Cărtărescu: una aproximación a su simbolismo literario

“Puesto que tengo ojos y manos y testículos, puesto que la linfa y la sangre circulan, sometidas a la gravedad, por los tubos de mis arterias y de mis venas, puesto que todo yo soy un motor que se envuelve en un hilo de materia, que engulle comida y elimina heces, y que gracias a ello alimenta el giro de los cientos de billones de peonzas y trompos que me configuran, recuerdo, como si hubiera sido ayer, la fase inflacionista del cosmos, la campanita de oro que cada uno de nosotros sostuvo una vez entre los dedos y que, a través del grosor de las bandas y de las dimensiones, de las fases y de los huracanes, del tiempo con su flecha probabilística ha sonado y suena siempre en medio de nuestra mente con un tintineo de oro”.

En la amplísima historia literaria siempre ha existido una tradición que podríamos definir como gnóstica-hermética, sin necesidad de que esa búsqueda de la gnosis tenga un sentido religioso al uso, sino de búsqueda perpetua del conocimiento, de perseguir a través del lenguaje escrito las irradiaciones de la luz cognitiva, una totalidad que sobrepase a la muerte. Por lo tanto, el mundo onírico-espiritual de Mircea Cărtărescu no resulta ninguna novedad, responde a esa amplísima tradición a la que han pertenecido cientos y cientos de escritores, y que generación tras generación parece seguir en la brecha y en la certeza de que los dioses creadores somos nosotros mismos. Sí, nosotros mismos, pequeños dioses imaginativos que vivimos en dos planos distintos: el de la realidad, el diario, el histórico de nuestros progenitores y seres queridos, el tiempo que por suerte o por desgracia nos ha tocado vivir; y el mundo de los sueños, el onírico, la visión de los poetas y de los niños: dos faros visionarios capaces de transformar cualquier elemento de la realidad y amoldarlo según sus miedos y anhelos.

En esta impresionante saga de Cegador que termina con “El ala derecha”, estos dos elementos, el realista y el onírico, están magníficamente conjugados; bueno, en realidad están magníficamente conjugados y superpuestos en toda la obra del rumano, pero esto se hace muy visible en las que yo creo que son sus grandes obras hasta ahora: “Solenoide”, y estas tres de Cegador: “El ala izquierda”, “El cuerpo”, y “El ala derecha”, que es la que nos ocupa hoy. Desconozco su poesía que todavía no he leído, pero sus relatos, por lo menos los relatos que he podido leer, no poseen esa ambición desmesurada que ha demostrado en estos libros citados, y eso que algunos son muy buenos. También es verdad que el primero de esta saga no lo disfruté, “El ala izquierda”, porque lo afronté acompañando a un familiar en un hospital y no hallé manera de concentrarme en esa prosa tan densa. Dejé visión de ello en la reseña que le escribí en su momento en este mismo blog. El segundo, el de “El cuerpo”, un volumen en el que Cărtărescu aparenta ser casi un entomólogo, me pilló con molestias (no muy importantes pero sí muy incomodas) en el brazo derecho, y tampoco lo disfruté como me hubiera gustado. Era una lectura excesivamente profunda para lo que mi metabolismo exigía en esos momentos, si bien recuerdo un pasaje-épico–astral-circense que me pareció impresionante. Igual dentro de poco los releo con mayor atención y los disfruto como se merecen.

En fin, vayamos al meollo: el por qué necesita el escritor rumano acompañarse de toda esa simbología hermética-espiritual (las campanas, las luces, los insectos, las figuras geométricas, las alusiones a textos cabalísticos o bíblicos, los Conocedores, etcétera) para contarnos (en este caso) el desmembramiento de la Rumanía de Nicolae Ceaușescu, a la vez que nos va contando sus vivencias familiares, su recreación imaginativa, su querencia afectiva- maternal: un clásico en casi todos sus libros, y dándonos entrada a su muy particular mundo imaginativo, pues básicamente por tres razones: porque ha leído muchísimo y le salen todas esas lecturas por los poros; porque está hablando de la inmortalidad y del alma humana (la mariposa es el símbolo de ello: del alma humana); porque la historia, tal y como se ofrece y conoce por lo habitual, importa un bledo a los grandes escritores. De hecho las referencias a Rimbaud cada vez que está hablando de los episodios violentos que se desencadenaron en Timişoara son tremendos; hasta el escritor se ha preocupado (o en este caso su traductora: Marian Ochoa de Eribe) de que el famoso verso de Rimbaud: “¿Qué nos importan, di corazón, estos charcos de sangre?”, (que es el verso resultante y oficial de la que puede que sea la mejor traducción y edición crítica de Rimbaud en castellano: Cátedra, edición bilingüe de Javier del Prado) esté incluido entre comillas; ¡o sea, uno de los poemas más sociales y violentos del eterno adolescente francés, en los que se reduce la historia, las leyes, todas las monarquías y gobiernos, hasta las masas del pueblo, a una simple balanza entre los que están oprimidos y los que se aprovechan de ello, pues básicamente Rimbaud (que siempre pisaba el suelo, hasta cuando vivía en el delirio) estaba refiriéndose a la Comuna, es aprovechado y honrado por Cărtărescu para explicarnos la Revolución rumana de 1989! Y además no una vez. He contado un mínimo de hasta cinco inclusiones de ese verso de Rimbaud en diferentes pasajes del libro. (Por cierto, en la quinta ocasión por fin Cărtărescu nos confiesa lo que ya sabíamos desde la primera: que es un verso de Rimbaud). Por lo tanto, dos episodios de ideologías y de naturalezas absolutamente distintos unidos por la visión literaria del rumano. Unidos por el nudo gordiano de la literatura.

Y esto no gusta al oficialismo literario, les despedaza sus lecturas parciales e interesadas, sus lecturas ideológicas, porque uno lee cualquier suplemento de literatura de los que se publican en castellano y no asiste a la lectura de un suplemento de literatura como debiera ser de rigor, lo que asiste es a un mediocre atentado de propaganda comercial e ideológica que en la mayoría de los casos resulta insoportable y tiene muy poco que ver o nada con la literatura. La literatura es otra cosa, es el mundo en el que impera la imaginación y se destruyen o cuestionan todas las certezas: capaz de unir siglos y seres y cuerpos en un mismo impulso a través del simbolismo y la belleza y la hondura de las palabras.

Pero es que los homenajes literarios no se acaban ahí, Kafka y Dante también sobrevuelan el vuelo de la mariposa en algunas ocasiones, si bien no son influencias categóricas para la gestación de Cegador: ¿de dónde procede esa capacidad casi mágica de mezclar tiempos, voces, acontecimientos de la intimidad más personal y grandes episodios históricos-épicos?, ¿de dónde esa ambición y ese verbo majestuoso y al mismo tiempo flexible como un junco? Pues de una obra de un escritor mexicano: Terra Nostra, de Carlos Fuentes. En mi opinión una de las grandes obras de lo que se vino a llamar “el boom latinoamericano” (que no fue otra cosa que una operación de marketing editorial a gran escala; en Latinoamérica nunca han escaseado los buenos escritores en ningún momento, lo que sí ha fluctuado son las ganas de dárnoslos a conocer a este otro lado del océano) y que no ha sido valorada en su justa medida, porque contra su ambición sin parangón y su fortaleza imaginativa se estrellan muchos lectores. Cărtărescu parece que no. Que no solo no se estrelló, sino que lo ha leído y releído en diversas ocasiones. Es tremendo apreciar que la formación literaria del rumano tiene más que ver con el imaginario de Fuentes, Borges, Carpentier, Laiseca, Cortázar, García Márquez, etcétera, que con muchos otros escritores centroeuropeos, y eso nos encanta, porque demuestra que los verdaderos escritores se forman ellos solos en la intimidad de sus bibliotecas, sin el acompañamiento de cursos y diletantes y demás especímenes del mundillo literario, en este caso junto a la ventana famosa de ese fantasmagórico Bucarest, que uno ya la confunde pero que creo que sale en casi todos los libros de la saga de Cegador, y creo que también sale y es capital en Solenoide, porque el mundo de Cărtărescu es como ese feto de Herman que le nace en la cabeza: te alumbra y sobrecoge y confunde por su densidad, por su extrema y radical densidad, al mismo tiempo que te seduce e hipnotiza.

En sus páginas asistimos a una capacidad visionaria y de ensoñación cercana o limítrofe a la transustanciación. Hay en concreto un extenso capítulo que me parece absolutamente grandioso. Es el que acaba con la figura de su padre quemando el carnet del Partido; pero hasta llegar ahí asistimos a todo un baile sarcástico (en mi memoria lectora aparecía otra vez Rimbaud con “El baile de los ahorcados”, pero en este caso Cărtărescu no dejó ninguna señal visible), tanto familiar como colectivo, y cuya metáforas del régimen de Ceaușescu y sus acólitos son de una magnitud visionaria poderosísima. A ese lugar solo puede llegar un autor/a en la plenitud de sus facultades creativas. ¡Exagero! A ese lugar solo pueden llegar unos pocos elegidos en la plenitud de sus facultades creativas. No más.

Leyéndolo te nace un feto en la cabeza por aplastamiento cognitivo; nos embarazamos de lo que en el fondo del fondo no es sino una luz que titila aportando emanaciones de belleza, espíritu y profundidad, porque al final del todo esa mariposa que simboliza el alma, todo esos conocimientos fisiológicos, científicos, espirituales, rituales, cosmológicos, de vivencias, en una palabra: literarios, están puestos al servicio de la búsqueda de la inmortalidad, o si no de la inmortalidad sí del vencimiento de la muerte, porque un escritor cuando pone todos sus recursos sobre la mesa, cuando pone toda la carne en el asador, cuando su verbo se fusiona junto a su cuerpo en un mismo vuelo de conciencia sensorial, “en el manuscrito que sangra”, diría Cărtărescu, que a la vez añade en una frase “mi manuscrito es el mundo”,está de alguna manera venciendo a la muerte, arrinconándola. Y eso es lo que consigue el rumano en sus grandes obras.

Dejemos que la mariposa hable sola y aletee con sus emanaciones de luz y belleza literaria y deseemos una larga y próspera vida a este milagro viviente de los Cárpatos, a este dacio imaginativo e irreductible, cuya fuerza interior ha de ser similar a la que debía ser otorgada a la antiquísima deidad de Zamolxes (o Zalmoxis, que Heródoto si no recuerdo mal la nombraba así), y cuyos seguidores creían (como todos los dacios de la época) en la inmortalidad del alma.

Personalmente no creo más que en la buena literatura, “en los estados de la conciencia literarios” que diría o podría decir Alberto Laiseca, pero con eso ya es suficiente para sentirme afortunado de leer a Cărtărescu. Él sabrá qué quiere hacer con mis perjudicadas y embriagadas conexiones neuronales, pues cada vez que lo leo se producen en mi interior cortocircuitos y terremotos, y pierdo la noción de quién soy y en dónde estoy leyendo. El espacio físico-temporal ha sido clausurado y solo cuando acabamos de leer uno de esos inmensos párrafos logramos salir a flote para volver enseguida a sumergirnos y poder seguir disfrutando de esos corales fosforescentes que el rumano ha dejado caer muy delicadamente cada pocas páginas. ¡Ahí está la belleza más pura e innata de la gnosis creativa!, me digo para darme empuje y aliento, y nado extasiado hacia su luz…

Ahí va una pequeña inmersión para despedirse:

La vejez y la muerte eran para los viejos y para los muertos. Para el niño eran los cielos increíblemente profundos de aquellos veranos, los chistes de Jean, los gritos de Lumpa, la llamada de su madre desde el balcón, cada tarde, como un eco de la oscuridad. Él estaba todavía creciendo en medio de la ruina y de la desdicha, su telomerasa tenía un número infinito de vueltas, su sol no se apagaría jamás, y el polvo de estrellas del cosmos interminable se pegaba a sus pestañas lacrimosas. Pasarían eones hasta que la terrible lámina número cinco del insectario de Rorschach (Hermann Rorscharch) se extendiera a lo largo de toda su vida, tocando su nacimiento con el ala izquierda y su muerte con el ala derecha y gritando de manera insoportable sobre el ángel afligido, con su polígono y su cuadrado mágico. “La telomerasa, la enzima de la vejez y la muerte, es la astilla clavada por el Señor en mi carne, porque Su poder alcanza la perfección de la debilidad…”, añadió Hermann, y hundió de nuevo la cabeza en el pecho, apoyando, como un feto, la frente en el esternón y apretándola contra él, como si hubiese querido llevar a cabo en aquel instante en que la luz se tornaba ya rosada lo que han soñado siempre los místicos y los profetas: la fusión entre el cerebro y el corazón.

La literatura de Cărtărescu es un evangelio vital y literario. Un océano creativo y visionario en el que sumergirse no es fácil, pero que como toda gran literatura exige un esfuerzo para ser recompensados.

Sed felices.

Popurrit de reseñas

Hace unos días, en el canal de youtube “Los últimos encargos de Monsieur Vollard”, se volvió a reseñar uno de mis libros. En este caso se trata del último publicado, una antología de relatos con el título homónimo de un poema de Wallace Stevens: “El emperador de los helados”.

Todas las reseñas de este canal son muy curiosas, puesto que en un solo minuto tratan de desgranar lo más relevante de cada libro. A mí esa capacidad de concreción me tiene fascinado porque me parece extremadamente difícil.

Y también señalar que hace apenas unos pocos días, en otro canal de youtube, el de Daniel Turambar, se hizo el balance de lecturas de lo que va de año. “De cielos y escarabajos”, mi novela editada en Niña Loba y que va ya por la segunda edición, fue elegida en la categoría de mejor libro.

Por último incluyo y comparto una nueva reseña escrita de “El emperador de los helados”, que salió justo ayer por la noche en el blog de Rafalé Guadalmedina, escritor recién estrenado en la editorial Nazarí, y al que le deseo la mejor de las suertes pese a no estar muy de acuerdo con sus palabras. Creo que, en cierta medida, Rafalé se ha visto sobrepasado por “el gordito” y ha tratado de aclararse las ideas leyendo otras reseñas que han salido de mis libros. Solo de esa manera me explico que señale la inclusión de un escritor, Wolfgang Borchert, que (aunque forma parte de mi literatura y de mi vida) ni menciono en ese libro.

Agradecido por estas tres reseñas.

Nada más, disfruten del verano en lo que puedan y preparen la cubitera de hielo para soportar estos calores infernales. En lo literario septiembre vendrá con sorpresas. Sobrevivan a la mediocridad y busquen lo bello, que es una de las emanaciones en las que aún puede manifestarse lo sublime.

Hasta otra.

De cielos y escarabajos. Reseña del canal «Los últimos encargos de Monsieur Vollard»

Hoy no traigo ninguna reseña mía, sino una que han realizado sobre uno de mis libros. Procede del canal de Youtube: Los últimos encargos de Monsieur Vollard.

Trata sobre “De cielos y escarabajos”.

 Ni que decir tiene que realizar una reseña de un solo minuto sobre este torrencial libro tiene muchísimo mérito. Es muy complicado lograr tal grado de concreción.

Feliz domingo.                                       

Casa desolada, de Dickens

Solemos considerar que un libro es “clásico” cuando supera las barreras del tiempo no perdiendo vigencia entre los lectores; pero esta definición no deja de ser bastante limitada, puesto que no incluye a los que podríamos llamar a los “clásicos de hoy”, ni la que, a mi modo de ver, es otra de las grandes cualidades inherente a los grandes libros: la capacidad de provocarnos transformaciones de calado, el que nos seamos el mismo tipo de lector y puede que tampoco el mismo tipo de persona cuando lo acabemos de leer; que el transcurso de la lectura se convierta en una verdadera Odisea de la que regresamos transformados…, cambiados de alguna manera…, embriagados de éxtasis y eternidad.

Casa desolada de Dickens es uno de esos grandes libros.

Puede que no sea el más agradecido con el lector; puede que incluso sea el más complejo de todos y el que menos utiliza los recursos folletinescos de la época; puede que incluso tenga el más frío de sus personajes principales, Esther Summerson, que nos resulta repelente o muy fría, y no por su velada sexualidad que resulta muy a destacar y valiente para la moral de la época, sino por ese aire de “superioridad moral” que tiene desde muy joven y que no resulta muy creíble. Es verdad que hay jóvenes que maduran muy pronto, pero en este personaje todo me resulta un poco impostado. Aquí lo que de verdad como lector nos seduce es el rompecabezas estructural y el cabalístico universo que refleja, donde todo tiene su razón de ser por más ínfimo que nos pueda parecer en un principio.

Si nuestra novela moderna refleja de alguna manera el estado natural del caos, Casa desolada, por el contrario, refleja el orden y el abuso más absoluto, porque todo está atado y bien atado desde el principio; y el escritor, en un alarde de técnica al intercambiar la primera persona por un narrador omnisciente, nos lleva de la mano por ese Londres neblinoso en el que el orden legal se ha convertido en otra condena más, pues un caso judicial se prolonga durante décadas, Jarnydyce contra Jarnydyce, ante nuestra sorpresa y deleite.

No me extraña que Kafka alardeara de ser un lector voraz de Dickens, pues hay algo en el inglés que prefigura al checo, y Casa Desolada podría ser el germen natural de lo que más tarde se fraguó en El proceso, su pionero natural, puesto que ambos libros son inflexibles en cuanto a cuestionar la pesadilla y la inaccesibilidad que se vive en las instancias judiciales. La justicia, se convierte así, en otro estamento más de perversión y estructura social y su principal cometido no es (valga la expresión) «impartir justicia», como algunos creen ingenuamente, sino velar porque el orden social y jerárquico se mantenga incólume, sin transformaciones sociales. Establecer una quimera de imparcialidad para evitar levantamientos y tensiones y servir de muro de contención. Digamos que (parafraseando a Chesterton cuando habla del cristianismo) la justicia triunfa fracasando.

Como siempre en Dickens la miríada de personajes es impresionante. En la edición que yo tengo, de Alfaguara, no viene un índice de personajes, así que es aconsejable un pequeño cuadernito de notas o alguna aplicación para llevar la cuenta de quién es quién y no perderse. Es verdad que a los personajes principales llegamos a conocerlos bien a lo largo de tantas páginas; pero cuanta más información mucho mejor. Mi preferido de todos ellos es uno de los más excéntricos: el tutor de Esther, Richard y Ada, el señor John Jarndyce, el que se retira a sus aposentos cuando empieza a soplar “el viento del este”. Un hombre bueno pero algo tocado de la cabeza. Y no nos extraña cuando poco a poco se nos va revelando todo el misterio del caso.

Novela lenta pero transformadora y que prefigura la literatura que Dickens podría haber escrito de haber vivido unos cuantas décadas más, como sus libros poco a poco iban ganando en complejidad argumental manteniendo las llamas de la combustión interna de sus personajes. Porque en Dickens, más allá de las vidas de superación de los muchachos y muchachas huérfanas, hay fuego, fuego vital, cenizas y combustiones lentas. Cuenta mucho más cosas de lo que aparenta en una primera instancia.

Casa desolada es, sin duda, su novela más perfecta en cuanto a estructura. Puede que no sea la más querida por sus lectores, porque era imposible volver a seducirles de la manera que ya les había seducido con sus anteriores libros. De todas formas consigue lo primordial: ser una obra inmortal y transformadora, muy enigmática. Todo un clásico envuelto en niebla y combustión, porque la niebla es otro personaje más y no menos importante que el resto. Se te pega a la piel y la sientes compartiendo la lectura contigo.

Hasta otra.

Reseña de Cristina Pérez Escribano sobre «El emperador de los helados»

La escritora Cristina Pérez Escribano ha escrito una reseña sobre “El emperador de los helados” en su blog «crisdejulia» y me gustaría compartirla con mis seguidores.

Sobran las palabras de agradecimiento por la generosidad de esta reseña.

Salud y muy feliz semana.

https://crisdejulia.blogspot.com/2021/11/jorge-morcillo-y-el-emperador-de-los.html

La Mujer de los Pájaros

Dejé de ser Gorda y Ahora soy... Escritora

novela la mujer de los pájaros

Y ya se hizo realidad.

Desde hace poco más de un año me enamoré de una editorial pequeña con nombre tierno y una filosofía de publicación que me llamaba a gritos.

Al menos llamaba a gritos a la novela corta que recién terminaba de escribir, después de diez años sin hacerlo, después de diez años casi peleada a muerte con la literatura. Pero esa, como siempre, es otra historia.

Para mi mala suerte de cubana migrante en un país en plena crisis económica (y política y social pero esa también es otra historia), la editorial de la que me enamoré no aceptaba manuscritos de escritores fuera de España; por aquello de ser una editorial pequeña, con poco tiempo de fundada y porque, sobre todo, es difícil hacer la promoción de un libro sin poder tener presente Nunca a la escritora.

novela la mujer de…

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Entrevista a Jorge Morcillo

Normalmente los autores cuando conceden una entrevista suelen hablar sobre sus obras. Yo, más bien, creo que hablo casi de cualquier cosa antes que tener hablar de mi obra.

Sin embargo, en esta ocasión algo he contado.

Por si les interesa aquí pueden leerla.

Para meterse en situación hay que escuchar la canción y luego lo demás viene solo.

Ardalos, de Darío Méndez Salcedo

Ardalos es otra novela corta de Darío Méndez de la que he podido disfrutar.

Básicamente el argumento estriba en que Ardalos (arquitecto-alarife) ha creado una obra magnífica, el Templo del Ocaso, pero por la que no obtiene ningún reconocimiento personal, puesto que los que admiran el templo lo consideran de creación divina. Entre él y el poeta Tínico (otro creador menospreciado) inician una especie de cruzada popular para sentir la gloria del éxito personal. De alguna manera ambos lo consiguen, pero Ardalos no está satisfecho puesto que descubre que ni siquiera lo más hermoso de su arte puede superar al de los dioses y vencer la mortalidad humana. Así, a grandes rasgos, resumo el hilo argumental.

Si bien, lo argumental no importa mucho en la literatura de Méndez Salcedo, puesto que nos encontramos con otra especie de parábola-novela de símbolos de los que acostumbra Darío a obsequiarnos. Esta vez viajamos a la Grecia clásica. Y hasta el nombre de Ardalos es simbólico, puesto que creo que, al parecer, fue un hijo de Hefesto, el Vulcano griego. O algo así.

Hay que tener en cuenta que la literatura de Méndez Salcedo es una literatura básicamente de ideas, con sustancia profética, y que lo que, en apariencia se lee con sencillez, está repleto de simbología. Conceptos como los del “éxito”, “el autor”, “el reconocimiento”, “la inmortalidad”, son los que en esta ocasión abundan y se reflexiona en el texto. Al autor no le interesa tanto sumergirnos en un texto histórico como hacernos pensar sobre determinados asuntos.

Si bien, considero que hay un gran anacronismo en la novela del que me ha resultado muy difícil abstraerme, puesto que todos esos conceptos-ideas-simbólicos sobre lo que se reflexiona no podían darse de la manera que son reflejados en (digamos) la época de la Grecia clásica. Responden más a una concepción del mundo romántica que a una visión de la antigua Grecia.

Vamos a hablar claro. Yo diría que el texto nace de una visión platónica-romántica del mundo. Lo cual, es muy loable y muy de agradecer, pero que en mi opinión resulta erróneo situarlo en la antigua Grecia.

En primer lugar el Platón-Sócrates que nos ha llegado es un Platón adobado por los intereses judeocristianos que después se impusieron. ¿A qué Sócrates nos creemos?, ¿el que se inventa Platón a la medida de sus intereses o el más real de Jenofonte? Alguno se llevaría las manos a la cabeza de lo que decía al respecto el muy sabio Filón de Alejandría, puesto que en realidad la idea de un Dios supremo como arquitecto universal es más suya que de Platón. Sin embargo, el que venció en la imaginería occidental es, supuestamente, el derivado de la utilización interesada sobre el pensamiento platónico-socrático.

El problema que yo le veo a esa novela simbólica es ese: que en aquellos tiempos no se pensaba en esos conceptos que son muy nuestros, pero muy escasamente “reales” a la antigüedad.

Si nuestro arquitecto del Templo del Ocaso hubiese sido, no sé, un soldado del ejército de Epaminondas me hubiese resultado un poco más creíble. También en el teatro griego existieron duelos personales entre autores, muy fratricidas, y por ahí también se podía haber sacado algo. Y si se hubiese trasladado a la época romántica pues habría estado en su salsa.

El verdadero tiempo-reflexión de esta novela es ese: el romanticismo y el tiempo de la muerte del autor (posterior al romanticismo y de naturaleza muy académica-francesa-Barthes). Kant también planea como las aspas de un helicóptero. O al menos a mí me pareció escuchar su sonido de aspas que mueve todo lo que pilla, jajaaj.

Posiblemente Darío sepa de estas cosas más y mejor que yo, y posiblemente obvió todos esos anacronismos porque el mensaje simbólico era mucho más importante para él. Sin embargo, yo no puedo obviarlos y por eso los señalo.

Lo que sí me parece muy a destacar es esa facilidad que tiene Darío para los diálogos. Es más, los diálogos hacen crecer a los personajes; sirven de linterna para sus parábolas simbólicas.

Es una lástima que Darío tenga en tanta consideración a Platón y tan escasa por Homero. Platón deseó toda la vida (y en casi todos sus textos) superar las creaciones de Homero, pero no pudo, ni siquiera inventándose y adobando a sus intereses a su tan particular y sabihondo Sócrates, sustituirlo. Porque el alma de la Grecia antigua es el alma de Homero, no el alma de Platón. Los dioses viven y conviven con los humanos. Tienen sus particulares sufrimientos y adolecen de tantas virtudes y de tantos defectos como tienen los propios humanos. Son las obras de Homero (existiese o no Homero o muchos Homeros, que ese es otro particular) las que crearon un mundo. Los diálogos de Platón no son la conclusión a la obra de Homero. Platón no es un discípulo de Homero, es un grandísimo lector de Homero, eso es indudable, pero es otra cosa distinta a Homero. No tiene su genio.

Por lo tanto, Ulises jamás podrá ser vencido. Él sí que es inmortal, a pesar de la débil e imperfecta naturaleza humana que lo constituye, lo sostiene y lo alienta: el sí que ha resultado inmortal.

El que quiera seguir dialogando con estas viejas rencillas entre filosofía y poesía (épica) puede leer Ardalos y sumarse a esta problemática que convive en el mundo del arte desde muy lejanos tiempos. En Lektu lo puede descargar en la modalidad (creo) de pago social. https://lektu.com/l/dario-mendez-salcedo/ardalos/18552

En realidad estos temas son mucho más interesantes que las noticias que salen a diario por la tele.

Y ya si después al Ardalos de Darío Méndez Salcedo (con un muy buen final) se le acompaña del pequeño ensayo “El fuego y el sol”, de la escritora Iris Murdoch, pues mucho mejor. Que yo sepa es la única que intentó en ese ensayo (con su acostumbrada inteligencia estética) una especie de reconciliación entre Homero y Platón.

Bueno, Simone Weil también podría decirnos algo muy hermoso al respecto; pero yo suelo desconfiar de todas y de todos los santos literarios, y Simone fue una auténtica santa. No me parecen como muy de este mundo.

Y ahí seguimos batallando desde hace siglos.

Salud.