Decía Heráclito que “el carácter de un hombre es su destino”.

Para el escritor Pedro P. González esto no parece ser cierto. Los seres humanos andan en un naufragio cósmico y vital del que no pueden escapar, como si todo ya estuviese predestinado a suceder. Nosotros, hombres y mujeres, solo estamos destinados a sufrir y, finalmente, a desintegrarnos.

Terrible. Es una novela dolorosa. Y en cierta medida con algunas cosas muy notables, como por ejemplo el puñetazo en la mesa que supone escribir esas frases tan precisas y contundentes. Como si la escalera de un discurso lógico y coherente a través de los párrafos se hubiese desintegrado. Tal vez se ha desintegrado, en el hijo fallido de Helen y Troy, y en la posterior espiral en la que entra la pareja.

 Y eso está muy bien pensado, ya que el retratar la descomposición crudísima de una pareja, en esas frases cortas y definitorias, el dolor se adhiere en el espíritu del lector como anillo al guante. Me desconcertaron esas frases en un primer momento; pero luego pensé que eran las más apropiadas para el discurso narrativo de lo que se estaba contando.

Tal vez esa forma de narrar sea herencia directa o indirecta de Hemingway. Cuentan que la narrativa estadounidense (de la que esta novela bebe tanto, puede que al mismo nivel el literario que el televisivo) se divide en dos brazos antagónicos muchas veces entre sí. Podría decir que una parte nace de Hemingway y Dos Passos, prosigue en el realismo sucio y desemboca en las últimas décadas en De Lillo y Philip Roth. Por hablar de los autores más conocidos. La otra (supuestamente) nace en Melville, alcanza su cenit con Faulkner y las escritoras Eudora Welty, Carson McCullers, Flannery O´Connor,  viviendo su despedida por lo alto con Cormac McCarthy y Joyce Carol Oates. Podríamos llamar a esta corriente gótica-sureña. Si bien todas las etiquetas no dejan de ser reduccionistas y limitadas y sirven únicamente para hacerse una idea muy básica que luego hay que profundizar para no quedarnos atascados. ¿En cuál de las dos divisiones meteríamos a Henry James, a Foster Wallace, al siempre arriesgado señor William H. Gass o la grandiosa Maggie Nelson? Pues quizá en ambas. O en otras nuevas que crearemos para la ocasión. Lo que haga falta. Por eso no soy muy partidario de estos compartimentos-estancos de la teoría literaria, aunque de vez en cuando los utilice para situar a un autor en una tradición.

Pedro P. González escribe una novela que está al margen de todos los géneros, si bien emocionalmente y estilísticamente la considero deudora de una tradición de realismo sucio (pese al “terror cósmico” y las pinceladas de ciencia ficción que le dan a esta novela un toque distinto). Digamos que construye el escenario aprovechando muchos clichés que aparecen en las series televisivas. Hay mucha televisión en esta novela. Por lo cual yo no la he podido disfrutar como otros lectores. No es culpa de Pedro P. González, sino mía, que nunca, ni siquiera de pequeño, he sido muy dado a ver la televisión. Prefería escuchar música o estar haciendo el salvaje en la calle que estar viendo la tele.

Dividida en cuatro segmentos narrativos: Volvo Rojo/ Alex/ Papel pintado/Volver a empezar destaco el primero de ellos, el de Volvo Rojo, por ser a mí parecer el más rompedor y el más arriesgado. La novela no flaquea, tiene momentos durísimos, pero ese impacto de las primeras páginas igual se me quedó tan marcado que no he podido disfrutar con sosiego del resto del libro. ¡Y eso que me he leído este libro dos veces! Pero ni por esas.

Sin embargo, todo en esta obra narrativa parece estar calculado y predestinado por el escritor. Nada se ha dejado al azar. En ese sentido la novela está trabajadísima y sus saltos de tiempo muy calculados. Personalmente yo prefiero lo contrario, si bien cuando la silla está bien construida y es cómoda (aunque hablar de comodidad con esta novela no es desde luego lo más acertado) a todo el mundo le gusta sentarse y seguir leyendo.

Siempre digo que Casa desolada de Dickens es quizá el ejemplo perfecto de novela trabajada en exceso e Historia de dos ciudades (con sus defectos, que los tiene y muchos) es el fuego de Dickens. Bueno, tal vez el fuego de Dickens sea el personaje de la señora Defarge; el resto de esa novela no está a su altura. Por eso Kafka, que era otro admirador de un cosmos cerrado, claustrofóbico, y en los que los destinos del ser humano ya estaban cosmológicamente (y cabalísticamente) marcados de antemano, admiraba tanto a Dickens, porque de alguna manera se reconocía en él. Pero yo, puesto a elegir, prefiero al Dickens al que se le escapan sus personajes y arden en combustión sin que el autor los tenga tan, tan, tan, prefijados. Puesto a elegir, para que se me entienda, prefiero la introspección y el fuego, y los libros en los que todo no está de antemano ya visto para sentencia.

 El azar existe también y forma parte de nuestras vidas. Y la alegría también convive aún incluso en los momentos más horrorosos.

Para alturas y gustos colores, desde luego. Y el escritor de Galaxia Cicatriz más bien prefiere quemarnos a nosotros sus lectores que quemarse él. Todo es respetable. “Y muy bien hecho”, le añadiría con cierta sorna bromista. Puesto que la libertad creativa de un autor no es negociable por más que los lectores queramos a veces entrometernos hasta el fogón.

Además, lo que he de resaltar es el carácter arriesgado de esta novela; lo bien que sabe escapar de los géneros y lo distinta y fresca que parece en su tratamiento del “terror cósmico”, que será, digo yo, el mismo vacío existencial de toda la vida. Lo que el poeta Leopardi llamaba <<la Noia>>, que era una especie de deseo en un ser latiente que ya no puede ni sabe ni quiere ni tiene nada nuevo que desear. Pero no voy a seguir por ahí porque me metería directo en apreciaciones comparativas que me llevarían de Leopardi al poeta Lucrecio para perderme en disquisiciones sobre poetas y prosistas muy antiguos de los que casi nadie sabe nada ni ha oído casi nunca hablar. Solo lo traje a colación para señalar que esa “nada o noia”, ese supuesto “terror cósmico”, siempre ha estado ahí, en la literatura, desde los primeros tiempos, y podemos llamarlo de la manera que queramos pero siempre ha estado ahí. Convive con el ser humano y no es en exclusiva de nuestros días actuales. Se ducha, toma café y hasta puede que le guste desayunar croissants por las mañanas.

Una novela arriesgada y distinta. Y con una edición muy hermosa. Dan ganas de subirse a ese coche y largarse a protagonizar una road movie.

2 comentarios en “Decía Heráclito que “el carácter de un hombre es su destino”.

    • Nunca se puede abarcar todo. Más importante que leer en demasía es leer lento y, sobre todo, reflexionar sobre lo que se lee.
      Se hace lo que se puede. Todos tenemos carencias. Yo desearía dos o mil vidas pero no solo para leer. Porque leer está muy bien, pero igual de importante es vivir más allá de los libros.
      Vivir es la mejor narración de todas.
      Un abrazo.

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s