Cegados por la luz: “El ala izquierda”

Cegador I

En la cabina revestida de nogal, entre unas ventanas de cristal que arrojaban a su alrededor unos prismas irisados, había, sentada en un taburete, una rubicunda mujer desnuda, cegadora en la madurez lechosa de su piel, que sostenía en brazos, como su fuera un cisne, e igualmente pesada, una inmensa mariposa de cuerpo grueso y peludo, con seis patitas nerviosas que terminaban en unas garras clavadas en el pecho y en el vientre de la mujer; tenía una cabeza redonda y unos ojos enigmáticos y una trompa retorcida como el muelle de un reloj”.

Me ha resultado extraordinaria y tediosa a partes iguales. Es mucho más densa que “Solenoide”, que yo creo que es más atractiva de leer y más disfrutable. También es verdad que estamos ante el primer tomo de una trilogía, y que no debería ser tan tajante antes de leer los otros dos tomos (esperemos que el tercero se edite en castellano este año); pero en líneas generales es el libro que menos me ha gustado del escritor rumano.

Lo he leído dos veces: una primera lectura el año pasado, de la que no entendí demasiado; y otra ahora, de la que tampoco he entendido demasiado; si bien es verdad que leer en un hospital no ayuda mucho a concentrarse.

Sí, soy consciente de que el escritor está ante su “Trabajo de amor perdidos”, por poner un símil shakesperiano; de que intenta abolir las leyes del espacio- tiempo, algo así como Carlos Fuentes consiguió en “Terra Nostra”; de que la literatura de este extraño y dotado escritor siempre está indagando en las preguntas: “quién soy- qué soy”; que el libro nace de lo materno y es una especie de rapsoda que mezcla universos visionarios con su ya famosa obsesión por los insectos (en este caso, mariposas); que su obra nace e indaga entre “lo angelical y lo demoniaco”, “lo masculino y lo femenino”, “el cosmos arrollador y la joya ensangrentada donde habitamos”; que hay casi un exploración de la mente creativa como pocas veces uno puede encontrarse en literatura; pero a pesar de todas esas “caravanas espirituales” el libro no ha conseguido gustarme tanto como el volumen de relatos “Nostalgia”, o la gigantesca y solemne “Solenoide”. Sí, tiene momentos de gran belleza; otros muy desconcertantes y tediosos; no dejan de ser esplendorosas esas páginas de una Bucarest fantasmal y kafkiana que el autor desde su atalaya visionaria contempla, concretamente desde su ventana; pero a pesar de todas sus virtudes no ha logrado convencerme como otros libros suyos.

Quizá ya he perdido la capacidad para sobrecogerme. Si yo fuese un adolescente no sé cómo me hubiera sentido leyendo a Cărtărescu. No lo sé. Lo que estoy seguro es que me hubiese deleitado con su capacidad visionaria y hubiera apreciado una mariposa entre las manos de una mujer cuando el autor dice que “hay una mariposa entre las manos de una mujer”. El resto son las barreras que nuestras mentes lectoras imponen.

El problema no está en el escritor. Como el problema no lo está en el último Thomas Mann o no lo está en Goethe en su segunda parte del “Fausto”. El problema está en nuestra incapacidad para dejarnos arrastrar a un universo literario sin dejar de utilizar nuestras mentes. Lo ideal sería desprenderse de nuestro intelecto (o de todas las ataduras, que resulta casi lo mismo) para gozar y penetrar en lo más hondo.

Por eso de niño yo hubiera disfrutado de este autor mucho más. Aunque tampoco lo hubiera comprendido. Para nada. Pero la literatura no hay que comprenderla; eso es una insensatez derivada de los manuales para crear idiotas que hoy se destilan tanto. Con que un poco de la magia cognitiva y estética del arte nos atrape ya es suficiente. Fascinación, eso es lo que necesitamos.

Me pregunto qué demonios puede escribir un autor después de esto. ¿Convertirse en un funcionario de la literatura? Con el rumano lo dudo: tiene un mundo muy rico y propio para desperdiciarlo en naderías narrativas. Su compromiso con la literatura parece muy sólido. Ya solo le queda escribirnos “su poema en prosa ilimitado”, su Hamlet narrativo, porque cuando el rumano habla de la muerte y de la vacuidad de la vida una luz prodigiosa se enciende en su literatura. Una luz que presagia gigantescas y peligrosas llamaradas, de esas por las que la creatividad lleva en combustión desde el principio de los tiempos.

Prometeo nos legó el fuego. De vez en cuando es bueno recordarlo.

Hasta otra.

Volviendo a mis libros preferidos

Si alguna vez me toca sufrir la tortura —y sin duda la enfermedad se encargará de someterme a ella—, no estoy seguro de conservar mucho tiempo la impasibilidad de un Trasea, pero al menos me quedará el recurso de resignarme a mis gritos. Y en esta forma, con una mezcla de reserva y audacia, de sometimiento y rebelión cuidadosamente concertados, de exigencia extrema y prudentes concesiones, he llegado finalmente a aceptarme a mí mismo.

Conozco bien este libro. Lo llevo leyendo y releyendo toda mi vida. A veces pasan un par de años sin que lo vuelva a coger; a veces en un mismo año lo releo un par de veces; o me da por releer un pasaje en un momento determinado y lo vuelvo a colocar en la estantería. Junto a “Drácula”, “Las aventuras de Huckleberry Finn” y “Corrección” creo que es uno de los libros que más veces he releído en mi vida.

He tenido numerosas ediciones de esta obra. Siempre las estoy renovando, puesto que muchas veces lo regalo, salvo la primera que adquirí, que esa la intento preservar a sangre y fuego. No tengo ningún problema en desprenderme de los libros. El que sabe que todo es perecedero no teme desprenderse de nada. Todo pesa. Los libros, también. Por más que yo los considere un tesoro, en el sentido más profundo de la palabra “tesoro”, los libros también deben viajar, puesto que los escribieron mujeres y hombres con pies para personas con pies y con sentidos, como Marguerite Yourcenar, la primera escritora en acceder a la Academia francesa, y una mujer apasionada de la historia y de las personas libres; además, siempre pienso que los libros (una vez leídos y releídos) habitan en mí, y siempre tengo la esperanza de que puedan habitar en otros individuos de parecida o igual manera, ya sea alumbrándolos o desquebrajándolos, dependiendo del caso.

Marguerite tardó media vida o más en escribir este libro. Tuvo que perseguir las escasas huellas de este emperador tan esquivo y hermético; visitó museos, estatuas, villas abandonadas; interrogó fantasmas, propios y ajenos; leyó numerosos libros de historia y de literatura romana; navegó por los mares griegos; trató de situarse en la época que “reinó” Adriano: del 117 al 138 después de Cristo, y lo hizo de una manera tan cierta que no solo entró en la fisonomía de la época, sino que se adentró en el espíritu de uno de sus mayores individuos: Adriano, de la familia de los Antoninos, y nacido en Hispania. Un emperador que, contrariamente a lo que pudiese pensarse, no fue muy querido en Roma, quizá por su propia forma de ser esquiva; quizá por sus encontronazos con el Senado; quizá porque siempre estaba viajando y podía considerarse más “un helenista” que un romano; quizá porque nunca se sabía cómo iba a reaccionar y despreciaba a los aduladores.

El libro en sí se publicó en 1951, pero ya, previamente, había salido por entregas. Tuvo un éxito inmediato. Podemos decir aquí, sin temor a equivocarnos, que este libro es quizá uno de los pocos en los que crítica y público suelen coincidir en su valía; si bien, es un libro que no gustará a todo el mundo, puesto que es bastante reflexivo y apenas si tiene algunas pinceladas de acción, embadurnadas como hechos históricos, la mayoría de ellos auténticos y otros inventados. No responde a la novela prototípica que nos suelen vender de género, y que dicho sea de paso en la mayoría de los casos suele ser bastante pésima.

Adriano, a partir de la pluma de Marguerite Yourcenar, se nos ofrece en la última etapa de su vida, con sus experiencias del mundo y sus visiones sobre temas muy diversos: el amor, la belleza, la envidia, la caza, la lealtad, la burocracia romana…, la fundación de ciudades, las campañas militares, los astros…; en definitiva un compendio de reflexiones sobre la vida, los seres humanos y la naturaleza del poder. Asuntos que en la mayoría de las ocasiones todos (independientemente de la época en que nos toque nacer) conocemos bien por nuestra propia condición de seres vivos; pero por encima de todos se eleva el más importante: la aceptación del propio fin de la vida, la suya. Tal y como dice en un pasaje esclarecedor: “empiezo a percibir el perfil de mi muerte”. O “he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada”. Todo el libro va dirigido en ese sentido, hacia ese final predecible que se nos ofrece con toda su crudeza desde la primera página. Adriano, enfermo y anciano, sabe que le queda poco tiempo y pretende examinarse y ofrecerle a su joven pupilo una imagen cercana a los resortes del poder y a los problemas del imperio, que son muchos, tanto en el plano financiero como en las numerosas campañas militares que desangran las arcas de Roma. Es un imperio gigante con pies de barro, y Adriano lo sabe.

Pero el meollo del libro va más allá, puesto que al emperador no le importa desnudarse emocionalmente para contar los asuntos más escabrosos de su reinado: su relación con su antecesor, Trajano; las maquinaciones que Plotina, esposa de Trajano, realizó para que Adriano llegase al poder; su rivalidad con el general de caballería numantina Lusio Quieto, “todo en ese individuo me era detestable”, y que fue ejecutado por los allegados de Adriano; sus viajes y preferencia por Grecia, así como su desdén por Roma; su guerra en Judea, que fue una auténtica carnicería; sus amores con Antínoo, algo de su extraña muerte en el Nilo y los homenajes públicos y sentidos que le ofreció tras su temprana muerte, y que sirvieron de mofa durante su reinado. La personalidad de Antínoo, envuelta todavía hoy en la leyenda, ha sobrevivido el paso del tiempo gracias a que se convirtió en un icono de la belleza juvenil del arte. Antinoópolis, la ciudad que le dedicó Adriano en el Alto Egipto, llegó a sobrevivir hasta el siglo X. 

  A mi parecer las páginas más hermosas son esas que dedica al sepelio de su amado Antínoo, llenas de un lirismo profundo. Pero todo el libro es un poco así: lleno de cántaros que rebosan inteligencia y humanismo. Lo que de verdad asombra es que autora y personaje parecen un mismo ser indisoluble, y uno no sabe muy bien distinguir dónde empieza de verdad Marguerite Yourcenar o dónde lo hace Adriano. El grado de introspección es tal que las barreras de los siglos han quedado disueltas.

Estructuralmente es muy sencillo: las misivas que Adriano manda a Marco Aurelio, que es un adolescente en ese momento. El sucesor de Adriano será Antonio Pio, otro “adoptado” de Adriano. Marco Aurelio tendrá que crecer y madurar para ser después el sucesor de Antonio Pio, tal y como sucedió y como dejó Adriano ordenado y escrito en su testamento. Al parecer, Adriano quedó entusiasmado con ese joven Marco Aurelio que leía tanto, se expresaba con gran inteligencia y conocía al dedillo la retórica griega y latina. Si bien, hay un momento determinado (no recuerdo ahora en qué segmento narrativo) en que le reprocha que acuda a los espectáculos del Coliseo con sus libros (supongo que entonces Marco Aurelio leía en tablillas o en papiros), sin dejarlos en casa, puesto que a Adriano eso le parecía un desprecio hacia las masas. En cierta medida (aunque todos los reproches van entre líneas) lo está asesorando como futuro emperador. Y justo es decirlo que, a través de la pluma de Yourcenar, los reproches mayores los dedica Adriano al propio Adriano.

La traducción al castellano la realizó Julio Cortázar en 1982, y desde entonces el libro se reedita con mucha frecuencia. Suele venir acompañado de un cuaderno de notas de la propia escritora, en la que cuenta todas las vicisitudes que padeció para escribir esta grandísima obra, de una belleza honda indiscutible.

La misma Marguerite cita esta frase de Flaubert: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en el que solo estuvo el hombre” Y añade la propia escritora: “Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo”.

En fin, que yo andaba leyendo una obra inclasificable de un escritor húngaro con el que estoy entusiasmado: Lászlo Krasznahorkai, concretamente “Melancolía de la resistencia”; pero el grado de exigencia y atención que exige esa obra rebosa ahora mismo mis capacidades y mi tiempo libre, así que elegí releer “Memorias de Adriano” una vez más.

Algún día hablaré de cómo un lectura lleva a otra y de los peregrinas que pueden ser las razones para leer un determinado libro en un momento concreto; muchas veces los libros actúan en nosotros según lo que nosotros podamos ofrecer.

Por eso es bueno tener cerca “ a los libros de nuestra vida”, para que puedan acudir en nuestro auxilio. Porque lo importante es no perder el hábito de leer. Ya recobraremos el tiempo para seguir leyendo la inmensa lista de libros pendientes que nos aguardan.

Hasta otra.

«Moronga», de Horacio Castellanos Moya

Juan Domingo Urruti, de 61 años de edad, salvadoreño, alias “el ingeniero”, portaba una licencia de conducir falsa del estado de Texas. Su verdadera identidad y su domicilio han sido imposibles de confirmar. Recibió dos impactos de bala. Su cadáver quedó tendido en el estacionamiento.

La primera vez que me acerqué a la obra de Horacio Castellanos Moya fue por culpa de dos pasiones reincidentes y siempre presentes en mi vida: Roberto Bolaño y Thomas Bernhard. El primero porque directamente lo elogiaba en una reseña suya (que hoy todavía puede encontrarse editaba en “A la intemperie”); la segunda porque el escritor austríaco había llamado a las puertas del estilo del salvadoreño y este había recogido el guante en una obra desternillante e imitadora que se llama “El asco. Thomas Bernhard en San Salvador”, un libro con el que yo me reí y disfruté mucho, muchísimo; pero que a la gente de San Salvador no les hizo tanta gracia, puesto que lo amenazaron de muerte, teniendo por ello que exiliarse en México, España, Alemania, Japón y Estados Unidos. Y no sé si algún país más. Es posible, puesto que gran parte de la vida de este escritor parece un exilio continuo por tener el valor de escribir y publicar lo que le viene en gana.

Luego fui leyendo cada par de años (más o menos) algún libro suyo: “Baile de serpientes”, “Con la congoja de la pasada tormenta”, un libro recopilatorio de relatos, y “Envejece un perro tras los cristales”, quizá el más raro de todos (por lo menos a mí me lo parece, puesto que reúne dos cuadernos de apuntes escritos en sitios muy dispares: uno en Japón y el otro en Estados Unidos; y en el que creo que a veces el escritor hace un muy cruel ajuste de cuentas consigo mismo). Algunos me gustaron menos que otros, pero todos merecen la pena. La calidad de Horacio Castellanos Moya no es discutible.

Tiene editados muchos más; pero de momento solo he leído esos.

Moronga” ha sido el último. Y sobre este último tengo “emociones encontradas”.

Desde la inclusión sexual del título la obra se divide en tres partes narrativas, que son todas, cada una a su manera, auténticos ejercicios de estilo: la primera más lacónica, sobria y narrativa; la segunda más intensa y de intenso ritmo bernhardiano; la tercera es un auténtico informe policial, con croquis incluidos. El leitmotiv es el de casi siempre: la violencia estructural del continente americano. Si bien, aquí parece que hay como una carrera de relevos en la violencia, puesto que algunos personajes que derivan de las luchas guerrilleras se reconvierten a la delincuencia de los narcos y las maras; al parecer derivar de una a otra solo es cuestión de edad y de geografía, puro azar.

A pesar de ese alarde de estilos que hace Castellanos Moya, de lo bien estructurada que está la novela, cuyos flecos van encajándose poco a poco en ese informe policial que al final todo lo aclara, no he logrado conectar con el libro en casi ningún momento. Al principio pensé que estaba leyendo la crónica de un inmigrante sudamericano en USA; luego una novela de intrigas; luego la crónica de una violencia estructural, sexual y machista; luego un informe policial; y es verdad que todo el libro tiene un poco de cada uno de esos temas que he mencionado (y de algunos más); pero puede que en el intento de abarcar tanto el libro se malogre y que solo se sostenga por la capacidad versátil del autor.

La verdad es que no lo sé. He leído algunas reseñas muy elogiosas de este libro, que difieren totalmente de la mía y con las que no coincido para nada. Y eso es bueno: las opiniones literarias solo nacen desde la subjetividad más personal, y es bueno disentir y no coincidir siempre, porque así como cada escritor es un universo cada lector también lo es, y las razones por las que un libro nos gusta (o no) también son, a veces, muy peregrinas. Mi opinión es que a “Moronga” le falta alma.

Háganse su propia opinión de este libro leyéndolo y luego me cuentan.

Hasta otra.

La forastera, de Olga Merino

“Sus tierras sí las piso cada día, cuando subo al cerro, cuando bajo al pueblo, cuando me agacho a recogerles las aceitunas caídas sobre la escarcha, brillantes como cuentas de azabache”.

Recuerdo que hace unos años leí un libro singular y muy desconocido en Europa, “La sierra y el viento”, de Gerardo Cornejo, escritor sonorense nacido en Tarachi, un escritor distinto que junto a Daniel Sada y a la enigmática Renée Sanjool contribuyeron a renovar “la prosística de frontera mexicana”; por lo menos la literatura “de frontera” a la que yo he podido acceder en mis pesquisas.

 Lo escribo porque, a pesar de ser andaluz, tengo una (casi) obsesiva querencia por literaturas que ahondan en sierras y geografías muy lejanas, muy extrañas, al ritmo actual de nuestro mundo, cada vez menos apegada a la tierra y al ritmo natural de las estaciones, y esa fue una de las principales razones de que me acercara a La forastera, de Olga Merino, porque aunque ella se centre en una aldea del sur de España, al fin y al cabo todas las serranías del mundo se parecen.

Es verdad que Olga tiene ya una carrera literaria consolidada a sus espaldas; pero también es verdad que yo hasta estos días no había leído ninguno de sus libros.

Había escuchado que este de “La forastera” era un libro que trataba sobre el tema del suicidio, una especie de «novela del oeste del sur». Es verdad que algo de eso hay, los suicidios se van trasmitiendo de generación a generación cual un virus; y aunque es verdad que el suicidio de Don Julián, dueño y señor de Las Breñas, es importante y transforma el precario equilibrio en la aldea, creo que este obra es más una indagación sobre la marginalidad que otra cosa y, más concretamente, sobre la marginalidad femenina.

Tenemos un personaje tremendo, Angie, que vive y sobrevive en un profundo desarraigo interior y exterior; en una errada y opresiva población de sierra en el que el pasado, los odios y rencores, sigue estando muy presentes, se palpan. Ella vive sola, con sus perros y sus escasos contactos con el mundo exterior, ya sea con unos pocos personajes vivos e igual de inadaptados, que son vecinos o partícipes de sus propios fantasmas interiores; y allí sigue, Angie, con su propia memoria errante y europea, londinense, los recuerdos de un lejano amor con un pintor inglés en la convulsa Inglaterra de la época de Thatcher; los recuerdos de sus familiares en la aldea y los recuerdos de su propia vida; en una simbiosis magníficamente construida y de muy alta literatura, en la que podemos pasar con absoluta naturalidad entre un párrafo y otro por diferentes variaciones entre el pasado y presente, que se amalgaman formando un solo bloque monolítico, en lo que me ha parecido la autopista imaginativa de una escritora que maneja con soltura todos los resortes narrativos.

No estamos ante un libro más con buenas intenciones y destellos de calidad, no, esto es mucho más. Estamos ante una obra que superará la inmediatez de las novedades editoriales (ya han pasado dos años desde que se editó) y creo que se mantendrá durante muchos años más en la memoria de los lectores; escrita con la desesperación y la lucidez que se escribe la gran literatura: con la naturalidad de una herida que sangra a borbotones y es roja y duele y huele y es hiriente y toma su propia senda; en definitiva, un libro que posee la autenticidad que nace de lo profundo, del dolor, y que como esas canciones de la sierra y el viento que yo mencionaba al principio transportan arañazos en su ulular.

 Una voz propia que habla con los ecos de poesía de la tierra y la marginalidad. Una voz, la de Angie, llena de vida y valentía que se rebela ante la muerte, “la muerte merodea por aquí desde siempre”; “estoy rodeada de muerte. Me aterra que me trague el desagüe”; y que resulta mucho más humana de lo que aparenta en un principio, pues siente y respira desde la sensibilidad, porque ser sensible y mujer, en un entorno cerrado y sin esperanza, conlleva que le desprecien y que le tomen por loca.

 Es un legado emocional y vital que se remonta a la historia de su propia familia, “los Marotos llevan los naipes y el vino en la sangre”. Ya que esas “viejas historias que, a fuerza de lijarlas en la repetición, de añadir un detalle, un ángulo nuevo, han ido puliéndose en el tiempo como cantos rodados hasta convertirse en leyenda”. Angie vive el desencuentro con la realidad, con su realidad; pero a su vez: vive el desencuentro de todos los que les precedieron en la familia, de todas las muertes, de la pobreza, de las adicciones, la inmigración y la inadaptación. El peso que arrastra es descomunal, capaz de quebrar a cualquiera; pero Angie tiene una fortaleza descomunal y la rabia le alimenta.

Parece que el viento por fin ha amainado, y ahora las hojas del emparrado suenan en la brisa como arenilla dentro de una lata”.

Me hubiera gustado que la autora ahondará todavía más en la poesía del dolor. Este libro tiene momentos de una belleza en el lenguaje que me han parecido arrebatadores; casi hubiese deseado que todo el libro fuera así, olvidando que de estar escrito así posiblemente el libro no funcionaría en su conjunto, casi con total seguridad, y que es justo por la mesura de las fuerzas telúricas que la escritora domina y hace aflorar por acá y por allá lo que aporta riqueza y amplitud a la totalidad. La autora maneja la orquesta literaria a su total y libre antojo, hace sonar la música más honda cuando le viene en gana, como debe ser, y a los sorprendidos lectores solo nos queda escuchar esa música nacida de las entrañas de Angie, que tiene resonancias de verdadera épica; potenciar nuestros sentidos receptores para escucharla con mayor nitidez; sonreír por el gozo de encontrar a un personaje con tanto valor que no se arredrará; y aplaudir levantados y solemnes y en pie y con las dos manos al final de la función.

Es la primera obra que leo de esta escritora y no será la última.

Os dejo con los inmortales The Kinks, que forman parte de la banda sonora de este libro. Hasta otra.

Un escritor que no pasa de moda

Hay gigantes en la literatura y luego está Balzac. Este hombre, que se mató a escribir y que bebía ingentes cantidades de café, consiguió terminar (casi siempre endeudado) más de 130 obras narrativas interconectadas, en las que según su propio plan trazado «quería abarcar todos los entresijos de una sociedad», y a la que llamó “Comedia Humana”.

Lo sorprendente es que la mayoría de esas obras son grandes libros. Pese a la inmediatez y la velocidad con la que escribía (en sus manuscritos son muy comunes los olvidos de nombres de personajes secundarios, que luego edición a edición se han ido corrigiendo) su genio es indiscutible, y no conozco obra de él de la que no se pueda disfrutar o sacar partido. Pero encima Balzac es de ese tipo de escritores que recupera el gusto por leer, porque su ambición creativa es tan exagerada que uno tiene la sensación mientras lo lee o que lo sabe todo o que aspira a saberlo todo, que viene a ser lo mismo o parecido, aspirando sin ambages hacia lo absoluto; hay pues una energía vital poderosísima que recorre toda su obra y que siempre se contagia cuando se le lee. Da igual el libro suyo que se elija, al final se llega al mismo sitio. Eso sí, no bastan con unas pocas páginas. Todas sus grandes obras suelen ser “tochos” y solo cuando te sumerges en esa desmesura narrativa captas parte de esa energía vital que poseyó, no solo como escritor sino también como ser humano.

Esas ansias de contarlo todo, de vivirlo todo, están muy presentes en Balzac. Algunos nos preguntamos todavía de dónde sacó esa ingente información laboral que luego retrató con todo detalle, si apenas tenía tiempo libre y cada dos por tres estaba mudándose para huir de sus acreedores. Por cierto, casi siempre buscaba casas con varias salidas (gateras) para poder escapar con celeridad cuando llegase el momento. Imaginad a un gigante (tenía una constitución muy considerable) huyendo con un inmenso legajo de papeles (lo que estuviera escribiendo en ese momento) por los arrabales de París o de cualquier ciudad de provincias y con sus perseguidores intentando derribar la puerta principal.

Los que acusan a Balzac de estar muy preocupado por el dinero olvidan que él es uno de los pocos que sabía ganar una ingente cantidad en pocas semanas y luego perderla como si nada. Cuando sus personajes sufren lo mismo él sabe de sobra sobre lo que está escribiendo. Yo no sé cuántas veces se arruinó en su vida, pero tengo constancia de unas cuantas. Bueno, Voltaire también sabía de eso, pero al final tuvo mejor suerte con las inversiones. Aprovechando su ingenio, y que las primeras leyes de las loterías dejaban muchos flecos por cubrir, compró junto a unos amigos casi todos los boletos de una lotería, y les tocó, pues, una inmensa fortuna, si no recuerdo mal, a repartir por cabeza cerca de medio millón de francos de la época, por lo tanto nuestro amigo Voltaire pudo dedicarse a escribir el resto de su vida sin grandes contratiempos, si bien hizo lo mismo con otros negocios (no muy éticos) amasando todavía una fortuna mayor.  Balzac, por el contrario, más noble de condición, nunca tuvo suerte en las inversiones que realizó.

 Como curiosidad añadir que una pequeña editorial editó en castellano un libro que Balzac escribió junto a un amigo y cuyo título no deja lugar a dudas: “El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo”.  Ese pequeño libro no se incluyó en sus obras completas porque los editores lo consideraron “inmoral”. Balzac hacía arte de todo y atacó con valentía los vicios y corruptelas de su época; además demuestra en sus libros que en las sociedades mediocres solo pueden aspirar al éxito los que no tienen ningún escrúpulo en aprovecharse de los demás.

Ingenuo y ambicioso, no muy afortunado en amores, fantasioso y excesivo y muy querido por sus amigos, recibió numerosas revistas y libros técnicos, (aparte de cobijo y protección cuando lo necesitó), de ahí que pueda referirnos los múltiples avances tecnológicos que se estaban dando por la época. Para escribir la primera parte de  “Las ilusiones perdidas” seguro que recibió información sobre imprentas. Para la segunda y tercera parte del mismo libro le bastaría su propia experiencia vital en el mundillo literario.

Cómo explicar “Las ilusiones perdidas”. Es un libro inmenso que habla de muchas cosas: de la amistad; de las imprentas; de la hipocresía social; de la ambición; del amor; de los negocios; del éxito y el fracaso literario; del veneno de la prensa y del veneno de los escritores de prensa, que tanto entonces como hoy actúan (muchas veces) como mercaderes; de París, que es el culmen de la belleza y el éxito y a la vez un vertedero sin corazón, un intestino por acercarnos a Zola, o “un estómago”, tal y como la definió Rimbaud en una declaración inolvidable.

 A través de las andanzas de un personaje que nunca me ha caído demasiado bien, Lucien, perseguimos y asistimos a sus amores y ascensos y a su caída literaria y social. La capacidad para dotar a todos sus personajes de “genio” es algo muy manido y conocido de este escritor. Él era incapaz de no ver (para lo bueno y para lo malo) capacidades titánicas en todos los individuos. Desafortunadamente nuestro personaje preferido de Balzac solo hace una pequeña aparición al final del libro, ¡pero qué aparición!, jajaja. Es igual, “Las ilusiones perdidas” posee calidad para no necesitar de nuestro querido Vautrin, el “Burla-la-muerte”, que en uno de sus múltiples disfraces narrativos aquí se llama Carlos Herrera, prelado de nombre castellano, llegando en el último momento para rescatar al desdichado Lucien. Todo tendrá una sublime continuación en “Esplendores y miserias de las cortesanas”, otra obra genial de Balzac y quizá mi preferida de las que he leído hasta ahora.

No es un escritor perfecto. Es tan excesivo y escribía con tanta celeridad que sus obras siempre tienen altibajos. Y para el gusto de la época y por la forma de publicarse en entregas hay mucho de folletín. Eso es inevitable y hay que saberlo de antemano. Pero en pocos autores se reunirán tantas capacidades juntas. Escribir con total franqueza sobre las pasiones y las ambiciones humanas es algo que solo está al alcance de muy pocos, porque, al fin y al cabo, por muchos aparatitos tecnológicos de los que nos rodeemos, el ser humano sigue siendo el mismo imbécil de siempre, capaz de lo mejor y de lo peor, y nuestras motivaciones internas no son tan distintas de los individuos que vivieron en otras épocas.

Daguerrotipo de Balzac. Nadar, 1842.

No importa que toda su vida intentará convertirse en un aristócrata sin conseguirlo. A Balzac se le pilla cariño y acaba siendo un Honoré, de verdad, porque nos recuerda al desafortunado coyote de los dibujos animados que intenta cazar infructuosamente al correcaminos, sin conseguirlo nunca, por supuesto, y, sin embargo, pese a ello, no flaquea y no deja de volver a intentarlo al día siguiente con el mismo entusiasmo. Eso sí, escribiendo era más veloz que un correcaminos, ¡y con su mismo ingenio!  

Leer a Balzac es alimentarse de oxígeno. Proust, que aparte de escritor fue un gran lector, lo sabía de sobra y supo reconocerlo: «No esconde nada. Lo dice todo». Hay pocos escritores así, tan inmensos…

Balzac nunca pasará de moda.

«Los chicos» de Toni Sala

Imaginad una antorcha que ilumine las recónditas concavidades de la maldad humana, así aprecio este libro de Toni Sala, Los chicos, y editado por primera vez en castellano por Trotalibros.

Lo primero que hay que decir que es un libro crudo, violento, despiadado, realista en cierta forma hasta la mitad. La chispa se desata a partir de la muerte de dos hermanos en accidente de tráfico, Jaume y Xavi, los hermanos Batlle, que serán la excusa para esta inmersión en el mal en un pequeño pueblo del sudeste de Girona, Vidrieres, por el que siempre hay prostitutas por «la carretera nacional», aparte de una falta de esperanza en la mayoría de sus habitantes. La crisis y la muerte de los dos hermanos, más la situación política de Cataluña, planean de fondo, cual el vuelo expectante de los buitres, (si se me permite tan torpe metáfora, pero que creo que ejemplifica bien el intento de despojo al que asistiremos).

Pero no estamos ante un libro político ni nada de eso, sino humano, terriblemente humano. Decía que me parecía realista hasta su mitad, pero en realidad es realista todo el libro, si pudiéramos incluir lo tremebundo dentro de ese realismo. Desde mi punto de vista es como si juntásemos “En la orilla” de Rafael Chirbes y “La familia de Pascual Duarte” de Cela e hiciésemos un híbrido. Entiéndaseme bien, no estoy diciendo que Toni Sala no tenga imaginación suficiente y autónoma, ni capacidad estilística y profundidad, que la tiene y además con generosidad, sino que esos dos libros se me venían a la cabeza a leer este de “Los chicos”. Asomaban a mi memoria lectora.

Lo que destaco más es el manejo del lenguaje de Toni Sala. Y aquí, igual, también resulto un tanto polémico, puesto que me pareció por momentos que se estuviese frenando. Me dio la sensación que quería poner toda la carne en el asador y cuando estaba comenzando la hoguera a descontrolarse relajaba el lenguaje y lo hacía más accesible, al alcance de todos los lectores interesados; pero a mí el Toni Sala que me estaba deleitando era el que no tenía complejos, el que estaba escribiendo página tras página en un solo párrafo, el que me estaba agarrando fuerte y parecía que estaba escribiendo algo fuera de lo normal, el que no me permitía como lector respirar. Igual solo estaba tomando aliento, porque por lo visto este libro, a pesar de ser una obra autónoma, pertenece a una trilogía.

Sea como fuere, como decía mi admirado Eduardo Haro Tecglen, “mis apreciaciones son siempre subjetivas”; por lo que mi opinión no tiene por qué coincidir con la de otros lectores. Lo que creo que no admite duda es que es un buen libro.

A través de cuatro grandes personajes muy bien trenzados: un banquero del pueblo, Ernest, que se conoce la verdadera situación financiera de todos sus vecinos; la novia de uno de los fallecidos, Iona, una muchacha que intenta y necesita de algún modo pasar página;  Nil Dalmau (el personaje más malvado y, por cierto, el que tiene mayor creatividad); y el camionero Miqui, adicto a las prostitutas y al sexo y que lleva una escopeta en el camión, un personaje tremendo y creo que el más conseguido. Entre los cuatro vamos pasando de maldad en maldad, tanto que en algún momento de la lectura pensé con malicia “que igual lo más decente que había en el pueblo eran los dos cadáveres de los muchachos”.

Muy linda la cubierta y la edición, y el libro, como vengo escribiendo, es notable. A pesar de que la parte final me ha parecido un tanto efectista es un buen descubrimiento y hace falta ser valiente para escribir un libro así.

Por cierto, “Ese quedará la tierra” del final podría replicarse con el “¿Cuánta tierra necesita un hombre?” de Tolstói. Aunque igual, por el bien de todos, nos vendría bien más ternura y menos violencia, porque siendo sinceros, si solo existiera maldad en nuestros comportamientos y en nuestra forma de ser, si solo actuáramos por satisfacer nuestras pulsiones sexuales o incrementar nuestras posesiones y nuestras cuentas corrientes, ya harían siglos que no hubiésemos extinguido.

Y entonces alguien podría decirme que al planeta (para sobrevivir) tampoco le vendría demasiado mal que nos fuésemos a tomar viento. Y entonces yo, antes de que tener que darle la razón ante semejante axioma, correría un tupido velo sobre lo anterior y os hablaría de la primavera, que se presiente en las flores de los almendros; que está en el ambiente aunque el frío sea aún muy gélido; que los días son más largos y los atardeceres dignos de contemplarse; que estar vivos es un auténtico milagro que no volverá a repetirse. La llegada de la primera avanza inexorable. Y queramos o no siempre hay algo renovador en ello.

Muy feliz fin de semana.

Hasta otra.

“2666”, de Roberto Bolaño. Un libro para toda la vida.

“Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”.

El que así habla es Amalfitano, uno de los personajes más entrañables de este fresco gigantesco sobre el horror que es 2666.

Leí el libro cuando salió a la venta, allá por el 2004, en una primera edición que todavía tengo y conservo en buen estado. Hasta hoy no lo había vuelto a releer por entero, en sus cinco partes. Porque la estructura de este gigantesco libro es curiosa: está formada por cinco novelas, y a pesar de que pueden leerse independientes entre sí forman juntas un rompecabezas, pues están unidas por hilos muy finos. Decía Jorge Herralde, “que Bolaño era un maestro en el ensamblaje”, y si se pone uno a pensar en esos hilos finos que conectan una obra tan enorme hemos de darle la razón.

Recuerdo que la primera impresión que me produjo es la de estar ante una obra inabarcable como un océano. Y al llegar a “La parte de los crímenes” sentí repugnancia. Yo sabía que Bolaño se había documentado sobre los crímenes de mujeres en Santa Teresa (Ciudad Juárez), que periodistas y gente amiga (no recuerdo ahora si del norte del México o de DF) le había suministrado dossiers con toda la información de los crímenes; pero esa parte le supera a uno como lector y como ser humano, y apreciar, una tras otra, toda esa violencia sin adulteración, con la connivencia narco-policial y política y con toda la corrupción alrededor, es algo complicado de superar.

Está claro que Bolaño lo que quería es denunciar el horror del feminicidio de las mujeres en el norte de México. Las snuff movies y toda la violencia machista y estructural. De ahí esas partes que casi parecen informes policiales. No están todas las asesinadas, pero sí muchas. Ciento y pico si mis cuentas no fallan. Es la parte más extensa del libro y también la más complicada de soportar. Esta vez me ha costado un poco menos porque ya iba sobre aviso.

Sin embargo, esta indagación sobre la violencia y el horror no se detiene en México. Y gracias a Archimboldi, el escritor prusiano, podemos conocer también el horror del siglo XX europeo. Siempre he sentido hasta esta última parte gran devoción. Y me sigue gustando releerla, puesto que Archimboldi, Hans Reiter, es un personaje espectacular, y no solo por su condición de escritor que huye del reconocimiento y del éxito, sino por su particular forma de ser y estar en el mundo. Este gigante, que nació en 1920, «no parecía un niño, sino un alga”.

Una de las cosas a destacar es que Bolaño conocía el delicado estado de salud que padecía, y así como estaba esperando el trasplante iba ampliando y corrigiendo este inmenso libro. Es curioso, pero yo siento que al leer “Los sinsabores del verdadero policía” podríamos estar ante otra novela que formara parte de este libro, pues aparecen muchos personajes de los que aparecen en 2666, si bien algunos están ligeramente modificados.

Sin embargo, en cuanto a lo del carácter inacabado de 2666 no debería considerarse así, puesto que esto no se debe a que Bolaño muriese, sino a su particular forma de concebir las obras literarias. Para Bolaño lo de principio, nudo, desenlace, no tenía sentido. “Ese tipo de novela se va a seguir haciendo, pero no merece la pena”, decía en una entrevista. Y luego ponía como ejemplo que tras “La invención de Morel” de Bioy Casares y tras Georges Perec no se podía seguir escribiendo como si nada hubiese cambiado.

Yo añadiría que no se puede escribir igual desde Shakespeare, pues si lo leen con profundidad y detenimiento (no me refiero a verlo en el teatro, sino a leerlo) comprobarán que es un maestro de la elipsis, y que ya escritores como Shakespeare y como Cervantes (incluso como Montaigne) ya se saltaban esas concepciones literarias que hoy se siguen dando por válidas en cursos y talleres literarios. En realidad, la novela más vanguardista de todas sigue siendo la segunda parte del Quijote, y algunos (parece) que todavía no lo han superado. Huyan de todas esas tomaduras de pelo, que pueden estar bien como reuniones sociales pero nada más. Un escritor solo tiene que hacer tres cosas en la vida: vivir, leer y escribir. Y tendrá que hacerlo por sí mismo en silencioso duelo. Todo lo demás sobra.

Una de las cosas que más me sigue asombrando de Bolaño es la profusión de historias secundarias que ocurren en sus páginas. Tenemos, digamos, el gran objetivo estratégico: los crímenes de mujeres del norte de México; pero a su vez el libro está lleno de historias secundarias que van naciendo acá y allá y que le dan una riqueza muy por encima de lo habitual. No desentonan, son como anexos, cual una enredadera que nace del mismo tronco y que ha tomado su propia y genuina dirección. Y no solo le aportan esa riqueza de texturas, sino que le dan una mayor cantidad de significados haciendo que un libro como este escape a las habituales formas de encasillarlo. Digamos que, por encima de un buen narrador, que lo era, Bolaño era un tipo muy inteligente y muy arrojado, una Sherezade que va creando una historia tras otra para mantenernos a nosotros, sus sultanes lectores, eternamente despiertos.

La primera vez que leí por entero este libro me dominaba una sensación de pérdida. Yo debo de ser de los pocos que leyó a Bolaño en vida desde su primer libro hasta que murió. Y además comencé a leerlo por casualidad, por unas cosas personales que no vienen aquí a cuento. No era de mis escritores preferidos. Estaría en la lista de los diez, pero no entre los primeros. Sin embargo, yo era un adolescente y lo leía, y luego lo seguí leyendo siendo un veinteañero. En cierta medida crecí con él, desde “Estrella distante” en adelante, para luego retroceder con “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”, esa novelita que escribió junto a A.G. Porta, y seguir con todas las que año a año iba editando Anagrama. Ahora su obra está en Alfaguara.

Cuando murió compré 2666 con gran tristeza. A sabiendas que ese libro sería como el testamento de un amigo. Me lo llevé a una casa perdida junto a un cartón de tabaco. Leía un poco y fumaba un cigarro. Me levantaba, daba una vuelta, me servía una cerveza fría o un refresco y volvía al libro. A veces tenía un nudo en el estómago y a veces tenía ganar de reír o de llorar. O de las dos cosas al mismo tiempo. Saqué una silla mecedora, de esas que podrían aparecer sin desentonar en películas como “Centauros del desierto”, y me senté en el porche, a la sombra y muy cerquita de unos cactus, a seguir leyendo. Creo que lo leí en siete u ocho días febriles. A veces paraba la lectura para reflexionar en lo que estaba leyendo y estirar las piernas. Me iba a caminar por los salvajes paisajes del norte de Lanzarote pensando en el norte de México y en el horror de los seres humanos. Tras bañarme y dar unas brazas en cualquier cala volvía purificado. Otras veces me iba a comer algo. Comer en Arrieta con el mar de fondo es todo un placer. El azul de los marcos de las ventanas y de las puertas se amalgama con el blanco de las edificaciones y el azul del cielo y el mar. Por entonces, los móviles eran duros como piedras, podían servir de arma arrojadiza y bastaba con apagarlos para que nadie pudiese localizarnos. Al principio de la lectura tenía ganas de llegar al final. Pero al acercarme al final no tenía ganas de que acabase. No tenía ganas de acabar de leerlo. No tenía ganas de decirle adiós.

Que hoy, décadas después, lo siga releyendo es la prueba más palpable de que para mí sigue siendo un libro importante. Por lo menos para mí y para muchos otros lectores. No sé si Bolaño será inmortal y, posiblemente,  a él le importaría un bledo la inmortalidad literaria, puesto que si pudiese la regalaría con los ojos cerrados por saber del destino de sus seres queridos; pero yo sí sé que este autor me acompañará toda la vida. No veinte años, como se cantaba en el famoso tango, sino toda la vida. Toda la vida. Toda mi vida lectora, que es como decir las infinitas vidas que vivimos los que solemos leer. Porque leer consiste en eso: en vivir muchas más vidas de la que disponemos por azar.

Hasta otra.

Releer para gozar y conocerse mejor

“Cuentas pendientes” de Vivian Gornick

“La escritura se volvió fundamental en mi vida; o lo que es lo mismo, comprendí que, cuando me sentaba a escribir, el yo que albergaba un sinfín de angustias e inseguridades parecía disiparse”

Así como hay libros que nos entretienen hay otros que nos deleitan y, por si fuese poco, consiguen hacernos reflexionar. “Cuentas pendientes”, de Vivian Gornick es uno de ellos.

Tengo que reconocer que no había leído nada hasta el momento de esta escritora. Y eso que hace unos años consiguió un éxito notable con “Apegos feroces”, y que he leído entrevistas suyas en las que sus respuestas me habían interesado; pero, por lo general, yo soy muy reticente a leer a autores que resuenen mucho y de los que hablen los periodistas. Es como un modo de defensa personal hacia la porquería que abunda en nuestros medios de comunicación. Así consigo aislarme de modas, de tribulaciones mediáticas, de la lista de libros más vendidos y de cosas por el estilo.

En este caso mis reticencias eran infundadas. De todos modos —y en mi defensa— he de recordar que no se puede leer todo, y a pesar de que yo leo y mucho, cada vez opto por leer menos y leer más lento, porque, de entre todas las formas de leer, me parece, la de ralentizar nuestras lecturas, la más interesante y enriquecedora, la que consigue mejores frutos a largo plazo.

 Lo malo es que esta forma de leer pausada (que yo cada vez me impongo con métodos más espartanos) también tiene su parte negativa: se me acumulan las lecturas de una manera escandalosa. Pero tampoco hay que sufrir por ello, porque todo no se puede tener y hay que ser prácticos: a mayor lentitud leyendo más capacidad de profundizar en las obras y menos obras leídas; todo ejercicio de libertad implica sus correspondientes cadenas. O una cosa u la otra. No hay tiempo para todo.

Y leer debe ser siempre un placer y no una obligación. Como yo siempre digo emulando una frase de mi estimado Daniel Pennac: “El verbo leer no soporta el imperativo”. Creo que después de “hola” y “adiós” y “dejadme en paz” es la frase que más veces habré pronunciado en mi vida, junto “al número de tontos que hace Dios al año nacen veinte y solo mueren dos”, que la verdad no sé de dónde me vino pero que llevo décadas soltándola tal cual (y a veces como en esta ocasión sin venir a cuento), pero con la que me río mucho.

Así que hablando de mis tonterías y de mis “problemas lectores” me he situado en el eje central de este libro curioso y muy original de Vivian Gornick, porque de eso habla, precisamente, de lecturas, más bien de relecturas, y de cómo esos libros que nos impresionaron en su día al releerlos nos siguen impresionando, a veces por motivos muy distintos.

El tiempo pasa y las personas viven todo tipo de circunstancias que las hacen crecer y madurar. A veces no sabemos captar la idea de un libro hasta que pasan los años. No siempre sabemos leer ni conseguimos leer bien. Por lo tanto, en las relecturas todo se acaba fusionando: literatura y vida, en un coctel explosivo de la que Gornick sale muy bien parada porque tiene una escritura valiente, de esas que arañan por su autenticidad, y le da igual decir lo que piensa sobre todas las materias: sobre los hombres, sobre las mujeres, sobre el sexo, sobre el feminismo, sobre la amistad, sobre sus antiguas parejas, sobre el paso del tiempo y los lazos afectivos, etcétera, etcétera. A mí me parece una persona muy inteligente y llena de vitalidad, aunque ella misma reconozca que a veces le ha perdido más el corazón que la cabeza, lo cual la convierte todavía en más cercana y humana.

Ella ha elegido unas relecturas como “Hijos y amantes” de D.H. Lawrence. “La vagabunda” y “El obstáculo” de Colette; “El amante” de Marguerite Duras; “El mundo es una boda”, de Delmore Schwart, (aparte de ese título tan maravilloso el capítulo habla de esta novela y de otra de Saul Bellow: “El legado de Humboldt”, ambas relacionadas entre sí, y gracias a estos comentarios ha cambiado y ampliado el conocimiento que yo tenía de esa obra de Bellow, y que también espero releer para ver cómo funcionaría ahora con lo que Gornick nos desvela; también los relatos del escritor israelí A.B.Yehoshúa, del que no he leído absolutamente nada; el discurso “La soledad del ser” de Elizabeth Cady Stanton, que desconozco por completo salvo en lo que Gornick nos regala. Los ensayos de Natalia Ginzburg, especialmente uno que se llama “Mi oficio” y que yo no sé si se ha traducido al castellano y en qué libro se encuentra de haberse traducido. Lo buscaré. “Gatos ilustres”, de Doris Lessing; y “Jude, el oscuro” de Thomas Hardy. En fin, que me ha sabido un poco mal ver mi total desconocimiento en muchas obras de los autores que cita; no en todas, pero sí en muchas.

Releer significa, por lo tanto, volver a encontrarse no solo con un libro sino volver a encontrarse con uno mismo, que ya no es el mismo ni volverá a serlo. El paso del tiempo y el paso de la literatura por nuestras vidas… Eso nos ofrece este libro, ni más ni menos… Y además está muy bien enfocado y resulta muy ameno.

Vivian Gornick tiene ahora 86 años, pero escribe con una frescura que ya la quisieran algunos escritores treintañeros, por no decir cuarentones y de más allá… ¡Qué envidia tener esa frescura y esa curiosidad constante de indagación sobre el ser y el estar, sobre lo que fuimos y lo que somos, sobre esta aventura única de vivir y de sentir!

Yo, a su vez, no he podido evitarlo y he realizado también una lista de libros que me marcaron a mí como lector y como persona, porque, como decía, me ha sabido muy mal eso de solo coincidir levemente con Gornick en Marguerite Duras (y no en la misma obra, pues para mí sería “Escribir” la que me marcó, y para ella fue “El amante”). “Gatos ilustres” la leí y no me pareció gran cosa, en eso creo que coincido en la primera lectura con ella, y “Jude el oscuro” es una novela muy cruel, prefiero “Un par de ojos azules” y “El regreso del nativo”, que también es una novela muy cruel pero que se sobrelleva mejor. A esto invita este ensayo, a que cada uno haga y relea sus propias listas de libros que le marcaron. Los míos no son exactamente los de Gornick, y aunque coincida en algunas lecturas casi ninguno de los que menciona han sido muy relevantes en mi vida.

Hagan, pues, sus propias listas de libros fundamentales y reléanlos si tienen la oportunidad. No necesariamente tienen que ser los libros mejores, sinos aquellos que, por los que sea, se les grabaron a fuego, ya fuese porque les deslumbró o porque lo leyeron en un momento singular. Al releerlos aprenderán a conocerse mejor, que en un mundo tan competitivo y tan despiadado como el nuestro no es asunto baladí.

Hasta otra.

Un libro lleno de humor y vida

“Cartas de una pionera”, de Elinore Pruitt Stewart

“Empezamos con la siega del heno el 5 de julio y terminamos el 8 de septiembre. Después de trabajar tan duro y de forma tan continuada, decidí darme un día libre, así que ayer puse la montura al poni, cogí un par de cosas que necesitaba, y Jerrine y yo nos pusimos en camino”.

La que se nos dirige con esa alegría desbordante no es otra que una auténtica heroína. Se trata de Elinore Pruitt Stewart, que junto a su pequeña hija Jerrine, llegan a Burnt Fork en 1909 para trabajar de ganadera.

Lo primero que hay que dejar claro que hoy en día Burnt Fork sigue siendo un lugar remoto en el estado de Wyoming, y si mis apuntes de geografía no fallan (gracias a Googlemaps) el pueblo más cercano, Mc Kinnon, se encuentra a 9,2 Km. Esto es a día de hoy, así que imagínense en 1909, que es cuando Elinore llega allí rompiendo todos los esquemas de su época y huyendo de la ciudad de Denver, sola y con una niña de dos años.

El libro son “simplemente” las cartas que Elinore manda a su antigua patrona y amiga en Denver, la señora Corney. Tiene una continuación en otro libro, “Cartas de una cazadora”, y también está a disposición del que quiera en una edición-estuche que engloba los dos libros.

Estamos pues ante un libro epistolar que no tenía intención de ser un libro. Que no está “artísticamente” planificado ni escrito por una persona con intereses literarios, por lo tanto su verdadero objetivo no era ser leído por el común de los mortales sino dar a conocer a su antigua patrona sus andanzas por esas remotas tierras. En definitiva, comunicarse, una de las más elementales necesidades humanas. Casi no hay carta que Elinore no se disculpe con mucha ironía de lo larga que le está saliendo la misiva, para al final acabar firmando con toda la gracia del mundo como su “ex lavandera”.

Pero lo más destacable de estas cartas —aparte de la valentía intrínseca de Elinore, que eso es indiscutible— es el sentido del humor con que están escritas. Te ríes muchísimo de la ironía que desprenden y de cómo Elinore va interactuando con otros pioneros que viven cerca, ayudándose unos a otros a salir adelante y sobrevivir en esos indómitos parajes.

La alegría de nuestra pionera es contagiosa. En una de esas ocasiones que, tras trabajar duramente, sale con su hija a dar una vuelta, se queda a dormir al raso contemplando las estrellas y poniendo a asar una liebre que ella misma ha cazado. Una tormenta de nieve le sorprende durante la noche y al despertar pierde la noción de dónde se encuentra. ¿Y qué hace ella?, ¿perder los nervios y lamentarse de su situación? Para nada, observa que el fuego no se ha apagado del todo, así que se prepara un suculento desayuno y un delicioso café y se convence de que con el estómago lleno va a pensar mucho mejor.

Es verdad que podemos intuir su dureza interior de roble. Sus padres fallecieron cuando era muy pequeña y formaba parte de una familia de seis hermanos. Ella misma lo cuenta: cómo tuvo que trabajar y “hacer trabajos de hombres” desde muy temprana edad. Lo mismo ensilla caballos, que pesca truchas, que siembra y siega y te hace jaleas en conserva que apetitosas mermeladas. Pero por encima de las duras circunstancias de vida que tuvo que afrontar desde muy pequeña hay algo estoico e independiente en su ser: la vida en Denver no le llenaba y deseaba vivir en libertad sin tener que soportar a ningún hombre. Ella es autosuficiente, lo cual para la moral de la época tuvo que ser un escándalo.

Y esas son las mejores páginas del libro, que en mi opinión va de más a menos. Es un poco doloroso decirlo, pero a medida que Elinore se va “civilizando” y vuelve a casarse, yo como lector fui, paulatinamente, perdiendo interés. Lógicamente le deseo lo mejor a nivel personal, y de vez en cuando vuelve a despertar mi interés al relatar la preparación del banquete de su propia boda. Son pequeños destellos de ese hechizo inicial en el que descubrimos su arrolladora personalidad; su enorme capacidad imaginativa para revertir cualquier carencia y esa alegría innata de vivir y de disfrutar de la vida.

En definitiva, un libro delicioso y fresco, sobre todo en sus primeras páginas. Muy recomendable para llenarse de tesón y de alegría.

Editada por Hoja de lata. https://www.hojadelata.net/tienda/cartas-de-una-pionera/

Y con esta forma tan alegre y desenfadada de contar las cosas:

1 diciembre de 1911

Querida señora Coney:

Esta noche tengo ganas de visitas, así que voy a “jugar” a que ha venido usted a visitarme. Qué contenta estoy de poder charlar con usted. Por favor, siéntese en la mecedora; es un regalo que me hicieron los Patterson y estoy muy orgullosa de ella. Acabo de venir de su rancho. Tienen un muchachito encantador. Nació el 20 de noviembre y lo llaman Robert Lane.

Estoy segura de que esta habitación le resultará familiar, pues hay mucho en ella que antes fue suyo. Tengo dos habitaciones, las dos de quince pies, pero esta que da al sur es mi habitación favorita y aquí es donde están mis tesoros. Mi casa da al este y está levantada sobre un promontorio, ¿o más bien una ladera? Bueno, da igual, el caso es que tuvieron que excavar bastante.

 Alrededor del porche, que tiene seis pies de ancho por treinta de largo, he plantado pepinos silvestres.

Hasta otra.

  Sobre Stefan Zweig y “La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist, Nietzsche”

“Cuando uno se adentra en sus libros, siente el ozono, el aire elemental despojado de todo embotamiento, de toda niebla y humedad; en este paisaje heroico, uno ve con libertad hasta las alturas de los cielos y respira un aire transparente y afilado como un cuchillo, un aire para corazones fuertes y espíritus libres”.

Escribía Zweig en el primer ensayo de los tres que conforman este libro, el que dedica en concreto a Hölderlin, “que su genio era el entusiasmo, el impulso invisible”. Y creo que, como muchas veces sucede en literatura, el crítico (en este caso Stefan Zweig) se califica más y mejor a sí mismo que al propio objeto de su estudio.

Ese es el verdadero poder de este escritor austriaco: el entusiasmo que nos trasmite. El poder “literario” que ha conseguido que, con el paso de los años, sus obras sigan siendo leídas y alabadas por muy diferentes lectores y en muy diferentes latitudes y circunstancias. Y da un poco igual si lo que leemos de él es un ensayo; un retrato biográfico; memorias; diarios; relatos o novelas. Da lo mismo. Puesto que al poco tiempo de comenzar a leerlo ya ha vencido nuestras reticencias iniciales, y ya nos tiene conquistados y expectantes por dejarnos arrastrar a este torrente de entusiasmo vital y artístico que desprende en todos sus libros.

En este caso se dedica a trasladarnos su entusiasmo lector de tres almas atormentadas y creativas en lengua alemana: Hölderlin, Kleist y Nietzsche. Es curioso, pero creo recordar que en el ensayo de “Tres maestros: Balzac, Dickens y Dostoievski”, (también editado en Acantilado), Zweig comentaba que la lengua alemana no había tenido un gran narrador con una obra tan universal y a la altura de los citados; sin embargo, en el terreno del drama, la filosofía o la poesía, no se puede decir lo mismo.

¿Qué destacar de estos tres pequeños ensayos críticos? Pues que pueden ser leídos por personas que no tengan un gran conocimiento literario. Zweig se propuso trasladarnos su entusiasmo lector sobre estos tres genios atormentados y solitarios y doy fe (como lector) que lo consigue. Sin renunciar a la calidad literaria abarca a todos los potenciales públicos. Porque aparte de trasladarnos su entusiasmo da las pinceladas justas para hacernos interesantes sus vidas, y luego entrar a desmenuzar sus obras.

Con Hölderlin consigue llamarnos la atención con la extrema musicalidad rasgadora de sus versos. (Las citas del propio Hölderlin son tremendas y algunas me llevan acompañando muchos años. Ese “Ojalá nunca hubiera a vuestra escuela” debería estar tallado en cada pupitre del mundo. Y luego pasa a retratarnos la sensibilidad especial de “ese ángel sobre la tierra” que fue Hölderlin hablándonos de sus pocas pero excelsas creaciones. Hasta la llegada del demonio, de la locura, que lo apartó del mundo enclaustrándolo en su famosa torre, tan famosa como la de Montaigne, con la diferencia que la primera era una especie de clínica psiquiátrica y la segunda era el espacio espiritual y creativo del francés, en el que se había recluido para escribir sus famosos ensayos.

Con el segundo ensayo la prosa se vuelve más veloz, más osada; ya no quiere Zweig seducirnos por la belleza alada de un “ángel sobre la tierra” sino trasladarnos el carácter virulento y neurasténico de Kleist.

Curiosamente una de mis obras, “Escribir o escarbar”, incluida en el libro “El emperador de los helados”, se desarrolla en un castillo-fortaleza de las montañas del Jura (Fort de Joux), en el que, precisamente Kleist, eterno vagabundo, estuvo encarcelado. Un fulgor, el de Kleist, que pasó por la literatura como una estrella errante y luego se pegó un tiro.

Imagen de Fort de Joux, en el que se puede apreciar su torre en la que estuvo preso Kleist. © Jean Espirat

Me ha gustado mucho esa diferenciación que hace Zweig de la obra dramática de Kleist y de su obra narrativa; cómo en las primeras resalta todo su ser volcánico en plena ebullición y cómo en la segunda trata de pasar desapercibido escondiéndose tras sus personajes. Un autor que no tuvo ningún reconocimiento en vida y que solo vivió 34 años.

El último. El más conocido por el gran público (pero puede que más citado que leído) es otra alma solitaria y atormentada: Nietzsche. Aquí, creo, que se da el mayor acierto de estos ensayos reunidos, puesto que en vez de centrarse en su obra, Zweig consigue hacernos un retrato lleno de autenticidad que nos hace partícipes de la soledad inmensa que padeció el autor de Zaratustra en sus últimos años; de su autenticidad destructiva; de sus insomnios y dolores estomacales; de la cantidad de mejunjes que tomaba para poder conciliar el sueño y la manera en que todo eso le iba poco a poco mermando y destrozando su metabolismo; como si tal vez todo lo que creo no fuera más que la terca necesidad de su espíritu para huir de su propio dolor físico; en definitiva una filosofía para superar al dolor y seguir aferrándose a la vida, una filosofía, pues, nacida del ser humano y para la supervivencia del ser humano.

Los tres autores son almas solitarias, atormentadas y complejas, y los tres, tras un pequeño fulgor creativo y resplandeciente, sucumben ante su daimon creativo, su demonio interior.

Zweig también sucumbió a su demonio interior en su retiro en Brasil. Este hijo lejano de Plutarco también albergaba el ignífero fuego poético en sus entrañas. Pero eso le ocurriría muchos años después a escribir estos ensayos y como consecuencia de una Segunda Guerra Mundial que lo convirtió en un exiliado. Ya en parte venía debilitado en lo emocional desde el primer conflicto, en la que su carácter antibelicista le granjeó numerosos problemas. Recuérdenlo: él asistió a dos guerras mundiales y a ese gran derrumbamiento cultural, vital y político que fue el Imperio austro-húngaro.

Sea como fuere, el austriaco es de los pocos escritores que pueden dirigirse a sus muy variados lectores y a todos hechizarnos. Su magnetismo es descomunal y no importa demasiado el libro suyo que se elija. Todos son buenos y todos nos hacen crecer como lectores, aparte de que su estilo es siempre elegante, culto, grácil, directo, exquisito, poético, ardiente, desbordante de vida y humanidad.

Un autor que nunca nos falla. Una muy grata elección para comenzar el año. Una apuesta sobre seguro.

Hasta otra.