran más que para que la historia avanzase luego cobran vital importancia, casi decisiva para esclarecer su enigmas a purgar.

Eso en cuanto a la argamasa en la que se sostienen los relatos. Siete en total, por cierto, como los días que necesitó la creación en la morfología judeo-cristiana. Ya que aquí hay una evocación de un jardín perdido (que no paraíso, puesto que en la mayoría de los casos la pobreza y la violencia imperan a sus anchas); pero sí de la inocencia. Lo que yo creo que Valeria Correa Fiz nos quiere señalar es la pérdida de la inocencia. Sexo, violencia, deseos, culpas incapaces de ser soportadas… De ahí que la mayoría de los relatos sean recreaciones de días y vivencias adolescentes.

No sé si los lectores de esta reseña habrán leído a Felisberto Hernández, el escritor uruguayo, porque a día de hoy es un autor (creo) que injustamente olvidado; claro que yo escribo y pienso desde la visión europea y no sé si en Sudamérica sigue estando vigente. Para Valeria Correa creo que sí, puesto que me parece que ambos escritores comparten visiones narrativas, ya que esa recreación de mundos perdidos y cotidianos de la infancia y la juventud (casi siempre en primera persona) creo que bebe mucho de Felisberto, en lo que no es más que un homenaje literario a un grandísimo escritor que debiera leerse más y mejor. Creo, sinceramente, que el uruguayo es su mayor influencia.

Otra cosa a señalar y que me ha encantado es el extraordinario oído que posee Valeria para los diálogos. Sabe captar muy bien la música y la poesía implícita en las conversaciones humanas, incluso de personas muy marginales, y da gusto encontrarse cualquier conversación en sus relatos porque están llenos de vivacidad. En esto también creo que los escritores sudamericanos están a mil años luz de los españoles. Manejan un castellano más rico, más sonoro; saben oír mejor que nosotros y no tienen miedo al ritmo, como tienen muchos autores/as españoles que dan algo de pena con una prosa sin giros, sin sal, sin luz, sin ondas magnéticas gravitatorias… En mi humilde opinión la literatura española (salvo algunas excepciones) adolece de sentido musical, es demasiado raquítica, y, si se me permite la broma, añadiría que también es artrítica y carente de exploración; los sudamericanos, por el contrario, llevan el ritmo zumbando y latiente por todos sus poros. Supongo que a Valeria le ayuda en ese menester proceder del mundo de la poesía, puesto que antes de escribir relatos escribió poesía, siendo el libro “El invierno a deshoras”, publicado en Hiperión, el que ha tenido mayor reconocimiento. Y los poetas, los buenos poetas, tienen muy desarrollado su sentido del ritmo y de la música. Doy gracias por ello, porque en la prosa también se hace poesía y música, pese a que algunos no quieran reconocerlo, y siempre resulta muy agradecido encontrarlo.

La geografía de este libro de relatos se sitúa en Argentina. Creo que casi todos se suceden entre la provincia de Córdoba y la de Santa Fe, preferentemente la última, salvo un relato que sucede en Madrid y lo protagoniza una enfermera argentina (sin titulación) que pone inyecciones por las cercanías del Parque del Retiro. Desde “la provincia invencible”, Santa Fe, Valeria escribe y disecciona su universo narrativo cual si contemplase el interior de los seres humanos desde lo alto de la Torre de Aqualina; claro que su visión es menos capitalina y más rural, más apegada a la tierra y a la naturaleza, menos al asfalto. Me pregunto cuánto influirán las turbias aguas del Paraná. Es un libro sin oficinas y sin funcionarios pero con el horizonte y los ventanales de las casas abiertos, para que entre el aire y la memoria y la luz; pero esta condición de escritora argentina y no muy urbanita (hasta el último y sorprendente relato sucede en el Parque de España, que si no estoy equivocado y no he leído mal pertenece a Rosario) no creo que sea ningún impedimento para que podamos disfrutar con plenitud de su lectura, puesto que su natural condición es la universalidad; y no solo universal en visión y en el escalpelo narrativo, sino también en sentido corporal y sensorial, como si los cuerpos, aparte de tener memoria implícita, nos definiesen y explicasen tanto o más que nuestro lugar de nacimiento.

La prosa de “Hubo un jardín” se ha esculpido con la mente y con la memoria, por supuesto que sí, pero también con el cuerpo, con los sentidos. Hay algo muy intuitivo en su forma de concebir la literatura, por lo menos en este libro que es el único que hasta el día de hoy yo conozco. Ojalá siga adentrándose en esa fisonomía prosística, no tan explorada por lo común, porque no solo se escribe con la cabeza sino también con el cuerpo, las sensaciones, los olores, el tacto, etcétera. Hay una región de libertad creativa muy poderosa que se puede alcanzar si se sueltan las amarras y nos olvidamos del lugar en el que tenemos situados los pies y la cabeza, más allá de la simple linealidad temporal que Valeria aniquila por su propia voluntad. Aunque se suela pagar un alto precio por ello en la literatura hay que ser valientes, como lo ha intentado ser Valeria Correa en este libro, y “el tiempo y el espacio son unidades de medida a destrozar”.

Diseccionen cualquier párrafo o frase de este libro (hermosamente editado por Páginas de Espuma) y descubrirán que tienen “vida propia”. Pongamos un ejemplo, no tan al azar: “Pensar diferente, lo sé ahora, es una de las formas más profundas de la soledad”. Aparte de ser una afirmación magnífica y muy acertada no hay escritor que no vea potencialmente ahí flotando el germen de otro relato o la sustancia desde la que partir para construir toda una novela.  Los personajes de Valeria observan su propio pasado desde la distancia que les aporta el paso de los años; desde la confirmación que la naturaleza puede ser nido y ataúd; el conocimiento una inmersión por territorios abisales y los jardines humanos torres defensivas que nos construimos para seguir en la brecha.

  Pongo otra: “La luz y la oscuridad, lo comprendo ahora, puede habitar un mismo pliegue”. Para mí esta es la frase más honda de este libro, porque me retrotrae como a la presencia de un conocimiento sufí, místico, profundamente bello y conocedor hasta el tuétano de la amplitud de la vida, de todos sus vericuetos, del paso del tiempo y lo inabarcable del universo. Algo así como un principio de sabiduría ancestral.

Por último una recomendación: si tienen la oportunidad lean este libro en voz alta, sin complejos y entonándolo con tranquilidad. Declamen de viva voz y que los vecinos (si los tienen) murmuren lo que les venga en gana. Disfrutarán mucho más de la experiencia.

Hasta otra.

En el valle del ocaso

Hoy vamos con otra narración de Darío Méndez Salcedo, “En el valle del ocaso”, que acaba de reeditar en digital en la plataforma Lektu, brindándonos así la posibilidad de adquirirlo por el precio que consideremos conveniente.

El libro, relato largo o novela corta según queramos definirlo, trata sobre la búsqueda espiritual de Shan Shui. Y esto es lo primero que me llama la atención, puesto que el nombre del protagonista coincide con un estilo de pintura chino que retrataba montañas, cascadas y entornos naturales. Quizá derive ese estilo de pintura de ese “buscador”; no lo sé, porque soy un gran desconocedor de la cultura china. Mis únicos conocimientos de su cultura derivan de dos tomos de cuentos editados en la editorial Anaya que un familiar tuvo a bien regalarme cuando era pequeño, poco más. Luego he leído más literatura clásica japonesa que china, y en eso tiene gran culpa la <<Genjimanía>> que vivimos hace algunos años, cuando un par de editoriales “entraron en conflicto” al editar en muy poco tiempo diferentes versiones del gran clásico de la literatura japonés del siglo X.

Dicho esto, que tampoco tiene ninguna trascendencia para lo que nos ocupa, vamos a entrar en materia. Lo primero que hay que señalar es que estamos ante una literatura alegórica, de parábolas y búsquedas interiores. “Nosotros, los buscadores, siempre hemos sido mensajeros…”

En su periplo de “búsqueda” Shan Shui se convierte en discípulo de diferentes maestros:el Maestro del Sol; la Maestra de la Luna y el Maestro de los Árboles. El primero le inculca la búsqueda solitaria de la espiritualidad de las montañas y la luz, “la senda del sol es la senda de la potencialidad espiritual; la segunda, le acerca al erotismo, a lo corporal, y a la vida en comunión con otros seres; el Maestro de los Árboles, el menos invasivo, le enseña a mirarse a sí mismo. De los tres saca conclusiones para incrementar su riqueza interior.

Es curioso, mientras lo leía me acordaba de ciertas apreciaciones de la cábala judía y de los sufíes musulmanes; de hecho, sin creer en absolutamente nada, tengo en mi biblioteca tanto la Biblia de Jerusalén, como una edición del Antiguo Testamento en sefardí, como (también) una edición en castellano del Corán. Y de todos se pueden sacar momentos de belleza y plenitud creativas, (también momentos de horror ante su violencia horrible y gratuita), porque esos libros (para mí no son textos sagrados, sino libros de literatura) han formado, para bien o para mal, el alimento espiritual y creativo de occidente; al confrontarlo al de oriente, uno descubre ciertos paralelismos y cierto sincretismo cultural y religioso, pero también diferencias; se me escapa ciertas enseñanzas del Taoísmo, con el que el libro de Darío Méndez está muy asociado, puesto que esa búsqueda de Shan Shui no puede sino definirme como taoísta, una enseñanza práctica y natural “en el camino hacia la sabiduría”. Sin duda más humana y accesible que la de la cábala, puesto que en esta última, por poner un ejemplo, la divinidad está asociada en cálculos y emanaciones, mientras que la oriental fluye a través de la convivencia con los maestros y la búsqueda de la armonía interior. Con la que creo que se establecen (en una primera lectura) mayor grado de paralelismos es con la tradición sufí y con el zoroastrismo de algunos poetas persas, que es un tipo de conocimiento más individual e interior, no exento de cierto grado de fatalidad, y más similar (creo) a las potencialidades creativas que ofrece el taoísmo.

La literatura de Darío Méndez Salcedo siempre está concebida como en capas; bebe y es partícipe de las sustancias y las raíces de la tradición cultural; entronca con los grandes pensadores y filósofos (cómo no pensar en Zaratustra en la primera parte del libro) y es inquieta de geografías y épocas. Utilice la alegoría espiritual, o el realismo más cercano, siempre pretende decir más de lo que cuenta en la superficie, haciendo pensar al lector, sacudirlo, que este se convierta en algo así como un duendecillo revoltoso y se cuestione las cosas.

En un mundo acelerado como el nuestro, en el que todo el mundo aparenta ir a alguna parte, aunque muchos no sean capaces de elevar sus pies ni a dos centímetros del suelo, es necesario este tipo de literatura reflexiva, que nos recuerde que somos seres pensantes y no solo receptores de información; que nos obligue a cuestionar lo que estamos leyendo y a plantear nuestra propia búsqueda interior, al margen de modas y dictados empresariales e ideológicos, puesto que lo convierte al arte en un “oficio divino y peligroso” es que potencia avanzar hacia los límites, incluso traspasarlos, incrementando así la libertad y la sensibilidad.

Leer nos hace pensar y ver mejor. Crecer, en definitiva.

https://lektu.com/l/dario-mendez-salcedo/en-el-valle-del-ocaso/20001

Hasta otra.

La inequívoca fragilidad de los mosquitos

«Quizás ahora que soy la única que tiene la boca vacía debería darles las respuestas que tantas horas llevan buscando. Responder, por ejemplo, a por qué no tengo hambre, a por qué estoy tan irascible, y a un buen puñado más de porqués que nos ahorrarían muchísimos disgustos. Sin embargo, es evidente que algunas noticias no deben darse nunca mientras se tengan objetos peligrosos dentro de la boca y ahora mis queridas amigas disfrutan de fabulosas aceitunas aliñadas que el camarero nos ha traído de aperitivo mientras llega la cena. Quizá durante el postre resulte más sencillo«.

La que nos habla se llama Olivia y tiene un “secreto íntimo” que desvelar a sus amigas Victoria, Gádor, Lucía y Julia. Un secreto que puede provocar un cataclismo. Todas han huido de Madrid en coche y se dirigen a Francia. Son amigas desde la escuela, de muchos años, se conocen y saben de qué pie cojea cada una, y ahora están en la antesala de un momento culminante de la novela, tras parar el coche para comer algo, descansar, dormir y proseguir el viaje.

Olivia posee el don de divertirnos a los lectores y es el surtidor y la conciencia de la que parte la novela. Es afilada, divertida, inteligente, y está (como sus amigas) en ese momento de la vida en la que todavía no es demasiado tarde para reinventarse pero ya se arrastran ciertas heridas del pasado, si bien, Olivia es mucho más compleja y ya se ha dado cuenta de que “las preguntas nos hacen sabios, las respuestas hombres vencidos. Y aun así respondo. Necesito volver a estar intacta, olvidarme de que mi éxito no es más que un acompañante de lujo para ayudarme a disimular que después de la infamia nuestro cuerpo empieza a descomponerse”.

La inequívoca fragilidad de los mosquitos es una novela sobre la amistad, y más concretamente sobre la amistad entre mujeres. Los hombres no participan de ese viaje, aunque sí sobrevuelan como mosquitos punzantes. ¿Quién en su vida, independientemente que sea hombre o mujer, no ha deseado en alguna ocasión levantarse por la mañana, recoger a sus amigos y largarse? Road movie a la madrileña, como reproducir a todo volumen esa canción ochentera y enérgica de Christina Rosenvinge de “Voy en un coche”, si bien esta novela tiene más madurez que esa canción de adolescencia, pero encima (y yo creo que eso es lo que la eleva a otras cúspides) está notablemente escrita, con precisión, y es profunda y camaleónica. Olivia, que es un personaje admirable, lo tiene claro, sus propósitos: “el lenguaje justo y la motricidad adecuada, sin excesos ni alardes, deben ser los auténticos anfitriones en este viaje”. Pues no hay mejor confesión para la prosa de Sonia Fides que esa frase entrecomillada, que ejemplifica muy bien la naturaleza prosística de la que fue su primera novela, y que ahora Tres hermanas reedita acompañándola de un hermoso prólogo escrito por Carmen Posadas.

No es habitual que una primera novela esté tan bien pulida. Por lo general, los escritores que comienzan suelen estar llenos de brillantes ideas pero adolecen de cierta desmesura. Quieren contarlo todo, o contar demasiado, y se pierden un poco. Fides, que ya tenía cierta trayectoria cuando escribió esta novela —concretamente dos libros de poemas con buena acogida y algunos relatos recogidos en antologías— estructura y escribe con solvencia La inequívoca fragilidad de los mosquitos, que podría pasar como una obra de una autora consagrada, porque no es fácil escribir este libro, un libro coral, poliédrico, divertido y profundo en apenas ciento ochenta y pico páginas, que se desarrolla tanto en la cabeza de Olivia como en espacios muy reducidos, con frases magníficas y de calado como “la infancia es una piel muerta que siempre abriga y que nunca acaba de caer”, porque aquí cada personaje (recordemos que son cinco amigas) resulta muy bien definido, tienen sus propias características y poseen su propia respiración, pese a que sea Olivia la que lleve (narrativamente hablando) la voz cantante.

Esa frase de la infancia me retrotrajo a la belleza desoladora de una espléndida canción que he escuchado interpretada tanto por Nina Simone como por Janis Joplin. Aquí dejo la de Nina Simone:

https://www.youtube.com/watch?v=5t5IJAIkuUs
 
Antes escribía que era un libro sobre la amistad. Sí, me reafirmo, es un libro sobre la amistad, sobre la amistad femenina, pero también sobre la libertad. La libertad de sentir y de ser y de hacer lo que venga en gana con tu cuerpo y con tu mente, puesto que son tuyos y de nadie más. Esa libertad, sin la cual la vida se convierte en una sucesión de mecánicas anodinas al servicio de otros intereses, no se puede perder del todo, es necesaria de alentar para que no solo no pierda terreno, sino que avance de una puñetera vez. “Me avergüenza vivir en el siglo XXI y ver cómo las mujeres seguimos quietas en el lugar más incómodo de la edad más antigua de la historia de la civilización”.

  Arranquen prejuicios con La inequívoca fragilidad de los mosquitos, que es un libro alegre y profundo; aprieten el acelerador (pero no demasiado) y vayan desprendiéndose de las incómodas picaduras. El final te deja con el corazón encogido, pero a las buenas obras hay que respetarles que nos hagan reír y llorar al mismo tiempo. Ese es un privilegio que domina el arte y ante el cual solo podemos postrarnos.

La vida es un milagro que no se volverá a repetir y, aquí, como escribió Carmen Martin Gaite (en otro título maravilloso), “Lo raro es vivir”. Trascendamos, pues, lo cotidiano. A pie, en coche, en patinete o como quieran o buenamente puedan. Más que llegar a alguna parte lo importante es estar el camino.

Hasta otra.
 
 

El cielo es azul, la tierra blanca

“Estaba mirando al cielo.

Me había sentado en un gran tronco. Toru, Satoru y el maestro habían desaparecido en el bosque. Desde el lugar donde estaba, el martilleo del pájaro carpintero era casi inaudible. Otros pájaros trinaban en su lugar.

La humedad impregnaba todos los rincones. La tierra no era lo único que estaba empapado: las hojas de los árboles, la maleza, los hongos, los innumerables microbios que habitaban el subsuelo, los insectos que se arrastraban por la superficie, los bichos alados que volaban en el cielo, los pájaros que descansaban en las ramas y los animales más grandes del interior del bosque llenaban el ambiente de vida y rebosante humedad”.

Hoy vengo a intentar taponar un gran vacío que tengo de literatura japonesa contemporánea. No es que crea mucho en corrientes literarias autónomas y que respondan a identidades o países. Estoy de acuerdo en esa frase espléndida de Oscar Wilde en que Japón es una gran ficción (como son ficciones todos los países e identidades a mi entender; pero es cierto que Japón, por su aislamiento y su singularidad, ofrece también una cultura muy particular y distinta. Ahora yo ya no sé si eso es extrapolable a la literatura japonesa actual, si tiene algo por la que la podríamos considerar “diferente”.

Entre todo el abanico de autores que podía haber elegido para comenzar a rellenar ese socavón elegí a esta autora. Y la elegí porque vi un libro suyo y sentí un magnetismo de belleza y musicalidad al leer su título: “El cielo es azul, la tierra blanca”, con el subtítulo más genérico y común de “Una historia de amor”. Qué bonito el primero; qué innecesario incluir el segundo.

Pues quizá el título sea lo mejor de la obra.

Luego están los comentarios promocionales que vienen en algunos libros: “La mejor novela de amor de los últimos años”; “extraordinaria”; “lo más bello que he leído en mi vida”. A mí estas exageraciones suelen provocarme todo lo contrario de lo que se busca; pero digamos que en esta ocasión con el título ya me tenían de antemano convencido.

Vamos con la obra en sí: me ha parecido muy simple y trivial, sobre todo en las primeras páginas. Luego ha ido mejorando a lo largo de la lectura y ha acabado interesándome. La protagonista es una tal Tsukiko Omachi que se encuentra con su profesor, un tal Marutsuma Matsumoto, treinta años mayor que ella, al que todo el tiempo llama “maestro”, y se establece una relación afectiva-tabernera-culinaria entre ellos. Digo una relación afectiva-tabernera-culinaria porque esa es la base, y casi siempre sus reuniones se suceden con platos de comida y botellas de sake por en medio. Alguna excursión para buscar setas y algún viaje de desconexión a una isla.

Aquí no hay pasión desbordante ni se desatan situaciones tórridas; tampoco hay seducción por inteligencia, las conversaciones que mantienen son de una simpleza que aburre, tanto que llegué a pensar, mientras lo leía, que en cualquier romance de adolescentes hay más interés y profundidad. No hay crítica social alguna. Se aceptan sin rechistar los roles, pese a que todos los personajes estén absolutamente carcomidos por la soledad y sus vidas sean un naufragio.

Sin embargo, a medida que sigues leyendo te va atrapando. Al fin y al cabo es la vida, con toda su complejidad y narrada con muchísima naturalidad. El clímax creo que sucede en esa isla a la que van en plan de desconexión y en la que acontece una escena de cortejo absolutamente memorable, muy tierna y hermosa, de una espontaneidad sublime. Esas diez o doce páginas son magníficas.

También hay que destacar la sutileza de la prosa de esta escritora. No cuenta mucho, evoca. Crea las condiciones para que el lector atento rellene las situaciones y tiene una leve musicalidad poética. No te cuenta casi nada de los personajes, los vas conociendo a medida que la historia va avanzando. Y eso sí me ha gustado, demuestra oficio e inteligencia. A mí el escritor que me lo quiere contar todo (salvo que sea tan loco como Proust o Víctor Hugo) me hace huir escaleras abajo a toda prisa.

El título —que como escribía me parece muy bello— viene de una estrofa de una “canción para ir a esquiar”, cosa que me ha parecido curiosa, pues igual en el folclore nipón tienen preparadas canciones para cada situación de la vida. Todo demasiado encorsetado, ¿no?

En fin, que ni la sutileza ni la musicalidad ni la naturalidad de su prosa me hace recomendarla muy encarecidamente. Se deja leer y tiene momentos muy notables. Con toda la buena literatura que hay entre Homero y nuestros días recomendar este libro puede ser parecido a inducir a cometer un crimen; pero no del todo, pues, (evidentemente eso que escribo es una broma), la sutileza creadora es una forma de inteligencia, una de las expresiones más puras de la belleza. Y ante la belleza creativa uno solo puede aplaudir.

Lo indudable es que Hiromi Kawakami ofrece algo distinto, de una gran singularidad.

Si bien esta autora comenzó a editarse en Acantilado es la editorial Alfaguara la que, a día de hoy, tiene sus obras en castellano. Casi al acabar la lectura me enteré que en realidad la obra se iba a llamar (o debería llamarse con una traducción fiel) “El maletín del profesor”, tal y como el último capítulo del libro, y que se cambió para la primera edición en castellano. Pues mira, mejor el título actual que «el real», mucho más bonito y evocador. No siempre el marketing se equivoca.

Hasta otra.

Cegados por la luz: “El ala izquierda”

Cegador I

En la cabina revestida de nogal, entre unas ventanas de cristal que arrojaban a su alrededor unos prismas irisados, había, sentada en un taburete, una rubicunda mujer desnuda, cegadora en la madurez lechosa de su piel, que sostenía en brazos, como su fuera un cisne, e igualmente pesada, una inmensa mariposa de cuerpo grueso y peludo, con seis patitas nerviosas que terminaban en unas garras clavadas en el pecho y en el vientre de la mujer; tenía una cabeza redonda y unos ojos enigmáticos y una trompa retorcida como el muelle de un reloj”.

Me ha resultado extraordinaria y tediosa a partes iguales. Es mucho más densa que “Solenoide”, que yo creo que es más atractiva de leer y más disfrutable. También es verdad que estamos ante el primer tomo de una trilogía, y que no debería ser tan tajante antes de leer los otros dos tomos (esperemos que el tercero se edite en castellano este año); pero en líneas generales es el libro que menos me ha gustado del escritor rumano.

Lo he leído dos veces: una primera lectura el año pasado, de la que no entendí demasiado; y otra ahora, de la que tampoco he entendido demasiado; si bien es verdad que leer en un hospital no ayuda mucho a concentrarse.

Sí, soy consciente de que el escritor está ante su “Trabajo de amor perdidos”, por poner un símil shakesperiano; de que intenta abolir las leyes del espacio- tiempo, algo así como Carlos Fuentes consiguió en “Terra Nostra”; de que la literatura de este extraño y dotado escritor siempre está indagando en las preguntas: “quién soy- qué soy”; que el libro nace de lo materno y es una especie de rapsoda que mezcla universos visionarios con su ya famosa obsesión por los insectos (en este caso, mariposas); que su obra nace e indaga entre “lo angelical y lo demoniaco”, “lo masculino y lo femenino”, “el cosmos arrollador y la joya ensangrentada donde habitamos”; que hay casi un exploración de la mente creativa como pocas veces uno puede encontrarse en literatura; pero a pesar de todas esas “caravanas espirituales” el libro no ha conseguido gustarme tanto como el volumen de relatos “Nostalgia”, o la gigantesca y solemne “Solenoide”. Sí, tiene momentos de gran belleza; otros muy desconcertantes y tediosos; no dejan de ser esplendorosas esas páginas de una Bucarest fantasmal y kafkiana que el autor desde su atalaya visionaria contempla, concretamente desde su ventana; pero a pesar de todas sus virtudes no ha logrado convencerme como otros libros suyos.

Quizá ya he perdido la capacidad para sobrecogerme. Si yo fuese un adolescente no sé cómo me hubiera sentido leyendo a Cărtărescu. No lo sé. Lo que estoy seguro es que me hubiese deleitado con su capacidad visionaria y hubiera apreciado una mariposa entre las manos de una mujer cuando el autor dice que “hay una mariposa entre las manos de una mujer”. El resto son las barreras que nuestras mentes lectoras imponen.

El problema no está en el escritor. Como el problema no lo está en el último Thomas Mann o no lo está en Goethe en su segunda parte del “Fausto”. El problema está en nuestra incapacidad para dejarnos arrastrar a un universo literario sin dejar de utilizar nuestras mentes. Lo ideal sería desprenderse de nuestro intelecto (o de todas las ataduras, que resulta casi lo mismo) para gozar y penetrar en lo más hondo.

Por eso de niño yo hubiera disfrutado de este autor mucho más. Aunque tampoco lo hubiera comprendido. Para nada. Pero la literatura no hay que comprenderla; eso es una insensatez derivada de los manuales para crear idiotas que hoy se destilan tanto. Con que un poco de la magia cognitiva y estética del arte nos atrape ya es suficiente. Fascinación, eso es lo que necesitamos.

Me pregunto qué demonios puede escribir un autor después de esto. ¿Convertirse en un funcionario de la literatura? Con el rumano lo dudo: tiene un mundo muy rico y propio para desperdiciarlo en naderías narrativas. Su compromiso con la literatura parece muy sólido. Ya solo le queda escribirnos “su poema en prosa ilimitado”, su Hamlet narrativo, porque cuando el rumano habla de la muerte y de la vacuidad de la vida una luz prodigiosa se enciende en su literatura. Una luz que presagia gigantescas y peligrosas llamaradas, de esas por las que la creatividad lleva en combustión desde el principio de los tiempos.

Prometeo nos legó el fuego. De vez en cuando es bueno recordarlo.

Hasta otra.

Volviendo a mis libros preferidos

Si alguna vez me toca sufrir la tortura —y sin duda la enfermedad se encargará de someterme a ella—, no estoy seguro de conservar mucho tiempo la impasibilidad de un Trasea, pero al menos me quedará el recurso de resignarme a mis gritos. Y en esta forma, con una mezcla de reserva y audacia, de sometimiento y rebelión cuidadosamente concertados, de exigencia extrema y prudentes concesiones, he llegado finalmente a aceptarme a mí mismo.

Conozco bien este libro. Lo llevo leyendo y releyendo toda mi vida. A veces pasan un par de años sin que lo vuelva a coger; a veces en un mismo año lo releo un par de veces; o me da por releer un pasaje en un momento determinado y lo vuelvo a colocar en la estantería. Junto a “Drácula”, “Las aventuras de Huckleberry Finn” y “Corrección” creo que es uno de los libros que más veces he releído en mi vida.

He tenido numerosas ediciones de esta obra. Siempre las estoy renovando, puesto que muchas veces lo regalo, salvo la primera que adquirí, que esa la intento preservar a sangre y fuego. No tengo ningún problema en desprenderme de los libros. El que sabe que todo es perecedero no teme desprenderse de nada. Todo pesa. Los libros, también. Por más que yo los considere un tesoro, en el sentido más profundo de la palabra “tesoro”, los libros también deben viajar, puesto que los escribieron mujeres y hombres con pies para personas con pies y con sentidos, como Marguerite Yourcenar, la primera escritora en acceder a la Academia francesa, y una mujer apasionada de la historia y de las personas libres; además, siempre pienso que los libros (una vez leídos y releídos) habitan en mí, y siempre tengo la esperanza de que puedan habitar en otros individuos de parecida o igual manera, ya sea alumbrándolos o desquebrajándolos, dependiendo del caso.

Marguerite tardó media vida o más en escribir este libro. Tuvo que perseguir las escasas huellas de este emperador tan esquivo y hermético; visitó museos, estatuas, villas abandonadas; interrogó fantasmas, propios y ajenos; leyó numerosos libros de historia y de literatura romana; navegó por los mares griegos; trató de situarse en la época que “reinó” Adriano: del 117 al 138 después de Cristo, y lo hizo de una manera tan cierta que no solo entró en la fisonomía de la época, sino que se adentró en el espíritu de uno de sus mayores individuos: Adriano, de la familia de los Antoninos, y nacido en Hispania. Un emperador que, contrariamente a lo que pudiese pensarse, no fue muy querido en Roma, quizá por su propia forma de ser esquiva; quizá por sus encontronazos con el Senado; quizá porque siempre estaba viajando y podía considerarse más “un helenista” que un romano; quizá porque nunca se sabía cómo iba a reaccionar y despreciaba a los aduladores.

El libro en sí se publicó en 1951, pero ya, previamente, había salido por entregas. Tuvo un éxito inmediato. Podemos decir aquí, sin temor a equivocarnos, que este libro es quizá uno de los pocos en los que crítica y público suelen coincidir en su valía; si bien, es un libro que no gustará a todo el mundo, puesto que es bastante reflexivo y apenas si tiene algunas pinceladas de acción, embadurnadas como hechos históricos, la mayoría de ellos auténticos y otros inventados. No responde a la novela prototípica que nos suelen vender de género, y que dicho sea de paso en la mayoría de los casos suele ser bastante pésima.

Adriano, a partir de la pluma de Marguerite Yourcenar, se nos ofrece en la última etapa de su vida, con sus experiencias del mundo y sus visiones sobre temas muy diversos: el amor, la belleza, la envidia, la caza, la lealtad, la burocracia romana…, la fundación de ciudades, las campañas militares, los astros…; en definitiva un compendio de reflexiones sobre la vida, los seres humanos y la naturaleza del poder. Asuntos que en la mayoría de las ocasiones todos (independientemente de la época en que nos toque nacer) conocemos bien por nuestra propia condición de seres vivos; pero por encima de todos se eleva el más importante: la aceptación del propio fin de la vida, la suya. Tal y como dice en un pasaje esclarecedor: “empiezo a percibir el perfil de mi muerte”. O “he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada”. Todo el libro va dirigido en ese sentido, hacia ese final predecible que se nos ofrece con toda su crudeza desde la primera página. Adriano, enfermo y anciano, sabe que le queda poco tiempo y pretende examinarse y ofrecerle a su joven pupilo una imagen cercana a los resortes del poder y a los problemas del imperio, que son muchos, tanto en el plano financiero como en las numerosas campañas militares que desangran las arcas de Roma. Es un imperio gigante con pies de barro, y Adriano lo sabe.

Pero el meollo del libro va más allá, puesto que al emperador no le importa desnudarse emocionalmente para contar los asuntos más escabrosos de su reinado: su relación con su antecesor, Trajano; las maquinaciones que Plotina, esposa de Trajano, realizó para que Adriano llegase al poder; su rivalidad con el general de caballería numantina Lusio Quieto, “todo en ese individuo me era detestable”, y que fue ejecutado por los allegados de Adriano; sus viajes y preferencia por Grecia, así como su desdén por Roma; su guerra en Judea, que fue una auténtica carnicería; sus amores con Antínoo, algo de su extraña muerte en el Nilo y los homenajes públicos y sentidos que le ofreció tras su temprana muerte, y que sirvieron de mofa durante su reinado. La personalidad de Antínoo, envuelta todavía hoy en la leyenda, ha sobrevivido el paso del tiempo gracias a que se convirtió en un icono de la belleza juvenil del arte. Antinoópolis, la ciudad que le dedicó Adriano en el Alto Egipto, llegó a sobrevivir hasta el siglo X. 

  A mi parecer las páginas más hermosas son esas que dedica al sepelio de su amado Antínoo, llenas de un lirismo profundo. Pero todo el libro es un poco así: lleno de cántaros que rebosan inteligencia y humanismo. Lo que de verdad asombra es que autora y personaje parecen un mismo ser indisoluble, y uno no sabe muy bien distinguir dónde empieza de verdad Marguerite Yourcenar o dónde lo hace Adriano. El grado de introspección es tal que las barreras de los siglos han quedado disueltas.

Estructuralmente es muy sencillo: las misivas que Adriano manda a Marco Aurelio, que es un adolescente en ese momento. El sucesor de Adriano será Antonio Pio, otro “adoptado” de Adriano. Marco Aurelio tendrá que crecer y madurar para ser después el sucesor de Antonio Pio, tal y como sucedió y como dejó Adriano ordenado y escrito en su testamento. Al parecer, Adriano quedó entusiasmado con ese joven Marco Aurelio que leía tanto, se expresaba con gran inteligencia y conocía al dedillo la retórica griega y latina. Si bien, hay un momento determinado (no recuerdo ahora en qué segmento narrativo) en que le reprocha que acuda a los espectáculos del Coliseo con sus libros (supongo que entonces Marco Aurelio leía en tablillas o en papiros), sin dejarlos en casa, puesto que a Adriano eso le parecía un desprecio hacia las masas. En cierta medida (aunque todos los reproches van entre líneas) lo está asesorando como futuro emperador. Y justo es decirlo que, a través de la pluma de Yourcenar, los reproches mayores los dedica Adriano al propio Adriano.

La traducción al castellano la realizó Julio Cortázar en 1982, y desde entonces el libro se reedita con mucha frecuencia. Suele venir acompañado de un cuaderno de notas de la propia escritora, en la que cuenta todas las vicisitudes que padeció para escribir esta grandísima obra, de una belleza honda indiscutible.

La misma Marguerite cita esta frase de Flaubert: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en el que solo estuvo el hombre” Y añade la propia escritora: “Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo”.

En fin, que yo andaba leyendo una obra inclasificable de un escritor húngaro con el que estoy entusiasmado: Lászlo Krasznahorkai, concretamente “Melancolía de la resistencia”; pero el grado de exigencia y atención que exige esa obra rebosa ahora mismo mis capacidades y mi tiempo libre, así que elegí releer “Memorias de Adriano” una vez más.

Algún día hablaré de cómo un lectura lleva a otra y de los peregrinas que pueden ser las razones para leer un determinado libro en un momento concreto; muchas veces los libros actúan en nosotros según lo que nosotros podamos ofrecer.

Por eso es bueno tener cerca “ a los libros de nuestra vida”, para que puedan acudir en nuestro auxilio. Porque lo importante es no perder el hábito de leer. Ya recobraremos el tiempo para seguir leyendo la inmensa lista de libros pendientes que nos aguardan.

Hasta otra.

«Moronga», de Horacio Castellanos Moya

Juan Domingo Urruti, de 61 años de edad, salvadoreño, alias “el ingeniero”, portaba una licencia de conducir falsa del estado de Texas. Su verdadera identidad y su domicilio han sido imposibles de confirmar. Recibió dos impactos de bala. Su cadáver quedó tendido en el estacionamiento.

La primera vez que me acerqué a la obra de Horacio Castellanos Moya fue por culpa de dos pasiones reincidentes y siempre presentes en mi vida: Roberto Bolaño y Thomas Bernhard. El primero porque directamente lo elogiaba en una reseña suya (que hoy todavía puede encontrarse editaba en “A la intemperie”); la segunda porque el escritor austríaco había llamado a las puertas del estilo del salvadoreño y este había recogido el guante en una obra desternillante e imitadora que se llama “El asco. Thomas Bernhard en San Salvador”, un libro con el que yo me reí y disfruté mucho, muchísimo; pero que a la gente de San Salvador no les hizo tanta gracia, puesto que lo amenazaron de muerte, teniendo por ello que exiliarse en México, España, Alemania, Japón y Estados Unidos. Y no sé si algún país más. Es posible, puesto que gran parte de la vida de este escritor parece un exilio continuo por tener el valor de escribir y publicar lo que le viene en gana.

Luego fui leyendo cada par de años (más o menos) algún libro suyo: “Baile de serpientes”, “Con la congoja de la pasada tormenta”, un libro recopilatorio de relatos, y “Envejece un perro tras los cristales”, quizá el más raro de todos (por lo menos a mí me lo parece, puesto que reúne dos cuadernos de apuntes escritos en sitios muy dispares: uno en Japón y el otro en Estados Unidos; y en el que creo que a veces el escritor hace un muy cruel ajuste de cuentas consigo mismo). Algunos me gustaron menos que otros, pero todos merecen la pena. La calidad de Horacio Castellanos Moya no es discutible.

Tiene editados muchos más; pero de momento solo he leído esos.

Moronga” ha sido el último. Y sobre este último tengo “emociones encontradas”.

Desde la inclusión sexual del título la obra se divide en tres partes narrativas, que son todas, cada una a su manera, auténticos ejercicios de estilo: la primera más lacónica, sobria y narrativa; la segunda más intensa y de intenso ritmo bernhardiano; la tercera es un auténtico informe policial, con croquis incluidos. El leitmotiv es el de casi siempre: la violencia estructural del continente americano. Si bien, aquí parece que hay como una carrera de relevos en la violencia, puesto que algunos personajes que derivan de las luchas guerrilleras se reconvierten a la delincuencia de los narcos y las maras; al parecer derivar de una a otra solo es cuestión de edad y de geografía, puro azar.

A pesar de ese alarde de estilos que hace Castellanos Moya, de lo bien estructurada que está la novela, cuyos flecos van encajándose poco a poco en ese informe policial que al final todo lo aclara, no he logrado conectar con el libro en casi ningún momento. Al principio pensé que estaba leyendo la crónica de un inmigrante sudamericano en USA; luego una novela de intrigas; luego la crónica de una violencia estructural, sexual y machista; luego un informe policial; y es verdad que todo el libro tiene un poco de cada uno de esos temas que he mencionado (y de algunos más); pero puede que en el intento de abarcar tanto el libro se malogre y que solo se sostenga por la capacidad versátil del autor.

La verdad es que no lo sé. He leído algunas reseñas muy elogiosas de este libro, que difieren totalmente de la mía y con las que no coincido para nada. Y eso es bueno: las opiniones literarias solo nacen desde la subjetividad más personal, y es bueno disentir y no coincidir siempre, porque así como cada escritor es un universo cada lector también lo es, y las razones por las que un libro nos gusta (o no) también son, a veces, muy peregrinas. Mi opinión es que a “Moronga” le falta alma.

Háganse su propia opinión de este libro leyéndolo y luego me cuentan.

Hasta otra.

La forastera, de Olga Merino

“Sus tierras sí las piso cada día, cuando subo al cerro, cuando bajo al pueblo, cuando me agacho a recogerles las aceitunas caídas sobre la escarcha, brillantes como cuentas de azabache”.

Recuerdo que hace unos años leí un libro singular y muy desconocido en Europa, “La sierra y el viento”, de Gerardo Cornejo, escritor sonorense nacido en Tarachi, un escritor distinto que junto a Daniel Sada y a la enigmática Renée Sanjool contribuyeron a renovar “la prosística de frontera mexicana”; por lo menos la literatura “de frontera” a la que yo he podido acceder en mis pesquisas.

 Lo escribo porque, a pesar de ser andaluz, tengo una (casi) obsesiva querencia por literaturas que ahondan en sierras y geografías muy lejanas, muy extrañas, al ritmo actual de nuestro mundo, cada vez menos apegada a la tierra y al ritmo natural de las estaciones, y esa fue una de las principales razones de que me acercara a La forastera, de Olga Merino, porque aunque ella se centre en una aldea del sur de España, al fin y al cabo todas las serranías del mundo se parecen.

Es verdad que Olga tiene ya una carrera literaria consolidada a sus espaldas; pero también es verdad que yo hasta estos días no había leído ninguno de sus libros.

Había escuchado que este de “La forastera” era un libro que trataba sobre el tema del suicidio, una especie de «novela del oeste del sur». Es verdad que algo de eso hay, los suicidios se van trasmitiendo de generación a generación cual un virus; y aunque es verdad que el suicidio de Don Julián, dueño y señor de Las Breñas, es importante y transforma el precario equilibrio en la aldea, creo que este obra es más una indagación sobre la marginalidad que otra cosa y, más concretamente, sobre la marginalidad femenina.

Tenemos un personaje tremendo, Angie, que vive y sobrevive en un profundo desarraigo interior y exterior; en una errada y opresiva población de sierra en el que el pasado, los odios y rencores, sigue estando muy presentes, se palpan. Ella vive sola, con sus perros y sus escasos contactos con el mundo exterior, ya sea con unos pocos personajes vivos e igual de inadaptados, que son vecinos o partícipes de sus propios fantasmas interiores; y allí sigue, Angie, con su propia memoria errante y europea, londinense, los recuerdos de un lejano amor con un pintor inglés en la convulsa Inglaterra de la época de Thatcher; los recuerdos de sus familiares en la aldea y los recuerdos de su propia vida; en una simbiosis magníficamente construida y de muy alta literatura, en la que podemos pasar con absoluta naturalidad entre un párrafo y otro por diferentes variaciones entre el pasado y presente, que se amalgaman formando un solo bloque monolítico, en lo que me ha parecido la autopista imaginativa de una escritora que maneja con soltura todos los resortes narrativos.

No estamos ante un libro más con buenas intenciones y destellos de calidad, no, esto es mucho más. Estamos ante una obra que superará la inmediatez de las novedades editoriales (ya han pasado dos años desde que se editó) y creo que se mantendrá durante muchos años más en la memoria de los lectores; escrita con la desesperación y la lucidez que se escribe la gran literatura: con la naturalidad de una herida que sangra a borbotones y es roja y duele y huele y es hiriente y toma su propia senda; en definitiva, un libro que posee la autenticidad que nace de lo profundo, del dolor, y que como esas canciones de la sierra y el viento que yo mencionaba al principio transportan arañazos en su ulular.

 Una voz propia que habla con los ecos de poesía de la tierra y la marginalidad. Una voz, la de Angie, llena de vida y valentía que se rebela ante la muerte, “la muerte merodea por aquí desde siempre”; “estoy rodeada de muerte. Me aterra que me trague el desagüe”; y que resulta mucho más humana de lo que aparenta en un principio, pues siente y respira desde la sensibilidad, porque ser sensible y mujer, en un entorno cerrado y sin esperanza, conlleva que le desprecien y que le tomen por loca.

 Es un legado emocional y vital que se remonta a la historia de su propia familia, “los Marotos llevan los naipes y el vino en la sangre”. Ya que esas “viejas historias que, a fuerza de lijarlas en la repetición, de añadir un detalle, un ángulo nuevo, han ido puliéndose en el tiempo como cantos rodados hasta convertirse en leyenda”. Angie vive el desencuentro con la realidad, con su realidad; pero a su vez: vive el desencuentro de todos los que les precedieron en la familia, de todas las muertes, de la pobreza, de las adicciones, la inmigración y la inadaptación. El peso que arrastra es descomunal, capaz de quebrar a cualquiera; pero Angie tiene una fortaleza descomunal y la rabia le alimenta.

Parece que el viento por fin ha amainado, y ahora las hojas del emparrado suenan en la brisa como arenilla dentro de una lata”.

Me hubiera gustado que la autora ahondará todavía más en la poesía del dolor. Este libro tiene momentos de una belleza en el lenguaje que me han parecido arrebatadores; casi hubiese deseado que todo el libro fuera así, olvidando que de estar escrito así posiblemente el libro no funcionaría en su conjunto, casi con total seguridad, y que es justo por la mesura de las fuerzas telúricas que la escritora domina y hace aflorar por acá y por allá lo que aporta riqueza y amplitud a la totalidad. La autora maneja la orquesta literaria a su total y libre antojo, hace sonar la música más honda cuando le viene en gana, como debe ser, y a los sorprendidos lectores solo nos queda escuchar esa música nacida de las entrañas de Angie, que tiene resonancias de verdadera épica; potenciar nuestros sentidos receptores para escucharla con mayor nitidez; sonreír por el gozo de encontrar a un personaje con tanto valor que no se arredrará; y aplaudir levantados y solemnes y en pie y con las dos manos al final de la función.

Es la primera obra que leo de esta escritora y no será la última.

Os dejo con los inmortales The Kinks, que forman parte de la banda sonora de este libro. Hasta otra.