Literatura de calidad

La Rata, de Andrzej Zaniewski

Gris, con tu lomo redondeado, sobre tus patas como resortes, con tu larga y pesada cola, atraviesas la calle, atenta al menor rumor, murmullo, movimiento. En todas partes, en cualquier lugar, puede acechar un enemigo; en todas partes, a cualquier hora, amenaza la muerte. La vida te ha enseñado a tener miedos; a morder, a morder y a destrozar, a destrozar y matar”.

Dicen que la literatura no puede cambiar el mundo, que su ejercicio no posee capacidad de transformación, que no sirve para nada; pero es mentira, no hay nada más necesario que prestar atención a las palabras en un mundo tan mercantilizado como el nuestro. Es más, sin tenerles ningún cariño y gracias a las palabras, una rata me debe la vida, pues si yo no hubiera leído este extraño y feroz libro difícilmente se me hubiese ocurrido salvarla. También es verdad que eso ocurrió hace algo de tiempo, por lo que teniendo en cuenta sus escasos años de vida difícilmente seguirá latiendo.

La cosa sucedió así: en una casa de campo y en los meses últimos de invierno —no recuerdo si era finales de febrero o marzo— una rata cayó a la piscina abandonada. No tenía mucha agua, pero sí la suficiente para ahogarla. A pesar de ello nadaba con prestancia. Era enorme. Seguramente habría caído allí por un descuido o por estar huyendo de los gatos. A nadie pareció importarle mucho su destino. Pero yo acababa de leer por primera vez este libro y andaba sobrecogido por su lectura. Este libro que luego releí tropecientos veces y regalé y perdí y volví a encontrar y comprar en una librería de viejo, porque se encontraba descatalogada y era muy difícil de hallar. Así que busqué uno de esos palos en los que se suelen recoger las hojas que caen y se lo coloqué de trampolín a la cansada nadadora. No tuve que esperar mucho: enseguida se aferró a él. Hubo un par de segundos de indecisión, como si estuviese planificando sus siguientes pasos, y enseguida comenzó a moverse hacia mí, posiblemente haciendo un acopio de sus últimas fuerzas; renovada en la esperanza de salvarse aumentó su velocidad y remontó hasta llegar a la superficie corriendo, evitando que yo pudiera hacerle algo; ahí noté el miedo del roedor, su miedo y su tremenda fuerza, su enorme agilidad. En apenas unos segundos llegó hacia la espesura de unos árboles y por allí se perdió.

Yo pensé que había revertido (dentro de mis posibilidades) “los caminos de la historia”. La batalla entre humanos y ratas de las que se habla en ese libro con tanta crudeza. El libro de un maldito, un escritor maldito polaco que creo que a día de hoy es octogenario, y que tuvo que salir primero editado en Chequia, porque ningún editor de su país se atrevió a publicar semejante novela. Cuando la obra comenzó a ser alabada por una legión de lectores irredentos, entonces sí que se preocuparon en Polonia por editarla.. ¿Habría comprendido la rata mi gesto? Lo dudo; pero sorprender seguro que le habría sorprendido. Una rata no espera jamás clemencia de un ser humano. Ni la espera ni se le otorga, ni siquiera se la otorgan entre ellas, pues basta un cambio de olor en su pelaje para que se destrocen entre sus camadas, incluso entre una misma familia.

Es un libro feroz, durísimo. Un libro que se centra en la vida de una rata desde su nacimiento hasta su muerte. Los lamidos de la madre, su leche, la atracción por la luz, las trampas, los venenos, los tropiezos con felinos, los sabores de las comidas, los huecos, las galerías, sus dientes que no dejan nunca de crecer, las peleas entre ratas, los apareamientos, las camadas, la lucha incansable por la comida, otra vez los venenos, los agujeros que son rellenados, las alcantarillas, las cuadras, los viajes en barco, las casas de campo, la ciudad, los coches, las lechuzas, todos los numerosos peligros que ha de sortear una rata. Y también algo que me sorprendió sobre manera: las ratas colonizadoras y viajeras, como hay una estirpe entre ellas que se juegan el tipo renunciando “a las comodidades” que les ofrecen sus territorios de nacimiento, y viajan, ya sea en barcos, en trenes o en lo que puedan, hacia otros geografías, en las que tendrán que defenderse como ratas invasoras que son de inmediato atacadas, y sobrevivir y mezclarse y vuelta a viajar hasta el aliento final, siempre perseguidas y odiadas, pero sin dejar de atacar y defenderse, hasta el último aliento.

Ahora que lo pienso a este libro genial y durísimo le debo algo más que la anécdota de un rescate: le debo un relato. Si no lo hubiera leído y releído jamás se me habría ocurrido escribir el relato Mirelle, incluido en El emperador de los helados. También tengo que añadir que hay notables diferencias: la mía es una rata-hembra y la de Zaniewski es un macho; la de él es de ciudad y la mía de campo, más concretamente del Jura: una cadena montañosa que posee un encanto muy particular y los mayores bosques de toda Francia; la suya no tiene tiempo más que para buscar comida y la mía gracias a ser la mascota protegida de un Vizconde loco no tiene necesidad de buscar nada porque está saciada en sus necesidades básicas; la suya es despiadada y vulgar y la mía es despiadada e intelectual, voraz e incansable lectora. En lo que ambas coinciden es en su odio a los gatos.

Lo dicho: la literatura influye en la vida y la transforma. Muchísimo. Es verdad que, a veces, no la transforma del todo, pues yo sigo sintiendo animadversión por estos animales; eso sí, gracias a la literatura, he llegado a admirar su capacidad de resistencia, aunque los prefiero muy lejos. Puedo salvarles la vida, pero si se atreven a acercarse los perseguiré.

Si tienen la oportunidad busquen este libro. Y si no, no se preocupen: la vida me ha enseñado que los libros llegan a uno en el momento en que ellos quieren llegar. Y este no resulta un libro complaciente y no es, desde luego, para lectores dubitativos y moralistas. Encantará a muy pocos y será abandonado por la mayoría. Su prosa es vertiginosa, simula ser una cola de roedor en continuo movimiento y a veces te agarrota y aplasta por su crudeza, porque lo que te cuenta sabes que es real, que la vida es despiadada en todos los sentidos.

En todo caso traten de leer cosas que se salgan de su zona de confort. Los lectores debemos ser como esas ratas peregrinas que aprovechan los medios de locomoción de los seres humanos para plantarse en la otra parte del globo terráqueo. Sin ese afán de conocer otras lecturas, otras prosas, otros prismas, otras tradiciones literarias, otros horizontes, el acto de la literatura es más provinciano, menos fecundo.

La curiosidad mata, pero también amplia el conocimiento del universo. Las ratas y los seres humanos (tan enemigos entre ellos y tan iguales en su comportamiento) llevamos miles de años experimentándolo.

Hasta otra.

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2 comentarios en “Literatura de calidad

    • Está descatalogada. Esperando a editores valientes que quieran volver a ponerla en circulación. En realidad nos parecemos mucho. El autor decía en el prólogo «que aunque estaba describiendo a una rata» en el fondo estaba definiendo a algo muy parecido al ser humano.
      Un abrazo y feliz verano.

      Me gusta

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